¿Cómo dar vuelta nuestra mirada anestesiada
frente al dolor, la pobreza y ciertas imágenes ciudadanas
que evidencias tanta soledad? ¿Cuándo fue que
nos acostumbramos a ver dormir en los portales a la gente y
a no suspirar o sufrir por ellos, o en los zaguanes o en los
escondrijos de los parques?
¿Cuándo fue que comenzó a causarnos cierto
temor la cercanía de un pequeño oliendo pegamento
tirado en una vereda del centro de Buenos Aires o en el rincón
de algún vagón de un tren?¿Fue de a poco?
¿Fue de golpe? ¿Cómo fue? ¿Cuándo
fue que dejó de darnos un vuelco el corazón frente
a los buscadores de comida en la basura o frente a los cargadores
de cartón?
¿Cuándo fue que comenzamos a retirar nuestro
cuerpo frente a alguien que entre la amenaza y la desesperación
se nos cerca a pedir un sándwich o una leche o una limosna?
¿Cómo es que podemos caminar casi como si nada
y mirar a alguien disponiéndose a dormir en la entrada
de algún banco tapándose con diarios como sábanas
y cartones como abrigo?
¿Y esa que tiene armada su “casita” de nailon
y papeles en la puerta del Teatro Cervantes? ¿Quién
es? ¿Quién era? ¿Y la que camina por la
calle Córdoba a la altura del 3300, envuelta su cabeza
con el mismo lazo de manta vieja de lana de cuadros celestes
y rosados tanto en invierno como en verano? ¿Estamos
a tiempo aún de aprender nuevamente a conmovernos pero
no sólo con la conmoción teledirigida?
¿Estamos a tiempo –siguiendo al filósofo
Cornelius Castoriadis– de ubicar objetivos de vida diferentes?
¿Deberíamos querer una sociedad en la cual los
valores económicos hubieran dejado de ser centrales (o
únicos), donde la economía regresara a su lugar
como simple medio de vida humana y no como fin último,
en la cual, por lo tanto, renunciáramos a esta loca carrera
hacia un consumo siempre creciente. Esto no solamente es necesario
para evitar la destrucción definitiva del entorno terrestre,
sino también y sobre todo para salir de la miseria psíquica
y moral de los humanos contemporáneos” Sería
necesario, dice Castoriadis, entre otras cosas, que los seres
humanos –habla de los países ricos, pero se podría
extrapolar alguna propuesta– aceptaran un nivel de vida
decente pero frugal. “Para ello sería necesario
que otra cosa diera sentido a la vida y que la gran mayoría
sintiera lo mismo y lo realice. Esa cosa es el desarrollo de
los seres humanos, en lugar del desarrollo de los cachivaches.”
¿Podremos plantearnos esa creación extraordinaria
de nuevas significaciones y sentirlas como que valen la pena?
* Por Ana Jusid, escritora y pintora. La nota fue publicada
originalmente en Caras y Caretas de marzo 2007.