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Artículos principales de La Urdimbre, edición impresa,
junio 2006.

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El (re) descubrimiento del Riachuelo

Por Alfredo Roberti

Si bien se tenían algunos datos de su existencia, en estas últimas semanas se confirmó la noticia: existe un curso de agua que separa la ciudad de Buenos Aires del conurbano. Se llama Riachuelo. Para quienes desarrollan sus vidas lejos de él, resultaba una realidad lejana y extraña. Hasta hace poco. De pronto se desató una competencia entre (re) descubridores/as de la realidad del Riachuelo. Están los partidos políticos que presentan proyectos en el Congreso, asociaciones civiles y gremios que sacan a relucir los suyos, medios de comunicación que se horrorizan ante tanta desidia, ambientalistas que reclaman “nosotros lo vimos primero”.

La Auditoría General de la Nación dice que el organismo encargado de sanearlo (el CEMR – Comité ejecutor Matanza-Riachuelo) no sirve para nada. Agrega que desde allí se malversaron fondos. No usa el término pero lo detalla en varias de las 137 páginas del informe. Aunque no explica quienes. Mondino, el Defensor del Pueblo de la Nación, aporta lo suyo: se presenta por segunda veces en el Congreso y reclama un organismo nacional único (empero, no dice nada sobre el que ya existe). La prefectura reflota barcos hundidos. Le corresponde, pero si antes lo hacía no nos enterábamos.

(Re)descubierta que ha sido su existencia, todos parecen coincidir en un punto: ¡Que porquería el Riachuelo! Lo cual no es poca cosa. Rara vez entre argentinos nos ponemos de acuerdo en forma tan unánime. Luego cada quien pasará a describir diferentes aspectos de su repulsiva presencia. Que desde luego –en esto también hay coincidencias– enferma a quienes viven en sus alrededores. Lo que nadie sabe es hasta dónde y cuánto. Aunque algunos temerariamente den cifras alarmantes sin correlato empírico, o sea no hay estudios que avalen sus dichos. El ministro de Salud, Ginés González García afirma que no hacen falta. Que hay que sanear el Riachuelo, en lugar de gastar plata en estudios de salud.

Habrá que hacer algo
Mientras el Riachuelo permanecía convenientemente oculto, nadie se sentía obligado a opinar. Pero ahora que lo han re-des-cubierto pululan las soluciones. Todas convergen (¡Oh! Qué bellos los acuerdos) en un concepto matriz: hay que limpiar el Riachuelo. Para ello se proponen diferentes obras de ingeniería y –desde luego– importantes inversiones.

Feos, sucios y malos.
Bajo el título de un film de Ettore Scolla y en un ejercicio de simplificación extrema de la realidad –que nos servirá para ilustrar el punto– diremos que el Riachuelo es lo que es debido a la acción de:

  • Los malos: industrias que arrojan desechos contaminados a su cauce y son responsables de la contaminación química. Podrían evitarlo instalando equipos depuradores ad-hoc, pero no lo hacen porque a los malos sólo les importa su bolsillo.
  • Los sucios: los pobres que no tienen cloacas ni educación suficiente y son responsables de las aguas servidas y la basura que provocan la contaminación bacteriológica y
  • Los feos: funcionarios ineficientes, inspectores corruptos y policías venales, que no hacen —o en todo caso no harían en un hipotético futuro con Riachuelo saneado— nada para impedir ni una ni otra clase de contaminación.
  • Los vivos. Como no podía ser de otra manera éstos se colaron imprevistamente en la clasificación, que no los había tenido en cuenta. Vivos son, por ejemplo, los que fletan un camión volcador para que atraque de culata y descargue escombros, chatarra, químicos tóxicos, etc. etc. en las aguas del Riachuelo o simplemente no preguntan que hará el fletero con la carga que acaban de despachar.

Al Riachuelo ¿no habría que dejarlo seguir su curso?
Igual que esos resfríos que no se van con nada, es probable que el Riachuelo no necesite sino reposo y dejar que la afección siga su curso yendo –en este caso– a parar al Río de La Plata primero y al Océano Atlántico después. Todo indica que el Riachuelo tendría que hacer dieta para curarse. Su alimento natural es el agua limpia de lluvia. Tarde o temprano terminaría deshaciéndose de las porquerías que lo mantienen enfermo para depurarse naturalmente.

