Es difícil analizar el conflicto que enfrenta a Argentina
y Uruguay por las plantas de celulosa sin tener en cuenta la
soberbia y torpeza con que se movieron todos los actores sociales
involucrados. Veamos una síntesis muy incompleta de cómo
llegamos a esta situación en la que dos países
miran crispados una chimenea, sin saber cómo salir de
ella:
La papelera Botnia no entendió que una empresa, además
de trabajar con materias primas y procesos tecnológicos,
se relaciona con seres humanos y esa relación es esencial
para su desarrollo. En 2006 estuve visitando las plantas de
Botnia en Finlandia. Allí, la que sería responsable
ambiental de la fábrica de Fray Bentos respondió
a las preguntas y objeciones tecnológicas diciendo argumentos
tales como "Greenpeace no administra ninguna planta de
celulosa". Agrego su resistencia a informar del incidente
de 2004, en el cual Botnia contaminó con licor negro
un lago finlandés.
Ninguno de ellos estuvo dispuesto a aceptar
lo obvio, es decir, que la única manera de cerrar un conflicto
es que todas las partes cedan algo, para poder llegar a un punto
de encuentro.
Para empeorar las cosas, hay trascendidos periodísticos
que señalan que las Fuerzas Armadas de ambos países
estarían manejando la hipótesis de que el diferendo
diplomático se transforme en conflicto armado.
Este conjunto de torpezas convirtió en una situación
trabada lo que debió haber sido una estrategia de cooperación
ambiental. Para peor, había buenos antecedentes en ese
sentido: a partir de 1988, los municipios argentinos y uruguayos
de la cuenca formaron CIMARU (Comisión Intermunicipal de
Medio Ambiente del Río Uruguay), en la cual discutieron
estrategias conjuntas de política ambiental. Es lo que
hay que volver a hacer.
En algún momento, los dos paises tendrán que retomar
el diálogo, un diálogo en el cual tienen que participar
todas las partes, incluyendo aquellos que hoy no quieren dialogar.
Esto supone ir construyendo un marco conceptual para pensar el
futuro desarrollo del área de conflicto.