Al Riachuelo ¿no habría
que dejarlo seguir su curso?
Igual que esos resfríos que no se van con nada, es probable
que el Riachuelo no necesite sino reposo y dejar que la afección
siga su curso yendo –en este caso– a parar al Río
de La Plata primero y al Océano Atlántico después.
Todo indica que el Riachuelo tendría que hacer dieta
para curarse. Su alimento natural es el agua limpia de lluvia.
Tarde o temprano terminaría deshaciéndose de las
porquerías que lo mantienen enfermo para depurarse naturalmente.
Claro, que para que esto ocurra hay que operar sobre el resto
de la compleja realidad ambiente que lo confinan al actual estado
de postración. Esa es una obra de ingeniería politico-social
que no puede delegarse ni en un organismo único ni en
empresas contratistas. Requiere una amplia participación
de todos los estamentos políticos involucrados (intendentes
y consejos deliberantes de los partidos de la provincia de Buenos
Aires, la Gobernación de la Provincia, la Jefatura de
Gobierno y la Legislatura de la Ciudad de Buenos aires, el Estado
Nacional, las cámaras de diputados y senadores, etc.)
con la más amplia participación de la ciudadanía
a través de organizaciones representativas.
En Inglaterra se consigue
En 1957, el río Támesis de 346 km. de largo que
atraviesa la ciudad de Londres cerca de su desembocadura, fue
declarado biológicamente muerto por el Museo de Historia
Natural de Londres. Cincuenta años después, decenas
de especies de mamíferos marinos, anfibios y peces pululan
en su curso. También han vuelto las aves marinas que
se alimentan de los peces. El Támesis está considerado
hoy día como el río más limpio del mundo
en atravesar una ciudad importante.
¿Cómo lo lograron? Se afirma
que la iniciativa para sanearlo provino del Parlamento: el olor
nauseabundo descomponía a los parlamentarios en plena
sesión de las Cámaras. Las medidas que adoptó
el gobierno británico mejoraron el funcionamiento de
las plantas de tratamiento de desechos cloacales, en tanto a
la industra se le prohibió descargar productos contaminantes
en el lecho del río. Y, obviamente, todos cumplen. Hoy,
más de la mitad de los desechos sanitarios, una vez tratados,
se convierten en pellets y se venden como fertilizantes para
uso en la agricultura. Además, se ha generado una próspera
industria pesquera que explota varias especies de peces que
en grandes cantidades viven en las aguas del Támesis.
Una cuestión de Estado
En Londres recién comenzaron a verse las primeras señales
de vida en el curso del río Támesis en la década
del 70.
Las iniciativas drásticas y rápidas (estilo los
mil días de la nefasta funcionaria menemista) son cuanto
menos irreales. Se ocupan del efecto y omiten las causas creando
la falsa ilusión de que la solución está
a la vuelta de la esquina. Cualquier proyecto serio de saneamiento
del Riachuelo debe pensarse en términos de décadas,
en un proceso gradual de transformaciones sociales que sustenten
la voluntad política de sostener una cuestión
de Estado para varios gobiernos a lo largo de los años
que dure su realización.
Por eso, los proyectos que hoy día manejan los re-descubridores
del Riachuelo no son más que oportunismo político.
Y para algún empresario de la política, una oportunidad
de hacer negocios.
La contaminación sigue entre nosotros
Por Antonio Elio Brailovsky
La constribución del autor
pertenece al libro “La Situación Ambiental Argentina
2005”, editado por la Fundación Vida Silvestre.
El libro consiste en un diagnóstico actualizado de las
regiones naturales de nuestro país y la revisión
crítica de los principales temas ambientales de actualidad
realizada por 140 expertos en el tema. El artículo de
Brailovsky se extiende a otras cuestiones además del
Riachuelo. En www.laurdimbre.com.ar/ambiente/amb-0046.php figura
completo.
Lalo tiene setenta y cinco años, pero aparenta muchos
menos. Tal vez la vida al aire libre o el diario ejercicio del
remo desmientan por una vez la insalubridad en la que vive.
Lalo vive en Wilde y tiene una choza y un bote junto al arroyo
Sarandí. Llegamos hasta él con las cámaras
de Canal 13 después que alguna autoridad le prohibiera
a la Prefectura llevar civiles a navegar por los arroyos contaminados.
“Lo único que hacen con la contaminación
es esconderla”, me dice el periodista.
