Una cloaca navegable en cuyas márgenes vive medio millón
de personas. El “efecto Gualeguaychú” está
reflotando la cuestión de su controvertido y postergado
saneamiento. El organismo encargado de coordinar las obras fracasó
en su cometido.
Un informe de la Auditoría General de La Nación
da cuenta de la inoperancia del Comité Ejecutor Matanza
Riachuelo.
La lucha del pueblo de Entre Ríos contra las “papeleras”
en Uruguay ha elevado el nivel de percepción de los temas
ambientales. Aquí en el Sur convivimos con un río
que acumula residuos industriales y cloacales en proporciones
alarmantes. Hay riesgos ciertos para la población más
próxima a sus riberas, aunque no existen estudios que
los cuantifiquen. El CEMR (Comité Ejecutor Matanza Riachuelo)
se creó para resolver el complejo problema de una extensa
cuenca que tributa aguas servidas y desechos tóxicos
en el Riachuelo. Ahora, un informe de la Auditoría General
de La Nación puntualiza sus desaciertos, omisiones y
mala administración de recursos. El informe completo
de 137 páginas puede consultarse en www.laurdimbre.com.ar/ambiente/amb—00038b.pdf.
Lo que sigue son algunos pasajes significativos.
Funciona en la Cuenca una compleja y contradictoria trama normativa
e institucional; la vigencia de múltiples normas de los
distintos gobiernos involucrados (la Nación, la Provincia
de Buenos Aires, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y
los municipios de la provincia) produce superposición
de competencias, multiplicidad de organismos competentes, vacíos
legales y confusión normativa. El Comité Ejecutor
Matanza Riachuelo (CEMR) no desarrolló suficientemente
la tarea de coordinar las distintas jurisdicciones.
A pesar de que el CEMR fue creado para el saneamiento de la
Cuenca –en la que una de las principales causas de deterioro
es la contaminación de origen cloacal e industrial–
no participó en la renegociación del Contrato
de Concesión con Aguas Argentinas S.A. iniciada en 1997.
Resulta relevante destacar que el Miembro Coordinador del Comité
Ejecutor (Secretario de Recursos Naturales y Desarrollo Sustentable)
fue la misma Autoridad de Aplicación que dirigió
la referida renegociación del Contrato de Concesión
con la empresa Aguas Argentinas S.A.
Respecto de la otra fuente contaminante, las industrias, el
CEMR nunca llegó a desarrollar acciones concretas para
controlarlas, a pesar de que en el período de 1995 a
1999 la Secretaría de Recursos Naturales y Desarrollo
Sustentable ejercía funciones de miembro coordinador
del CEMR y Autoridad de Aplicación de la legislación
sobre contaminación hídrica.
El Plan de Gestión Ambiental (PGA) del Comité
Ejecutor (CEMR) no funcionó como un verdadero programa
de saneamiento.
El plan de obras involucrado en el préstamo no se orientaba
al saneamiento cloacal que es una de las principales causas
de contaminación y degradación de las aguas, ya
que el mismo se encontraba a cargo de la concesionaria Aguas
Argentinas S.A.
Durante nueve años, el CEMR manejó información
de base del PGA en gran medida registrada en la década
del ’80. A partir de 2004 y a través de un convenio
firmado entre el CEMR y el INA se comenzó a actualizar
la base de datos de industrias y actividades de servicio radicadas
en la Cuenca. Además, desde 2004 el CEMR efectúa
mediciones de calidad de agua y suelo.
El CEMR no ha desarrollado un estudio epidemiológico
del estado de la salud de la población involucrada en
la Cuenca ni un relevamiento actualizado del impacto ambiental
sobre la salud del núcleo poblacional lindante con la
ribera de la Cuenca Hídrica Matanza—Riachuelo.
El CEMR no desarrolló objetivos y metas de ordenamiento
urbano y de educación ambiental. El Programa de “Educadores
Ambientales” no arrojó resultados concretos y medibles.
En nueve años de gestión, el CEMR no desarrolló
indicadores de desempeño y de cumplimiento de metas,
ni produjo informes relativos a la eficacia de las obras o tareas
desarrolladas en el marco del PGA. Recién a partir de
2004, el CEMR elaboró el Manual Operativo y de Gestión
para el seguimiento de las tareas.
La ejecución del PGA mediante préstamo BID fue
baja y deficiente. Los fondos directos aportados por el BID
sólo alcanzaron la suma de U$S 7.762.790, de los U$S
250 millones originales.
Lo invertido en el rubro obras se utilizó casi exclusivamente
en la remoción de cascos hundidos. No se ejecutaron obras
de saneamiento.
Tanto el CEMR como el BID tuvieron dificultades para cumplimentar
los tiempos proyectados, en algunas ocasiones el CEMR no cumplió
los requisitos exigidos por el BID para que éste efectuara
los desembolsos y, por otro, el BID retrasó los tiempos
de respuesta y los desembolsos.
