Está muy cara la verdura y algunos viejos se acuerdan
de cuando eran jóvenes y carpían un pedacito de
tierra, en el fondo de sus casas y se daban el gusto de tener
cebolla y tomate y perejil propios en la mesa.
Ya todo eso pasó, porque los hábitos –como
se dice– han ido cambiando.
El hábito de que papá o mamá estén
en casa, por ejemplo. El hábito de que la abuela o el
abuelo estén en casa, cuidando y educando a los nietos.
El hábito de regalar la verdurita para la sopa o de entregar
un puñadito de perejil en las verdulerías.
Hoy todo se vende y se compra, a valores de mercado... (es
decir, los valores que fijan los dueños del mercado).
Y quien no puede comprar (porque no tiene con qué) es
un verdadero desgraciado.
Pero, bueno, así es la huerta global, la huerta que
abastece a la aldea global, en un mágico mundo en donde
la mayoría de la gente tiene hambre.
El perejil está caro porque el verdulero dice no sé
qué cosa de la cadena de precios. Parece que en Oceanía
lo están probando como bíocombustible.
Además, el sobre con semillas de perejil que le dieron
al chico en la escuela, para favorecer la cultura del trabajo,
tampoco sirve. Le falta el compuesto antimaleza. Le falta el
agroquímico indicado. Y el fertilizante específico.
Cuánta maleza ha invadido el lenguaje, en los últimos
tiempos. Para colmo de males, los jefes y jefas de hogar –diría
Gelman– ya no jefan. No son jefes de su vida. Ni de su
circunstancia.
Así las cosas, sube el perejil. Y en el horizonte de
la pampa, en el gran país de los ganados y las mieses,
el paisaje es desolador.
Pequeños asesinatos
Educadores y gente del Movimiento –ésos que cada
día brindan la contención que un Estado ausente
no puede brindar– nos traen historias terribles, sobre
leyes perversas y políticas perversas, sobre eufemismos
y pequeños asesinatos.
Nos dicen que en San Juan, por ejemplo, en esa provincia cuyana
que se ha lanzado con bombos y platillos (y con Pascua Lama)
a una nueva quimera del oro, hay niños desnutridos. Y
que el Estado sanjuanino decidió asignar cincuenta pesos
(si $ 50) al mes por cada niño desnutrido de una familia.
Claro que si el chico aumenta de peso y pasa el umbral de la
desnutrición, entonces la familia deja de cobrar el subsidio.
Por ese motivo hay padres (malvados padres de los cuentos de
terror que cuenta el Estado) que no quieren que sus hijos dejen
de estar desnutridos. Hay malvadísimos padres que no
quieren que sus hijos salgan del hambre. Crease o no.
Fue en la antigua Roma cuando se utilizó por primera
vez la palabra cultura. Hablar de cultura en aquellos tiempos
era hablar del cultivo de la tierra. Y eso tenía que
ver, a la vez, con el cultivo del espíritu, con el mundo
de las ideas y el conocimiento.
Pues bien, lo que el capitalismo ha producido, en 200 años
de evolución, ha sido una erosión de la cultura
popular. Ha convertido el conocimiento, el saber y hasta la
curiosidad humana en un botín, en un bien que se disputan
y retacean las academias, las universidades, las corporaciones.
Fuera de ese territorio, sólo ve un mercado. Sólo
ve ciudadanos consumidores. Así se han ido perdiendo
los oficios. Y también se han ido perdiendo los saberes,
los hábitos y los modos de esa antigua escuela de vida
llamada hogar.
Hoy todo se vende prefabricado, listo para usar o consumir,
sea comida o bebida; sea ropa o ideas.
La idea de la cultura del trabajo, por ejemplo, es prefabricada.
La utilizan para justificar una política perversa. Primero
atrofian el brazo que empuña la pala y luego le piden
a ese mismo brazo que se mueva, que trabaje... Mucha maleza
habrá que quitar del lenguaje para volver a tener una
lengua–herramienta, una lengua que sirva para expresar
lo que nos pasa. Y para buscar a nuestros hermanos. Y para construir
el mundo que necesitamos.
“Ah, pero eso va a llevar mucho tiempo”, dice un
compañero. “Claro, y por eso tenemos que comenzar
hoy mismo”, le responde otro.