Claro, que para que esto ocurra hay que operar sobre el resto de la compleja realidad ambiente que lo confinan al actual estado de postración. Esa es una obra de ingeniería politico-social que no puede delegarse ni en un organismo único ni en empresas contratistas. Requiere una amplia participación de todos los estamentos políticos involucrados (intendentes y consejos deliberantes de los partidos de la provincia de Buenos Aires, la Gobernación de la Provincia, la Jefatura de Gobierno y la Legislatura de la Ciudad de Buenos aires, el Estado Nacional, las cámaras de diputados y senadores, etc.) con la más amplia participación de la ciudadanía a través de organizaciones representativas.

En Inglaterra se consigue
En 1957, el río Támesis de 346 km. de largo que atraviesa la ciudad de Londres cerca de su desembocadura, fue declarado biológicamente muerto por el Museo de Historia Natural de Londres. Cincuenta años después, decenas de especies de mamíferos marinos, anfibios y peces pululan en su curso. También han vuelto las aves marinas que se alimentan de los peces. El Támesis está considerado hoy día como el río más limpio del mundo en atravesar una ciudad importante.

¿Cómo lo lograron? Se afirma que la iniciativa para sanearlo provino del Parlamento: el olor nauseabundo descomponía a los parlamentarios en plena sesión de las Cámaras. Las medidas que adoptó el gobierno británico mejoraron el funcionamiento de las plantas de tratamiento de desechos cloacales, en tanto a la industra se le prohibió descargar productos contaminantes en el lecho del río. Y, obviamente, todos cumplen. Hoy, más de la mitad de los desechos sanitarios, una vez tratados, se convierten en pellets y se venden como fertilizantes para uso en la agricultura. Además, se ha generado una próspera industria pesquera que explota varias especies de peces que en grandes cantidades viven en las aguas del Támesis.

Una cuestión de Estado
En Londres recién comenzaron a verse las primeras señales de vida en el curso del río Támesis en la década del 70.

Las iniciativas drásticas y rápidas (estilo los mil días de la nefasta funcionaria menemista) son cuanto menos irreales. Se ocupan del efecto y omiten las causas creando la falsa ilusión de que la solución está a la vuelta de la esquina. Cualquier proyecto serio de saneamiento del Riachuelo debe pensarse en términos de décadas, en un proceso gradual de transformaciones sociales que sustenten la voluntad política de sostener una cuestión de Estado para varios gobiernos a lo largo de los años que dure su realización.

Por eso, los proyectos que hoy día manejan los re-descubridores del Riachuelo no son más que oportunismo político. Y para algún empresario de la política, una oportunidad de hacer negocios.


La contaminación sigue entre nosotros
Por Antonio Elio Brailovsky
La constribución del autor pertenece al libro “La Situación Ambiental Argentina 2005”, editado por la Fundación Vida Silvestre. El libro consiste en un diagnóstico actualizado de las regiones naturales de nuestro país y la revisión crítica de los principales temas ambientales de actualidad realizada por 140 expertos en el tema. El artículo de Brailovsky se extiende a otras cuestiones además del Riachuelo. En www.laurdimbre.com.ar/ambiente/amb-0046.php figura completo.

Lalo tiene setenta y cinco años, pero aparenta muchos menos. Tal vez la vida al aire libre o el diario ejercicio del remo desmientan por una vez la insalubridad en la que vive. Lalo vive en Wilde y tiene una choza y un bote junto al arroyo Sarandí. Llegamos hasta él con las cámaras de Canal 13 después que alguna autoridad le prohibiera a la Prefectura llevar civiles a navegar por los arroyos contaminados. “Lo único que hacen con la contaminación es esconderla”, me dice el periodista.