El monto pagado por “Comisión de Compromiso”
(U$S 6.907.476,15) superó las previsión original
de U$S 5.035.000 para el total del Programa; vale decir, se
pagó por no usar los fondos convenidos una tasa diferencial
más alta que la que se habría pagado si se hubieran
usado dichos fondos.
Desde 2003, el CEMR negocia el Préstamo BID, cuyo monto
va decreciendo con los años (la actual renegociación
es por 100 millones de dólares) afrontando la gestión
de reconocimiento del BID como aporte local para las obras iniciadas
y/o proyectadas en este período.
En el Expediente sobre “Ensayo piloto de tratabilidad
de las aguas del Riachuelo”, se desarrolló una
prueba piloto consistente en incorporar oxígeno en el
curso de agua. Dado que los resultados de la prueba piloto fueron
exitosos y que se logró aumentar un 105,55 % la concentración
de oxígeno en las aguas, el CEMR debió realizar
pruebas de contraste para corroborar dichos resultados de modo
de asegurar la razonabilidad de la extensión de la prueba,
ya que ésta sirvió de justificación para
contratar una obra que implicó una erogación superior
a los 2,6 millones de dólares.
No obstante, no hay evidencia documental de que el CEMR haya
realizado la supervisión y el control de las tareas desarrolladas
mediante dicha contratación ni de que el CEMR haya analizado
y/o verificado a posteriori la razonabilidad, exactitud y validez
de los resultados, sugerencias y soluciones entregados por la
empresa contratista. A pesar de no haber controlado la prueba
piloto, el CEMR aprobó la continuación de la obra
a mayor escala, la cual fracasó. El CEMR tácitamente
convalidó todos los resultados, conclusiones, sugerencias
y recomendaciones entregados por la empresa contratista, sin
que se encuentre en el expediente evidencia documental de que
las haya verificado.
Se observó que la obra “Adquisición e instalación
de aireadores para incorporar oxígeno a la cuenca baja
del Riachuelo” fracasó con relación a los
resultados planteados en la prueba piloto que dio origen a la
contratación, porque se desarrolló sin que se
cumplieran las condiciones previstas en el PGA, en particular,
porque debía funcionar en un curso de agua que tuviera
menores niveles de contaminación orgánica (el
PGA detalló precisamente cinco condiciones básicas
para el desarrollo de esta obra). En efecto el informe final
del INA dice: “las mediciones realizadas durante el periodo
de monitoreo indicarían que el sistema de aireadores
no modificó el contenido de oxígeno disuelto en
las aguas del riachuelo durante su funcionamiento”.
El CEMR efectuó un equivocado diagnóstico al
definir las aguas del Riachuelo con “carga contaminante
reducida” en un tramo que debería ser considerado
como grado 4, clase: “estado de contaminación extrema”.
El estudio “Jerarquización y Plan para el Saneamiento
de los Basurales Clandestinos de la Cuenca” por el monto
de $265.362 fue realizado mediante la vía de contratación
directa para lo cual se invocó razones de “suma
utilidad” y “experiencia adecuada” de cuatro
expertos holandeses. Dicha contratación fue observada
en sus aspectos formales por el Servicio Jurídico de
la SRNyDS con fecha 27/05/97 lo cual dio lugar a que el Miembro
Coordinador tuviera que emitir la Resolución N°64/97
(06/06/97) para “... el saneamiento del acto administrativo
(...) subsanando el vicio que lo afecta...”. No se encontró
evidencia que dicho estudio (la redacción de los Términos
de Referencia, terminado el 10/06/97) fuera utilizado al presente
para el saneamiento de los basurales clandestinos de la Cuenca,
no obstante el fuerte impacto ambiental que representa la existencia
de “alrededor de 50 vuelcos incontrolados”.
BREVES
Vecinos de Buenos Aires defienden ley
que beneficia a La Boca
Fue en ocasión de la audiencia pública previa
a la segunda ronda de la ley aprobada en primera votación
que declara en Emergencia Urbanística y Ambiental al
barrio de La Boca. El texto completo de todas las intervenciones
puede consultarse en www.laurdimbre.com.ar/vidaurbana/vu—0046.php.
Acuerdo para trasladar a San Vicente
el Mercado de Hacienda de Liniers
Los legisladores porteños se disponían a fijar
la fecha a partir de la cual debía regir la prohibición
del ingreso de ganado en pie a la Ciudad . Así las cosas,
la empresa concesionaria del Mercado de Hacienda de Liniers
se habría comprometido a iniciar en breve las obras en
el predio que la Intendencia de San Vicente ofreció en
esa localidad. La noticia apareció en el web de la Legislatura
sin otros comentarios. Llama la atención que los legisladores
hayan desistido del emplazamiento a cambio de una promesa (en
toda apariencia verbal) de una empresa que viene eludiendo el
traslado desde hace años.
PRENSA Y PODER EN LA DICTADURA
Después de 30 años: canallas,
canallitas y canalladas
2da. Parte
Por Ricardo Horvath para Red Eco Alternativo
En los registros de la CONADEP son mencionados diversos periodistas
vinculados a los actos vandálicos de la dictadura. Por
ejemplo: Víctor Lapegna, Luis María Castellanos
y Guillermo Aronín. A ellos habría que sumar a
Héctor Sayago, Edgardo Arribillaga y Héctor del
Mar, todos hombres de Massera.
