01/10/2007
¿Limpiar el Riachuelo?
Por Antonio Elio Brailovsky
Muchas personas nos preguntan qué
avances se están realizando en el saneamiento de uno
de los ríos mas contaminados del mundo, el Riachuelo
de Buenos Aires. La lamentable respuesta es que ninguno.
Ante una demanda de los vecinos, la Corte Suprema de Justicia
de la Nación les exigió a las autoridades un Plan
de Saneamiento, que elaboro la Secretaria de Ambiente de la
Nación. Ese Plan fue descalificado en términos
muy duros en un peritaje realizado por la Universidad de Buenos
Aires.
Y aquí todos los actores del drama se quedaron sin saber
que hacer:
Esta vez, lo que mas llama la atención es la absoluta
incompetencia profesional de las cabezas encargadas de hacer
una tarea mucho mas difícil que organizar un mundial
de fútbol, según la poco feliz expresión
de la Secretaria de Ambiente. La diferencia de fondo es que
el fútbol se juega a la vista de todos. Aquí,
por el contrario, los que protegen a los contaminadores se ocultan
entre los pliegues del poder y el público nunca ve a
los verdaderos jugadores.
Pero el llamado Plan lo hizo un grupo cerrado, sin aprovechar
la experiencia y conocimientos de los profesionales de un organismo
como la Secretaría de Ambiente, que hace 35 años
viene trabajando el tema. ¿Sabían tanto que no
los necesitaban o simplemente no se dieron cuenta de lo complejo
que es el tema? Por lo visto, el principio constitucional de
idoneidad para quienes ocupen cargos públicos no parece
regir para los niveles políticos. Recordemos, sin embargo,
que entregar la Secretaría de Ambiente a un equipo incompetente
es, también, una decisión de prioridades políticas:
nadie ha puesto nunca un inútil para dirigir el Banco
Central o cualquier otro organismo encargado de manejar el dinero.
En este contexto, discutir un Plan que nadie tiene interés
o capacidad para llevar a la práctica es un ejercicio
intelectual, pero el que esto escribe es docente y esta habituado
a hacer en el aula reflexiones que ayuden a pensar un tema,
aun sabiendo que lo que allí se diga nunca llegará
al mundo real.
Necesitamos estudios epidemiológicos
continuados y exhaustivos.
El Riachuelo no es un tema de recursos naturales. Es una cuestión
de salud pública. Allí hay gente que enferma por
la contaminación, y, sin duda, hay gente que muere por
culpa de ella. El mejor indicador de la negligencia oficial
es la reiterada negativa de las autoridades de hacerlos. Del
mismo modo que una decisión equivocada en la guerra provoca
muertes inútiles, el no detectar a los contaminados a
tiempo hará que muchos de ellos enfermen y mueran. Recordemos
que el cáncer solo es curable si hay una detección
precoz, y que cientos de miles de personas están sujetos
a una importante exposición a cancerigenos. Aun más:
nuestros profesionales tienen mucha experiencia en los efectos
sobre la salud de tóxicos que actúen en forma
individual, pero esta cuenca tiene todos los tóxicos
imaginables. Semejante combinación de agentes peligrosos
registra pocos antecedentes en la bibliografía internacional.
Hay que computar, entonces, un tiempo de aprendizaje de como
actuar ente los efectos de sinergia provocados por la acción
conjunta de tantos tóxicos, que tal vez nos cueste muchas
más muertes de las que ya ocurren y que nadie quiere
contabilizar.
Hay que reglamentar las leyes ambientales.
Cuando la Corte Suprema de Justicia le ordenó a las
autoridades hacer un plan para el saneamiento del Riachuelo,
lo fundamentó con una repetición minuciosa de
los artículos de la Ley General del Ambiente. Se trató
de un fallo redactado de un modo inusual: generalmente se cita
un pedacito de una Ley, pero no la Ley entera, articulo por
artículo. Sucede que el Poder Ejecutivo lleva varios
años de retraso en la reglamentación de esa Ley.
No hay que ser muy sutil para darse cuenta de que la Corte le
estaba recordando su obligación de reglamentarla. Sin
embargo, las únicas personas que no se dieron cuenta
de eso fueron aquellas a las cuales la indicación iba
dirigida. Hay varias leyes ambientales de presupuestos mínimos
que aun no han sido reglamentadas y que serían herramientas
útiles en este proceso.
Por ejemplo, tal vez no hubiera sido necesario sancionar una
muy publicitada Ley que creara un Comité de Cuenca en
el Riachuelo. Ya hay una Ley de Aguas que ordena lo mismo para
todas las cuencas hídricas del país. Bastaba con
reglamentarla, aunque tal vez alguien haya pedido que no lo
hicieran.