Para llegar a lo de Lalo bordeamos el Polo Petroquímico
del Dock Sud, en medio de los olores agresivos de decenas de
chimeneas que arrojan al aire diferentes sustancias tóxicas.
Atravesamos Villa Inflamable, llamada así porque este
barrio fue construido encima del basural de residuos de petróleo
de la vieja destilería de YPF. Aseguran los entendidos
que allí uno no debe hacer un asado apoyando el fuego
directamente sobre la tierra porque pueden surgir llamaradas.
No nos quedamos a confirmarlo.En ese lugar un estudio financiado
por la Agencia Japonesa de Cooperación (JICA) encontró
niños intoxicados con metales pesados en la sangre.
(N. del E.: ver nuestro sitio www.laurdimbre.com.ar/ambiente/
estudiodesalud.pdf) ¿La respuesta oficial? Se
negaron a que continuaran haciéndose estudios epidemiológicos
sobre salud ambiental. Hay una interpretación posible
a esta voluntad explícita de no querer conocer la verdad:
mientras la contaminación afecte solamente los recursos
naturales, estamos ante un problema estético o, a lo
sumo, económico. Pero cuando la contaminación
daña la salud humana, estamos ante conductas que las
leyes califican como delitos. Y entonces la obligación
del Estado es hacer cesar el daño a la salud y perseguir
a los delincuentes. Se comprende pues que haya un interés
especial en no descubrir si se están cometiendo esos
delitos.
Dejamos atrás Vila Inflamable y llegamos hasta un arroyo
cuyo olor a podrido se mezcla con los olores de las chimeneas.
Como en una postal de la India, pasan unas cuantas vacas con
las ubres colgando y varios caballos flacos. Detrás de
ellos vienen unas grandes ovejas de cuernos retorcidos. Pastan
juntos en medio de un basural.
Subimos al bote con el periodista y el camarógrafo y
Lalo comienza a remar hacia el Río de la Plata. Infinidad
de plásticos y masas oscuras obstruyen la navegación.
“Eso es la grasa que tiran del frigorífico”,
dice Lalo. “Eso otro es el líquido que chorrea
del relleno del CEAMSE”, agrega, y el líquido que
atravesamos tiene más aspecto de descarga cloacal que
de cualquier otra cosa. “Cuando la marea está baja,
hay como explosiones de burbujas”, me dice. “Es
el metano”, le aclaro.
Un perro nada junto a la pequeña embarcación.
“Cuando lo recogí estaba sarnoso –dice Lalo–
Lo tiré al arroyo hasta que se curó. Ese agua
mata todo”. “Efectivamente –digo yo–
La sarna son parásitos”.
Lalo rema a impulsos regulares y llegamos al Río de
la Plata. Es una mañana magnífica y hacia el horizonte
el río reluce en toda su belleza. Pasamos un banco de
barro con peces muertos. “Llegan con la crecida –dice
Lalo– cuando el agua baja se quedan sin aire y se mueren
a montones”. Nuevamente las chimeneas, los olores, las
torres de quema de gases. Pasamos junto a los tanques de varias
empresas. “La Shell larga una cosa de un color blanco”,
dice Lalo, quien va describiendo los diversos colores del efluente
de cada una de las empresas.
“Allá, como a quinientos metros, tengo el espinel
y el trasmallo”, agrega. “Saco bogas, patí,
dorados, de todo. Para comer y para vender”.
“¿Se puede comer lo que saca acá?”,
pregunta el periodista.
“Depende –dice Lalo–. Si cuando lo cocinás
tiene mucho olor a kerosén, mejor no lo comas”
Éste es apenas un ejemplo de la negligencia con que
se está tomando hoy el tema de la contaminación
en la Argentina. Durante muchos años se ha dejado crecer
el problema hasta que adquirió un volumen tal que parece
inmanejable. A partir de allí, hay tanto para hacer que
nadie parece estar dispuesto a dar el primer paso. Ni siquiera
para delinear una estrategia de saneamiento pensada para resolver
los problemas en el largo plazo.
A la vuelta, mientras pasamos sobre el Riachuelo, recuerdo
que hace muy poco tiempo tuvimos un préstamo del Banco
Interamericano de Desarrollo para comenzar su saneamiento. Ese
dinero no se utilizó, por lo cual hubo que pagarle intereses
punitorios al BID por pedir un préstamo y no usarlo.