Para llegar a lo de Lalo bordeamos el Polo Petroquímico del Dock Sud, en medio de los olores agresivos de decenas de chimeneas que arrojan al aire diferentes sustancias tóxicas. Atravesamos Villa Inflamable, llamada así porque este barrio fue construido encima del basural de residuos de petróleo de la vieja destilería de YPF. Aseguran los entendidos que allí uno no debe hacer un asado apoyando el fuego directamente sobre la tierra porque pueden surgir llamaradas. No nos quedamos a confirmarlo.En ese lugar un estudio financiado por la Agencia Japonesa de Cooperación (JICA) encontró niños intoxicados con metales pesados en la sangre. (N. del E.: ver nuestro sitio www.laurdimbre.com.ar/ambiente/
estudiodesalud.pdf)
¿La respuesta oficial? Se negaron a que continuaran haciéndose estudios epidemiológicos sobre salud ambiental. Hay una interpretación posible a esta voluntad explícita de no querer conocer la verdad: mientras la contaminación afecte solamente los recursos naturales, estamos ante un problema estético o, a lo sumo, económico. Pero cuando la contaminación daña la salud humana, estamos ante conductas que las leyes califican como delitos. Y entonces la obligación del Estado es hacer cesar el daño a la salud y perseguir a los delincuentes. Se comprende pues que haya un interés especial en no descubrir si se están cometiendo esos delitos.

Dejamos atrás Vila Inflamable y llegamos hasta un arroyo cuyo olor a podrido se mezcla con los olores de las chimeneas. Como en una postal de la India, pasan unas cuantas vacas con las ubres colgando y varios caballos flacos. Detrás de ellos vienen unas grandes ovejas de cuernos retorcidos. Pastan juntos en medio de un basural.
Subimos al bote con el periodista y el camarógrafo y Lalo comienza a remar hacia el Río de la Plata. Infinidad de plásticos y masas oscuras obstruyen la navegación. “Eso es la grasa que tiran del frigorífico”, dice Lalo. “Eso otro es el líquido que chorrea del relleno del CEAMSE”, agrega, y el líquido que atravesamos tiene más aspecto de descarga cloacal que de cualquier otra cosa. “Cuando la marea está baja, hay como explosiones de burbujas”, me dice. “Es el metano”, le aclaro.

Un perro nada junto a la pequeña embarcación. “Cuando lo recogí estaba sarnoso –dice Lalo– Lo tiré al arroyo hasta que se curó. Ese agua mata todo”. “Efectivamente –digo yo– La sarna son parásitos”.

Lalo rema a impulsos regulares y llegamos al Río de la Plata. Es una mañana magnífica y hacia el horizonte el río reluce en toda su belleza. Pasamos un banco de barro con peces muertos. “Llegan con la crecida –dice Lalo– cuando el agua baja se quedan sin aire y se mueren a montones”. Nuevamente las chimeneas, los olores, las torres de quema de gases. Pasamos junto a los tanques de varias empresas. “La Shell larga una cosa de un color blanco”, dice Lalo, quien va describiendo los diversos colores del efluente de cada una de las empresas.

“Allá, como a quinientos metros, tengo el espinel y el trasmallo”, agrega. “Saco bogas, patí, dorados, de todo. Para comer y para vender”.

“¿Se puede comer lo que saca acá?”, pregunta el periodista.
“Depende –dice Lalo–. Si cuando lo cocinás tiene mucho olor a kerosén, mejor no lo comas”

Éste es apenas un ejemplo de la negligencia con que se está tomando hoy el tema de la contaminación en la Argentina. Durante muchos años se ha dejado crecer el problema hasta que adquirió un volumen tal que parece inmanejable. A partir de allí, hay tanto para hacer que nadie parece estar dispuesto a dar el primer paso. Ni siquiera para delinear una estrategia de saneamiento pensada para resolver los problemas en el largo plazo.

A la vuelta, mientras pasamos sobre el Riachuelo, recuerdo que hace muy poco tiempo tuvimos un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo para comenzar su saneamiento. Ese dinero no se utilizó, por lo cual hubo que pagarle intereses punitorios al BID por pedir un préstamo y no usarlo. Suena difícil de entender: nos pasamos años diciendo que no hacíamos nada con el Riachuelo por falta de dinero y cuando lo tenemos no lo usamos. En cambio, parece que nos sobra la plata como para darnos el lujo de pagar esos intereses punitorios.

