A veces la historia le hace un guiño
a lo imposible. Y en tonces David derrota a Goliat. O Gandhi,
un hombre pequeño y esmirriado envuelto en una sabana
triunfó sobre el omnipotente Imperio Británico.
O Martín Luther King que emprendió en condiciones
extremadamente desfavorables, la lucha por los derechos civiles
de los negros norteamericanos y con dolor y muertos de sus seguidores,
los obtuvo. Dos ejemplos en donde la justicia de la causa enarbolada
con métodos pacíficos consigue sus objetivos,
esos que al iniciar la lucha parecían imposibles.
A veces la historia le hace un guiño a lo imposible.
Como cuando un grupo de mujeres arrancadas mayoritariamente
de sus tareas domésticas decidieron, movilizadas por
la desesperación, buscar a sus hijos desaparecidos. Eso
que se conoció como “la muerte argentina”.
Que en el lenguaje de la dictadura criminal, caracterizada por
su inmensa cobardía, significaba “que no estaba
ni vivo ni muerto, estaba desaparecido”.
Eran “los años de plomo”. La de una sociedad
en que en franjas enormes era ciega y sorda, seducida por el
suicidio del “déme dos”, del ingreso irrestricto
de las chucherías importadas, del “orden”,
de la tablita cambiaria. Del desmantelamiento del modelo de
sustitución de importaciones realizado con tracción
a sangre. En donde los sectores económicos que representaba
Alfredo Martínez de Hoz habían puesto a la Junta
Militar, donde brillaba la inutilidad perversa de Jorge Rafael
Videla y el proyecto vesánico de Eduardo Emilio Massera.
Eran los días en que ya las estupideces pasaban por verdades
reveladas, como aquella que aseguraba que daba lo mismo fabricar
acero que caramelos. O que la apertura indiscriminada favorecía
la competencia y el incremento adquisitivo de los salarios.
Eran los días en que el país se cubría
de campos de concentración, en donde la justicia no estaba
representada por la balanza sino por la picana y la venda de
la señora que simboliza a la justicia había sido
reemplazada por la capucha, la detención por el secuestro.
Los cruzados de la supuesta tercera guerra mundial confundían
tendenciosamente como una guerra los enfrentamientos entre reducidos
grupos armados y un ejército regular. Eran los días
en que desvalijar viviendas de secuestrados se hacía
en nombre de Dios, se torturaba por la patria, y se robaba bebes
en nombre de la familia, a la que como siempre se consideraba
la célula fundamental de la sociedad, lo que no impedía
que desaparecieran grupos familiares íntegros. Eran los
días en que los libros eran prohibidos y muchas veces
incinerados, corriendo la misma suerte de muchos propietarios
de los mismos.
En esos días gélidos, recorridos por el miedo
y el horror, un grupo de mujeres desesperadas, le ponían
alas a sus pies, golpeaban puertas, quedaban involuntariamente
aisladas, hacían un acelerado curso de aprendizaje político
y con su coraje e imaginación empezaban, sin saberlo
ni imaginarlo, a corroer el edificio represivo más notable
de la historia argentina.
Esas mujeres locas
Esas mujeres que salieron desde sus cocinas al espacio público
ignorando contra quienes se enfrentaban estaban de alguna manera
locas. Y no podía ser de otra manera. El coraje abrevaba
en la situación única e indescriptible de desconocer
el paradero de sus crías. Sus hijos habían sido
secuestrados en procedimientos clandestinos y las autoridades
ignoraban los hechos. Los habeas corpus eran rechazados, las
policías desechaban las denuncias, las búsquedas
en hospitales, comisarías, juzgados y morgues eran penosas
e infructuosas, el gobierno respondía con la indiferencia.