Suena difícil de entender: nos pasamos años diciendo
que no hacíamos nada con el Riachuelo por falta de dinero
y cuando lo tenemos no lo usamos. En cambio, parece que nos
sobra la plata como para darnos el lujo de pagar esos intereses
punitorios.
Entretanto, algún organismo oficial construyó
varios monobloks de “vivienda social” en la propia
orilla del Riachuelo, en uno de los sitios más contaminados
del mundo. Basta con ir a Avellaneda por la continuación
de la Avenida 9 de Julio para preguntarse por la insensibilidad
social de quien tomó esa decisión.
Pero la pregunta de fondo es si tanta distracción no
esconde una concepción, una manera de ver el futuro del
país especializándolo en ser receptor de contaminación.
Así lo pidieron algunos organismos internacionales antes
de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Medio Humano
(Estocolmo, 1972) y lo reiteraron funcionarios del Banco Mundial
antes de la Cumbre de la Tierra (Eco´92, Río de
Janeiro, 1992).
Crónica del hombre masa
Por Alejandro Margulis *
Ángel Cadelli es un hombre alto y sanguíneo, de
alta pelada y barba corta, prolija, cuyos ojos hendidos y veloces
van de acá para allá como los de un pájaro;
tal vez por el modo nervioso en que los mueve es que le dicen
“Lechuza”. O tal vez el apodo le viene por su costumbre
de levantarse temprano para estar recorriendo a las seis y media
los fríos galpones del Astillero Río Santiago (Ensenada,
Provincia de Buenos Aires), entre los obreros de la compañía
recuperada por sus trabajadores que más lo estiman, y también
entre quienes no lo quieren.
“Camino todos los días a las seis y media. Todos
me tienen ahí para decirme lo que quieran. Esa exposición
y contacto con la masa es el que te salva de que te entornen,
de olvidarte de donde venís”, explica en un aula
céntrica de la ciudad de Buenos Aires, vestido con su
overol azul marino que tiene cosidas una cerca de la otra, como
si fueran una sola cosa, las señas visibles de su identidad:
el emblema en felpa de Río Santiago, su nombre y apellido
y la bandera argentina.
Designado tres veces por la asamblea para trabajar en la gerencia
comercial y técnica y actual vicepresidente de la fábrica
de barcos más grande de Latinoamérica, “Lechuza”
prefiere seguir presentándose en público como
hijo de una sirvienta y un carpintero. Podría jactarse
de la “carrera” que hizo en poco tiempo a pesar
de ese origen humilde. Hacer alarde de cómo su rol fue
fundamental cuando el astillero estaba prácticamente
quebrado y él era uno más de los 1150 empleados
que quedaban. Detallar ordenadamente cómo llegó
a ser uno de los ejecutivos que en los hechos comanda a las
2600 personas que viven de ese emprendimiento cooperativo en
la actualidad. Pero en vez de narrar su ascenso jerárquico
prefiere repasar en aparente desorden la peripecia conjunta
de todos los hombres del astillero, a lo largo de tres décadas,
y decir que él ahora aspira, lo mismo que los demás,
a que en la planta haya más de 3000 obreros trabajando
(en algún otro reportaje, más entusiasta, declaró
que la meta era llegar a emplear a 9000). “No vamos a
parar hasta que lo consigamos”, dice con energía
pero sin referirse a sí mismo en ningún momento
como el líder natural que en rigor es.
De modo que puesto en la halagadora ocasión de conversar
con un grupo de estudiantes y estudiosos (de la Cátedra
Autónoma de Comunicación Social lavaca.org, pero
podríamos también decir de alguna de las universidades
latinoamericanas que suelen invitarlo a dar sus charlas), Angel
“Lechuza” Cadelli elige narrarse a sí mismo
con la humildad de quien sabe que no es nada sin los otros;
ni siquiera cede a la tentación de hacerlo cuando surge
en el aire la insinuación de que su rol lo hace más
importante que los demás. “Un miembro informante
de privilegio tiene que ser cuidadoso con su opinión
porque pesa más que la de los compañeros. No te
podés llevar por delante a otros que a veces tienen primaria
incompleta”, dirá.
Épica de la resistencia
Cadelli porta en su haber tres despidos con sus reincorporaciones
y cuatro causas penales abiertas que lo enorgullecen aunque
lo coloquen, como él mismo dice irónicamente,
“en un limbo jurídico”.
