Por Hugo Presman
El país marchaba hacia el precipicio. El modelo de rentabilidad
financiera, apertura indiscriminada, política anti-industrial
privatizaciones obscenas, demolición de la legislación
laboral, estado en retirada –con su viga maestra, la convertibilidad–
estallaba en manos de un presidente autista que incumplía
todas las promesas, menos una: con él, un peso seguiría
siempre valiendo un dólar.
El proyecto implementado el 1 de abril de 1991, era el intento
más serio de liquidar el modelo de sustitución
de importaciones jaqueado y atacado desde septiembre de 1955.
La resistencia de los sectores sociales que lo integraban habían
soportado hasta la política de arrasamiento del Plan
Martínez de Hoz implementado mediante el terrorismo de
estado. Los sectores populares habían padecido desde
la hiperinflación al terror. La penetración de
las ideas neoliberales que exaltaban al mercado como deidad
distribuidora y arrinconaba al Estado a la tarea de levantarle
la mano a los ganadores mientras subsidiaba a los poderosos,
fueron abonando el terreno para el menemismo.
El modelo tenía 59 años, nueve más que
el primario exportador al que sustituyó, aquel de la
pretendida arcadia rural que iniciado en 1880 sucumbió
en la crisis de 1930. La “modernidad” se levantaba
sobre un gigantesco cementerio sin tumbas.
El esquema de valorización financiera asoció
en su época de esplendor a los extremos de la pirámide
social, que junto a extensas franjas de clase media “compró”
el ingreso al primer mundo, la fortaleza de un sistema bancario
basado en la ilusión del empate monetario. El sueño
terminó en 1998, cuando la recesión se inició.
La devaluación de Brasil, en enero de 1999, inició
el tiempo de descuento.
Menem concluyó su década infame dejando una bomba
neutrónica. La inercia impedía ver los nubarrones.
Se profundizó el endeudamiento.
La Alianza unía las debilidades discursivas del “progresismo”
con el quietismo visceral de los sectores más conservadores
de los radicales. Asumieron con la bandera de la ética
que enterraron en la infame ley de la flexibilización
laboral. Álvarez, que conocía la necesidad de
romper con la soga al cuello de la convertibilidad, decidió
convertirse en un inclaudicable defensor del suicidio. Su alejamiento
a lo Hamlet, rompió la endeble estructura política.
La profunda derrota del gobierno en las elecciones de octubre
del 2000, con un notable ausentismo y votos invalidados, anticipaban
el futuro.
Domingo Cavallo, con un apoyó social mayoritario y con
el impulso de Chacho Álvarez, volvió al Ministerio
de Economía, con el mendaz argumento que el que había
creado el problema, era el capacitado para resolverlo.
La fuga de capitales realizada por los grandes ganadores de
la década, financiada por los organismos internacionales,
dejó el país en cesación de pagos.
Endeudamiento y vaciamiento, una receta explosiva
El corralito intentó retener las monedas. La plata grande
se había fugado. Los bancos, las catedrales del Dios
mercado, se mostraron insolventes.
El hambre atravesaba los barrios pobres del conurbano, de la
Capital Federal, del gran Rosario, de buena parte de la geografía
nacional.
Los fieles que dejaron sus ahorros en las catedrales del modelo
se sintieron defraudados en la religión económica
en que habían confiado y se enfurecieron.
Hambre y desocupación abajo, ahorros congelados en los
sectores medios, desmoronamiento en las creencias compradas,
horizonte desvanecido, seguridad evaporada, incertidumbre generalizada,
futuro hipotecado, caída vertiginosa en la escalera social.
Fragmentación política, implosión de las
representaciones, descreimiento profundo en la política.
El terreno estaba preparado. Sólo faltaba el fósforo
que incendiara la pradera. Los saqueos en la Provincia de Buenos
Aires, el discurso del Presidente De la Rúa anunciando
el estado de sitio, actuaron de detonantes. La historia dejó
las veredas y empezó a caminar por las avenidas.
Los pies escriben la historia
Como convocados por un llamado implícito, miles y miles
de compatriotas ocuparon las calles y se dirigieron a Plaza
de Mayo.
La ciudad fue tomada. Las ollas fueron la música para
los pies. Un profundo desprecio hacia la política y los
políticos se mezclaba con el humo de los neumáticos
incendiados.
Sólo una consigna unificaba a la multitud: “Que
se vayan todos”. La renuncia de Cavallo fue el momento
culminante de la jornada. La clase media protagonizaba esa noche
del 19 de diciembre su 17 de octubre.
Al día siguiente, la plaza cambió su composición
social. Sectores plebeyos y franjas militantes confrontaron
con una bestial represión ordenada por el gobierno para
desalojar la plaza de Mayo. Sólo el vacío, el
espacio desierto, garantizaba para el presidente, la gobernabilidad.
Había hecho del aislamiento un ejercicio. El vacío
y soledad lo acompañarían en su fuga en helicóptero.
En su conciencia quedarán 37 muertos. La justicia no
lo alcanzará. Ante la jueza afirmó: “No
vi. televisión en todo el día ni tampoco me asomé
al ventanal de la Casa de Gobierno, estaba absorbido por la
crisis institucional. La Cámara confirmó la falta
de mérito que dictó la jueza Servini de Cubría,
bajo el argumento de “que no está probado que De
la Rúa estuviera al tanto de lo que pasaba en las calles”.
