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Artículos principales de La Urdimbre, edición impresa,
mayo 2006.

Tapa
El Riachuelo

Una cloaca navegable en cuyas márgenes vive medio millón de personas. El “efecto Gualeguaychú” está reflotando la cuestión de su controvertido y postergado saneamiento. El organismo encargado de coordinar las obras fracasó en su cometido.
Un informe de la Auditoría General de La Nación da cuenta de la inoperancia del Comité Ejecutor Matanza Riachuelo.


La lucha del pueblo de Entre Ríos contra las “papeleras” en Uruguay ha elevado el nivel de percepción de los temas ambientales. Aquí en el Sur convivimos con un río que acumula residuos industriales y cloacales en proporciones alarmantes. Hay riesgos ciertos para la población más próxima a sus riberas, aunque no existen estudios que los cuantifiquen. El CEMR (Comité Ejecutor Matanza Riachuelo) se creó para resolver el complejo problema de una extensa cuenca que tributa aguas servidas y desechos tóxicos en el Riachuelo. Ahora, un informe de la Auditoría General de La Nación puntualiza sus desaciertos, omisiones y mala administración de recursos. El informe completo de 137 páginas puede consultarse en www.laurdimbre.com.ar/ambiente/amb—00038b.pdf. Lo que sigue son algunos pasajes significativos.


Funciona en la Cuenca una compleja y contradictoria trama normativa e institucional; la vigencia de múltiples normas de los distintos gobiernos involucrados (la Nación, la Provincia de Buenos Aires, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y los municipios de la provincia) produce superposición de competencias, multiplicidad de organismos competentes, vacíos legales y confusión normativa. El Comité Ejecutor Matanza Riachuelo (CEMR) no desarrolló suficientemente la tarea de coordinar las distintas jurisdicciones.

A pesar de que el CEMR fue creado para el saneamiento de la Cuenca –en la que una de las principales causas de deterioro es la contaminación de origen cloacal e industrial– no participó en la renegociación del Contrato de Concesión con Aguas Argentinas S.A. iniciada en 1997. Resulta relevante destacar que el Miembro Coordinador del Comité Ejecutor (Secretario de Recursos Naturales y Desarrollo Sustentable) fue la misma Autoridad de Aplicación que dirigió la referida renegociación del Contrato de Concesión con la empresa Aguas Argentinas S.A.
Respecto de la otra fuente contaminante, las industrias, el CEMR nunca llegó a desarrollar acciones concretas para controlarlas, a pesar de que en el período de 1995 a 1999 la Secretaría de Recursos Naturales y Desarrollo Sustentable ejercía funciones de miembro coordinador del CEMR y Autoridad de Aplicación de la legislación sobre contaminación hídrica.

El Plan de Gestión Ambiental (PGA) del Comité Ejecutor (CEMR) no funcionó como un verdadero programa de saneamiento.

El plan de obras involucrado en el préstamo no se orientaba al saneamiento cloacal que es una de las principales causas de contaminación y degradación de las aguas, ya que el mismo se encontraba a cargo de la concesionaria Aguas Argentinas S.A.

Durante nueve años, el CEMR manejó información de base del PGA en gran medida registrada en la década del ’80. A partir de 2004 y a través de un convenio firmado entre el CEMR y el INA se comenzó a actualizar la base de datos de industrias y actividades de servicio radicadas en la Cuenca. Además, desde 2004 el CEMR efectúa mediciones de calidad de agua y suelo.

El CEMR no ha desarrollado un estudio epidemiológico del estado de la salud de la población involucrada en la Cuenca ni un relevamiento actualizado del impacto ambiental sobre la salud del núcleo poblacional lindante con la ribera de la Cuenca Hídrica Matanza—Riachuelo.

El CEMR no desarrolló objetivos y metas de ordenamiento urbano y de educación ambiental. El Programa de “Educadores Ambientales” no arrojó resultados concretos y medibles.

En nueve años de gestión, el CEMR no desarrolló indicadores de desempeño y de cumplimiento de metas, ni produjo informes relativos a la eficacia de las obras o tareas desarrolladas en el marco del PGA. Recién a partir de 2004, el CEMR elaboró el Manual Operativo y de Gestión para el seguimiento de las tareas.

La ejecución del PGA mediante préstamo BID fue baja y deficiente. Los fondos directos aportados por el BID sólo alcanzaron la suma de U$S 7.762.790, de los U$S 250 millones originales.

Lo invertido en el rubro obras se utilizó casi exclusivamente en la remoción de cascos hundidos. No se ejecutaron obras de saneamiento.

Tanto el CEMR como el BID tuvieron dificultades para cumplimentar los tiempos proyectados, en algunas ocasiones el CEMR no cumplió los requisitos exigidos por el BID para que éste efectuara los desembolsos y, por otro, el BID retrasó los tiempos de respuesta y los desembolsos.