El relato de los enfrentamientos con la policía o las
fuerzas de seguridad que mantuvieron desde los años previos
a la dictadura militar –“Tuvimos setenta desaparecidos
en el Proceso, pero la Triple A nos empezó a voltear
gente en el 75”, deslizará– adquiere en su
estilo, inesperadamente histriónico y locuaz, visos de
gesta épica: “En los ‘90 Menem nos mandó
a fajar con la Federal, con la Bonaerense, nos metió
merca en la fábrica, nos hizo operaciones de inteligencia,
nos mandó la SWAT para cagarnos a palos… El helicóptero
SWAT lo inauguraron con nosotros… Este hijo de puta nos
mandaba todos los fachos… Pero salimos de todas esas.
Un poco con cabeza y otro poco con coraje”.
El relato adquiere de pronto aires de sainete criollo. Cuando
a comienzos de los años 90 fueron a negociar con el entonces
subsecretario general de la Presidencia, Luis Prol, el funcionario
menemista quiso ser irónico con ellos. “Vayan a
llorar a la Iglesia”, recuerda Cadelli que les dijo. “Bueno,
fuimos… a ver al cardenal Quarracino. Le metimos 1300
feligreses en la Catedral. Quarracino no lo podía creer.
Nos mandó la Federal. `Mire, nos mandó Luis Prol
a llorar acá’, le dijimos.”
No muy diferente es el tono en que cuenta cómo obligaron
a Canal 13 a hacerles una nota tomando al periodista Santo Biasatti
“de rehén”; la pasión con que una
locutora se entusiasmó tanto con uno de los reclamos
que terminó calificando a la Sociedad Rural Argentina
como “la cuna de la oligarquía argentina”
y el modo en que la gente intentó una vez convencer a
la policía para que nos los reprimieran.
“Éramos trescientos pero ese día estábamos
medio deprimidos. Estos conflictos, si se quiebran, son muy
difíciles de rearmar. Para variar, teníamos la
policía encima. Estábamos en pleno centro. Pero
más asustados por perder el hilo del conflicto que por
lo que podía pasarnos nos pusimos brazo con brazo (para
que no se desbande la cosa). Los milicos sobando los palos.
‘Pero ustedes no le van a pegar a esa gente. Es gente
que está reclamando por sus derechos’, empezaron
a decirle a los canas las personas en la calle. Así estuvimos
un rato largo. Hasta que un iluminado nuestro, con una voz temblorosa
del cagazo, empezó: ‘Oíííd
mortales…’. ‘¡Síii, hay que cantar
el himno!’ Empezamos a cantar todos pegados. Llovían
papeles de los edificios… Los policías entraron
a sacar los handys. Se subieron otra vez a los camiones y ahí
nos volvió de vuelta la sangre de león: ‘¡As-ti-lle-rooo!
¡As-ti-llee-rooo!’”
Es fácil reír escuchando las historias de este
narrador oral fuera de lo común, porque si algo tiene
el hombre en su haber, además de la indudable coherencia
ideológica y la capacidad de lucha, es el don de hacer
visibles los incidentes que vivió y vivieron sus compañeros
de resistencia a lo largo del tiempo. Tan consciente es de ese
talento que si en algo no tiene problemas de mandarse la parte
es en confesar otra clase de picardías: “A veces
tengo alguna cita pero no porque haya leído mucho a Gramsci
o a Marx. Me han preguntado si los leí. No. Nunca. Cuando
quiero saber algo de Marx voy, le aprieto la tecla al marxista
de la fábrica y me da una clase. O al troskista lo mismo:
‘Che, ¿quién era Trotsky?’.’Ah,
no sabés…’. Y el groncho peronista igual…”.
Pero la suya no es la habilidad del ventrílocuo solitario;
cuando Cadelli dice “nosotros” está haciendo
mucho más que una suma narcisista de los “YO”
de la fábrica. Lo explica sencillo (y quizás sería
bueno leer dos veces lo que está diciendo para vislumbrar
una salida a la apatía solipsista del presente): “Esta
ideología del nosotros es porque ninguno puede trabajar
individualmente. Nadie es tan bueno para poder absorber la totalidad
de conocimientos que se necesitan para hacer un barco, con todas
las partes y elementos complicadísimos que tiene. ¿Quién
puede tener el cerebro, la cabeza tan brillante para poder almacenar
todo eso? Nadie. Tenés que agarrar el conocimiento que
está adentro de una persona y hacerlo colectivo para
que se pueda hacer. Entonces el Yo casi no existe en nuestra
tarea cotidiana. Treinta años de esta cultura te marca
ideológicamente. Sos un sujeto, sí. Pero sos un
sujeto colectivo. Vos sos vos pero en tu casa. Cuando construís
la historia la construís en Nosotros. No podés
contarla de otra manera. ¿Te imaginás la cantidad
de ángulos que tiene cada historia? Por eso la pluralidad
es nuestra fuerza”.