Entretanto, algún organismo oficial construyó varios monobloks de “vivienda social” en la propia orilla del Riachuelo, en uno de los sitios más contaminados del mundo. Basta con ir a Avellaneda por la continuación de la Avenida 9 de Julio para preguntarse por la insensibilidad social de quien tomó esa decisión.

Pero la pregunta de fondo es si tanta distracción no esconde una concepción, una manera de ver el futuro del país especializándolo en ser receptor de contaminación. Así lo pidieron algunos organismos internacionales antes de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Medio Humano (Estocolmo, 1972) y lo reiteraron funcionarios del Banco Mundial antes de la Cumbre de la Tierra (Eco´92, Río de Janeiro, 1992).


Crónica del hombre masa
Por Alejandro Margulis *

Ángel Cadelli es un hombre alto y sanguíneo, de alta pelada y barba corta, prolija, cuyos ojos hendidos y veloces van de acá para allá como los de un pájaro; tal vez por el modo nervioso en que los mueve es que le dicen “Lechuza”. O tal vez el apodo le viene por su costumbre de levantarse temprano para estar recorriendo a las seis y media los fríos galpones del Astillero Río Santiago (Ensenada, Provincia de Buenos Aires), entre los obreros de la compañía recuperada por sus trabajadores que más lo estiman, y también entre quienes no lo quieren.

“Camino todos los días a las seis y media. Todos me tienen ahí para decirme lo que quieran. Esa exposición y contacto con la masa es el que te salva de que te entornen, de olvidarte de donde venís”, explica en un aula céntrica de la ciudad de Buenos Aires, vestido con su overol azul marino que tiene cosidas una cerca de la otra, como si fueran una sola cosa, las señas visibles de su identidad: el emblema en felpa de Río Santiago, su nombre y apellido y la bandera argentina.
Designado tres veces por la asamblea para trabajar en la gerencia comercial y técnica y actual vicepresidente de la fábrica de barcos más grande de Latinoamérica, “Lechuza” prefiere seguir presentándose en público como hijo de una sirvienta y un carpintero. Podría jactarse de la “carrera” que hizo en poco tiempo a pesar de ese origen humilde. Hacer alarde de cómo su rol fue fundamental cuando el astillero estaba prácticamente quebrado y él era uno más de los 1150 empleados que quedaban. Detallar ordenadamente cómo llegó a ser uno de los ejecutivos que en los hechos comanda a las 2600 personas que viven de ese emprendimiento cooperativo en la actualidad. Pero en vez de narrar su ascenso jerárquico prefiere repasar en aparente desorden la peripecia conjunta de todos los hombres del astillero, a lo largo de tres décadas, y decir que él ahora aspira, lo mismo que los demás, a que en la planta haya más de 3000 obreros trabajando (en algún otro reportaje, más entusiasta, declaró que la meta era llegar a emplear a 9000). “No vamos a parar hasta que lo consigamos”, dice con energía pero sin referirse a sí mismo en ningún momento como el líder natural que en rigor es.

De modo que puesto en la halagadora ocasión de conversar con un grupo de estudiantes y estudiosos (de la Cátedra Autónoma de Comunicación Social lavaca.org, pero podríamos también decir de alguna de las universidades latinoamericanas que suelen invitarlo a dar sus charlas), Angel “Lechuza” Cadelli elige narrarse a sí mismo con la humildad de quien sabe que no es nada sin los otros; ni siquiera cede a la tentación de hacerlo cuando surge en el aire la insinuación de que su rol lo hace más importante que los demás. “Un miembro informante de privilegio tiene que ser cuidadoso con su opinión porque pesa más que la de los compañeros. No te podés llevar por delante a otros que a veces tienen primaria incompleta”, dirá.

Épica de la resistencia
Cadelli porta en su haber tres despidos con sus reincorporaciones y cuatro causas penales abiertas que lo enorgullecen aunque lo coloquen, como él mismo dice irónicamente, “en un limbo jurídico”.