Digamos por otra parte que Julio Lagos se ocupaba de oficiar
de locutor de la publicidad del gobernador de la provincia de
Buenos Aires Ibérico Saint—Jean, cuyo jefe de policía
era Ramón Camps; José María Muñoz
incitada a su oyentes para que fueran a gritarle a las Madres
de Plaza de Mayo frente al edificio de la OEA “que los
argentinos somos derechos y humanos”.
Después del triunfo futbolístico del mundial ‘78,
Videla es reporteado por la plana mayor de la revista El Gráfico,
su director Constancio C. Vigil y su jefe de redacción
Ernesto Cherquis Bialo, quienes confiesan “lo placentera”
que fue la entrevista y que “frente a él nos sentimos
bien”.
Por ese tiempo la revista Siete Días escribía
que “ha llegado el momento en el que cada uno de los argentinos
debemos levantar la voz en defensa de nuestro país para
que en el mundo nos oigan claramente”, a la vez que mencionaba
a Julio Cortázar, Norman Briski, Tata Cedrón y
otros exiliados como agentes subversivos que integraban una
Red Antiargentina.
Otro “demócrata”, Ramiro de Casabellas,
buchoneaba desde La Opinión (31/10/76) a dignísimos
abogados exiliados como Lucio Garzón Maceda y Gustavo
Roca, en algún momento defensores de Agustín Tosco.
En el mismo diario Luis Gregorich, al referirse al “gobierno”
surgido en 1976, señalaba que postulaba “la defensa
del pluralismo y de la organización democrática
de la sociedad” (24/8/76).
Entre otros canallas se puede citar a Horacio Carballal, censor
oficial en Canal 9; Claudio Escribano, luego subdirector de
La Nación, quien en 1981 pronunció en la Asamblea
de la SIP un discurso para descalificar las denuncias que venía
realizando Jacobo Timerman a quien habían torturado y
despojado del diario La Opinión; Daniel Mendoza, José
Gómez Fuentes, Nicolás Kasanzew, fueron las caras
visibles de la dictadura en tiempos de Malvinas, junto a quienes
no daban la cara pues dirigían los noticieros como Luis
Clur, Abel Maloney y tantos otros.
Con la televisión de la dictadura colaboraban Fernando
Niembro y Marcelo Araujo contratando a falsos “héroes”
yanquis de las series de entonces, como el caso de Lou Ferrigno,
“el hombre verde”.
Julio Ramos se enriqueció al crear el diario Ámbito
Financiero (apodado “filibustero”), luego firme
menemista y en la actualidad kirchnerista. En 1977 Aldo Proietto,
colaborador del general Etchegoyen desde la dirección
de prensa de la provincia del Chubut, con Daniel Garzón
se hicieron cargo del aparato de prensa del EAM ‘78 que
dirigía el almirante Lacoste. Garzón pasó
a llamarse Galotto y con Proietto fueron parte de El Gráfico.
Hugo Ezequiel Lezama, elogiado por Camps, dirigía el
diario Convicción, creado para la continuidad del “proceso”;
en Tucumán Antonio Domingo Bussi le entregaba a Joaquín
Morales Solá un pergamino en el que agradecía
“su colaboración en la lucha contra la subversión”;
en Santa Fe el apologista militar Evaristo Monti se apropió
de un niño cuando la madre debió exiliarse; Vicente
Massot, del reaccionario diario La Nueva Provincia de Bahía
Blanca, era otro fervoroso golpista; Félix Luna y el
editor de Todo es Historia, Emilio Perina (en realidad Moisés
Kostantinowsky), pusieron la publicación al servicio
de José Martínez de Hoz (además se le editaba
un pasquín llamado Precisiones que escribía José
Gobello, por entonces columnista de los noticieros de Canal
11).
Carlos Acuña Ramos Mejía, luego columnista apologético
de Seineldín en La Prensa, era presidente del directorio
de la agencia oficial de noticias Telam durante la dictadura;
el escriba menemista Carlos Tórtora fue en los ‘70
integrante de la Concentración Nacional Universitaria,
hombre de López Rega y después de Massera, de
quien fue asesor en materia de prensa y comunicación
social, y redactor de los discursos de Ramón Camps; Guillermo
Cherasny, era informante oficial de la marina...
El listado de estas “joyitas” del periodismo es
interminable y el asco obliga a interrumpir el relato, por ahora.
Vale, no obstante, cerrar con Carlos Varela, como Grondona dueño
de algunas hectáreas en la rica pampa bonaerense, quien
también supo tener alguna expresión autocrítica
al confesar, en 1995, que en aquella época “amoldaba
mi mensaje a lo que sabía y a lo que se podía
decir (...) Aparecían todos los días quince muertos
envueltos en lonas y yo era periodista y no puedo decir hoy
que no sabía lo que pasaba. O sabías o no eras
periodista”. ¿Periodista? Tarde piaste.
