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revista La Urdimbre nro. 108 - ENERO 2012
Esta es la edición número 108, enero 2012, de nuestra revista mensual gratuita

Liberan cóndor rehabilitado en zoo de Buenos Aires
cóndor liberado en Catamarca

SUBTES: Forever Young
Pr Agrupación Amigos del Subte
con melodías de época. A partir del 8 de enero, domingos de enero y febrero a las 18 hs.
Visita guiada en el Edificio de la ex Munich
ex confiteria munich
liberan molinetes en lapsos matutinos y vespertinos
Protesta sindical por aumento en subtes


las funciones se reanudarán el próximo mes de febrero
El Planetario equipado con tecnología de última generación
plaanetario Galileo Galilei
La "Defensora" y la especulación inmobiliaria
Por Enrique Viale, Sebastián Pilo y Jonatan Baldiviezo*
para su posterior puesta en valor
La Ciudad propone expropiar la ex Confitería El Molino


¿A quiénes defiende Alicia Pierini?
en la ex esma
Presentan archivo de la memoria de la diversidad sexual
archivo de la memoria de la diversidad sexual
para invertir en el Centro Cívico de barracas
Venderán el Edificio del Plata

derrumbe de edificio bartolomé mitre 1200
Evitable pérdida de patrimonio y de una vida
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Nota en Edición Impresa de La Urdimbre, mayo 2007
LA RAZÓN DE LA LOCURA
Por Hugo Presman

A veces la historia le hace un guiño a lo imposible. Y en tonces David derrota a Goliat. O Gandhi, un hombre pequeño y esmirriado envuelto en una sabana triunfó sobre el omnipotente Imperio Británico. O Martín Luther King que emprendió en condiciones extremadamente desfavorables, la lucha por los derechos civiles de los negros norteamericanos y con dolor y muertos de sus seguidores, los obtuvo. Dos ejemplos en donde la justicia de la causa enarbolada con métodos pacíficos consigue sus objetivos, esos que al iniciar la lucha parecían imposibles.

A veces la historia le hace un guiño a lo imposible. Como cuando un grupo de mujeres arrancadas mayoritariamente de sus tareas domésticas decidieron, movilizadas por la desesperación, buscar a sus hijos desaparecidos. Eso que se conoció como “la muerte argentina”. Que en el lenguaje de la dictadura criminal, caracterizada por su inmensa cobardía, significaba “que no estaba ni vivo ni muerto, estaba desaparecido”.

Eran “los años de plomo”. La de una sociedad en que en franjas enormes era ciega y sorda, seducida por el suicidio del “déme dos”, del ingreso irrestricto de las chucherías importadas, del “orden”, de la tablita cambiaria. Del desmantelamiento del modelo de sustitución de importaciones realizado con tracción a sangre. En donde los sectores económicos que representaba Alfredo Martínez de Hoz habían puesto a la Junta Militar, donde brillaba la inutilidad perversa de Jorge Rafael Videla y el proyecto vesánico de Eduardo Emilio Massera. Eran los días en que ya las estupideces pasaban por verdades reveladas, como aquella que aseguraba que daba lo mismo fabricar acero que caramelos. O que la apertura indiscriminada favorecía la competencia y el incremento adquisitivo de los salarios.

Eran los días en que el país se cubría de campos de concentración, en donde la justicia no estaba representada por la balanza sino por la picana y la venda de la señora que simboliza a la justicia había sido reemplazada por la capucha, la detención por el secuestro. Los cruzados de la supuesta tercera guerra mundial confundían tendenciosamente como una guerra los enfrentamientos entre reducidos grupos armados y un ejército regular. Eran los días en que desvalijar viviendas de secuestrados se hacía en nombre de Dios, se torturaba por la patria, y se robaba bebes en nombre de la familia, a la que como siempre se consideraba la célula fundamental de la sociedad, lo que no impedía que desaparecieran grupos familiares íntegros. Eran los días en que los libros eran prohibidos y muchas veces incinerados, corriendo la misma suerte de muchos propietarios de los mismos.

En esos días gélidos, recorridos por el miedo y el horror, un grupo de mujeres desesperadas, le ponían alas a sus pies, golpeaban puertas, quedaban involuntariamente aisladas, hacían un acelerado curso de aprendizaje político y con su coraje e imaginación empezaban, sin saberlo ni imaginarlo, a corroer el edificio represivo más notable de la historia argentina.

