27/03/2007 — Las balas han escrito la última palabra
en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido.
Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del
cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra
de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado
ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos
de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que
saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra... “
“Veo cuatro muchachos, pálidos, como muertos y
desfigurados, que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón,
Álvarez, de Última Hora, Enrique González
Tuñón, de Crítica y Gómez, de El
Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían
Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería
ponerse un cartel que rezara: ‘–Está prohibido
reírse’. ‘–Está prohibido concurrir
con zapatos de baile’...”
No, no es Rodolfo Walsh. Es Roberto Arlt.
¿Hacía nuevo periodismo, Arlt? ¿Hacía
non fiction novel? ¿A qué señor de frac
y zapatos de baile, a qué tilingo, se le ocurriría
preguntárselo este día de marzo de 2007, cuando
nos sigue estremeciendo la crónica del fusilamiento de
Di Giovanni?
“Si Juan Carlos Livraga llegara a ser víctima
de alguno de los rarísimos accidentes o suicidios que
están ocurriendo en las madrugadas bonaerenses, sobre
todo en las proximidades de las vías férreas,
la opinión pública sabrá cómo interpretarlo
(...) Y si Juan Carlos Livraga llega a desaparecer, sepan los
culpables que no habrían destruido una sola de las pruebas
que los acusan, pues todas ellas han escapado a su control (...)
Sepan, pues, todos los que están directa o indirectamente
vinculados a estos trágicos acontecimientos, que no hay
en este momento en todo el territorio de la nación una
vida más intocable que la de este muchacho argentino...”
Éste sí es Walsh, el primer Walsh, el que tras
recorrer infructuosamente las redacciones, consigue que Revolución
Nacional, un periódico marginal, le publique su nota
‘Yo también fui fusilado’, con la entrevista
a uno de los sobrevivientes de la masacre de José León
Suárez.
Más tarde, en el ‘69, un Walsh maduro (mejor dicho:
madurado en la lucha y la interpelación del poder) publicará
en el periódico CGT un artículo titulado ‘La
secta del gatillo alegre’.
Leemos allí: “El comisario Miguel Etchecolatz
es un hombre sensato, buen observador. Cuando se hizo cargo
de la primera de Avellaneda, su mayor preocupación consistió
en evaluar el personal con que contaba. Del resultado final
de esas cavilaciones dio cuenta La Nación el 23 de marzo
de este año: ‘un curso de alfabetización
para su personal fue iniciado en la comisaría primera
de esta ciudad’...”
Con filosa ironía, Walsh habla luego del supuesto suicidio,
en la comisaría de San Justo, de un chico de 19 años
escapado del Agote: “Otro factor deprimente –dice–
que acaso contribuya a la ola de suicidios en tales calabozos,
son las inscripciones que dejan los torturados...”
La batalla que sigue
Han pasado casi 40 años desde aquella denuncia sarcástica,
una denuncia que, a falta de otros elementos, acicateaba con
ironía la razón y la conciencia de los lectores.
Hoy, el personaje llamado “Etchecolatz” ocupa otro
lugar en las páginas de La Nación. No es ya un
comisario modelo, sino un procesado y condenado por crímenes
de lesa humanidad.
Walsh, en cambio, una de las víctimas de la cacería
sin ley que organizó la dictadura, es homenajeado por
estos días en todo el país. Participan de los
homenajes militantes políticos de distinto signo. Y ex
militantes. Y hasta no militantes.
¿Es eso una victoria?, nos preguntamos.
Si leemos las (desoídas) recomendaciones de Rodolfo
a la conducción de Montoneros, en enero de 1977, podríamos
pensar que sí.
Walsh quería “impedir que el enemigo pueda convertir
el triunfo militar en victoria política integral”.
Y pensaba que debía proponerse “un reconocimiento
por ambas partes de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos y la vigencia de sus principios bajo control internacional”.
Ya nadie puede negar que la más importante bandera de
la lucha popular contra la dictadura fueron los Derechos Humanos,
encarnados en las Madres primero, en las Abuelas más
tarde y en toda la sociedad después.
Sin embargo, un párrafo de su famosa Carta a la junta
militar –la denuncia que cierra aquella parábola
comenzada con Livraga, veinte años antes– profetiza,
en 1977, la que será una tremenda derrota popular, derrota
de la que aún no nos hemos repuesto:
“Estos hechos que sacuden la conciencia del mundo civilizado
–dice Walsh– no son sin embargo los que mayores
sufrimientos han traído al pueblo argentino, ni las peores
violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren.
En la política económica de ese gobierno debe
buscarse no sólo la explicación de sus crímenes,
sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos
con la miseria planificada...”
En este punto, ya no sabemos quién está hablando.
No sabemos si es Roberto Arlt, el fusilado Di Giovanni, el fusilado
Livraga, el desaparecido Walsh o el desaparecido Julio López.
Es alguno de ellos, seguro. Es todos ellos. Somos nosotros.
No se trata, entonces, de descubrir bronces o placas. Ni de
salir a buscar lágrimas o aplausos para las efemérides.
Roberto y Rodolfo, Livraga y López, desde el lugar donde
estén, con una mirada celeste que taladra el tiempo y
la hipocresía, nos piden que sigamos.
A todos: al más viejo y al que todavía no ha
nacido. Al fin y al cabo, somos sus legítimos herederos.