El relato de los enfrentamientos con la policía o las fuerzas de seguridad que mantuvieron desde los años previos a la dictadura militar –“Tuvimos setenta desaparecidos en el Proceso, pero la Triple A nos empezó a voltear gente en el 75”, deslizará– adquiere en su estilo, inesperadamente histriónico y locuaz, visos de gesta épica: “En los ‘90 Menem nos mandó a fajar con la Federal, con la Bonaerense, nos metió merca en la fábrica, nos hizo operaciones de inteligencia, nos mandó la SWAT para cagarnos a palos… El helicóptero SWAT lo inauguraron con nosotros… Este hijo de puta nos mandaba todos los fachos… Pero salimos de todas esas. Un poco con cabeza y otro poco con coraje”.

El relato adquiere de pronto aires de sainete criollo. Cuando a comienzos de los años 90 fueron a negociar con el entonces subsecretario general de la Presidencia, Luis Prol, el funcionario menemista quiso ser irónico con ellos. “Vayan a llorar a la Iglesia”, recuerda Cadelli que les dijo. “Bueno, fuimos… a ver al cardenal Quarracino. Le metimos 1300 feligreses en la Catedral. Quarracino no lo podía creer. Nos mandó la Federal. `Mire, nos mandó Luis Prol a llorar acá’, le dijimos.”

No muy diferente es el tono en que cuenta cómo obligaron a Canal 13 a hacerles una nota tomando al periodista Santo Biasatti “de rehén”; la pasión con que una locutora se entusiasmó tanto con uno de los reclamos que terminó calificando a la Sociedad Rural Argentina como “la cuna de la oligarquía argentina” y el modo en que la gente intentó una vez convencer a la policía para que nos los reprimieran.
“Éramos trescientos pero ese día estábamos medio deprimidos. Estos conflictos, si se quiebran, son muy difíciles de rearmar. Para variar, teníamos la policía encima. Estábamos en pleno centro. Pero más asustados por perder el hilo del conflicto que por lo que podía pasarnos nos pusimos brazo con brazo (para que no se desbande la cosa). Los milicos sobando los palos. ‘Pero ustedes no le van a pegar a esa gente. Es gente que está reclamando por sus derechos’, empezaron a decirle a los canas las personas en la calle. Así estuvimos un rato largo. Hasta que un iluminado nuestro, con una voz temblorosa del cagazo, empezó: ‘Oíííd mortales…’. ‘¡Síii, hay que cantar el himno!’ Empezamos a cantar todos pegados. Llovían papeles de los edificios… Los policías entraron a sacar los handys. Se subieron otra vez a los camiones y ahí nos volvió de vuelta la sangre de león: ‘¡As-ti-lle-rooo! ¡As-ti-llee-rooo!’”

Es fácil reír escuchando las historias de este narrador oral fuera de lo común, porque si algo tiene el hombre en su haber, además de la indudable coherencia ideológica y la capacidad de lucha, es el don de hacer visibles los incidentes que vivió y vivieron sus compañeros de resistencia a lo largo del tiempo. Tan consciente es de ese talento que si en algo no tiene problemas de mandarse la parte es en confesar otra clase de picardías: “A veces tengo alguna cita pero no porque haya leído mucho a Gramsci o a Marx. Me han preguntado si los leí. No. Nunca. Cuando quiero saber algo de Marx voy, le aprieto la tecla al marxista de la fábrica y me da una clase. O al troskista lo mismo: ‘Che, ¿quién era Trotsky?’.’Ah, no sabés…’. Y el groncho peronista igual…”.

Pero la suya no es la habilidad del ventrílocuo solitario; cuando Cadelli dice “nosotros” está haciendo mucho más que una suma narcisista de los “YO” de la fábrica. Lo explica sencillo (y quizás sería bueno leer dos veces lo que está diciendo para vislumbrar una salida a la apatía solipsista del presente): “Esta ideología del nosotros es porque ninguno puede trabajar individualmente. Nadie es tan bueno para poder absorber la totalidad de conocimientos que se necesitan para hacer un barco, con todas las partes y elementos complicadísimos que tiene. ¿Quién puede tener el cerebro, la cabeza tan brillante para poder almacenar todo eso? Nadie. Tenés que agarrar el conocimiento que está adentro de una persona y hacerlo colectivo para que se pueda hacer. Entonces el Yo casi no existe en nuestra tarea cotidiana. Treinta años de esta cultura te marca ideológicamente. Sos un sujeto, sí. Pero sos un sujeto colectivo. Vos sos vos pero en tu casa. Cuando construís la historia la construís en Nosotros. No podés contarla de otra manera. ¿Te imaginás la cantidad de ángulos que tiene cada historia? Por eso la pluralidad es nuestra fuerza”.