Un razonamiento surrealista
Tarde, muy tarde fueron los intentos finales de negociar con
el peronismo, de que Eduardo Duhalde fuera jefe de gabinete,
o que Julio María Sanguinetti, el ex presidente uruguayo
y Felipe González, ex jefe del gobierno español
fueran los garantes de una tregua política y social.
Esto explica la insólita presencia del dirigente español
en la Casa de Gobierno en la que se encontró con De la
Rúa, como último acto político, luego de
irse en helicóptero el día anterior, saliendo
por los techos de la Casa Rosada.
Luego vinieron tres presidentes y dos encargados del Poder Ejecutivo
en una semana. Rodríguez Saá proclamó la
cesación de pagos en el Congreso, aplaudido por muchos
de los mismos que consintieron parte del endeudamiento.
Eduardo Duhalde, el derrotado en las elecciones de 1999, senador
desde diciembre del 2001, asumió la presidencia.
La devaluación fue la llave y la estrategia. Se produjo
una gigantesca distribución de ingresos. Muchos triunfadores
volvieron a ganar. Los cartoneros y familias revolviendo los
tachos de basura fueron postales del estallido de la crisis
más profunda de la historia argentina.
Empezó una etapa hacía la salida, acelerada por
el asesinato de dos militantes sociales, Maximiliano Kosteki
y Darío Santillán. La economía empezó
a crecer, se volvieron abrir algunas fábricas, las economías
regionales que vegetaban se recuperaron. Pero como decía
Chesterton, eso, eso es otra historia.
Fotos amarillas
Asambleas barriales, cartoneros, piqueteros y clase media intercambiando
experiencias bajo la consigna “la lucha es una sola”.
Ahorristas destrozando bancos. El trueque como alternativa económica.
Comedores en la calle. Vecinos intentando en democracia directa
resolver problemas. Dos millones de planes jefes y jefas de
hogar. Fábricas recuperadas por sus obreros, ante la
huida de sus antiguos dueños. La restricción a
la circulación monetaria es sustituida por bonos que
hacen la función de papel moneda.
De todo el mundo se arrimaban cineastas, sociólogos,
analistas para observar el inmenso taller de forja de un país
descendido al séptimo círculo del infierno.
Miserias competitivas, jóvenes militantes que confundieron
las Asambleas con los Soviet, vecinos bien intencionados que
empiezan a sentir la fatiga de la compasión. La recuperación
económica, el reintegro de los ahorros, merman, erosionan
la alianza plebeya forjada en las calles.
Los pies vuelven a transitar por las veredas. Las ollas volvieron
a la cocina. Los piquetes se separaron de las cacerolas. Franjas
importantes de clase media, alejadas ahora del abismo de la
pobreza, prefieren que le oculten la miseria que padecen millones
de argentinos.
El 19 y 20 de diciembre se eclipsa, pero su gigantesca energía
atraviesa el país y se propaga por América Latina.
Lo que el lustro no se llevó
Carente de estructura, con un profundo rasgo antipolítico,
el 19 y 20 de diciembre es un hito como límite y advertencia.
Careció de un beneficiario político directo como
el 17 de octubre o las sólidas organizaciones sindicales,
políticas y universitarias como el cordobazo. Este último
no se realizó como el primero en nombre de Perón,
pero las energías sociales desatadas confluyeron para
concretar lo que por entonces era un imposible: el regreso del
líder exiliado.
Los idus de diciembre no podían lograr una victoria,
pero si oxigenar y cambiar el lenguaje político. Fue
el rugido de un país, según la psicoanalista Silvia
Bleichmar.
Los aspectos positivos del gobierno de Kirchner, los resultados
de las elecciones de Misiones hubieran sido imposibles sin estos
días históricos.
Es preciso señalar que las facetas contradictorias y
dialécticas del 19 y 20 de diciembre se proyectaron a
las elecciones del 27 de abril del 2003, donde en primera vuelta
el 41% votó por los emblemas de la debacle como Menem
y López Murphy. El viento de aquellas jornadas se iba
a cristalizar en el ballotage abortado, donde el repudio a la
larga noche infame se estimaba alcanzaría a un 80%.
Si se quiere analizar un hecho de esta magnitud, desmenuzando
sólo y aisladamente los móviles mezquinos que
confluyeron, los ahorristas timados, algunos saqueos inducidos,
se omite que todo fresco histórico tiene una suma de
ingredientes en que los ideales y los intereses económicos
se entrelazan promiscuamente. En ese caso se incurre en la humorada
de Borges mirando un partido de fútbol. Sólo se
aprecian 22 jugadores corriendo tras una pelota.
El 19 y 20 de diciembre fue un NO estruendoso. Una oxigenación
del aire viciado por la extensa década de menemismo y
delarruismo. Un clivaje sobre el cual se puede identificar las
movilizaciones posteriores con sus desmesuras, de los familiares
de Cromañon a los asambleístas de Gualeguaychú.
Recorre el mismo camino la reivindicación del papel
del estado, hoy reclamado incluso hipócritamente por
quienes lo desguasaron y se lo llevaron a la casa.
El temor a la presencia latente de la movilización y
las protestas populares, según el politólogo Edgardo
Mocca, han jugado y juegan un enorme papel en nuestra vida política.
En definitiva, se produjo un viraje en que conviven la continuidad
y la ruptura con la década del noventa. Sólo la
creciente participación popular, puede acentuar la ruptura
sobre la continuidad. En esa difícil convivencia están
exteriorizados los matices, los claros oscuros de los días
en que la historia ocupó la calle.