Un fresco coral entonces, o las escenas de una película
de masas como hace mucho no se filma en la Argentina, se despliega
una vez más en el aula céntrica fascinando al
auditorio.
Tomar decisiones
Después de un rato Cadelli estira sus largas piernas
frente a sí y apoya cómodamente la espalda en
el respaldo de la silla, que coincide con el borde la pizarra;
no ha mirado una sola vez el grabador que le han colocado al
lado sino que fue siguiendo, sonriente y por momentos melancólico,
las caras del auditorio. Se lo nota un hombre positivo y feliz,
seguro del mensaje militante que va dando.
Crítico de los burócratas de escritorio –apoltronados
en lo que define como “el pancismo de la clase media”–
Cadelli empezó su charla reivindicando a rajatabla los
sufrimientos y el esfuerzo de los trabajadores del astillero
no sólo para sobrevivir sino para tomar decisiones fundamentales:
“Nosotros, a través del sufrimiento, fuimos creando
tareas”, dijo apenas empezó a hablar. “En
las asambleas llegamos a tener más de veinte oradores,
desde las siete y media hasta las doce de la noche, sin interrupciones.
Estos debates nos sacaron adelante. Y no fueron sólo
por reivindicaciones salariales: discutíamos la construcción
del cien por ciento de los patrulleros de alta mar o la concreción
de contratos millonarios. Porque cuando las papas quemaban no
estaban los iluminados universitarios. Soldadores, caldereros
nos devanábamos los sesos para ver qué hacer.
Toda la materia gris estaba pensando en la comodidad, en la
casita…”
Recién cuando la charla estuvo avanzada Cadelli mencionó,
al pasar, que es ingeniero, y sin que se le cambiara un ápice
el tono de voz contó cómo tuvo a su cargo la negociación
del primer contrato de financiación en la nueva etapa
del astillero. Fue en el año 2002, a poco de convertirse
en cooperativa de trabajo autogestionada por sus trabajadores,
cuando tuvo que ocuparse él en persona de persuadir a
una de las financieras alemanas que habitualmente invertían
en el astillero de que a pesar de los cambios en la administración
también ellos iban a poder hacerse cargo de la producción.
“Pedí 4 millones de dólares. Pero para darnos
el dinero para la construcción del buque el alemán
me pidió un cronograma que había que entregar
al día siguiente. Le dije que en quince días.
Me dijo que antes en un día lo tenían… Le
dije: ‘Sí, la diferencia es que esta vez vamos
a cumplir’. Quince días después no trajo
4 sino 2 millones. Pero 200.000 por mes... La entrega se cumplió
en término y recuperamos el crédito”.
Así las anécdotas dejaron espacio al balance:
“De esta manera, un poco azarosa, sin muchas contradicciones,
logramos sobrevivir”, dijo y el público asintió.
* Alejandro Margulis nació en Boston, Estados
Unidos, en 1961, y reside en Buenos Aires. Publicó cinco
libros: dos de ficción y tres periodísticos. Docente
de la Universidad de Buenos Aires, ex Clarín y ex La
Nación, dicta cursos de Literatura, Periodismo y Teoría
de los Medios en www.ayeshalibros.com.ar. El presente artículo
apareció originalmente en www.elortiba.org.
Fuegos y palabras
Por Carlos del Frade (APE)
La palabra hogar deriva del vocablo fuego. Así lo establece
esa seductora disciplina que se llama etimología. Las
primeras familias humanas alrededor del fuego, imaginando lugares
donde guarecerse de la lluvia, los calores de oprobio, los fríos
de muerte y de la ferocidad de los animales.
El fuego como primer elemento de racionalidad, como escalón
que distinguió la especie de todas las demás.
Civilizaciones humanas alrededor del fuego. Quizás por
aquellas memorias, la palabra hogar, sinónimo de vivienda
y familia, síntesis de ambas, son hijas del fuego.