Un fresco coral entonces, o las escenas de una película de masas como hace mucho no se filma en la Argentina, se despliega una vez más en el aula céntrica fascinando al auditorio.

Tomar decisiones
Después de un rato Cadelli estira sus largas piernas frente a sí y apoya cómodamente la espalda en el respaldo de la silla, que coincide con el borde la pizarra; no ha mirado una sola vez el grabador que le han colocado al lado sino que fue siguiendo, sonriente y por momentos melancólico, las caras del auditorio. Se lo nota un hombre positivo y feliz, seguro del mensaje militante que va dando.

Crítico de los burócratas de escritorio –apoltronados en lo que define como “el pancismo de la clase media”– Cadelli empezó su charla reivindicando a rajatabla los sufrimientos y el esfuerzo de los trabajadores del astillero no sólo para sobrevivir sino para tomar decisiones fundamentales: “Nosotros, a través del sufrimiento, fuimos creando tareas”, dijo apenas empezó a hablar. “En las asambleas llegamos a tener más de veinte oradores, desde las siete y media hasta las doce de la noche, sin interrupciones. Estos debates nos sacaron adelante. Y no fueron sólo por reivindicaciones salariales: discutíamos la construcción del cien por ciento de los patrulleros de alta mar o la concreción de contratos millonarios. Porque cuando las papas quemaban no estaban los iluminados universitarios. Soldadores, caldereros nos devanábamos los sesos para ver qué hacer. Toda la materia gris estaba pensando en la comodidad, en la casita…”

Recién cuando la charla estuvo avanzada Cadelli mencionó, al pasar, que es ingeniero, y sin que se le cambiara un ápice el tono de voz contó cómo tuvo a su cargo la negociación del primer contrato de financiación en la nueva etapa del astillero. Fue en el año 2002, a poco de convertirse en cooperativa de trabajo autogestionada por sus trabajadores, cuando tuvo que ocuparse él en persona de persuadir a una de las financieras alemanas que habitualmente invertían en el astillero de que a pesar de los cambios en la administración también ellos iban a poder hacerse cargo de la producción. “Pedí 4 millones de dólares. Pero para darnos el dinero para la construcción del buque el alemán me pidió un cronograma que había que entregar al día siguiente. Le dije que en quince días. Me dijo que antes en un día lo tenían… Le dije: ‘Sí, la diferencia es que esta vez vamos a cumplir’. Quince días después no trajo 4 sino 2 millones. Pero 200.000 por mes... La entrega se cumplió en término y recuperamos el crédito”.

Así las anécdotas dejaron espacio al balance: “De esta manera, un poco azarosa, sin muchas contradicciones, logramos sobrevivir”, dijo y el público asintió.

* Alejandro Margulis nació en Boston, Estados Unidos, en 1961, y reside en Buenos Aires. Publicó cinco libros: dos de ficción y tres periodísticos. Docente de la Universidad de Buenos Aires, ex Clarín y ex La Nación, dicta cursos de Literatura, Periodismo y Teoría de los Medios en www.ayeshalibros.com.ar. El presente artículo apareció originalmente en www.elortiba.org.


Fuegos y palabras
Por Carlos del Frade (APE)

La palabra hogar deriva del vocablo fuego. Así lo establece esa seductora disciplina que se llama etimología. Las primeras familias humanas alrededor del fuego, imaginando lugares donde guarecerse de la lluvia, los calores de oprobio, los fríos de muerte y de la ferocidad de los animales.

El fuego como primer elemento de racionalidad, como escalón que distinguió la especie de todas las demás. Civilizaciones humanas alrededor del fuego. Quizás por aquellas memorias, la palabra hogar, sinónimo de vivienda y familia, síntesis de ambas, son hijas del fuego.

Pero la etimología presenta las cosas, explica otras, pero no puede con todo lo que suele encubrirse en cada una de las palabras que intentan dar cuenta de lo que sucede en la realidad de un país del tercer mundo, como la Argentina. En la orgullosa y prepotente capital del estado nacional argentino.

