EL MUNDO TIENE ADD
Por Oscar Taffetani
Hay un listado de drogas de alta vigilancia cuya importación
está sujeta a cupos que fija la Junta Internacional
de Fiscalización de Estupefacientes de las Naciones
Unidas (JIFE).
Dentro de esas drogas —psicotrópicas todas—ganó
especial relevancia últimamente el metilfenidato, utilizada
para combatir uno de los males de moda: el Trastorno por Déficit
de Atención ó Trastorno por Déficit de
Atención e Hiperactividad (ADD ó ADHD, por sus
siglas en inglés).
La facturación de los laboratorios radicados en la
Argentina por medicamentos que contienen metilfenidato creció
un 10% entre 2001 y 2004.
Debido a eso, la ANMAT, dependiente del Ministerio de Salud
nacional, solicitó a la JIFE un aumento del cupo, no
sin antes establecer —mediante Resolución 7908/04—
que debían mejorarse los prospectos de los medicamentos,
advirtiendo sobre su potencialidad adictiva y sus efectos
colaterales. En 2005, la facturación de los citados
laboratorios por medicamentos con metilfenidato y atomoxetina
—dos antidepresivos recetados a niños con diagnóstico
de ADD y ADHD— pasó de $ 100.678.000 a $ 153.581.000,
es decir, aumentó en más de un 50%.
Consecuentemente, los empresarios farmacéuticos han
pedido que se aumente en un 40% el cupo de importación
del metilfemidato. El manejo es exactamente el que haría
una importadora de alimentos o bebidas con un mercado que
crece, sólo que aquí se trata de drogas cuyo
destinatario principal son los niños.
“En los últimos tiempos —manifestó
al diario Página/12 la psicopedagoga porteña
Gabriela Dueñas— observamos asombrados un incremento
increíble de diagnósticos rápidos, cada
uno de los cuales viene acompañado con su respectiva
etiqueta y su sigla: tenemos así las aulas pobladas
con chicos con ADD/ADHD, TEA, TOC, ODD y por qué no
algunos TGD...”
TEA significa Trastorno Específico de Aprendizaje;
TOC, Trastorno Obsesivo Compulsivo; ODD, Trastorno Oposicionista
Desafiante; TGD, Trastornos Generalizados del Desarrollo.
Podríamos jugar y divertirnos con las siglas, como
si se trataran cubos o naipes para armar un castillo absurdo.
Pero no lo hacemos, porque atisbamos que tras una jerga supuestamente
científica e inocua se oculta un infame tráfico
de drogas, cuyos clientes al menudeo vendrían a ser
los padres y maestros que descansan en un diagnóstico
rápido de ADD, pero cuyas víctimas principales
son, como ya dijimos, los niños.
La campanada inglesa
Se publicó en The Daily Telegraph, de Londres, una
solicitada firmada por 110 maestros, psicopedagogos y autores
de literatura infantil y juvenil. El título es estremecedor:
“Asesinato de la infancia”
“Estamos profundamente preocupados por el creciente
número de casos de depresión infantil, problemas
de conducta y enfermedades del desarrollo —dicen los
firmantes de la solicitada— y estamos persuadidos de
que esto se debe a la ignorancia tanto por parte de los políticos
como del público en general de las realidades y sutilezas
del desarrollo infantil.
“Dado que los cerebros de los niños están
todavía en desarrollo, ellos no pueden ajustarse, como
los adultos, a los cada vez más rápidos cambios
tecnológicos y culturales. Los chicos necesitan lo
que todo ser humano en crecimiento requiere: comida fresca
y poco procesada, en lugar de comida chatarra; juegos concretos
y no entretenimientos sedentarios frente a una pantalla; experiencias
de primera mano del mundo en el que viven y relaciones con
adultos de piel y hueso, no virtuales”.
“También necesitan tiempo. En una veloz y ultracompetitiva
cultura como la nuestra se espera que los chicos ingresen
en la escuela a una edad cada vez más temprana y que
pasen por una batería de exámenes desde el nivel
primario. Las fuerzas del mercado los empujan, además,
a actuar y vestir como miniadultos y los exponen mediante
la vía electrónica a contenidos que hasta hace
poco se habría considerado inaceptables...”
¿Qué es lo que han detectado en Inglaterra?
Algo que intuimos en cualquier otra parte del mundo globalizado:
que un impiadoso marketing al servicio de la gran industria
somete cada vez más a los niños de las ciudades
a una adultización que no es maduración, descargando
sobre ellos una batería de estímulos que su
desarrollo biológico y cognitivo no les permite asimilar
ni ordenar.
El resultado —en Londres, en México, en Buenos
Aires— es el “niño que hace zapping”
o bien ese “niño que se cuelga” (para decirlo
en argot informático).
Lo grave es que sus padres y maestros utilicen el “diagnóstico
rápido” para sacarse al niño de encima,
excluyéndolo sin más trámite del circuito
educativo normal.Y más grave aún es que ciertos
malos médicos que funcionan como prolongación
de los intereses de los laboratorios, prescriban metilfemidato
como solución práctica para atenuar los efectos
del ADD.
Que quede claro: no estamos poniendo en duda la existencia
del ADD —un mal detectado y llamado de distinta manera,
desde hace siglos— ni los avances científicos
en su conocimiento. Sólo estamos denunciando —perdón
si no encontramos mejores palabras— lo que es un infame
tráfico de drogas con la infancia.
El trastorno en padres y docentes
Organizaciones profesionales y gubernamentales de los Estados
Unidos advierten a la población sobre los riesgos del
diagnóstico rápido de ADD.
Tal vez ciertos padres y educadores argentinos, hiperkinéticos
a la hora de encontrar explicaciones, inestables en el diálogo
con sus niños, dispersos en sus múltiples ocupaciones,
debieran tomar nota de estas sencillas observaciones que hacen
los especialistas: