Monterroso, Augusto
Oveja negra
Casa de las Américas
En un lejano país existió hace muchos años
una oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó
una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas
negras eran rápidamente pasadas por las armas para que
las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran
ejercitarse también en la escultura.
Blaisten, Isidoro
Un millón de sandías
Editorial Colihue
Resulta que dos negros estaban dormidos en las laderas del
Mississippi. Uno de los dos se desperezó, bostezó,
suspiró y dijo:
– Cómo me gustaría tener un millón
de sandías.
El otro negro preguntó:
– Rostus, si tuvieras un millón de sandías,
¿me darías la mitad?
– ¡No!
– ¿No? ¿No me darías un cuarto?
– No, no te daría un cuarto.
– Rostus, si tuvieras un millón de sandías,
¿no me darías diez sandías?
– No.
– ¿No me darías siquiera una sandía?
¡A mi que soy tu amigo?
– Mira, Sam, si tuviera un millón de sandías,
no te daría una sola raja siquiera, una sola tajada de
sandía.
– Pero, ¿por qué, Rostus?
– Porque eres demasiado perezoso para soñar por
ti mismo.
Borges, Jorge Luis
Diálogo sobre un diálogo
A– Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos
dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos
veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura
más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández
repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la
muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene
que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre.
Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba.
Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita,
esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque
les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que
nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.
Z (burlón)– Pero sospecho que al final no se resolvieron
A (ya en plena mística)– Francamente no recuerdo
si esa noche nos suicidamos.
Monterroso, Augusto
El espejo que no podía dormir
Casa de las Américas
Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba
solo y nadie se veía en él se sentía de
lo peor, como que no existía, y quizá tenía
razón; pero los otros espejos se burlaban de él,
y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón
del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos
a la preocupación del neurótico.
Galeano, Eduardo
Patas arriba, la escuela del mundo del revés
Desde el punto de vista del búho, del murciélago,
del bohemio y del ladrón, el crepúsculo es la
hora del desayuno.
La lluvia es una maldición para el turista y una buena
noticia para el campesino.
Desde el punto de vista del nativo, el pintoresco es el turista.
Desde el punto de vista de los indios de las islas del Mar Caribe,
Cristóbal Colón con su sombrero de plumas y su
capa de terciopelo roja, era un papagayo de dimensiones jamás
vistas.