Los amigos que podían dar una mano, la mayoría
de las veces se borraban. Las búsquedas recorrían
los mismos itinerarios y en los mismos las madres empezaron
a reconocerse en su desesperación. Fue entonces que Azucena
Villaflor de De Vincenti, a quién todas las madres sobrevivientes,
reconocen como la verdadera inspiradora de lo que con el tiempo
se conoció como “ Las Madres de Plaza de Mayo”,
les dijo: “ Madres, así no conseguimos nada. Nos
mienten en todas partes, nos cierran las puertas. Tenemos que
salir de este laberinto infernal que nos lleva a recorrer inútilmente
despachos oficiales, cuarteles, iglesias y juzgados. Tenemos
que ir directamente a la Plaza de Mayo y quedarnos allí
hasta que nos den una respuesta. Tenemos que llegar a ser cien,
doscientas, mil madres, hasta que nos vean, hasta que todos
se enteren y el propio Videla se vea obligado a recibirnos y
darnos una respuesta”
Azucena tenía entonces 52 años, cuando su hijo
Néstor desapareció. Había nacido en una
familia de trabajadores, que en su mayoría eran peronistas.
Sólo había cursado la escuela primaria. Trabajó
como telefonista en la empresa Siam hasta 1950, en que dejó
el trabajo para tener al primero de sus cuatro hijos.
Primero esas mujeres desorientadas pensaron en encontrarse
en la histórica plaza los sábados pero comprobaron
que ese día el predio estaba vacío y el presidente
ausente. Luego consideraron los viernes, pero alguna de las
madres recordó que era un día de brujas, que traía
mala suerte. Así fue que por descarte decidieron reunirse
los jueves.
Hasta entonces algún grupo de madres habían encontrado
un ámbito de protección para sus búsquedas
en La Liga por los Derechos del Hombre bajo la cual el Partido
Comunista desarrollaba su accionar de posición complaciente
con la Junta ante el temor que fuera desplazado por sectores
que consideraba “más duros”.El otro ámbito
era la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos En ese contexto,
esta última invitó, en agosto de 1976, a Videla
para participar en un seminario sobre derechos humanos. Obviamente
no concurrió pero no se privó de remitir una carta
con un saludo donde manifestaba su entusiasmo por la iniciativa.
Las madres intentaban crear su propio ámbito porque
en los politizados como los mencionados se encontraban desbordadas
e inhibidas. Ulises Gorini en su magnífico libro ”La
rebelión de las madres . Historia de las Madres de Plaza
de Mayo Tomo I ( 1976-1983) sostiene: “ ....muchas madres
compartían la idea de que Videla no era responsable de
lo que estaba sucediendo y, aún, pensaban que era probable
que no supiera la verdadera dimensión de ello”
María Adela Antokoletz, una de las madres fundadoras,
confesó en el libro citado: “ Estábamos
tan desorientadas. No nos dábamos cuenta de lo que era
el Proceso y de la responsabilidad de Videla, como no nos dábamos
cuenta del poderoso motivo económico social que llevó
a dar el golpe y a arbitrar las terribles medidas en pro de
la Teoría de Seguridad Nacional. En el movimiento de
las Madres no había ninguna que tuviera actuación
política, ni alguien que hubiera sido concejal, por ejemplo,
nada. Fuimos mujeres que, desde distintos estratos sociales,
dejamos nuestras casas para ir a luchar a la calle. Fue la calle
la que nos enseñó”
Aquél 30 de abril de 1977, 12 madres o 14 según
distintos testimonios confluyeron a la Plaza donde los argentinos
hemos escrito muchas de las páginas decisivas y ya no
la abandonarían. La ronda de los jueves alrededor de
la Pirámide pasaría a ser un rito que perforaría
con los años la indiferencia y la soledad y erosionaría
al régimen omnímodo.
Hitos de esta historia
El 15 de agosto de 1977 le gritaron su bronca al subsecretario
de Asuntos Interamericanos del Departamento de Estado norteamericano
Terence Todman. En Plaza San Martín lograron que la policía
no le sacara el grabador a una periodista de la cadena NBC,
que le había hecho uno de los primeros reportajes. Produjeron
unos días después la primera y minúscula
manifestación en Plaza de Mayo. Las fuerzas represivas
rodearon a las madres.
Cuenta Gorini: “ El oficial había formado un
pelotón con agentes que llevaban armas largas. Casi una
decena de policías la miraban esperando órdenes.