OBRAS PLUVIALES EN LA BOCA
Obreros
trabajando a la altura de Olavarría y Necochea en la construcción
de conductos pluviales.
La obra –por un monto total estipulado en 2.701.750 pesos–
fue adjudicada por el Gobierno de la Ciudad a la empresa Coarco
S.A. que comenzó a realizarla, en enero de este año,
desde la intersección de Ministro Brin y Lamadrid. Actualmente,
el grado de avance es de aproximadamente el 35% para el conjunto
de la obra. Esta intervención consiste en la construcción
de un sistema de conductos, con sus sumideros, nexos y cámaras,
que permitirán incrementar la capacidad de la red pluvial
para la conducción del agua de precipitaciones, mitigando
así problemas de inundaciones en La Boca, específicamente
en la zona de influencia delimitada por avenida Almirante Brown,
Pinzón, Caboto y avenida Pedro de Mendoza.
La denominada “Cuenca H” se encuentra delimitada
por las avenidas Almirante Brown y Pedro de Mendoza y las calles
Pinzón y Caboto. Con esta obra las aguas pluviales serán
captadas y conducidas en la calle Necochea, desde Brandsen hasta
Lamadrid, mediante un conducto rectangular de hormigón
armado. Por esta última arteria otro conducto rectangular
que reemplazará al circular existente volcará
las aguas en una cámara, también a reconstruir,
en la esquina de las calles Ministro Brin y Lamadrid.
El proyecto lo completa un ramal a construir con caños
de hormigón cilíndricos que captarán las
aguas pluviales en el cruce de las calles Olavarría y
Ministro Brin y las conducirán hasta la cámara
mencionada. Desde esta cámara se conectarán con
la rama sur del colector que lleva las aguas pluviales hasta
la Estación de Bombeo Nº 1, ubicada en la costa
de la dársena sur, a la altura de la calle Aristóbulo
del Valle.
La “Readecuación de la Red Pluvial en la Cuenca
H” forma parte del Plan Hidráulico que el Gobierno
de la Ciudad tiene en marcha para intervenir en las cuencas
y arroyos porteños más significativos. Su objetivo
es adaptar las condiciones hidráulicas de la ciudad a
la condición climática actual.
“Vaca fileteada en San
Telmo” de Martiniano Arce.
El trabajo del prestigioso fileteador del barrio de San Telmo
puede verse en Puerto Madero. Forma parte del “Cow Parade”,
una muestra al aire libre que exhibe varias decenas de vacas
de plástico –decoradas por reconocidos artistas–
a lo largo de los diques de Puerto Madero. Los organizadores
de la muestra la anuncian como “Arte sin Tranqueras”.
El mayor evento artístico y filantrópico del mundo.
Marzo—Junio 2006. En el local oficial de la muestra –Alicia
Moreau de Justo y Macacha Güemes– pueden adquirirse
remeras y otros souvenirs.
Tema: LA VACA
Por Hugo Presman
Uno de los primeros que llevó a un libro, con prosa infantil,
el tema la vaca fue el artífice de la Triple A, José
López Rega, que en su libro “ Astronomía
Esotérica” interrogaba: “No has visto lector
los ojos tristes de una vaca”. Luego continuaba con una
serie de lamentos capaces de convertir en vegetariano a cualquier
carnívoro empedernido. La pregunta complementaria nunca
hubo oportunidad de formulársela al cabo devenido en
comisario. Nunca se imaginó los ojos de desesperación
de los seres humanos que mando a asesinar.
Actualmente el matarife José Alberto Samid, un alérgico
a la AFIP, un propietario de frigoríficos que por arte
de magia se evaporan ante el ente recaudador, volviéndose
inexistentes, pregonador de algunas medidas plausibles ha escrito
en su libro “La historia de la carne”, el siguiente
texto:
A la vaca
“Ajena a los intereses políticos y económicos
que se movilizan a su alrededor, ella nos ofrenda generosamente
su vida para sostener la nuestra.
Con la misma generosidad brinda su leche para alimentar a la
niñez, sin ser responsable que la incapacidad del gobernante
impida que la leche llegue por igual a todos los niños.
Sufre con estoicismo sequías e inundaciones en campos
que deberían ofrecerle mejores condiciones de vida.
Anda descalza, mientras su cuero sirve para que nosotros podamos
calzarnos.
Padece la ignominia de morir en plena juventud, por la avaricia
de aquellos que la matan sin reparar a veces que lleva otra
vida en su vientre.
Ese afán de rápida rentabilidad la relega a poblar
cada día planteles más reducidos, mientras se
multiplican aquellas nacidas en Brasil, Estados Unidos y otros
países.
El hombre aprovecha todo de la vaca, pero ella nunca se aprovecha
del hombre.
Escuchamos decir “un aplauso para el asador”, mientras
ella no recibe jamás una demostración de gratitud.
