Hace unos años, se pusieron de moda
las herramientas de participación ciudadana. Las herramientas
institucionales que nos legaron los constituyentes del siglo XIX
nos parecían insuficientes. No alcanzaba con votar una
vez cada tanto: era necesario que los ciudadanos nos involucráramos
cada vez más en las cuestiones de interés público.
Nuestros dirigentes acompañaban este camino, insistiendo
en la necesidad de cambios institucionales que permitieran pasar
de la democracia representativa a la democracia participativa.
El proceso se aceleró y nos pasábamos buscando nuevas
maneras de aplicar estos principios en todas partes.
Sin embargo, en algún momento, el movimiento se detuvo.
Una gran parte de los dirigentes políticos empezó
a pensar que no era bueno que hubiera un exceso de transparencia.
Las puertas que se habían entreabierto comenzaron a cerrarse.
Desde el lugar de los ciudadanos, comenzaron a aparecer hechos
y presunciones fundadas que los llevaron a desconfiar de muchos
de sus representantes. Negociaciones incompatibles con la función
pública, enriquecimientos súbitos, subsidios a empresas
amigas, soborno a legisladores para lograr su voto o cambiar de
partido, fondos de una provincia depositados en el exterior sin
que se conociera su destino final, fueron algunos de los aspectos
que generaron el desánimo colectivo.
Pero aún faltaba la percepción de los aspectos más
oscuros de la política: la voladura de la Fábrica
Militar de Río III, para ocultar las pruebas de un contrabando
de armas. La adulteración de las pruebas del atentado a
la AMIA. La conexión de punteros locales con el tráfico
de personas. El crecimiento de las redes del narcotráfico,
sin que haya interés en radarizar las fronteras sensibles.
Los falsificadores de medicamentos financiando campañas
electorales.
Todo esto generó condiciones de abandono de la actuación
pública. Las personas comunes sintieron que los temas políticos
les estaban siendo arrebatados y los dejaron en manos de los políticos
profesionales, en quienes no confiaban.
Nosotros pensamos que hay que hacer exactamente lo contrario.
Que cuando las cosas van mal, es cuando más se necesita
de la presencia de personas corrientes en los ámbitos públicos.
Esta presencia se puede ser ingenua ni desordenada. La catarsis
de la protesta es tan estéril como la inacción.
Se requieren herramientas institucionales para canalizar la participación
ciudadana, que es, simplemente, el rol de los ciudadanos comunes
en los procesos de toma de decisiones.
Estas herramientas existen en nuestro sistema institucional, aunque
habitualmente nuestro sistema escolar no las enseñe y la
mayor parte de los medios de comunicación las olviden.
Su función es evitar el monopolio del poder por parte de
los políticos profesionales. Pero para poder usarlas, primero
tenemos que conocerlas.
Por este motivo estamos organizando un curso virtual sobre Participación
Ciudadana, con el equipo docente de la Fundación Ambiente
y Recursos Naturales (FARN).
También queremos anunciar la reedición del curso
virtual de Derecho Ambiental, que se realiza asimismo con el equipo
docente de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).