Esas mujeres locas
Esas mujeres que salieron desde sus cocinas al espacio público ignorando contra quienes se enfrentaban estaban de alguna manera locas. Y no podía ser de otra manera. El coraje abrevaba en la situación única e indescriptible de desconocer el paradero de sus crías. Sus hijos habían sido secuestrados en procedimientos clandestinos y las autoridades ignoraban los hechos. Los habeas corpus eran rechazados, las policías desechaban las denuncias, las búsquedas en hospitales, comisarías, juzgados y morgues eran penosas e infructuosas, el gobierno respondía con la indiferencia. Los amigos que podían dar una mano, la mayoría de las veces se borraban. Las búsquedas recorrían los mismos itinerarios y en los mismos las madres empezaron a reconocerse en su desesperación. Fue entonces que Azucena Villaflor de De Vincenti, a quién todas las madres sobrevivientes, reconocen como la verdadera inspiradora de lo que con el tiempo se conoció como “ Las Madres de Plaza de Mayo”, les dijo: “ Madres, así no conseguimos nada. Nos mienten en todas partes, nos cierran las puertas. Tenemos que salir de este laberinto infernal que nos lleva a recorrer inútilmente despachos oficiales, cuarteles, iglesias y juzgados. Tenemos que ir directamente a la Plaza de Mayo y quedarnos allí hasta que nos den una respuesta. Tenemos que llegar a ser cien, doscientas, mil madres, hasta que nos vean, hasta que todos se enteren y el propio Videla se vea obligado a recibirnos y darnos una respuesta”

Azucena tenía entonces 52 años, cuando su hijo Néstor desapareció. Había nacido en una familia de trabajadores, que en su mayoría eran peronistas. Sólo había cursado la escuela primaria. Trabajó como telefonista en la empresa Siam hasta 1950, en que dejó el trabajo para tener al primero de sus cuatro hijos.

Primero esas mujeres desorientadas pensaron en encontrarse en la histórica plaza los sábados pero comprobaron que ese día el predio estaba vacío y el presidente ausente. Luego consideraron los viernes, pero alguna de las madres recordó que era un día de brujas, que traía mala suerte. Así fue que por descarte decidieron reunirse los jueves.
Hasta entonces algún grupo de madres habían encontrado un ámbito de protección para sus búsquedas en La Liga por los Derechos del Hombre bajo la cual el Partido Comunista desarrollaba su accionar de posición complaciente con la Junta ante el temor que fuera desplazado por sectores que consideraba “más duros”.El otro ámbito era la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos En ese contexto, esta última invitó, en agosto de 1976, a Videla para participar en un seminario sobre derechos humanos. Obviamente no concurrió pero no se privó de remitir una carta con un saludo donde manifestaba su entusiasmo por la iniciativa.

Las madres intentaban crear su propio ámbito porque en los politizados como los mencionados se encontraban desbordadas e inhibidas. Ulises Gorini en su magnífico libro ”La rebelión de las madres . Historia de las Madres de Plaza de Mayo Tomo I ( 1976-1983) sostiene: “ ....muchas madres compartían la idea de que Videla no era responsable de lo que estaba sucediendo y, aún, pensaban que era probable que no supiera la verdadera dimensión de ello” María Adela Antokoletz, una de las madres fundadoras, confesó en el libro citado: “ Estábamos tan desorientadas. No nos dábamos cuenta de lo que era el Proceso y de la responsabilidad de Videla, como no nos dábamos cuenta del poderoso motivo económico social que llevó a dar el golpe y a arbitrar las terribles medidas en pro de la Teoría de Seguridad Nacional. En el movimiento de las Madres no había ninguna que tuviera actuación política, ni alguien que hubiera sido concejal, por ejemplo, nada. Fuimos mujeres que, desde distintos estratos sociales, dejamos nuestras casas para ir a luchar a la calle. Fue la calle la que nos enseñó”

Aquél 30 de abril de 1977, 12 madres o 14 según distintos testimonios confluyeron a la Plaza donde los argentinos hemos escrito muchas de las páginas decisivas y ya no la abandonarían. La ronda de los jueves alrededor de la Pirámide pasaría a ser un rito que perforaría con los años la indiferencia y la soledad y erosionaría al régimen omnímodo.

