Estoy en el Sur desde 1992, por opción. Y quiero, como
todos ustedes, disfrutar una mejor calidad de vida en el lugar
donde vivo. La lista de problemas a solucionar en la zona es
larga y en estos cinco años de publicación de
La Urdimbre hemos abordado diferentes facetas de los mismos,
sobre todo en La Boca, Barracas y San Telmo.
Debido a una circunstancia fortuita, hoy quiero ocuparme de
uno en particular. El pasado jueves 18 de octubre, a las 6:30
de la tarde, tres ciegos –dos mujeres y un hombre–
trataban de abrirse camino al teatro Verdi en la avenida Almirante
Brown. Estaban en la vereda de enfrente, pero iban en sentido
contrario dirigiéndose hacia un obstáculo casi
insuperable: un tramo de la vereda cuyo nivel se eleva bruscamente
50 centímetros. En la breve charla que tuvimos mientras
los acompañaba al teatro me enteré de que iban
allí para escuchar a la orquesta sinfónica nacional
de ciegos. Celebraban el centenario del nacimiento de su fundador,
Pascual Grisolía, un músico de Chivilcoy, mi ciudad
natal, y a quien conocí siendo yo chico.
Pero el tema es otro: las veredas de La Boca. Todas, aunque
muy particularmente las que corresponden a áreas otrora
inundables, debido a las dificultades adicionales que presentan
al desplazamiento de las personas. Esto también es extensivo
a zonas de Barracas, sobre todo en la avenida Patricios “límite”
entre los dos barrios. La caprichosa topografía de estas
aceras es el producto de la no menos errática iniciativa
privada: cada quien se protegía de las inundaciones elevando
la cota de “su” vereda a la altura que le resultara
más segura. Entre “optimistas” y “pesimistas”
extremos quedó conformado un extraño paisaje que
cobija a toda la gama de precauciones intermedias.
Quienes más padecen hoy las consecuencias de esa falta
de planificación (o exceso de creatividad) son las personas
de edad avanzada. Ni que hablar de no videntes o discapacitados
en sillas de rueda. Para estos últimos es imposible escalarlas,
para un ciego una penosa hazaña.
Las veredas –podríamos exagerar– estuvieron
allí desde siempre, y como los camellos que –según
Borges– no se mencionan en el Corán, no hablamos
de ellas. La metáfora viene al caso ya que no se habla
de veredas en La Boca o Barracas de hoy o de camellos en el
libro sagrado, por la misma razón: han pasado a formar
parte de la vida cotidiana de la gente y hay temas más
importantes que tratar.
Pero nuestras “no aceras” afectan particularmente
la calidad de vida de los más vulnerables y por ello
debieran ser tópico de la agenda vecinal y formar parte
de la lucha por un mejor espacio público. En mi caso,
tuve que toparme con tres ciegos y ponerme por un instante en
el lugar de ellos, para despertar del sopor de la rutina y el
acostumbramiento.
La ciudad poco amistosa
En Clarín del 25 de octubre leemos “Según
un especialista en cuestiones urbanas de las Naciones Unidas,
la Ciudad de Buenos Aires no es amigable para personas mayores.
La observación puede ampliarse para incluir al resto
de la población, afectada por numerosos problemas pendientes
de resolución”.
“El experto del organismo internacional Alexander Kalache,
que presentó el trabajo en Buenos Aires –agrega
la nota– sostuvo que la Ciudad es poco amigable para la
tercera edad por cuestiones como las medidas de las escaleras
en los edificios, el estado de las veredas y las características
del transporte público, entre otras”.
Al cierre de esta edición no hemos podido conseguir
el estudio para conocer más detalles. Aun así,
nos resulta llamativo, que no se destaque lo principal: Buenos
Aires dividida en dos. En el Sur tenemos el Riachuelo, el Polo
Petroquímico, las calzadas destruidas por el tránsito
pesado, las veredas inaccesibles. Nuestros viejos son en promedio
mucho más pobres que en el Norte de la Ciudad y asisten
a hospitales colmados. Decir que Buenos Aires es tan sólo
“poco amigable” es escamotear una realidad mucho
más compleja, una simplificación similar al ingreso
per cápita de Kuwait, donde el jeque gana cien millones
por día y así contribuye a elevar el “ingreso
promedio” del conjunto. ¿Tendremos que agradecer
a la Recoleta, Palermo y Belgrano por no estar peor como Ciudad?
Transformaciones urgentes
La magnitud del daño es tal que las necesarias transformaciones
sólo podrán realizarse a través de la obra
pública. Las veredas tienen que pasar a ser parte del
espacio público en lo formal ya que lo son en la realidad.