Aquí las cosas no responden a la etimología, son consecuencias de una manera de vivir acorde a las sobras de los manjares de pocos y que condenan a vivir cómo y dónde se puedan a los miles y miles que no participan de la fiesta privatizada.

La vida no es vida y entonces las palabras que nombran las cosas de esas existencias ya no son ni quieren decir los antiguos conceptos.
En una villa cercana a la Ciudad Universitaria de la Capital Federal, las llamas se devoraron la vida de un bebé de apenas un año y días, la de su tía de siete años y la del papá, un muchacho que superaba los diecinueve. El hogar en cuestión era un conjunto de paredes de plástico y techo de alfombras.

No era ni una casa, ni una vivienda, ni un hogar. Simplemente era el sitio en que intentaban refugiarse de los primeros y crueles fríos del invierno anticipado.

La causa del fuego fue, dicen las crónicas periodísticas, un mechero mal apagado. Mentira. El principio del infierno del cartonero Ariel Quiones, como se llamaba el papá que abrazó hasta el último momento a su chiquito, había empezado antes de la noche en que un candil no se extinguió.

El mismo infierno que se come el significado de la palabra vida y de casi todas las otras palabras que pueblan el idioma de las mayorías.
El fuego se tragó el hogar de Ariel, su hijito y su cuñada, porque hace rato que las mayorías arden en hogueras construidas y alimentadas por el privilegio de unos pocos.

No hay etimología posible para explicar la vida cotidiana en un sistema que condena a los que son más a conformarse con mecheros, paredes de plásticos y techos de alfombras. Quedan, en todo caso, las palabras que impulsan una necesaria rebeldía a favor de los que quieren pelear para que sus chicas y chicos tengan un futuro distinto al impuesto por las minorías.


La derecha ya tiene su mascota

Por Horacio Sacco (elortiba.org)

Risueña, desenfadada, audaz, atrevida, maleducada y torpe, María Cecilia Pando es aquella mujer que inició una polémica con el ministro de salud Ginés González García, lo que provocó el raje del Ejército de su marido, el mayor Rafael Mercado. La misma bocona que irrumpió luego en una conferencia de prensa donde hablaba Kirchner y le reprochó.

escaradamente que su marido haya quedado sin trabajo. La patotera que se desgañitó en el Congreso entre la barrabrava del torturador Patti. La desvergonzada que armó un acto político donde asistieron militares de uniforme, en actividad y retirados, todos de obvia inclinación nazifascista. La misma que el 29 de mayo último hubo de ser sacada por la fuerza del acto en el Colegio Militar, por prepotente y gritona, cuando el presidente daba su punto de vista sobre el terrorismo de Estado.

La Pando es la nueva mascota que ha sido recibida entre risitas y palmoteos por la derecha más recalcitrate. Al fin tienen su perrito guardián, que no será muy imponente, ¡pero cómo ladra! Un personaje que faltaba en el circo criollo de la política argentina. Sobre todo a una derecha huérfana de pensadores inteligentes y respetables después del descrédito y agotamiento de ideas en que naufragan las figuras, otrora casi populares y casi luminosas, de Mariano Grondona y Joaquín Morales Solá.

¿Pero qué es la derecha? Es innegable que sin el apoyo de La Nación la Pando no sería ni remotamente conocida. Fue La Nación quien publicó las primeras cartas de lectores de la esposa del milico pollerudo.
Fue Radio 10 y Canal 9 y su sarta de bífidos ofidios reaccionarios quienes con más empeño la entrevistaron y alabaron. Fue la cúpula eclesiástica católica la que, a través de su silencio, le hizo un guiño cómplice de “te pasaste piba”, cuando la Pando irrumpió en defensa del ex obispo castrense Baseoto.

Un rejunte de fuertes medios de comunicación, de poderosos empresarios y de obispos y cardenales católicos son los que desde atrás del cortinado alientan y envalentonan a los últimos vestigios militares del terrorismo de Estado enquistado en el Ejército. Sin ese apoyo ni mascota tendrían.