Por todo ello, y mucho más, dedico este libro a la vaca,
la mejor amiga del hombre”
Seguramente en la expresión “y mucho más”
se encuentra el agradecimiento de Samid a la vaca que lo convirtió
en un empresario rico con patrimonio inexistente. Paradojas
de la Argentina.
Los cortes de la vaca y las clases sociales
En los cortes argentinos de la vaca para convertirla en alimentación,
está configurado un mapa social. Si consideramos que
la cabeza de la vaca mira al norte y la cola al sur, los mejores
cortes están en el sur. Ahí están el cuadril,
la nalga, el vacío y el lomo. Los cortes consumidos,
en general, por los sectores de mayores ingresos. En el centro,
ahí donde socialmente está la clase media, se
encuentran los bifes de costilla, el asado, y el matambre. Y
en el norte, cerca de la cabeza, los cortes que consumen los
sectores populares: bife ancho, paleta, osobuco, falda con hueso,
carnaza común y azotillo.
La religión judía prohibe comer a sus seguidores
practicantes los cortes de la parte trasera de la vaca. Alfredo
Coto, cuando era un modesto carnicero y no el poderoso supermercadista
actual, se dirigía a los matarifes judíos y les
compraba a precios económicos los cortes más caros
que eran despreciados, según cuenta Luis Majul en su
libro “Los dueños de la Argentina”,
Sociología en el interior de la vaca. Sociología
sobre el cadáver del animal. Un enfoque que permite más
matices que el que se encuentra en el escenario de la vaca viva
y la distribución de la propiedad territorial.
La vaca y la evolución tecnológica
De aquellas épocas en que el gaucho mataba un animal,
consumía una ínfima parte y desechaba el resto
a la actualidad, en donde no queda nada sujeto a desperdicio,
han pasado muchos años. Hasta la bosta sirve de abono.
La reproducción ha perdido su aspecto lúdico privando
a las parejas ocasionales de un presunto placer pasajero. La
masturbación del toro y la inseminación artificial
de la vaca no se encuentran reflejadas en los lamentos de telenovela
de López Rega y Samid. La impetuosidad del macho puede
terminar en un cálculo equivocado, en el deterioro de
su miembro y en el llanto desconsolado del propietario del animal
que pierde una importante inversión.
De manera que la única satisfacción que le quedan
a vacas y toros es ser aseados, perfumados y con las cucardas
correspondientes ser llevados a la Sociedad Rural, donde son
admirados y elogiados. Claro que, como contrapartida, tienen
que escuchar los discursos clonados de los presidentes clonados
de la centenaria entidad.
Incluso pueden ser involuntarios vehículos de protestas.
En la inauguración de la Exposición Rural del
año 2005, las vacas lucían una cucarda negra por
las retenciones lácteas.
Discurso inaugural de la Feria del libro
2006
Por Tomás Eloy Martínez
Antes aun de que aprendiera a leer, cuando me esforzaba
por desentrañar el significado que ocultaban las formas
de las letras, le formulé a mi padre una pregunta que él
me repitió poco antes de morir, porque en su momento no
la supo contestar, como yo tampoco sabría hacerlo ahora:
¿somos nosotros quienes creamos las palabras que nombran
las cosas de la realidad o las cosas nacen de las palabras que
las nombran?
Los filósofos y semiólogos han respondido de
muchas maneras a esa cuestión que acabo de formular tan
torpemente como en la infancia, pero la duda nunca dejó
de estar ahí. Sé –al menos, eso sé–
que avanzamos en la selva de lo desconocido asociando palabras.
Leemos para imaginar. Leemos para aprender cómo es la
respiración del mundo. Y, a veces, también leemos
para descubrir que el mundo no respira como imaginábamos,
sino de otra manera. Todo y todos somos, a cada instante, otros.
Si no supiéramos leer, tampoco sabríamos pensar.
Escribir viene después. La escritura es la envidia sana
de la lectura o, más bien, el deseo de prolongar la lectura
indefinidamente. Alguna vez he contado que escribí mi
primer relato a los nueve o diez años, para salvarme
de la prohibición de leer que mis padres me impusieron
como castigo durante un mes por un delito de desobediencia.
Pero aquello que escribí era sólo un resumen de
lo que había leído, un magma en el que el mundo
no era como era, sino como a mí me parecía que
debía ser. Tiempo después, leyendo a Walter Benjamin,
aprendí que hay cierta ansiedad en todo narrador por
ser otro, por estar en otros: “Narrar no sólo es
significativo porque nos permite asumir o dibujar un destino
ajeno, que a la vez nos educa —dice Benjamin—. Es
significativo porque ese destino ajeno, gracias a la fuerza
de la llama que lo consume, nos transfiere el calor que jamás
obtenemos de nuestro propio destino”. En las ficciones
somos lo que soñamos y lo que hemos vivido, y a veces
somos también lo que no nos hemos atrevido a soñar
y no nos hemos atrevido a vivir. Las ficciones son nuestra rebelión,
el emblema de nuestro coraje, la esperanza en un mundo que puede
ser creado por segunda vez o que puede ser creado infinitamente
dentro de nosotros.