El monto pagado por “Comisión de Compromiso” (U$S 6.907.476,15) superó las previsión original de U$S 5.035.000 para el total del Programa; vale decir, se pagó por no usar los fondos convenidos una tasa diferencial más alta que la que se habría pagado si se hubieran usado dichos fondos.

Desde 2003, el CEMR negocia el Préstamo BID, cuyo monto va decreciendo con los años (la actual renegociación es por 100 millones de dólares) afrontando la gestión de reconocimiento del BID como aporte local para las obras iniciadas y/o proyectadas en este período.

En el Expediente sobre “Ensayo piloto de tratabilidad de las aguas del Riachuelo”, se desarrolló una prueba piloto consistente en incorporar oxígeno en el curso de agua. Dado que los resultados de la prueba piloto fueron exitosos y que se logró aumentar un 105,55 % la concentración de oxígeno en las aguas, el CEMR debió realizar pruebas de contraste para corroborar dichos resultados de modo de asegurar la razonabilidad de la extensión de la prueba, ya que ésta sirvió de justificación para contratar una obra que implicó una erogación superior a los 2,6 millones de dólares.

No obstante, no hay evidencia documental de que el CEMR haya realizado la supervisión y el control de las tareas desarrolladas mediante dicha contratación ni de que el CEMR haya analizado y/o verificado a posteriori la razonabilidad, exactitud y validez de los resultados, sugerencias y soluciones entregados por la empresa contratista. A pesar de no haber controlado la prueba piloto, el CEMR aprobó la continuación de la obra a mayor escala, la cual fracasó. El CEMR tácitamente convalidó todos los resultados, conclusiones, sugerencias y recomendaciones entregados por la empresa contratista, sin que se encuentre en el expediente evidencia documental de que las haya verificado.

Se observó que la obra “Adquisición e instalación de aireadores para incorporar oxígeno a la cuenca baja del Riachuelo” fracasó con relación a los resultados planteados en la prueba piloto que dio origen a la contratación, porque se desarrolló sin que se cumplieran las condiciones previstas en el PGA, en particular, porque debía funcionar en un curso de agua que tuviera menores niveles de contaminación orgánica (el PGA detalló precisamente cinco condiciones básicas para el desarrollo de esta obra). En efecto el informe final del INA dice: “las mediciones realizadas durante el periodo de monitoreo indicarían que el sistema de aireadores no modificó el contenido de oxígeno disuelto en las aguas del riachuelo durante su funcionamiento”.

El CEMR efectuó un equivocado diagnóstico al definir las aguas del Riachuelo con “carga contaminante reducida” en un tramo que debería ser considerado como grado 4, clase: “estado de contaminación extrema”.
El estudio “Jerarquización y Plan para el Saneamiento de los Basurales Clandestinos de la Cuenca” por el monto de $265.362 fue realizado mediante la vía de contratación directa para lo cual se invocó razones de “suma utilidad” y “experiencia adecuada” de cuatro expertos holandeses. Dicha contratación fue observada en sus aspectos formales por el Servicio Jurídico de la SRNyDS con fecha 27/05/97 lo cual dio lugar a que el Miembro Coordinador tuviera que emitir la Resolución N°64/97 (06/06/97) para “... el saneamiento del acto administrativo (...) subsanando el vicio que lo afecta...”. No se encontró evidencia que dicho estudio (la redacción de los Términos de Referencia, terminado el 10/06/97) fuera utilizado al presente para el saneamiento de los basurales clandestinos de la Cuenca, no obstante el fuerte impacto ambiental que representa la existencia de “alrededor de 50 vuelcos incontrolados”.


BREVES

Vecinos de Buenos Aires defienden ley que beneficia a La Boca
Fue en ocasión de la audiencia pública previa a la segunda ronda de la ley aprobada en primera votación que declara en Emergencia Urbanística y Ambiental al barrio de La Boca. El texto completo de todas las intervenciones puede consultarse en www.laurdimbre.com.ar/vidaurbana/vu—0046.php.

Acuerdo para trasladar a San Vicente el Mercado de Hacienda de Liniers
Los legisladores porteños se disponían a fijar la fecha a partir de la cual debía regir la prohibición del ingreso de ganado en pie a la Ciudad . Así las cosas, la empresa concesionaria del Mercado de Hacienda de Liniers se habría comprometido a iniciar en breve las obras en el predio que la Intendencia de San Vicente ofreció en esa localidad. La noticia apareció en el web de la Legislatura sin otros comentarios. Llama la atención que los legisladores hayan desistido del emplazamiento a cambio de una promesa (en toda apariencia verbal) de una empresa que viene eludiendo el traslado desde hace años.


