No deja de ser un tanto inquietante que a la pregunta: ¿Cuáles
son los inventos argentinos? muchos de nosotros incluyamos el
dulce de leche –que según las crónicas habría
sido producto de la distracción de una cocinera del siglo
XIX. No menos desalentadora es la mención a los otros
dos –éstos sí verdaderas innovaciones–
la birome y las huellas digitales. Ocurre que ambos fueron desarrollados
en realidad por dos extranjeros que emigraron a la Argentina,
formados en sus países de origen. Uno fue Ladislao Biro,
inventor del bolígrafo que aquí conocemos como
birome, el sustantivo que recuerda a su creador y el otro Juan
Vucetich, quien desarrolló el sistema de reconocimiento
de identidad por medio de la huella digital.
La birome
En 1938, dos hermanos húngaros, Ladislao y Georg Biro,
inventaron el bolígrafo. Ese año, el bolígrafo
fue patentado en Hungría. Ladislao Biro nació
en Budapest, el 29 de septiembre de 1899, emigró a la
Argentina en el año 1940, se nacionalizó argentino
y desarrolló una prolífica carrera como inventor
profesional en nuestro país, hasta su fallecimiento en
Buenos Aires, el 24 de octubre de 1985 a los 86 años
de edad.
Las huellas dactilares
Iván Vucetic –el nombre original del inventor–
nació el 20 de julio de 1858 en Lesina, una localidad
de población serbocroata, que entonces pertenecía
al Imperio austrohúngaro.
Su invento se debió a una casualidad: alguien olvidó
en la oficina de su jefe una revista francesa de divulgación
científica, en la que había un artículo
acerca de las investigaciones inconclusas de Francis Galton
sobre huellas digitales... Y Vucetich no sólo sabía
francés: también tenía ingenio.
Los dibujos de las huellas digitales venían siendo investigados
y se sabía que no existían dos individuos con
huellas iguales en las yemas de los dedos, pero nadie, hasta
Vucetich, había logrado implementar sobre esa base un
sistema universalmente reconocido para la individualización
de personas.
El 1 de septiembre de 1891 lo aplicó por primera vez
a los 23 procesados que se hallaban en la Jefatura de Policía;
para diciembre de 1891, las huellas de todos los detenidos en
la cárcel de La Plata ya habían sido registradas;
y para 1892 se identificó al contingente de 1462 aspirantes
a agentes, de los cuales 78 resultaron con antecedentes y uno
con nombre falso.
Pero la prueba de fuego fue un filicidio, ocurrido en Necochea
el 29 de junio de 1892: la pesquisa no había logrado
dilucidar quién había asesinado a dos niños
de corta edad, y el sistema lo resolvió. La huella de
una mano ensangrentada en una puerta y en el mango de un cuchillo
permitió saber que Francisca Rojas había asesinado
a sus hijos, Ernesto, de seis años, y Francisca Carballo
Rojas, de cuatro. Hasta ese momento, el único incriminado
era un inocente: Pedro Ramón Velásquez, vecino
y padrino de uno de los chicos, a quien la mujer –que
luego confesó su culpa– había acusado para
encubrirse.
El dulce de leche
Pese a las controversias sobre su origen, la historia cuenta
que el dulce de leche nació en la Argentina un 17 de
julio de 1829. Los hechos nos conducen a Cañuelas, durante
un encuentro entre Lavalle y Rosas. Ambos habían firmado
el 24 de junio el Tratado de Cañuelas con el fin de concluir
las hostilidades y llamar a elecciones para integrar la Junta
de Representantes. El 17 de julio, Lavalle llegó al campamento
de Rosas muy cansado de cabalgar y pidió verlo para tratar
asuntos pendientes. Como éste tardaba, no resistió
la tentación de echarse una siestita en un catre de campaña
pero quedó profundamente dormido.
Una mulata que preparaba la “lechada” (leche caliente
con azúcar) para el mate, al ver al “enemigo”
acostado en el camastro de Rosas, indignada, fue a buscar ayuda
para sacarlo de allí. En su premura, olvidó la
leche sobre las brasas y ésta quedó hirviendo
lentamente. Cuando volvió con refuerzos lo hizo al mismo
tiempo que Don Juan Manuel, quien ordenó no interrumpir
el sueño de su “hermano de leche” (los había
amamantado la misma nodriza). Lavalle recién despertó
al día siguiente, mas al retornar la mulata junto al
fogón encontró la “lechada” convertida
en una especie de jalea color marrón claro. Ella misma
o algún soldado goloso la probó y en su entusiasmo
convidó a los que estaban alrededor: había nacido
el dulce de leche.
Probables consecuencias de la aprobación
de la ley
Ahora, nos venimos a enterar que la milanesa napolitana no es
de Milán ni de Nápoles. Es un invento que creó
en los años cuarenta un restaurante que se llamaba “El
Napolitano” y que los sorrentinos se llaman así
por el restaurante Sorrento, en la Av. Corrientes, en donde
comenzaron a hacer ravioles con un formato diferente, más
grandes.
Surge la pregunta acerca de las consecuencias prácticas
del reconocimiento legislativo de la milanesa y otros platos
“típicamente” porteños. ¿Se
incrementará el turismo internacional con glotones ávidos
por saborear platos con aprobación legislativa? ¿Se
mantendrán los precios anteriores en restaurantes porteños
cultores de la especialidad? ¿Se podrá seguir
usando el calificativo “napolitana” en el interior
del país sin transgredir el copyright porteño
de esta milanesa?
Esperamos que en esta oportunidad la cuestión no pase
a mayores, ni desate una contraofensiva del interior en defensa
de la propiedad intelectual del locro, los tamales y la humita.
Fuentes consultadas
www.elcomercioonline.com.ar/
www.oni.escuelas.edu.ar/