El primer libro completo que leí en mi vida fue una
colección de cuentos de los hermanos Grimm, de la editorial
Molino, con unas ilustraciones que acentuaban el terror de aquellas
historias melancólicas, en las que nada nunca se lograba
por completo, ni la felicidad ni la derrota del mal. Más
tarde, entre los siete y los nueve años, me convertí
en un devoto sin remedio de las novelas de Alejandro Dumas y
de Julio Verne. Cada vez que he tenido en la vida una situación
de desesperanza —y vaya si las he tenido: enfermedades,
exilio, pérdida de personas amadas—, volví
a esos libros de la infancia para que me devolvieran la fe en
que todo regresa, de una manera u otra: todo puede ser recuperado.
Así, he releído por lo menos cuatro veces dos
novelas de construcción perfecta, El conde de Montecristo
y La reina Margot, a las que sigo buscándoles en vano
los lunares de arquitectura que no tienen.
En la adolescencia, los bibliotecarios me parecían extensiones
de Dios, herederos de un saber inagotable. Todas las mañanas
iba en busca de libros a la biblioteca Sarmiento de Tucumán,
cien metros al norte de la Casa de la Independencia, y mientras
devolvía los préstamos del día anterior
les pedía consejo sobre las lecturas siguientes. Gracias
a ellos, alcancé, entre los once y los dieciocho años,
el inolvidable conocimiento de Heródoto, de los diálogos
de Platón; leí el Edipo rey de Sófocles,
las seis grandes tragedias de Shakespeare, los poemas de Góngora
y de Quevedo, las Novelas ejemplares de Cervantes y, por supuesto,
el Quijote. Por las noches, nos bañábamos con
mis amigos en las aguas purificadoras de la poesía más
nueva. Atravesábamos como poseídos los mares de
lágrimas de César Vallejo para subir después
a las montañas de Neruda, o bajar hacia los valles de
Rilke, de Mallarmé, de Baudelaire, de Cernuda, como si
las voces del mundo fueran en verdad una sola voz inagotable.
En el invierno de mis trece años me enfermé de
una tuberculosis imaginaria por identificarme con los personajes
de La montaña mágica, de Thomas Mann.
Poco después, las ficciones de Faulkner me produjeron
insomnios recurrentes. Uno de los visitantes de la biblioteca
me recomendó entonces que leyera El proceso, de Franz
Kafka, porque nadie podía, según me dijo, resistir
el sopor del primer capítulo. El falso remedio agravó
mi enfermedad. Apenas puse un pie dentro de Kafka, entré
en un laberinto del que no he salido todavía, yendo de
La metamorfosis a La condena y de El castillo a la Carta al
padre. Y, por supuesto, en las orillas de esos sistemas solares
estaba Borges, construyendo dentro de mí su propia galaxia.
Somos, así, los libros que hemos leído. O somos,
de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha
abierto en nuestras vidas.
Todas las grandes culturas se han creado en torno de un libro
sacramental: ya sea el Pentateuco, la Torah, los Evangelios,
el Shu y el Yi de Confucio, el Buddhavacana canónico
de los budistas, el Chilam Balam y el Popol Vuh de la América
anterior a Colón. Algunas pocas naciones han tenido también
la fortuna de ser proyectadas y organizadas por grandes hombres
para los cuales el libro era un artículo de fe. Nuestra
nación argentina es hija de ese privilegio. Desde mediados
del siglo XIX, letrados como Juan Bautista Alberdi, Domingo
Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez
Sarsfield y Nicolás Avellaneda, entre tantos otros, pensaron
con pasión en el país que querían para
las generaciones sucesivas. Infinitas veces disintieron en los
detalles y polemizaron con acritud, pero las prioridades del
modelo argentino fueron, para todos, siempre las mismas: la
salud, la educación, la igualdad ante la ley, la modernidad,
la apertura de las puertas a la inmigración europea,
que entonces era aluvional.
Hacia 1850, Sarmiento inició una de las más
admirables revoluciones pacíficas del siglo, un torbellino
comparable a la marcha de la sal de Gandhi ochenta años
más tarde. Lo que propuso Sarmiento fue crear otra vez
el país, pero a partir del libro, apagar con civilización
los fuegos de la pasada barbarie. “Para tener paz en la
República Argentina —escribió— es
necesario educar al pueblo en la verdadera democracia, darles
a todos lo mismo, para que todos sean iguales.” De ese
principio nació la ley de educación común,
gratuita, laica y obligatoria, que abriría en la Argentina
las puertas a la movilidad social, permitiría la expansión
de la clase media y sería la fuente de la grandeza que
este país alcanzó antes de 1930. En esa tradición
crecimos y nos educamos. Y por esa tradición seguimos
creyendo, durante tanto tiempo, que el país sería
siempre mejor.
Sarmiento puso su obstinación indomable en lograr la
sanción de aquella ley. Tropezó durante décadas
contra la oposición férrea de la Sociedad de Beneficencia,
que regía la educación pública con fondos
del Estado. Lo consiguió una década después
de abandonar la presidencia de la República, en 1884.