El oficial repitió que se dispersaran o se vería
obligado a proceder. El silencio y la inmovilidad fue la única
respuesta. Entonces el oficial dio la orden: “ Preparen”
, gritó. Dos segundos más tarde, aún con
más fuerza, vociferó: “Apunten” .
Los policías, algunos vacilantes y otros incrédulos
acerrojaron las armas y apuntaron. Esta vez las Madres no se
quedaron en silencio: “Fuego” gritaron ellas. El
paródico pelotón quedó en ridículo;
los hombres bajaron las armas”
En la Marcha a Luján del 1 de octubre de 1977 nacieron
los pañuelos. Hasta ese día habían usado
un clavo de carpintero como identificación, como símbolo
de los clavos de Cristo.
Para poder reconocerse en medio de la multitud, Eva Castillo
Obarrio propuso usar un pañal como pañuelo. Cuando
el sacerdote se acercó para darle la hostia, una de las
Madres dijo: “Por la aparición de mi hijo desaparecido”
El sacerdote se negó a darle la comunión.
El 3 y 28 de septiembre, después de ímprobos
esfuerzos lograron publicar una solicitada dividida en dos partes
en el diario La Prensa. La primera con 132 firmas y la segunda
con 293. Eso si, no podían colocar los nombres de los
desaparecidos. Alentadas por estos avances, volvieron a publicar
en el mismo diario otra solicitada el 5 de octubre encabezada
con la frase “Madres y esposas de desaparecidos SOLO PEDIMOS
LA VERDAD”. La firmaban 236 madres. Hacía referencia
a una conferencia de prensa de Videla en EE.UU donde había
dicho: “Quién diga la verdad no va a recibir represalias
por ello” y luego interrogaban: “¿Cuales
han sido las víctimas del exceso de represión
a que se refirió el Presidente?
El 14 de octubre se movilizaron hacia el Congreso, sede de
la Comisión de Asesoramiento Legislativo, donde fueron
violentamente reprimidas y la mayor parte de ellas detenidas.
La Marina consideró que había que cortar con
este movimiento que crecía. Para ello infiltró
al Capitán Alfredo Astiz.
El 21 de noviembre concurrieron a Plaza San Martín tratando
de hacerse visibles y exteriorizar sus protestas. Allí,
el canciller Oscar Montes realizaba un acto protocolar con Cyrus
Vance, Secretario del Departamento de Estado.
La próxima solicitada planeada para el 10 de diciembre,
día internacional de los derechos humanos, terminaría
con 11 desaparecidos, en el Operativo perpetrado por la Marina
en la Iglesia de la Santa Cruz .
El 8 de diciembre secuestran a dos de las Madres de mejor formación
y verdaderos motores de su accionar: Esther Ballestrino de Careaga,
María Ponce de Bianco. Tres días más tarde
es apresada Azucena, al salir de su casa para comprar el diario,
donde se había publicado la solicitada. El día
anterior le había regalado a cada una de sus compañeras
un poema de Mario Benedetti, ese que todas conservan y que entre
otras cosas dice: “Compañera/ usted sabe/ que puede
contar/ conmigo/ no hasta dos/ o hasta diez/ sino contar conmigo”
El día después
La Marina había dado un golpe a las Madres que consideraba
mortal. Las que quedaban también dudaron de la posibilidad
de la continuidad de la lucha. Pero el jueves siguiente, un
grupo más pequeño, pero aguerrido volvió
a la Plaza.
En la adversidad y el peligro se afirmaron y continuaron la
lucha, empezando a recorrer ese camino signado por aquella premisa
que acuñarían años más tarde: “La
única lucha que se pierde es la que se abandona”
El momento del reconocimiento internacional comenzó
con el Mundial de Fútbol de 1978. Fue uno de los momentos
de soledad más intensa. Aprovecharon el fortalecimiento
de la dictadura criminal, introduciendo su debilidad como un
ariete contra el Poder. Mientras el 1° de junio de 1978
se realizaba la inauguración y jugaban Alemania- Polonia,
en la Plaza vacía la televisión holandesa filmaba
la ronda de las Madres.