Pero la etimología presenta las cosas, explica otras,
pero no puede con todo lo que suele encubrirse en cada una de
las palabras que intentan dar cuenta de lo que sucede en la
realidad de un país del tercer mundo, como la Argentina.
En la orgullosa y prepotente capital del estado nacional argentino.
Aquí las cosas no responden a la etimología,
son consecuencias de una manera de vivir acorde a las sobras
de los manjares de pocos y que condenan a vivir cómo
y dónde se puedan a los miles y miles que no participan
de la fiesta privatizada.
La vida no es vida y entonces las palabras que nombran las
cosas de esas existencias ya no son ni quieren decir los antiguos
conceptos.
En una villa cercana a la Ciudad Universitaria de la Capital
Federal, las llamas se devoraron la vida de un bebé de
apenas un año y días, la de su tía de siete
años y la del papá, un muchacho que superaba los
diecinueve. El hogar en cuestión era un conjunto de paredes
de plástico y techo de alfombras.
No era ni una casa, ni una vivienda, ni un hogar. Simplemente
era el sitio en que intentaban refugiarse de los primeros y
crueles fríos del invierno anticipado.
La causa del fuego fue, dicen las crónicas periodísticas,
un mechero mal apagado. Mentira. El principio del infierno del
cartonero Ariel Quiones, como se llamaba el papá que
abrazó hasta el último momento a su chiquito,
había empezado antes de la noche en que un candil no
se extinguió.
El mismo infierno que se come el significado de la palabra
vida y de casi todas las otras palabras que pueblan el idioma
de las mayorías.
El fuego se tragó el hogar de Ariel, su hijito y su cuñada,
porque hace rato que las mayorías arden en hogueras construidas
y alimentadas por el privilegio de unos pocos.
No hay etimología posible para explicar la vida cotidiana
en un sistema que condena a los que son más a conformarse
con mecheros, paredes de plásticos y techos de alfombras.
Quedan, en todo caso, las palabras que impulsan una necesaria
rebeldía a favor de los que quieren pelear para que sus
chicas y chicos tengan un futuro distinto al impuesto por las
minorías.
La derecha ya tiene su mascota
Por Horacio Sacco (elortiba.org)
Risueña, desenfadada, audaz, atrevida, maleducada y
torpe, María Cecilia Pando es aquella mujer que inició
una polémica con el ministro de salud Ginés González
García, lo que provocó el raje del Ejército
de su marido, el mayor Rafael Mercado. La misma bocona que irrumpió
luego en una conferencia de prensa donde hablaba Kirchner y
le reprochó.
escaradamente que su marido haya quedado sin trabajo. La patotera
que se desgañitó en el Congreso entre la barrabrava
del torturador Patti. La desvergonzada que armó un acto
político donde asistieron militares de uniforme, en actividad
y retirados, todos de obvia inclinación nazifascista.
La misma que el 29 de mayo último hubo de ser sacada
por la fuerza del acto en el Colegio Militar, por prepotente
y gritona, cuando el presidente daba su punto de vista sobre
el terrorismo de Estado.
La Pando es la nueva mascota que ha sido recibida entre risitas
y palmoteos por la derecha más recalcitrate. Al fin tienen
su perrito guardián, que no será muy imponente,
¡pero cómo ladra! Un personaje que faltaba en el
circo criollo de la política argentina. Sobre todo a
una derecha huérfana de pensadores inteligentes y respetables
después del descrédito y agotamiento de ideas
en que naufragan las figuras, otrora casi populares y casi luminosas,
de Mariano Grondona y Joaquín Morales Solá.
¿Pero qué es la derecha? Es innegable que sin
el apoyo de La Nación la Pando no sería ni remotamente
conocida. Fue La Nación quien publicó las primeras
cartas de lectores de la esposa del milico pollerudo.
Fue Radio 10 y Canal 9 y su sarta de bífidos ofidios
reaccionarios quienes con más empeño la entrevistaron
y alabaron. Fue la cúpula eclesiástica católica
la que, a través de su silencio, le hizo un guiño
cómplice de “te pasaste piba”, cuando la
Pando irrumpió en defensa del ex obispo castrense Baseoto.
Un rejunte de fuertes medios de comunicación, de poderosos
empresarios y de obispos y cardenales católicos son los
que desde atrás del cortinado alientan y envalentonan
a los últimos vestigios militares del terrorismo de Estado
enquistado en el Ejército. Sin ese apoyo ni mascota tendrían.