Hitos de esta historia
El 15 de agosto de 1977 le gritaron su bronca al subsecretario de Asuntos Interamericanos del Departamento de Estado norteamericano Terence Todman. En Plaza San Martín lograron que la policía no le sacara el grabador a una periodista de la cadena NBC, que le había hecho uno de los primeros reportajes. Produjeron unos días después la primera y minúscula manifestación en Plaza de Mayo. Las fuerzas represivas rodearon a las madres.

Cuenta Gorini: “ El oficial había formado un pelotón con agentes que llevaban armas largas. Casi una decena de policías la miraban esperando órdenes. El oficial repitió que se dispersaran o se vería obligado a proceder. El silencio y la inmovilidad fue la única respuesta. Entonces el oficial dio la orden: “ Preparen” , gritó. Dos segundos más tarde, aún con más fuerza, vociferó: “Apunten” . Los policías, algunos vacilantes y otros incrédulos acerrojaron las armas y apuntaron. Esta vez las Madres no se quedaron en silencio: “Fuego” gritaron ellas. El paródico pelotón quedó en ridículo; los hombres bajaron las armas”

En la Marcha a Luján del 1 de octubre de 1977 nacieron los pañuelos. Hasta ese día habían usado un clavo de carpintero como identificación, como símbolo de los clavos de Cristo.

Para poder reconocerse en medio de la multitud, Eva Castillo Obarrio propuso usar un pañal como pañuelo. Cuando el sacerdote se acercó para darle la hostia, una de las Madres dijo: “Por la aparición de mi hijo desaparecido” El sacerdote se negó a darle la comunión.

El 3 y 28 de septiembre, después de ímprobos esfuerzos lograron publicar una solicitada dividida en dos partes en el diario La Prensa. La primera con 132 firmas y la segunda con 293. Eso si, no podían colocar los nombres de los desaparecidos. Alentadas por estos avances, volvieron a publicar en el mismo diario otra solicitada el 5 de octubre encabezada con la frase “Madres y esposas de desaparecidos SOLO PEDIMOS LA VERDAD”. La firmaban 236 madres. Hacía referencia a una conferencia de prensa de Videla en EE.UU donde había dicho: “Quién diga la verdad no va a recibir represalias por ello” y luego interrogaban: “¿Cuales han sido las víctimas del exceso de represión a que se refirió el Presidente?

El 14 de octubre se movilizaron hacia el Congreso, sede de la Comisión de Asesoramiento Legislativo, donde fueron violentamente reprimidas y la mayor parte de ellas detenidas.

La Marina consideró que había que cortar con este movimiento que crecía. Para ello infiltró al Capitán Alfredo Astiz.

El 21 de noviembre concurrieron a Plaza San Martín tratando de hacerse visibles y exteriorizar sus protestas. Allí, el canciller Oscar Montes realizaba un acto protocolar con Cyrus Vance, Secretario del Departamento de Estado.

La próxima solicitada planeada para el 10 de diciembre, día internacional de los derechos humanos, terminaría con 11 desaparecidos, en el Operativo perpetrado por la Marina en la Iglesia de la Santa Cruz .

El 8 de diciembre secuestran a dos de las Madres de mejor formación y verdaderos motores de su accionar: Esther Ballestrino de Careaga, María Ponce de Bianco. Tres días más tarde es apresada Azucena, al salir de su casa para comprar el diario, donde se había publicado la solicitada. El día anterior le había regalado a cada una de sus compañeras un poema de Mario Benedetti, ese que todas conservan y que entre otras cosas dice: “Compañera/ usted sabe/ que puede contar/ conmigo/ no hasta dos/ o hasta diez/ sino contar conmigo”

El día después
La Marina había dado un golpe a las Madres que consideraba mortal. Las que quedaban también dudaron de la posibilidad de la continuidad de la lucha. Pero el jueves siguiente, un grupo más pequeño, pero aguerrido volvió a la Plaza.

