22/08/2009
Contaminación y violencia
Por Antonio Elio Brailovsky
Una serie de hechos de violencia está afectado los
conflictivos intentos de iniciar el saneamiento de uno de los
ríos más contaminados del mundo, el Riachuelo
de Buenos Aires, cuyos vecinos esperan alguna respuesta desde
1811.
Esto nos muestra que la descontaminación no es sólo
un problema de ingeniería, aunque, por supuesto, la incluye.
Tenemos problemas de cañerías y de piletas de
decantación, pero también tenemos conflictos sociales,
algunos de los cuales tienen que ver con una situación
ambiental no resuelta y otros con una sociedad que no tiene
nada que ofrecer a una amplia gama de excluidos.
Las versiones que circulan hablan de personal amenazado, camionetas
destrozadas e inspectores agredidos, que tienen que cumplir
su cometido custodiados por tropas de Gendarmería.
La historia que vamos a contar muestra que lo que hay que limpiar
no es sólo el agua del río.
En la década de 1980, ante innumerables reclamos que
pedían la erradicación de las curtiembres de la
cuenca, la Asociación de Curtidores negoció una
salida: la Provincia de Buenos Aires les cedería gratuitamente
el terreno y ellos construirían una planta de tratamiento
colectiva. Con esa condición, seguirían allí.
La Provincia les cedió un terreno que sólo servía
para eso: era un antiguo basural de residuos peligrosos, donde
no podía hacerse otra cosa que seguir trabajando con
esa clase de basura. Sin embargo, la Provincia nunca supervisó
la construcción de esa planta. Los industriales olvidaron
la promesa y siguieron contaminando. De todas las fábricas
del sector siguió volcándose al agua (y yendo
a parar al Río de la Plata, la fuente de agua potable
de millones de personas) el cromo hexavalente, una sustancia
venenosa fácil de reconocer por su hermoso color azul
cielo.
Finalmente, la Corte Suprema de Justicia ordenó sanear
el Riachuelo y alguien recordó la promesa incumplida
de los curtidores. En tantos años el predio había
sido intrusado y allí había un asentamiento precario,
con personas viviendo en casillas levantadas encima de los residuos
peligrosos. Se hizo una gestión para relocalizarlos y
comenzar finalmente la tan postergada planta de tratamiento
de efluentes, la que será pagada con un crédito
internacional.
Una noche, pareció que los ocupantes habían vuelto,
pero no eran los mismos. En vez de un grupo de personas humildes
y pacíficas, tal vez resignadas a su suerte, aparecieron
otros pobladores, con reclamos agresivos y de cumplimiento imposible:
querían quedarse a vivir allí. Habían decidido
que vivirían en el basural y que formarían su
hogar y criarían sus hijos en medio de los residuos peligrosos.
Para hacer valer ese dudoso derecho, marcharon contra la Municipalidad
más próxima, que no tiene competencia sobre el
tema ni sobre los terrenos. En vez de pedir hablar con alguien
destrozaron las instalaciones e hirieron a los empleados. Cuando
llegó la policía, las cámaras de televisión
registraron a quien parecía liderar la marcha, gritando:
¡Necesito mujeres con chicos! ¡Traigan mujeres con
chicos!
Y millones de espectadores vieron como los niños aterrorizados
eran usados como escudos humanos para detener a la policía,
mientras los manifestantes seguían su ataque contra el
edificio y los empleados de la Municipalidad de Lanús.
Cuaquier persona que haya visto una película de las llamadas
"de acción" reconocerá los métodos
de profesionales de la violencia. Se puede ver que existe una
organización que ha reclutado a un grupo de excluídos,
tan desesperados que aceptan que se pongan en peligro las vidas
de sus propios hijos.
Unos días más tarde, se repite el operativo, también
atacando a alguien que no tiene nada que ver con el problema:
la manifestación ingresa en un barrio humilde, haciendo
grandes destrozos. En un enfrentamiento de pobres contra pobres,
muere un adolescente.
¿Cuál es el sentido de esa violencia planificada?
¿Alguien decidió profundizar el conflicto hasta
que hubiera alguna muerte o se les escapó de las manos?
¿Por qué los medios de comunicación lo
sugieren pero no lo dicen?
Por otra parte, los ciudadanos comunes que vieron el asalto
a la Municipalidad de Lanús y los destrozos a los vecinos
tienen motivos para pensar que allí se cometieron delitos.
¿La justicia piensa lo mismo? ¿Está actuando
sobre personas perfectamente individualizadas y filmadas? ¿O
nos hemos acostumbrado a la impunidad de las conductas violentas?
En algún momento nos preguntamos si los grupos de choque
respondían a algún sector político, a alguna
empresa que se resistía a dejar de contaminar, o a otra
clase de actores violentos, como podrían ser los narcos.
Más tarde nos dimos cuenta que la pregunta de quién
había sido carecía de sentido: todo indica que
en los bajos fondos del Gran Buenos Aires, allí donde
la ley no llega y ni siquiera se imagina su existencia, el comportamiento
mafioso es la mejor estrategia de supervivencia.
En esas condiciones, es un gran avance haber logrado un crédito
del Banco Mundial que permita financiar las plantas de tratamiento
de efluentes. Sin embargo, muchas de las fábricas que
contaminan ya poseen una planta de tratamiento. Se las regaló
el Estado a través de una desgravación impositiva
y nunca la usaron, del mismo modo que los curtidores nunca intentaron
construir la planta de tratamiento colectiva en el terreno que
la Provincia de Buenos Aires les había cedido.
Aún más: la química Lilia Ventajas me cuenta
que hace un tiempo inspeccionó algunas fábricas
que parecían estar tratando sus efluentes, pero era sólo
una escenografia tecnológica, hecha para engañar
a quienes debieran controlar esa empresa. Una recorrida en bote
permitía ver los caños con las descargas clandestinas,
que se salteaban todo el procedimiento de depuración
para enviar al río los contaminantes sin tratamiento.
De modo que si vamos a endeudar al país para regalarles
una planta de tratamiento de efluentes, espero que estemos en
condiciones de controlar que efectivamente la operen todos los
días, y que no vendan sus cañerías como
chatarra.
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