PRENSA Y PODER EN LA DICTADURA
Después de 30 años: canallas, canallitas y canalladas
2da. Parte
Por Ricardo Horvath para Red Eco Alternativo
En los registros de la CONADEP son mencionados diversos periodistas vinculados a los actos vandálicos de la dictadura. Por ejemplo: Víctor Lapegna, Luis María Castellanos y Guillermo Aronín. A ellos habría que sumar a Héctor Sayago, Edgardo Arribillaga y Héctor del Mar, todos hombres de Massera.

Digamos por otra parte que Julio Lagos se ocupaba de oficiar de locutor de la publicidad del gobernador de la provincia de Buenos Aires Ibérico Saint—Jean, cuyo jefe de policía era Ramón Camps; José María Muñoz incitada a su oyentes para que fueran a gritarle a las Madres de Plaza de Mayo frente al edificio de la OEA “que los argentinos somos derechos y humanos”.

Después del triunfo futbolístico del mundial ‘78, Videla es reporteado por la plana mayor de la revista El Gráfico, su director Constancio C. Vigil y su jefe de redacción Ernesto Cherquis Bialo, quienes confiesan “lo placentera” que fue la entrevista y que “frente a él nos sentimos bien”.
Por ese tiempo la revista Siete Días escribía que “ha llegado el momento en el que cada uno de los argentinos debemos levantar la voz en defensa de nuestro país para que en el mundo nos oigan claramente”, a la vez que mencionaba a Julio Cortázar, Norman Briski, Tata Cedrón y otros exiliados como agentes subversivos que integraban una Red Antiargentina.

Otro “demócrata”, Ramiro de Casabellas, buchoneaba desde La Opinión (31/10/76) a dignísimos abogados exiliados como Lucio Garzón Maceda y Gustavo Roca, en algún momento defensores de Agustín Tosco. En el mismo diario Luis Gregorich, al referirse al “gobierno” surgido en 1976, señalaba que postulaba “la defensa del pluralismo y de la organización democrática de la sociedad” (24/8/76).

Entre otros canallas se puede citar a Horacio Carballal, censor oficial en Canal 9; Claudio Escribano, luego subdirector de La Nación, quien en 1981 pronunció en la Asamblea de la SIP un discurso para descalificar las denuncias que venía realizando Jacobo Timerman a quien habían torturado y despojado del diario La Opinión; Daniel Mendoza, José Gómez Fuentes, Nicolás Kasanzew, fueron las caras visibles de la dictadura en tiempos de Malvinas, junto a quienes no daban la cara pues dirigían los noticieros como Luis Clur, Abel Maloney y tantos otros.
Con la televisión de la dictadura colaboraban Fernando Niembro y Marcelo Araujo contratando a falsos “héroes” yanquis de las series de entonces, como el caso de Lou Ferrigno, “el hombre verde”.

Julio Ramos se enriqueció al crear el diario Ámbito Financiero (apodado “filibustero”), luego firme menemista y en la actualidad kirchnerista. En 1977 Aldo Proietto, colaborador del general Etchegoyen desde la dirección de prensa de la provincia del Chubut, con Daniel Garzón se hicieron cargo del aparato de prensa del EAM ‘78 que dirigía el almirante Lacoste. Garzón pasó a llamarse Galotto y con Proietto fueron parte de El Gráfico.

Hugo Ezequiel Lezama, elogiado por Camps, dirigía el diario Convicción, creado para la continuidad del “proceso”; en Tucumán Antonio Domingo Bussi le entregaba a Joaquín Morales Solá un pergamino en el que agradecía “su colaboración en la lucha contra la subversión”; en Santa Fe el apologista militar Evaristo Monti se apropió de un niño cuando la madre debió exiliarse; Vicente Massot, del reaccionario diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca, era otro fervoroso golpista; Félix Luna y el editor de Todo es Historia, Emilio Perina (en realidad Moisés Kostantinowsky), pusieron la publicación al servicio de José Martínez de Hoz (además se le editaba un pasquín llamado Precisiones que escribía José Gobello, por entonces columnista de los noticieros de Canal 11).

Carlos Acuña Ramos Mejía, luego columnista apologético de Seineldín en La Prensa, era presidente del directorio de la agencia oficial de noticias Telam durante la dictadura; el escriba menemista Carlos Tórtora fue en los ‘70 integrante de la Concentración Nacional Universitaria, hombre de López Rega y después de Massera, de quien fue asesor en materia de prensa y comunicación social, y redactor de los discursos de Ramón Camps; Guillermo Cherasny, era informante oficial de la marina...

El listado de estas “joyitas” del periodismo es interminable y el asco obliga a interrumpir el relato, por ahora. Vale, no obstante, cerrar con Carlos Varela, como Grondona dueño de algunas hectáreas en la rica pampa bonaerense, quien también supo tener alguna expresión autocrítica al confesar, en 1995, que en aquella época “amoldaba mi mensaje a lo que sabía y a lo que se podía decir (...) Aparecían todos los días quince muertos envueltos en lonas y yo era periodista y no puedo decir hoy que no sabía lo que pasaba. O sabías o no eras periodista”. ¿Periodista? Tarde piaste.