En la adversidad y el peligro se afirmaron y continuaron la lucha, empezando a recorrer ese camino signado por aquella premisa que acuñarían años más tarde: “La única lucha que se pierde es la que se abandona”

El momento del reconocimiento internacional comenzó con el Mundial de Fútbol de 1978. Fue uno de los momentos de soledad más intensa. Aprovecharon el fortalecimiento de la dictadura criminal, introduciendo su debilidad como un ariete contra el Poder. Mientras el 1° de junio de 1978 se realizaba la inauguración y jugaban Alemania- Polonia, en la Plaza vacía la televisión holandesa filmaba la ronda de las Madres.

La repercusión de la filmación rompió el aislamiento. Los jueves siguientes la plaza se llenó de policías. Pero las madres entraban de a una, hacían rodeos, y por algunos segundos confluían en la Pirámide, mientras los corresponsales sacaban sus fotos.

Un día, mientras se jugaba el Mundial, recorrieron la Calle Florida, ante la sorpresa de los transeúntes y algunos insultos, mientras eran rodeadas por policías de civil.

Cuando el Mundial se terminó, días durísimos padecieron las Madres. Era el momento de la revancha del gobierno, contra las aguafiestas que querían mostrar que la Argentina no era la fiesta que transmitían los medios y muchos de sus satisfechos habitantes.

El Reconocimiento
Las imágenes del grupo de mujeres dando vuelta a la Pirámide de Mayo, los jueves a partir de las 15 horas, dio la vuelta al mundo. Mientras la dictadura criminal agotaba los medios de amedrentamiento, la cobertura internacional actuaba cada vez más como salvoconducto

El gobierno primero las minimizó. ¿Que podían hacer esas mujeres contra el enorme poder establecido y su brutalidad demencial? Como en los grandes hechos históricos las Madres aprovecharon algunas de las fisuras del poder. El 17 de octubre de 1945, la policía se puso del lado de las columnas obreras que confluían sobre la Capital. En el Cordobazo, los manifestantes obreros y estudiantiles pudieron usufructuar la tardanza de la represión por la interna entre Onganía y Lanusse. El 19 de diciembre la disolución del poder presidencial facilitó las multitudinarias marchas espontáneas que cubrieron la Plaza.

Pudieron así superar el asesinato de las primeras Madres planeadas por “el Tigre” Jorge Acosta y ejecutadas por Astiz y Pernias.

Mientras en el país, Luder se negaba a recibirlas, Alfonsín tenía una actitud distante y Balbín las increpaba para finalmente contribuir con un cheque de cuatro pesos que nunca usaron para dejarlo como testimonio de las posiciones del viejo guitarrero, Francois Mitterand les daba el trato equivalente a jefe de estado y una entrevista de noventa minutos.

Como dice Hebe de Bonafini en un reportaje de María Seoane: ( En el país) “ Estábamos solas. Tan solas “ que ni Dios parecía querer algo de nosotras”. “Vieron a Juan Pablo II en Porto Alegre, cuando el mundo ya sabía de la existencia de las “ locas” de la Plaza de Mayo. Woytila les dijo entonces : “que muchos de los desaparecidos estaban vivos, que tuviéramos paciencia” Pero no dio detalles. Ni los daría después, en 1983, cuando lo volvieron a ver en Roma”. No contaron tampoco con el apoyo del “socialista” Felipe González. En cambio tuvieron la solidaridad total de Fidel, de Lula que participó en una ronda de las épocas duras, como ahora lo tienen de Evo Morales, de Rafael Correa, de Hugo Chávez y de Néstor Kirchner.

Cuando la dictadura criminal se derrumbó saturada de fracasos, y comenzó la Conadep y el Juicio a las Juntas, empezaron a aflorar entre las Madres divergencias soterradas que condujeron a la división.

Cada agrupación recorrió su propio camino diferenciado. Durante los años siguientes hubo en algunos casos posiciones muy cuestionables, brotes de intemperancia, financiamientos complicados. Pero por encima de sus divergencias, de algunas humanas miserias, las Madres siguieron luchando, haciéndose presente en cada conflicto social, levantando escuelas, fomentando granjas, desarrollando bibliotecas, fundando una radio, levantando esperanza, sembrando futuro.

En muchos casos supieron quienes habían torturado y asesinados a sus hijos, pero siempre levantaron la bandera de la justicia, en la que por experiencia desconfiaban.

Jamás justicia por mano propia. Siempre justicia por la mano ajena institucional, aunque esa mano, muchas veces, era cómplice de los asesinos.