—”Quedamos quince boleteros más el supervisor
que no sabíamos hacia donde salir” comenta a La
Urdimbre una de las trabajadoras afectadas por el incendio de
las boleterías de la estación Constitución
el martes 15 de mayo.
—”Podíamos haber muerto atrapados por el
fuego”, sostiene otro de los integrantes del grupo reunido
en el hall de la estación, tres días después
de los sucesos. Son unas quince personas que prestan servicios
como expendedores de boletos en distintos turnos, varios de
ellos en funciones durante los incidentes.
—”Lo que nos pasó a nosotros no sale en
los medios” aporta otra de las trabajadoras. En conjunto
decidieron no retomar las tareas hasta que la empresa instalara
vidrios blindados, rejas y una salida de emergencia en el recinto
de boletería. La determinación surge de los momentos
de extrema tensión vivida por los trabajadores atrapados
entre el fuego dentro de la boletería y la lluvia de
piedras y otros objetos que arrojaban los enfurecidos pasajeros
una hora después de la cancelación del servicio
de trenes hacia el conurbano, sin explicación alguna
por parte de la empresa.
El martes 22, una semana después de los desmanes, los
empleados volvieron finalmente a trabajar al estrecho local
de boletería protegido ahora por vidrios blindados, una
malla metálica y con una puerta de escape. A media mañana
se enteraban de la noticia: el Estado había cancelado
la concesión a la empresa Metropolitano S.A. Más
tarde otra novedad: la Unidad de Gestión Operativa Ferroviaria
de Emergencias (Ugofe) tomaría la concesión. Ningún
motivo para celebrar a juzgar por el semblante adusto de los
trabajadores. Quizá salir de guatepeor para entrar en
guatemala. El grupo de empresas que se hará cargo ahora
del Belgrano y del Roca opera las restantes líneas y
tiene otra concesión que le retiraron a Sergio Taselli,
la del ex ferrocarril San Martín, en el que algunos sostienen
hay leves mejoras respecto a la situación anterior. Pero
también operan la ex línea Sarmiento, para muchos
una calamidad.
¿Quién(es) controlan qué?
Estos episodios y su resultado plantean algunos interrogantes.
¿Por qué no actuó el organismo estatal
de control de los ferrocarriles antes de la hecatombe? ¿Ignoraban
quienes tienen que controlar el servicio desde el Estado Nacional
que el del Metropolitano era pésimo en cuanto a horarios,
la gente viaja “como ganado” –según
acostumbran a decir los usuarios que se quejan del exceso de
pasajeros o la escasez de coches– y en líneas generales
resulta una experiencia muy estresante viajar en horas pico?
“El mejor control –escribe Mario Wainfeld en Página
12, el 27 de mayo– no es un presidente reactivo y omnipresente
sino la existencia de organismos independientes con participación
de la sociedad civil (una materia que este gobierno se lleva
a marzo) y de la oposición”.
Dicho de una manera más directa, los organismos de control
actuales no son independientes ya que a sus funcionarios –que
deberían ser designados por concurso– los nombró
el Presidente. Desde luego no hay atisbo de representación
de organizaciones no gubernamentales en organismos del Gobierno.
No aparecen siquiera en el Ente recientemente creado para la
descontaminación del Riachuelo, a pesar de que la Suprema
Corte de Justicia hizo lugar precisamente a una demanda de un
conjunto de ONGs que dio como resultado la creación del
Ente.
Es impensable el desmadre del martes 15 en Constitución
con un ente de control de los ferrocarriles integrado por organizaciones
de usuarios y representantes de la oposición además
de los técnicos y funcionarios del Gobierno. Hubieran
hecho los señalamientos, denuncias, etc. –a medida
que se presentaran los problemas y reclamos– y funcionado
como contención de los usuarios. En lugar de habitar
la estratosfera del limbo burocrático, esos hombres y
mujeres de organizaciones no gubernamentales que representaran
los intereses del usuario utilizarían como lugar de reunión
el hall central de las estaciones ferroviarias y atenderían
los reclamos en vivo y en directo.
En Constitución un grupo de atribulados usuarios comenzó
a reunirse espontáneamente hace algunos meses en el hall
los días jueves de 18 a 20 hs. En un mensaje a esta redacción
del 22 de mayo celebran la caída de la concesión
y piden “un cambio de fondo y que se juzgue a Taselli
y Cía.”