Hasta el ex ministro Horacio Jaunarena (que ocupó la
cartera de varios gobiernos, incluyendo el de Duhalde) salió
en defensa de la corporación militar y le reprochó
a Kirchner su –según él– parcialidad
en no reconocer que en la Argentina hubo guerra. Este señor
fue uno de los impulsores de la teoría de los dos demonios,
y fue nombrado ministro de defensa por Alfonsín porque
“tenía buen diálogo” con los militares.
Antes los candidatos a ministros acreditaban puntos si tenían
“buen diálogo”, o sea si pensaban parecido,
tanto sea con militares, como con curas y empresarios. ¿Y
alguien que piensa parecido a los militares se los 70 todavía
se atreve a dar opiniones y a hacer diagnósticos?
Ex ministro Jaunarena: en la única guerra que enfrentaron
en el pasado siglo sus queridos defendidos, la guerra de Malvinas,
demostraron su ineptitud. En cambio sí fueron eficaces
para llevar a cabo el mayor genocidio que recordará la
historia de nuestro país: 30.000 torturados-desaparecidos-asesinados.
Y no me venga con la cantinela reaccionaria de los crímenes
de la guerrilla. En un Estado de derecho quienes se alzan en
armas son delincuentes, y como tales deben ser tratados, con
garantías del debido proceso por más aberrantes
que hayan sido sus crímenes. Pero no fue así.
El Estado terrorista argentino siguió ladinamente las
mismas normas de ilegalidad de aquellos ilegales que perseguía.
Por eso la conducta de las cúpulas militares de los años
70 es execrable e indigna de cualquier defensa. Cómo
no íbamos a tener un Rico, un Seineldín con ministros
como usted. Ahora se entiende.
Que el gobierno no busque culpables solo dentro de la estructura
militar. Que mire hacia quien los apoya y los alienta. Todos
sabemos que son pocos y se cuentan con los dedos de una mano.
Pero son poderosos.
Posdata: Y con 30 días de arresto a un oficial filonazi
no hacemos nada: dentro de diez años, o menos, será
otro Rico u otro Seineldín. Y encima, como contribuyentes,
los tenemos que mantener.
Un fallo de Cámara hace lugar
a un amparo de los vecinos
La sentencia obliga al GCBA a ocuparse
del correcto mantenimiento del Parque Lezama.
El Gobierno de la Ciudad había apelado el fallo de
primera instancia que lo obligaba a solucionar diversos problemas
en una medida de amparo solicitada por una vecina del lugar.
La Cámara ratifica lo actuado por el Juzgado pero liberando
de las costas impuestas en primera instancia (30%) a la demandante
al no existir “temeridad o malicia” en la acción
incoada. De paso, alecciona acerca de lo que significa cuidar
el medio ambiente y la seguridad de las personas, algo que debieron
haber tenido en cuenta los funcionarios de la anterior Administración
antes de litigar en contra de un derecho constitucional de los
habitantes de Buenos Aires..
Ver el fallo completo en http://www.laurdimbre.com.ar/vidaurbana/vu-0055.php.
La Justicia quiere dejar impune el asesinato
del Oso
Comedor Los Pibes – 18/05/06. Hoy a las 12 del mediodía
nos enteramos que había comenzado el juicio por el asesinato
de Martín.
Al concurrir a los Tribunales, nos negaron la posibilidad
de presenciar el proceso, cubriendo con un manto de sospecha
toda la causa.
Han intentado ocultar el juicio, ocultar la impunidad judicial,
desviar el móvil político del asesinato. Una justicia
que va a contramano de la historia. Para uno de los abogados
que nos vienen asesorando en la causa, el abogado Adrián
Albor, del estudio Otaño Moreno, Albor y Marcovecchio,
el tribunal realizó esta maniobra para evitar que una
manifestación popular acompañara este proceso.
En este sentido el tribunal adelantó el juicio y citó
a los testigos con apenas unas horas de antelación. “Podríamos tolerar esta picardía,
si no fuera porque la misma ha puesto en riesgo la presencia
de testigos que aportan sus testimonios y con ellos la posibilidad
de que se haga justicia”.
Cuando el pueblo se entusiasma en una nueva hora histórica,
estos sectores de la ¿justicia? siguen encubriendo y
protegiendo a los poderosos, contra el llamado del presidente
de acabar con la impunidad. Pero con estas maniobras no lograrán
que dejemos de luchar por una Argentina distinta.