Cumplir las leyes.
Pareciera que, a diferencia del resto de las normas, las leyes
ambientales son de cumplimiento optativo. Cuando la Secretaria
de Ambiente le dijo a la Corte que más del 80 por ciento
de las industrias de la cuenca contaminan, es decir, que están
fuera de los parámetros legales, debió haber indicado
las sanciones que aplicaría. Se supone que para eso pidió
una Ley que le diera el monopolio del poder de policía.
Pero hasta ahora ese monopolio del poder solo ha servido para
que ningún otro lo pudiera ejercer. La confesión:
“están violando la Ley y yo se los permito”,
es otra de las facetas poco explicables de esta situación.
Medir realmente la contaminación.
Parece redundante, y por eso hay que recordar que todas las
fábricas que contaminan tienen preparada una puesta en
escena: una pequeña planta de tratamiento de efluentes
que depura una porción ínfima de los tóxicos
que arroja la empresa y que se opera solo cuando llega la inspección.
De modo que, además de la visita a las empresas es necesario
ir con un bote a tomar muestras del lado de afuera de los caños
de salida. La diferencia entre lo que parece que arrojan visto
desde adentro y lo que realmente tiran puede ser abismal.
Depurar los líquidos cloacales.
Las medidas propuestas son una especie de entretenimiento hasta
tanto se realice la obra principal: un canal subterráneo,
que pase por debajo de la ribera sur del Riachuelo (es decir,
el partido de Avellaneda) y que saque de la vista del público
los líquidos contaminados. Su destino será el
Río de la Plata, a través de un largo caño
llamado emisario. Los líquidos tendrán un ligero
tratamiento (pretratamiento), que no es mucho más de
un colador y una licuadora para que no se vean los sólidos.
No es una idea nueva. Esta obra ya fue propuesta por Hipólito
Yrigoyen en 1929 y reiterada por Maria Julia Alsogaray en la
década de 1990. Su aspecto más objetable es que
no depura los líquidos cloacales sino que cambia la contaminación
de lugar. Previsiblemente, no parece haber estudios de la capacidad
de carga del cuerpo receptor, ya muy comprometido. Ni sobre
el riesgo de que esta obra acerque aun mas los contaminantes
a las tomas de agua de servicio público.
Además, no se presentaron estudios sobre el impacto
ambiental de la obra misma. Tengamos en cuenta que por la pendiente
requerirá instalaciones de bombeo, que atravesara la
zona del Dock Sud y que pasara por entre innumerables vertidos
y rellenos clandestinos de residuos peligrosos. El riesgo de
que la obra ponga en biodisponibilidad (es decir, haga circular
por el ambiente) una cantidad importante de esos residuos es
alto, y si se trabaja con el descuido que todo indica, es casi
la certeza.
Por supuesto, no dragar el fondo.
La Secretaria de Ambiente informó que en algunos sectores
se dragaría el fondo para retirar el barro contaminado.
Esto significa, nuevamente, poner en biodisponibilidad una cierta
proporción de esos tóxicos, que ahora están
quietos en el fondo y que navegarían hacia el Río
de la Plata. Por otra parte, la Secretaria no dijo que construirían
una planta de tratamiento para su destrucción. ¿Significa
esto que los tirarán al Río de la Plata? Me parece
que tal vez eso no ayude mucho en nuestra polémica con
Uruguay por el uso responsable de los recursos hídricos
compartidos.
¡Olvídense de las bacterias transgénicas!
La afirmación más pintoresca (y que merecería
un aplazo en cualquier curso elemental de medio ambiente) fue
la de arrojar al curso de agua bacterias transgénicas,
comedoras de petróleo. Por supuesto que esas bacterias
se utilizan, pero solo en la limpieza de sitios absolutamente
confinados, como las piletas de desechos de la explotación
de hidrocarburos. Allí se reproducen explosivamente,
comiéndose el petróleo y cuando se les termina
el alimento, simplemente se mueren de hambre. Pero liberar bacterias
genéticamente modificadas en un ecosistema abierto es
correr el riesgo de que vuelvan a mutar y se transformen en
un organismo peligroso que carezca de enemigos naturales. Una
operación que ni el Dr. Frankestein se atrevería
a realizar.
Creo que para ejercicio intelectual ya estamos. Nada de esto
siquiera se va a intentar realizar. El único aporte creativo
fue reemplazar una expectativa de mil días por otra de
mil años.