Caracterizan la decisión como “un triunfo de la
protesta de los usuarios y trabajadores que dijeron basta al
maltrato y la impunidad de los empresarios inescrupulosos y
que conminaron a los funcionarios a abandonar la desidia y hacerse
cargo de sus responsabilidades” al tiempo que lamentan
“que aparte de firmas, actos y movilizaciones se haya
tenido que manifestar la violencia para que las autoridades
comprendieran el hartazgo de la gente”.
Entre otras medidas reclaman mecanismos de control ciudadano
realistas y efectivos “como ser audiencias públicas”...,
“o regularizar el funcionamiento de la CNRT para que los
usuarios puedan formar parte de este organismo como corresponde”.
Señalan que al estatizarse Aguas Argentinas, “desapareció
el ETOSS, y ahora el nuevo ente (ERAS), es una oficina dependiente
del Ministro de Planificación Julio De Vido”. “Es
decir –remarcan– con la estatización no se
garantiza el control, es necesaria la participación de
los afectados”.
Usuarios y consumidores: nuevos actores
sociales
En un artículo publicado en Clarín la socióloga
y profesora emérita de la UBA Susana Torrado (ex directora
del INDEC a quien Domingo Cavallo, mandó a lavar los
platos) afirma “En las sociedades de capitalismo avanzado,
los trabajadores fueron reconocidos primero como fuerza de trabajo,
luego como ciudadanos (cuando se universalizó el derecho
a votar) y, finalmente, como consumidores de los propios productos
que producen”.
“He oído numerosas voces –dice Torrado–
que, concediendo que la protesta tiene alguna justificación
por las condiciones infrahumanas en las que se viaja, enfatizan
que la misma fue ‘desproporcionada’ respecto a las
causas que la originaron. Como si los ciudadanos que intervinieron
en los hechos del martes 15 hubieran debido primero analizar
hasta qué punto podían llevar sus actos de protesta,
para pasar luego a su ejecución. Lo que pasó aquel
día fue un estallido de cólera colectiva, de personas
que sintieron que se colmaba el límite del maltrato.
En situaciones semejantes no hay lugar para la racionalidad
ni tiempo para evaluar los efectos de la conducta inmediata.
Reclamar ‘racionalidad’ en este tipo de sucesos
es perder por completo de vista la naturaleza de su aparición
y, por lo tanto, errar en el diagnóstico que prevenga
futuras manifestaciones” afirma Torrado, para luego sugerir
que se incorpore al análisis de la protesta social “dimensiones
(por ejemplo, la de consumidor-usuario) que tienen igual legitimidad
que la reivindicación por salarios e ingresos”.
Si –tal como indican los pronósticos– las
buenas condiciones económicas se sostienen, la situación
tenderá a agravarse por el simple peso de la mayor cantidad
de trabajadores que ingresarán a la Ciudad para ocupar
nuevos puestos de trabajo. A ello se suma la constante migración
de porteños hacia el conurbano en busca de alquileres
más baratos; muchos de los cuales usarán el tren
para sus traslados hacia y desde el trabajo.
Aunque resulte prima facie extraño, en algunas líneas
es casi imposible aumentar las frecuencias, es decir poner más
coches y locomotoras. Esto es particularmente cierto en la ex
línea Sarmiento que corta a la Ciudad y el Oeste del
conurbano en dos. Más trenes supondría mayores
esperas de autos, colectivos y camiones en las cientos de barreras
de las calles transversales a las vías, con el consiguiente
agravamiento del transporte en el ejido urbano, ya de por si
colapsado en horas pico.
No es necesario ser un experto para darse cuenta de que las
soluciones de fondo requerirán enormes inversiones en
infraestructura tanto ferroviaria como vial (puentes, túneles,
etc). Como en el resto del mundo el ferrocarril seguirá
siendo una actividad subsidiada por el Estado. Resulta incongruente,
sin embargo, que esos subsidios los reciban empresarios inescrupulosos
cuya desidia compromete la paz social. Por eso, es imperativo
involucrar al trabajador-usuario en los organismos de control.
La espera promete ser larga y turbulenta. Acompañado
–y controlado– el Gobierno la soportará mejor.