OBRAS PLUVIALES EN LA BOCA

Obreros trabajando a la altura de Olavarría y Necochea en la construcción de conductos pluviales.

La obra –por un monto total estipulado en 2.701.750 pesos– fue adjudicada por el Gobierno de la Ciudad a la empresa Coarco S.A. que comenzó a realizarla, en enero de este año, desde la intersección de Ministro Brin y Lamadrid. Actualmente, el grado de avance es de aproximadamente el 35% para el conjunto de la obra. Esta intervención consiste en la construcción de un sistema de conductos, con sus sumideros, nexos y cámaras, que permitirán incrementar la capacidad de la red pluvial para la conducción del agua de precipitaciones, mitigando así problemas de inundaciones en La Boca, específicamente en la zona de influencia delimitada por avenida Almirante Brown, Pinzón, Caboto y avenida Pedro de Mendoza.

La denominada “Cuenca H” se encuentra delimitada por las avenidas Almirante Brown y Pedro de Mendoza y las calles Pinzón y Caboto. Con esta obra las aguas pluviales serán captadas y conducidas en la calle Necochea, desde Brandsen hasta Lamadrid, mediante un conducto rectangular de hormigón armado. Por esta última arteria otro conducto rectangular que reemplazará al circular existente volcará las aguas en una cámara, también a reconstruir, en la esquina de las calles Ministro Brin y Lamadrid.

El proyecto lo completa un ramal a construir con caños de hormigón cilíndricos que captarán las aguas pluviales en el cruce de las calles Olavarría y Ministro Brin y las conducirán hasta la cámara mencionada. Desde esta cámara se conectarán con la rama sur del colector que lleva las aguas pluviales hasta la Estación de Bombeo Nº 1, ubicada en la costa de la dársena sur, a la altura de la calle Aristóbulo del Valle.

La “Readecuación de la Red Pluvial en la Cuenca H” forma parte del Plan Hidráulico que el Gobierno de la Ciudad tiene en marcha para intervenir en las cuencas y arroyos porteños más significativos. Su objetivo es adaptar las condiciones hidráulicas de la ciudad a la condición climática actual.


“Vaca fileteada en San Telmo” de Martiniano Arce.
El trabajo del prestigioso fileteador del barrio de San Telmo puede verse en Puerto Madero. Forma parte del “Cow Parade”, una muestra al aire libre que exhibe varias decenas de vacas de plástico –decoradas por reconocidos artistas– a lo largo de los diques de Puerto Madero. Los organizadores de la muestra la anuncian como “Arte sin Tranqueras”. El mayor evento artístico y filantrópico del mundo. Marzo—Junio 2006. En el local oficial de la muestra –Alicia Moreau de Justo y Macacha Güemes– pueden adquirirse remeras y otros souvenirs.

Tema: LA VACA
Por Hugo Presman
Uno de los primeros que llevó a un libro, con prosa infantil, el tema la vaca fue el artífice de la Triple A, José López Rega, que en su libro “ Astronomía Esotérica” interrogaba: “No has visto lector los ojos tristes de una vaca”. Luego continuaba con una serie de lamentos capaces de convertir en vegetariano a cualquier carnívoro empedernido. La pregunta complementaria nunca hubo oportunidad de formulársela al cabo devenido en comisario. Nunca se imaginó los ojos de desesperación de los seres humanos que mando a asesinar.

Actualmente el matarife José Alberto Samid, un alérgico a la AFIP, un propietario de frigoríficos que por arte de magia se evaporan ante el ente recaudador, volviéndose inexistentes, pregonador de algunas medidas plausibles ha escrito en su libro “La historia de la carne”, el siguiente texto:

A la vaca
“Ajena a los intereses políticos y económicos que se movilizan a su alrededor, ella nos ofrenda generosamente su vida para sostener la nuestra.
Con la misma generosidad brinda su leche para alimentar a la niñez, sin ser responsable que la incapacidad del gobernante impida que la leche llegue por igual a todos los niños.
Sufre con estoicismo sequías e inundaciones en campos que deberían ofrecerle mejores condiciones de vida.
Anda descalza, mientras su cuero sirve para que nosotros podamos calzarnos.
Padece la ignominia de morir en plena juventud, por la avaricia de aquellos que la matan sin reparar a veces que lleva otra vida en su vientre.
Ese afán de rápida rentabilidad la relega a poblar cada día planteles más reducidos, mientras se multiplican aquellas nacidas en Brasil, Estados Unidos y otros países.
El hombre aprovecha todo de la vaca, pero ella nunca se aprovecha del hombre.
Escuchamos decir “un aplauso para el asador”, mientras ella no recibe jamás una demostración de gratitud.
Por todo ello, y mucho más, dedico este libro a la vaca, la mejor amiga del hombre”

Seguramente en la expresión “y mucho más” se encuentra el agradecimiento de Samid a la vaca que lo convirtió en un empresario rico con patrimonio inexistente. Paradojas de la Argentina.