Tenía 73 años y le faltaban cuatro para morir.
Una Feria del Libro estaba entonces más allá de
los sueños de cualquiera de aquellos titanes. Ninguno
de ellos habría estado ausente en una ceremonia que recuerda,
año tras año, que está nación fue
creada no por la espada sino por el libro: la civilización
en el desierto infinito dejado por la barbarie.
América latina entera se miró durante décadas
en el espejo de nuestros libros: en los que escribíamos
y en los que publicábamos. Recuerdo cuánto le
admiraba a Gabriel García Márquez, en el invierno
de 1967, que las librerías de Buenos Aires estuvieran
abiertas hasta altas horas de la noche y que las amas de casa
regresaran de los mercados con libros que se compraban como
artículos de primera necesidad, junto con las lechugas
y el pan de los almuerzos. Dondequiera que fui después
en América latina, me encontré con hombres y mujeres
que debían su formación a los libros y revistas
de la Argentina. Tanto en Barranquilla como en La Habana o en
Guadalajara y en Panamá, los libreros ni siquiera tenían
tiempo de deshacer los paquetes que les llegaban desde Buenos
Aires, porque los lectores se precipitaban ansiosos sobre aquellos
volúmenes que les iluminaban el mundo.
Los tiempos son ahora otros, y la miseria ocupa en muchos
hogares el lugar que tenía antes el conocimiento. Las
batallas de estos tiempos de globalización no se libran
ya para conquistar nuevos lectores o para crearlos, sino para
que el mercado no los deseduque, para que los lectores no pierdan
la costumbre de ver el libro como un modo de verse también
a sí mismos. Junto con océanos de informaciones
por procesar y de libros por leer, la globalización ha
engendrado a la vez abismos de desigualdad que antes eran imposibles
de imaginar, porque lo que se globaliza es el mercado, no las
personas.
Una quinta parte de la población del mundo sigue sin
tener acceso a forma alguna de educación, y más
de los tres quintos restantes no pueden comprar libros, porque
la comida, la vivienda y la ropa están primero en la
lista básica de las familias y, con frecuencia, lo que
se gana ni siquiera alcanza para eso.
Mil quinientos millones de personas carecen hoy de agua potable
y más de mil millones viven hacinadas en casas miserables,
indignas de la condición humana. Mil millones de personas
no saben leer ni escribir. En la Argentina, la educación
obligatoria de Sarmiento es ahora una utopía más
inalcanzable de lo que era hace siglo y medio. Innumerables
chicos siguen sin poder ir a la escuela porque tienen que ayudar
a ganar el pan de sus padres, y los que van no lo hacen para
aprender sino para comer, porque a muchos de ellos la escuela
les ofrece la única comida del día.
Aun con recursos inferiores a los que harían falta,
desde el Ministerio de Educación se ha emprendido ahora
una campaña esperanzadora, tendiente a que cada niño
tenga un libro. Sólo en 2005 se han invertido en esa
campaña más de cien millones de pesos. Es apenas
el comienzo, pero un comienzo mucho más luminoso que
el páramo sin salida de las décadas anteriores,
cuando, en vez de estimular la lectura, los libros se quemaban,
ya fuera en las piras reales que se encendieron en algunos cuarteles,
ya en las piras simbólicas de los años 90, cuando
las bibliotecas fueron sustituidas por una larga fiesta analfabeta.
Sería injusto no advertir la diferencia.
Lamento que una agenda colmada de compromisos (supongo) no
le haya permitido al presidente de la República estar
ahora con nosotros, porque si bien han llegado hasta aquí
algunos miembros de su gabinete, hay muy pocos actos, cada año,
en que la presencia del jefe del Estado es insustituible. El
de hoy es uno de esos actos, porque así lo enseñan
la tradición y el destino de los argentinos. Esta celebración
del libro tiene que ver con la nación que fuimos, pero,
sobre todo, con la nación que queremos volver a ser:
una nación de iguales, en la que todos tengan el mismo
derecho a educarse y a vivir dignamente. “Las escuelas
son la democracia”, escribió Sarmiento. Fuimos
fundados por el libro, no por la espada: lo repito. Fueron los
libros los que inspiraron a Moreno, a Belgrano, a Sarmiento.
La espada desbrozó el camino, pero el libro creó
el camino. Sin el libro, ¿hacia qué clase de nación
estaríamos yendo? ¿Sobre qué valores estaríamos
construyendo los años por venir?
Cuando el poder no lee, el poder no piensa. Las dictaduras
militares se negaron a leer. Como los comandantes no leían,
lo único que los afectaba era lo que oían. Y,
por lo general, oían lo que querían. Con el poder
iletrado, no hay diálogo posible: sólo obediencia
y monosílabos. Después, durante los años
en los que el país fue sometido a un voraz remate, el
acto de pensar se volvió ineficaz e inútil. Para
prosperar, ya no era preciso leer: es decir, no hacía
falta pensar. Se impuso el hábito de la discusión
frívola. En vez de debatir ideas, se debatían
actos de viveza.