Hasta el ex ministro Horacio Jaunarena (que ocupó la cartera de varios gobiernos, incluyendo el de Duhalde) salió en defensa de la corporación militar y le reprochó a Kirchner su –según él– parcialidad en no reconocer que en la Argentina hubo guerra. Este señor fue uno de los impulsores de la teoría de los dos demonios, y fue nombrado ministro de defensa por Alfonsín porque “tenía buen diálogo” con los militares. Antes los candidatos a ministros acreditaban puntos si tenían “buen diálogo”, o sea si pensaban parecido, tanto sea con militares, como con curas y empresarios. ¿Y alguien que piensa parecido a los militares se los 70 todavía se atreve a dar opiniones y a hacer diagnósticos?

Ex ministro Jaunarena: en la única guerra que enfrentaron en el pasado siglo sus queridos defendidos, la guerra de Malvinas, demostraron su ineptitud. En cambio sí fueron eficaces para llevar a cabo el mayor genocidio que recordará la historia de nuestro país: 30.000 torturados-desaparecidos-asesinados. Y no me venga con la cantinela reaccionaria de los crímenes de la guerrilla. En un Estado de derecho quienes se alzan en armas son delincuentes, y como tales deben ser tratados, con garantías del debido proceso por más aberrantes que hayan sido sus crímenes. Pero no fue así. El Estado terrorista argentino siguió ladinamente las mismas normas de ilegalidad de aquellos ilegales que perseguía. Por eso la conducta de las cúpulas militares de los años 70 es execrable e indigna de cualquier defensa. Cómo no íbamos a tener un Rico, un Seineldín con ministros como usted. Ahora se entiende.
Que el gobierno no busque culpables solo dentro de la estructura militar. Que mire hacia quien los apoya y los alienta. Todos sabemos que son pocos y se cuentan con los dedos de una mano. Pero son poderosos.
Posdata: Y con 30 días de arresto a un oficial filonazi no hacemos nada: dentro de diez años, o menos, será otro Rico u otro Seineldín. Y encima, como contribuyentes, los tenemos que mantener.


Un fallo de Cámara hace lugar a un amparo de los vecinos
La sentencia obliga al GCBA a ocuparse del correcto mantenimiento del Parque Lezama.

El Gobierno de la Ciudad había apelado el fallo de primera instancia que lo obligaba a solucionar diversos problemas en una medida de amparo solicitada por una vecina del lugar. La Cámara ratifica lo actuado por el Juzgado pero liberando de las costas impuestas en primera instancia (30%) a la demandante al no existir “temeridad o malicia” en la acción incoada. De paso, alecciona acerca de lo que significa cuidar el medio ambiente y la seguridad de las personas, algo que debieron haber tenido en cuenta los funcionarios de la anterior Administración antes de litigar en contra de un derecho constitucional de los habitantes de Buenos Aires..
Ver el fallo completo en http://www.laurdimbre.com.ar/vidaurbana/vu-0055.php.



La Justicia quiere dejar impune el asesinato del Oso

Comedor Los Pibes – 18/05/06. Hoy a las 12 del mediodía nos enteramos que había comenzado el juicio por el asesinato de Martín.

Al concurrir a los Tribunales, nos negaron la posibilidad de presenciar el proceso, cubriendo con un manto de sospecha toda la causa.

Han intentado ocultar el juicio, ocultar la impunidad judicial, desviar el móvil político del asesinato. Una justicia que va a contramano de la historia. Para uno de los abogados que nos vienen asesorando en la causa, el abogado Adrián Albor, del estudio Otaño Moreno, Albor y Marcovecchio, el tribunal realizó esta maniobra para evitar que una manifestación popular acompañara este proceso. En este sentido el tribunal adelantó el juicio y citó a los testigos con apenas unas horas de antelación. “Podríamos tolerar esta picardía, si no fuera porque la misma ha puesto en riesgo la presencia de testigos que aportan sus testimonios y con ellos la posibilidad de que se haga justicia”.

Cuando el pueblo se entusiasma en una nueva hora histórica, estos sectores de la ¿justicia? siguen encubriendo y protegiendo a los poderosos, contra el llamado del presidente de acabar con la impunidad. Pero con estas maniobras no lograrán que dejemos de luchar por una Argentina distinta.