Los cortes de la vaca y las clases sociales

En los cortes argentinos de la vaca para convertirla en alimentación, está configurado un mapa social. Si consideramos que la cabeza de la vaca mira al norte y la cola al sur, los mejores cortes están en el sur. Ahí están el cuadril, la nalga, el vacío y el lomo. Los cortes consumidos, en general, por los sectores de mayores ingresos. En el centro, ahí donde socialmente está la clase media, se encuentran los bifes de costilla, el asado, y el matambre. Y en el norte, cerca de la cabeza, los cortes que consumen los sectores populares: bife ancho, paleta, osobuco, falda con hueso, carnaza común y azotillo.

La religión judía prohibe comer a sus seguidores practicantes los cortes de la parte trasera de la vaca. Alfredo Coto, cuando era un modesto carnicero y no el poderoso supermercadista actual, se dirigía a los matarifes judíos y les compraba a precios económicos los cortes más caros que eran despreciados, según cuenta Luis Majul en su libro “Los dueños de la Argentina”,

Sociología en el interior de la vaca. Sociología sobre el cadáver del animal. Un enfoque que permite más matices que el que se encuentra en el escenario de la vaca viva y la distribución de la propiedad territorial.

La vaca y la evolución tecnológica
De aquellas épocas en que el gaucho mataba un animal, consumía una ínfima parte y desechaba el resto a la actualidad, en donde no queda nada sujeto a desperdicio, han pasado muchos años. Hasta la bosta sirve de abono. La reproducción ha perdido su aspecto lúdico privando a las parejas ocasionales de un presunto placer pasajero. La masturbación del toro y la inseminación artificial de la vaca no se encuentran reflejadas en los lamentos de telenovela de López Rega y Samid. La impetuosidad del macho puede terminar en un cálculo equivocado, en el deterioro de su miembro y en el llanto desconsolado del propietario del animal que pierde una importante inversión.

De manera que la única satisfacción que le quedan a vacas y toros es ser aseados, perfumados y con las cucardas correspondientes ser llevados a la Sociedad Rural, donde son admirados y elogiados. Claro que, como contrapartida, tienen que escuchar los discursos clonados de los presidentes clonados de la centenaria entidad.

Incluso pueden ser involuntarios vehículos de protestas. En la inauguración de la Exposición Rural del año 2005, las vacas lucían una cucarda negra por las retenciones lácteas.


Discurso inaugural de la Feria del libro 2006
Por Tomás Eloy Martínez

Antes aun de que aprendiera a leer, cuando me esforzaba por desentrañar el significado que ocultaban las formas de las letras, le formulé a mi padre una pregunta que él me repitió poco antes de morir, porque en su momento no la supo contestar, como yo tampoco sabría hacerlo ahora: ¿somos nosotros quienes creamos las palabras que nombran las cosas de la realidad o las cosas nacen de las palabras que las nombran?

Los filósofos y semiólogos han respondido de muchas maneras a esa cuestión que acabo de formular tan torpemente como en la infancia, pero la duda nunca dejó de estar ahí. Sé –al menos, eso sé– que avanzamos en la selva de lo desconocido asociando palabras. Leemos para imaginar. Leemos para aprender cómo es la respiración del mundo. Y, a veces, también leemos para descubrir que el mundo no respira como imaginábamos, sino de otra manera. Todo y todos somos, a cada instante, otros. Si no supiéramos leer, tampoco sabríamos pensar.

Escribir viene después. La escritura es la envidia sana de la lectura o, más bien, el deseo de prolongar la lectura indefinidamente. Alguna vez he contado que escribí mi primer relato a los nueve o diez años, para salvarme de la prohibición de leer que mis padres me impusieron como castigo durante un mes por un delito de desobediencia. Pero aquello que escribí era sólo un resumen de lo que había leído, un magma en el que el mundo no era como era, sino como a mí me parecía que debía ser. Tiempo después, leyendo a Walter Benjamin, aprendí que hay cierta ansiedad en todo narrador por ser otro, por estar en otros: “Narrar no sólo es significativo porque nos permite asumir o dibujar un destino ajeno, que a la vez nos educa —dice Benjamin—. Es significativo porque ese destino ajeno, gracias a la fuerza de la llama que lo consume, nos transfiere el calor que jamás obtenemos de nuestro propio destino”. En las ficciones somos lo que soñamos y lo que hemos vivido, y a veces somos también lo que no nos hemos atrevido a soñar y no nos hemos atrevido a vivir. Las ficciones son nuestra rebelión, el emblema de nuestro coraje, la esperanza en un mundo que puede ser creado por segunda vez o que puede ser creado infinitamente dentro de nosotros.