¡Cuánto nos ha costado salir de ese pantano en
el que estábamos estancados, huérfanos del libro!
¡Cuánto puede costarnos todavía encontrar
un proyecto de nación que nos una a todos! ¡Y qué
difícil va a ser lograrlo si no entendemos, como tempranamente
lo entendió Sarmiento, que educar al pueblo en la verdadera
democracia es permitir que todos aprendan lo mismo para que,
al menos en el caudal de oportunidades, todos sean iguales!
El libro regresa ahora a lo que era en sus orígenes:
una voz común que vamos creando día tras día.
El conocimiento humano ha ido avanzado desde las narraciones
en las cavernas a las discusiones en el ágora, y desde
los manuscritos de los monjes y de los cortesanos a los tipos
móviles de Gutenberg, y desde allí otra vez al
ágora en la que todos participamos, a través de
construcciones colectivas en la Red, como Wikipedia, esa inacabable
enciclopedia a la que todas las culturas entregan su aportes,
a través de weblogs o de novelas y poemas que se componen
a cien manos.
Ahora, como en el pasado, estamos escribiendo entre todos el
infinito libro de la especie humana. Pero el libro tal como
lo conocemos, es decir, el objeto rectangular de cartón
o tela o cuero, dentro del cual hay hojas de papel cubiertas
de signos, perdurará y prevalecerá durante mucho
tiempo todavía, porque siempre habrá alguien que
prefiera una relación de intimidad con un autor de esa
manera, a través de las páginas que van cobrando
vida mientras se abren. Sea cual fuere la forma que asuma, “la
inextinguible voz humana sigue hablando”, tal como lo
dijo William Faulkner en su discurso del premio Nobel. “La
inextinguible voz humana no sólo perdurará, sino
también prevalecerá, porque tiene un alma que
se expresa en el libro, un espíritu capaz de compasión,
y de sacrificio, y de persistencia.”
El libro es como el agua. Se le imponen cerrojos y diques, pero
siempre termina abriéndose paso. La adversidad parece
fortalecerlo. Aun en los peores tiempos, las ideas que después
se transformaron en palabras han soslayado las censuras y las
mordazas para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptibles
e insumisas cuando a su alrededor todos callan, se someten y
se corrompen. Ni el odio de los bárbaros ni la intolerancia
de los injustos han podido destruir el libro, porque su memoria
es también la memoria de la especie humana. He dicho
ya que esta nación es hija del libro antes que hija de
sus batallas. Es hija del mandato que Sarmiento dejó
hace siglo y medio, “Las escuelas son la democracia”,
gracias al cual, aun en medio del infortunio, mantuvimos en
alto la memoria de nuestra pasada dignidad y la certeza de que
tarde o temprano íbamos a recuperarla. El libro nos ha
salvado. Salvemos ahora nosotros al libro de la indiferencia
de los que mandan, de la ceguera de los que creen que es posible
vivir sin él, de la estupidez de los que imaginaron que
acabarían con él quemándolo o prohibiéndolo.
Salvemos al libro, porque en el libro ha estado siempre lo mejor
de nosotros.
CONTRATO DEL CONSEJO DE EDUCACIÓN
AÑO 1923 *
“Este es un acuerdo entre la señorita ........................................
maestra y el Consejo de Educación y de la Escuela por
el cual la señorita ................................
acuerda impartir clases por un período de ocho meses
a partir del …… 1923.
La señorita acuerda:
1. No casarse. Este contrato quedará automáticamente
anulado y sin efecto si la maestra se casa.
2. No andar en compañía de hombres.
3. Estar en su casa entre las ocho de la tarde y las seis de
la mañana, a menos que sea para atender una función
escolar.
4. No pasearse por las heladerías del centro de la ciudad.
5. No abandonar la ciudad bajo ningún concepto, sin el
permiso del Consejo de Delegados.
6. No fumar cigarrillos. Este contrato quedará automáticamente
anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra fumando.
7. No beber cerveza, vino ni whisky. Este contrato quedará
automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara
a la maestra bebiendo.
8. No viajar en ningún coche o automóvil con ningún
hombre excepto su hermano o su padre.
9. No vestir ropas de colores brillantes.
10. No teñirse el pelo
11. Usar al menos dos enaguas
12. No usar vestidos que queden a más de cinco centímetros
de los tobillos.
13. Mantener limpia el aula:
a) Barrer el suelo del aula al menos una vez al día
b) Fregar el suelo del aula una vez por semana con agua caliente
y jabón
c) Encender el fuego a las siete, de modo que la habitación
esté caliente a las ocho cuando lleguen los niños.
d) Limpiar la pizarra una vez al día.
14. No usar polvos faciales, ni maquillarse ni pintarse los
labios.
* Fuente: “La Revista del Consejo Nacional
de la Mujer” año 4 número 12 de marzo de
1999. La Información fue suministrada por Elena González,
bibliotecaria de la Facultad de Ciencias Exactas a Hugo Presman.