Las recientes demandas de vecinos de Caballito para que se
frene el proceso de construcción de nuevas torres de
viviendas en el barrio, reinstala en la agenda pública
el debate de algunas asignaturas pendientes de la ciudad de
Buenos Aires. En primer lugar, la necesidad de una política
de planificación urbana acorde a las actuales dinámicas
urbanas y demandas sociales y un proyecto de desarrollo económico
– territorial, capaz de darle sustentabilidad.
En segundo lugar, articular en los hechos y no en el discurso,
los objetivos de gobierno con los objetivos de planificación
y desarrollo.
Esta demanda vecinal explicita de manera descarnada la pugna
entre intereses privados (vecinos de nivel socio económico
medio y medio–alto versus desarrolladores inmobiliarios),
poniendo en evidencia la fragilidad de los intereses públicos.
Las causas de estos enfrentamientos pueden explicarse, entre
otras razones, por el progresivo debilitamiento del Estado en
materia de ordenamiento territorial y planificación urbana
desde principios de los 90 frente al avance del mercado en la
configuración de la ciudad.
Las sucesivas actualizaciones al Código de Planeamiento
Urbano (en los años 1989 y 2000), sin la aprobación
de un Plan Urbano que oriente el crecimiento, las estrategias
de intervención urbana y las inversiones públicas
y privadas necesarias para un desarrollo equitativo y acorde
a las infraestructuras de servicios disponibles, son una prueba
elocuente del debilitamiento y contradicciones del Estado local
porteño.
En estos diez años de autonomía, la ciudad ha
estado sujeta a procesos de modernización selectiva de
la mano de la inversión privada y a profundas transformaciones
urbanísticas, luego de la desregulación económica
y la aplicación del modelo neoliberal.
En este periodo los sucesivos gobiernos de la ciudad no han
evaluado el riesgo del colapso de las infraestructuras de servicios
disponibles ni han hecho una inversión en infraestructura
vial y de transporte acorde a este crecimiento. Tampoco han
evaluado el impacto ambiental de este crecimiento acelerado
de algunos barrios ni la perdida del stock construido de valor
patrimonial histórico. La congestión del transito,
la polución visual y sonora, el colapso de la red eléctrica
y/o cloacal, son algunos de los efectos perversos individualizados
por los vecinos.
Los resultados de esta fase de modernización, acompañadas
por los cambios de la normativa urbanística (en particular
el aumento de constructibilidad en determinados Distritos urbanísticos
del Código de Planeamiento Urbano) están a la
vista: cientos de nuevas torres de viviendas orientadas a los
sectores mas solventes de la sociedad construidas en antiguos
barrios cuyas principales características eran la baja
o media densidad habitacional o bien en nuevos barrios, convertidos
en islas de prosperidad. En la década de los ‘90
los barrios que concentraron mayor número de emprendimientos
residenciales en torre fueron Belgrano y Caballito. Esta verticalización
arrojó miles de nuevas unidades de vivienda a una ciudad
que a juzgar por los datos censales no aumentó su población.
Luego de la crisis institucional y económica del año
2001, y superada la inestabilidad económica y financiera
a mediados de 2003, la reactivación de la industria de
la construcción resurge con toda su fuerza.
La rentabilidad de la inversión en bienes raíces
rápidamente recupera los valores y tasas de ganancia
de la etapa previa a la ruptura de la convertibilidad y en muchos
casos los supera. Los proyectos inmobiliarios paralizados o
en espera recuperaron su ritmo, y se extendieron a otros barrios
como Palermo o Villa Urquiza, sin haberse cumplido por parte
del gobierno porteño, las etapas previstas en la Constitución
de la Ciudad en materia urbanística y de planificación
urbana. Este es el contexto que dio inicio al proceso que hoy
se intenta frenar a través de las demandas vecinales.
Desde esta perspectiva, reducir el debate a opositores o promotores
del “progreso urbano” es erróneo. Lo que
esta en discusión es cómo se asigna socialmente
el espacio urbano y como se distribuyen las rentas de este selectivo
proceso de valorización donde la mayor parte de los ciudadanos
esta excluido.
La verticalización acelerada de algunos barrios porteños
como Caballito, Palermo, Núñez o Villa Urquiza
entre otros, debería contrastarse con el estancamiento
y deterioro de barrios como La Boca, Constitución, Nueva
Pompeya, Villa Soldati o Mataderos y el crecimiento de la población
en asentamientos precarios y villas miseria de la ciudad.
La polémica medida tomada por el Gobierno de la Ciudad
de suspender temporariamente el otorgamiento de nuevos permisos
de construcción para edificios que superen los 13 metros
de altura en seis barrios porteños (Decreto 1929), pone
en cuestión los derechos adquiridos por los inversores
y desarrolladores y tampoco deja satisfechas las expectativas
de los vecinos.
Generar reglas de juego claras tanto para los inversores como
para los vecinos que no quieren cambios bruscos en la fisonomía
de sus barrios es impostergable. Esta tarea requiere poner en
marcha un conjunto de procedimientos de participación
ciudadana e instrumentos urbanísticos, económicos,
jurídicos y fiscales que deberán ser consensuados
políticamente entre todos los actores involucrados: organizaciones
barriales de vecinos, ongs, colegios profesionales, especialistas,
académicos, cámaras empresarias e inmobiliarias,
inversores y desarrolladores, bancos y representantes de los
poderes ejecutivo y legislativo de la ciudad.
La Ciudad cuenta con procedimientos dentro del actual Código
de Planeamiento para rever los desajustes en materia de edificabilidad.
Otros procedimientos han sido poco aplicados o subestimados:
entre ellos la efectiva creación de bancos de tierra
e inmuebles públicos para intervenir en el mercado inmobiliario;
la aplicación conjunta de incentivos urbanísticos
y medidas fiscales que desalienten la construcción en
los barrios de mayor demanda inmobiliaria. Este es el caso del
Área de Desarrollo Prioritario 1 prevista en el Código,
correspondiente al polígono de actuación de la
Corporación Buenos Aires Sur.
También podrían promoverse líneas de
crédito preferenciales, tanto para empresas como para
ciudadanos en los barrios desfavorecidos de la ciudad; rever
la política fiscal aplicando tasas de servicios diferenciales
según los distritos urbanísticos y calidad y características
de los inmuebles y programar y distribuir territorialmente las
obras públicas mejorando las condiciones urbanas del
conjunto de los barrios de la ciudad. Además podría
consensuarse con los entes prestatarios de servicios urbanos,
acciones conjuntas para evaluar el estado actual de las infraestructuras
y, de ser necesario, programar las inversiones en obras que
eliminen los riesgos de colapso ante el desarrollo inmobiliario.
Otra asignatura pendiente es el tratamiento legislativo de
una política integral de rehabilitación urbana
que permita proteger y recuperar el valioso stock construido
en la ciudad de Buenos Aires, adecuando según los casos
las normas de edificación y habitabilidad, evitando demoliciones
innecesarias que paulatinamente van destruyendo edificios de
gran calidad arquitectónica y valor patrimonial histórico.
La realidad descripta y puesta en la agenda pública por
los vecinos, impone el cumplimiento no solo de las asignaturas
pendientes antes mencionadas en materia de políticas
urbanísticas y de planificación, sino también
de políticas estructurales que apunten al largo plazo,
promoviendo un desarrollo urbano más equilibrado, más
equitativo y sustentable desde el punto de vista ambiental.