El primer libro completo que leí en mi vida fue una colección de cuentos de los hermanos Grimm, de la editorial Molino, con unas ilustraciones que acentuaban el terror de aquellas historias melancólicas, en las que nada nunca se lograba por completo, ni la felicidad ni la derrota del mal. Más tarde, entre los siete y los nueve años, me convertí en un devoto sin remedio de las novelas de Alejandro Dumas y de Julio Verne. Cada vez que he tenido en la vida una situación de desesperanza —y vaya si las he tenido: enfermedades, exilio, pérdida de personas amadas—, volví a esos libros de la infancia para que me devolvieran la fe en que todo regresa, de una manera u otra: todo puede ser recuperado. Así, he releído por lo menos cuatro veces dos novelas de construcción perfecta, El conde de Montecristo y La reina Margot, a las que sigo buscándoles en vano los lunares de arquitectura que no tienen.

En la adolescencia, los bibliotecarios me parecían extensiones de Dios, herederos de un saber inagotable. Todas las mañanas iba en busca de libros a la biblioteca Sarmiento de Tucumán, cien metros al norte de la Casa de la Independencia, y mientras devolvía los préstamos del día anterior les pedía consejo sobre las lecturas siguientes. Gracias a ellos, alcancé, entre los once y los dieciocho años, el inolvidable conocimiento de Heródoto, de los diálogos de Platón; leí el Edipo rey de Sófocles, las seis grandes tragedias de Shakespeare, los poemas de Góngora y de Quevedo, las Novelas ejemplares de Cervantes y, por supuesto, el Quijote. Por las noches, nos bañábamos con mis amigos en las aguas purificadoras de la poesía más nueva. Atravesábamos como poseídos los mares de lágrimas de César Vallejo para subir después a las montañas de Neruda, o bajar hacia los valles de Rilke, de Mallarmé, de Baudelaire, de Cernuda, como si las voces del mundo fueran en verdad una sola voz inagotable. En el invierno de mis trece años me enfermé de una tuberculosis imaginaria por identificarme con los personajes de La montaña mágica, de Thomas Mann.

Poco después, las ficciones de Faulkner me produjeron insomnios recurrentes. Uno de los visitantes de la biblioteca me recomendó entonces que leyera El proceso, de Franz Kafka, porque nadie podía, según me dijo, resistir el sopor del primer capítulo. El falso remedio agravó mi enfermedad. Apenas puse un pie dentro de Kafka, entré en un laberinto del que no he salido todavía, yendo de La metamorfosis a La condena y de El castillo a la Carta al padre. Y, por supuesto, en las orillas de esos sistemas solares estaba Borges, construyendo dentro de mí su propia galaxia.

Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas.
Todas las grandes culturas se han creado en torno de un libro sacramental: ya sea el Pentateuco, la Torah, los Evangelios, el Shu y el Yi de Confucio, el Buddhavacana canónico de los budistas, el Chilam Balam y el Popol Vuh de la América anterior a Colón. Algunas pocas naciones han tenido también la fortuna de ser proyectadas y organizadas por grandes hombres para los cuales el libro era un artículo de fe. Nuestra nación argentina es hija de ese privilegio. Desde mediados del siglo XIX, letrados como Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sarsfield y Nicolás Avellaneda, entre tantos otros, pensaron con pasión en el país que querían para las generaciones sucesivas. Infinitas veces disintieron en los detalles y polemizaron con acritud, pero las prioridades del modelo argentino fueron, para todos, siempre las mismas: la salud, la educación, la igualdad ante la ley, la modernidad, la apertura de las puertas a la inmigración europea, que entonces era aluvional.

Hacia 1850, Sarmiento inició una de las más admirables revoluciones pacíficas del siglo, un torbellino comparable a la marcha de la sal de Gandhi ochenta años más tarde. Lo que propuso Sarmiento fue crear otra vez el país, pero a partir del libro, apagar con civilización los fuegos de la pasada barbarie. “Para tener paz en la República Argentina —escribió— es necesario educar al pueblo en la verdadera democracia, darles a todos lo mismo, para que todos sean iguales.” De ese principio nació la ley de educación común, gratuita, laica y obligatoria, que abriría en la Argentina las puertas a la movilidad social, permitiría la expansión de la clase media y sería la fuente de la grandeza que este país alcanzó antes de 1930. En esa tradición crecimos y nos educamos. Y por esa tradición seguimos creyendo, durante tanto tiempo, que el país sería siempre mejor.