Es increíble que la responsabilidad sobre la vereda recaiga
aun en el propietario frentista. En las postrimerías
de la gestión Telerman se tomaron buenas iniciativas
en el sentido contrario y así es como se renovaron veredas
mediante un programa de inversión pública a la
largo de la avenida Paseo Colón y de la avenida Caseros
entre Defensa y Montes de Oca, para citar un par de ejemplos
en nuestra zona.
Diseño para imitar

| Viejos edificios de la ciudad de Nueva
York en los que se aplicó la elegante solución
de una escalera para cada acceso, en lugar de elevar la
vereda en su conjunto.En la actualidad se los recicla manteniendo
las caterísticas originales y tienen un gran demanda,
que justifica su puesta en valor. En el medio,un negocio
en Aristóbulo del Valle y Patricios, con resolución
similar a la de los edificios neoyorquinos. |
En Boston y en Nueva York pueden verse edificios antiguos
que tienen a la entrada un tramo de varios escalones, como puede
apreciarse en las fotos. El diseño de estos edificios
a un metro o algo más del nivel de la vereda tuvo originalmente
la intención de evitar en días de lluvia el ingreso
del barro y la bosta de los caballos, abundantes a nivel de
la calle, un problema que existía cuando los departamentos
fueron construídos y los caballos eran el principal modo
de locomoción. ¿No es ese un buen diseño
para generalizarlo en nuestros barrios en reemplazo del peligroso
cambalache de las veredas actuales? La foto del medio muestra
la aplicación de ese principio en un negocio de la avenida
Patricios.
Un caso de justicia distributiva
La Legislatura acaba de consensuar los aumentos del impuesto
de Alumbrado, Barrido y Limpieza (ABL) que quedarían
en breve plasmados en la respectiva ley con fuertes subas en
sectores de privilegio –como es el caso de Puerto Madero–
y poco o ningún aumento en barrios contiguos al Riachuelo.
Desde la filas del macrismo se argumenta que se está
aplicando un principio de justicia distributiva, lo cual es
cierto a medias. Gravar más a Palermo que a Villa Soldati
en principio está bien, pero luego hay que aplicar los
excedentes obtenidos por esa vía de los contribuyentes
de Palermo, para mejorar la calidad del entorno de los habitantes
de aquel barrio del Sur en sus calles, sus veredas y el alumbrado
público de la zona. De esa manera se cerraría
el círculo virtuoso y sería un verdadero ejemplo
de justicia distributiva por un lado y de utilización
de partidas dentro de los alcances de los impuestos de los cuales
provienen. Hasta ahora la realidad es otra y está a la
vista: los ingresos del tesoro local se han utilizado prioritariamente
para mejorar y embellecer calles, veredas, plazas y parques
del Norte de la Ciudad. Que es donde viven los funcionarios,
los ricos y los famosos.
Si la inversión de cada tramo de vereda renovada y convertida
en accesible para todos –en La Boca o Barracas por ejemplo–
proviniese de los contribuyentes de Barrio Parque o de Puerto
Madero, estaríamos ante un caso de justicia distributiva
explícita, al estilo Robin Hood, que les quitaba a los
ricos para darle a los pobres. ¿A esto se refiere Santilli,
el legislador macrista que utilizó la frase “justicia
distributiva”? ¿Querrá el macrismo revertir
la tendencia y desairar a los amigos?
Epílogo
No deja de ser una ironía que en un barrio donde la gente
camina por las calles por no poder utilizar las veredas en vastos
sectores, tengamos también la meca del turismo receptivo
internacional. El maravilloso invento: Caminito, ese shopping
de souvenirs que pasa por ser ”la cuna del tango”.
For export, desde luego. Hace unos días, no me sorprendió
un documental de la televisión alemana que decía
precisamente eso. ¡Que Caminito era la cuna del tango!
Caminito recibe más gente del exterior que cualquier
otro destino turístico local, pero no está integrado
al tejido orgánico del barrio. Es un enclave, es decir
una factoría orientada al consumo extranjero (o al menos
no local) de productos y servicios. Y lo más importante,
el combo Caminito + Bombonera exporta a La Boca, como lugar
pintoresco habitado por fanáticos del fútbol y
del tango, que bailan en las calles y viven en casas de chapas
multicolores, onda “naive”.
En fin, estas ideas las comencé a elucubrar después
de mi encuentro con los ciegos. Como no sabía que hacer
con ellas, las comparto con Uds., en la esperanza de que entre
todos hagamos algo.
Alfredo Roberti