La repercusión de la filmación rompió
el aislamiento. Los jueves siguientes la plaza se llenó
de policías. Pero las madres entraban de a una, hacían
rodeos, y por algunos segundos confluían en la Pirámide,
mientras los corresponsales sacaban sus fotos.
Un día, mientras se jugaba el Mundial, recorrieron la
Calle Florida, ante la sorpresa de los transeúntes y
algunos insultos, mientras eran rodeadas por policías
de civil.
Cuando el Mundial se terminó, días durísimos
padecieron las Madres. Era el momento de la revancha del gobierno,
contra las aguafiestas que querían mostrar que la Argentina
no era la fiesta que transmitían los medios y muchos
de sus satisfechos habitantes.
El Reconocimiento
Las imágenes del grupo de mujeres dando vuelta a la Pirámide
de Mayo, los jueves a partir de las 15 horas, dio la vuelta
al mundo. Mientras la dictadura criminal agotaba los medios
de amedrentamiento, la cobertura internacional actuaba cada
vez más como salvoconducto
El gobierno primero las minimizó. ¿Que podían
hacer esas mujeres contra el enorme poder establecido y su brutalidad
demencial? Como en los grandes hechos históricos las
Madres aprovecharon algunas de las fisuras del poder. El 17
de octubre de 1945, la policía se puso del lado de las
columnas obreras que confluían sobre la Capital. En el
Cordobazo, los manifestantes obreros y estudiantiles pudieron
usufructuar la tardanza de la represión por la interna
entre Onganía y Lanusse. El 19 de diciembre la disolución
del poder presidencial facilitó las multitudinarias marchas
espontáneas que cubrieron la Plaza.
Pudieron así superar el asesinato de las primeras Madres
planeadas por “el Tigre” Jorge Acosta y ejecutadas
por Astiz y Pernias.
Mientras en el país, Luder se negaba a recibirlas, Alfonsín
tenía una actitud distante y Balbín las increpaba
para finalmente contribuir con un cheque de cuatro pesos que
nunca usaron para dejarlo como testimonio de las posiciones
del viejo guitarrero, Francois Mitterand les daba el trato equivalente
a jefe de estado y una entrevista de noventa minutos.
Como dice Hebe de Bonafini en un reportaje de María
Seoane: ( En el país) “ Estábamos solas.
Tan solas “ que ni Dios parecía querer algo de
nosotras”. “Vieron a Juan Pablo II en Porto Alegre,
cuando el mundo ya sabía de la existencia de las “
locas” de la Plaza de Mayo. Woytila les dijo entonces
: “que muchos de los desaparecidos estaban vivos, que
tuviéramos paciencia” Pero no dio detalles. Ni
los daría después, en 1983, cuando lo volvieron
a ver en Roma”. No contaron tampoco con el apoyo del “socialista”
Felipe González. En cambio tuvieron la solidaridad total
de Fidel, de Lula que participó en una ronda de las épocas
duras, como ahora lo tienen de Evo Morales, de Rafael Correa,
de Hugo Chávez y de Néstor Kirchner.
Cuando la dictadura criminal se derrumbó saturada de
fracasos, y comenzó la Conadep y el Juicio a las Juntas,
empezaron a aflorar entre las Madres divergencias soterradas
que condujeron a la división.
Cada agrupación recorrió su propio camino diferenciado.
Durante los años siguientes hubo en algunos casos posiciones
muy cuestionables, brotes de intemperancia, financiamientos
complicados. Pero por encima de sus divergencias, de algunas
humanas miserias, las Madres siguieron luchando, haciéndose
presente en cada conflicto social, levantando escuelas, fomentando
granjas, desarrollando bibliotecas, fundando una radio, levantando
esperanza, sembrando futuro.
En muchos casos supieron quienes habían torturado y
asesinados a sus hijos, pero siempre levantaron la bandera de
la justicia, en la que por experiencia desconfiaban.
Jamás justicia por mano propia. Siempre justicia por
la mano ajena institucional, aunque esa mano, muchas veces,
era cómplice de los asesinos.