Sarmiento puso su obstinación indomable en lograr la sanción de aquella ley. Tropezó durante décadas contra la oposición férrea de la Sociedad de Beneficencia, que regía la educación pública con fondos del Estado. Lo consiguió una década después de abandonar la presidencia de la República, en 1884. Tenía 73 años y le faltaban cuatro para morir. Una Feria del Libro estaba entonces más allá de los sueños de cualquiera de aquellos titanes. Ninguno de ellos habría estado ausente en una ceremonia que recuerda, año tras año, que está nación fue creada no por la espada sino por el libro: la civilización en el desierto infinito dejado por la barbarie.

América latina entera se miró durante décadas en el espejo de nuestros libros: en los que escribíamos y en los que publicábamos. Recuerdo cuánto le admiraba a Gabriel García Márquez, en el invierno de 1967, que las librerías de Buenos Aires estuvieran abiertas hasta altas horas de la noche y que las amas de casa regresaran de los mercados con libros que se compraban como artículos de primera necesidad, junto con las lechugas y el pan de los almuerzos. Dondequiera que fui después en América latina, me encontré con hombres y mujeres que debían su formación a los libros y revistas de la Argentina. Tanto en Barranquilla como en La Habana o en Guadalajara y en Panamá, los libreros ni siquiera tenían tiempo de deshacer los paquetes que les llegaban desde Buenos Aires, porque los lectores se precipitaban ansiosos sobre aquellos volúmenes que les iluminaban el mundo.

Los tiempos son ahora otros, y la miseria ocupa en muchos hogares el lugar que tenía antes el conocimiento. Las batallas de estos tiempos de globalización no se libran ya para conquistar nuevos lectores o para crearlos, sino para que el mercado no los deseduque, para que los lectores no pierdan la costumbre de ver el libro como un modo de verse también a sí mismos. Junto con océanos de informaciones por procesar y de libros por leer, la globalización ha engendrado a la vez abismos de desigualdad que antes eran imposibles de imaginar, porque lo que se globaliza es el mercado, no las personas.

Una quinta parte de la población del mundo sigue sin tener acceso a forma alguna de educación, y más de los tres quintos restantes no pueden comprar libros, porque la comida, la vivienda y la ropa están primero en la lista básica de las familias y, con frecuencia, lo que se gana ni siquiera alcanza para eso.
Mil quinientos millones de personas carecen hoy de agua potable y más de mil millones viven hacinadas en casas miserables, indignas de la condición humana. Mil millones de personas no saben leer ni escribir. En la Argentina, la educación obligatoria de Sarmiento es ahora una utopía más inalcanzable de lo que era hace siglo y medio. Innumerables chicos siguen sin poder ir a la escuela porque tienen que ayudar a ganar el pan de sus padres, y los que van no lo hacen para aprender sino para comer, porque a muchos de ellos la escuela les ofrece la única comida del día.

Aun con recursos inferiores a los que harían falta, desde el Ministerio de Educación se ha emprendido ahora una campaña esperanzadora, tendiente a que cada niño tenga un libro. Sólo en 2005 se han invertido en esa campaña más de cien millones de pesos. Es apenas el comienzo, pero un comienzo mucho más luminoso que el páramo sin salida de las décadas anteriores, cuando, en vez de estimular la lectura, los libros se quemaban, ya fuera en las piras reales que se encendieron en algunos cuarteles, ya en las piras simbólicas de los años 90, cuando las bibliotecas fueron sustituidas por una larga fiesta analfabeta. Sería injusto no advertir la diferencia.

Lamento que una agenda colmada de compromisos (supongo) no le haya permitido al presidente de la República estar ahora con nosotros, porque si bien han llegado hasta aquí algunos miembros de su gabinete, hay muy pocos actos, cada año, en que la presencia del jefe del Estado es insustituible. El de hoy es uno de esos actos, porque así lo enseñan la tradición y el destino de los argentinos. Esta celebración del libro tiene que ver con la nación que fuimos, pero, sobre todo, con la nación que queremos volver a ser: una nación de iguales, en la que todos tengan el mismo derecho a educarse y a vivir dignamente. “Las escuelas son la democracia”, escribió Sarmiento. Fuimos fundados por el libro, no por la espada: lo repito. Fueron los libros los que inspiraron a Moreno, a Belgrano, a Sarmiento. La espada desbrozó el camino, pero el libro creó el camino. Sin el libro, ¿hacia qué clase de nación estaríamos yendo? ¿Sobre qué valores estaríamos construyendo los años por venir?

Cuando el poder no lee, el poder no piensa. Las dictaduras militares se negaron a leer. Como los comandantes no leían, lo único que los afectaba era lo que oían. Y, por lo general, oían lo que querían. Con el poder iletrado, no hay diálogo posible: sólo obediencia y monosílabos. Después, durante los años en los que el país fue sometido a un voraz remate, el acto de pensar se volvió ineficaz e inútil. Para prosperar, ya no era preciso leer: es decir, no hacía falta pensar. Se impuso el hábito de la discusión frívola. En vez de debatir ideas, se debatían actos de viveza.

¡Cuánto nos ha costado salir de ese pantano en el que estábamos estancados, huérfanos del libro! ¡Cuánto puede costarnos todavía encontrar un proyecto de nación que nos una a todos! ¡Y qué difícil va a ser lograrlo si no entendemos, como tempranamente lo entendió Sarmiento, que educar al pueblo en la verdadera democracia es permitir que todos aprendan lo mismo para que, al menos en el caudal de oportunidades, todos sean iguales!

El libro regresa ahora a lo que era en sus orígenes: una voz común que vamos creando día tras día. El conocimiento humano ha ido avanzado desde las narraciones en las cavernas a las discusiones en el ágora, y desde los manuscritos de los monjes y de los cortesanos a los tipos móviles de Gutenberg, y desde allí otra vez al ágora en la que todos participamos, a través de construcciones colectivas en la Red, como Wikipedia, esa inacabable enciclopedia a la que todas las culturas entregan su aportes, a través de weblogs o de novelas y poemas que se componen a cien manos.

Ahora, como en el pasado, estamos escribiendo entre todos el infinito libro de la especie humana. Pero el libro tal como lo conocemos, es decir, el objeto rectangular de cartón o tela o cuero, dentro del cual hay hojas de papel cubiertas de signos, perdurará y prevalecerá durante mucho tiempo todavía, porque siempre habrá alguien que prefiera una relación de intimidad con un autor de esa manera, a través de las páginas que van cobrando vida mientras se abren. Sea cual fuere la forma que asuma, “la inextinguible voz humana sigue hablando”, tal como lo dijo William Faulkner en su discurso del premio Nobel. “La inextinguible voz humana no sólo perdurará, sino también prevalecerá, porque tiene un alma que se expresa en el libro, un espíritu capaz de compasión, y de sacrificio, y de persistencia.”
El libro es como el agua. Se le imponen cerrojos y diques, pero siempre termina abriéndose paso. La adversidad parece fortalecerlo. Aun en los peores tiempos, las ideas que después se transformaron en palabras han soslayado las censuras y las mordazas para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptibles e insumisas cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen. Ni el odio de los bárbaros ni la intolerancia de los injustos han podido destruir el libro, porque su memoria es también la memoria de la especie humana. He dicho ya que esta nación es hija del libro antes que hija de sus batallas. Es hija del mandato que Sarmiento dejó hace siglo y medio, “Las escuelas son la democracia”, gracias al cual, aun en medio del infortunio, mantuvimos en alto la memoria de nuestra pasada dignidad y la certeza de que tarde o temprano íbamos a recuperarla. El libro nos ha salvado. Salvemos ahora nosotros al libro de la indiferencia de los que mandan, de la ceguera de los que creen que es posible vivir sin él, de la estupidez de los que imaginaron que acabarían con él quemándolo o prohibiéndolo. Salvemos al libro, porque en el libro ha estado siempre lo mejor de nosotros.



CONTRATO DEL CONSEJO DE EDUCACIÓN AÑO 1923 *

“Este es un acuerdo entre la señorita ........................................ maestra y el Consejo de Educación y de la Escuela por el cual la señorita ................................ acuerda impartir clases por un período de ocho meses a partir del …… 1923.
La señorita acuerda:
1. No casarse. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si la maestra se casa.
2. No andar en compañía de hombres.
3. Estar en su casa entre las ocho de la tarde y las seis de la mañana, a menos que sea para atender una función escolar.
4. No pasearse por las heladerías del centro de la ciudad.
5. No abandonar la ciudad bajo ningún concepto, sin el permiso del Consejo de Delegados.
6. No fumar cigarrillos. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra fumando.
7. No beber cerveza, vino ni whisky. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra bebiendo.
8. No viajar en ningún coche o automóvil con ningún hombre excepto su hermano o su padre.
9. No vestir ropas de colores brillantes.
10. No teñirse el pelo
11. Usar al menos dos enaguas
12. No usar vestidos que queden a más de cinco centímetros de los tobillos.
13. Mantener limpia el aula:
a) Barrer el suelo del aula al menos una vez al día
b) Fregar el suelo del aula una vez por semana con agua caliente y jabón
c) Encender el fuego a las siete, de modo que la habitación esté caliente a las ocho cuando lleguen los niños.
d) Limpiar la pizarra una vez al día.
14. No usar polvos faciales, ni maquillarse ni pintarse los labios.

* Fuente: “La Revista del Consejo Nacional de la Mujer” año 4 número 12 de marzo de 1999. La Información fue suministrada por Elena González, bibliotecaria de la Facultad de Ciencias Exactas a Hugo Presman.