Antonio E.
Brailovsky
Debería llamarnos la atención el enorme éxito
internacional de un programa de televisión basado en
la degradación de los participantes, como es “Gran
Hermano”.
La construcción artificial de una vida privada pensada
para ser espiada y discutida por millones de personas dejará
en ellos secuelas psicológicas por el resto de sus vidas.
Un participante de “Gran Hermano” sufrió
un brote psicótico, con alucinaciones. Otro, pedía
a gritos “las pastis, las pastis”, que le permitieran
soportar el rigor del encierro mientras se daba su cabeza contra
la pared de utilería. Una joven contabilizó al
menos cuatro intentos de suicidio, antes y después de
su aislamiento frente a millones de personas. Y otro de los
aspirantes a estrella terminó internado en una clínica
para rehabilitarse del alcohol. Sin embargo, su real atractivo
va más allá de esta sofisticada forma de tortura.
“Gran Hermano” es un recuerdo del dictador omnipresente
de la novela “1984” de George Orwell, y su propuesta
es ofrecer al espectador ingenuo los mismos poderes que tenía
ese tirano imaginario. Poder no sólo para espiar lo que
el público cree que es la vida privada de las víctimas,
sino, y muy especialmente, poder para que se queden o se vayan.Y
aquí está el aspecto más perverso de un
programa que transforma la perversión en dinero.
A lo largo de una generación, vimos cómo se pasaba
de un modelo social que procuraba incluir dentro del circuito
económico y cultural a la mayor parte de las personas,
a un modelo neoliberal, basado en la exclusión social.
Llama la atención el que la exclusión sea tan
aceptada por los distintos sectores políticos, que no
ha sido utilizada como argumento central en la campaña
electoral que se está desarrollando en la Argentina.
La pregunta es cómo se hace para naturalizar algo tan
horrible como dejar afuera de la sociedad a millones de personas.
Y en esto ha ayudado una intensa presión mediática,
que nos muestra que lo normal es que la mayor parte de la gente
se quede afuera de la casa y de la vida. Así como “La
femme Nikita” nos enseñó que el imperio
va a asesinar a todos los que le molesten, “Gran Hermano”
nos ofrece un lugar ilusorio en la sociedad excluyente.
Nos cobran por participar en una elección sin fiscales
(y por ende sin ningún control del escrutinio) para echar
de la casa a alguna persona. El que expulsa no es el expulsado.
Nos quedamos tranquilos. “Gran Hermano” cumple con
una función pedagógica. Nos enseña que
lo normal es que el orden social deje afuera a los demás.
Arsenal de balas perdidas
Por César Hazaki *
Todas las semanas, millones de personas toman partido para
excluir a alguien: son los espectadores de “gran hermano,
que, así, serían llevados a “identificarse
con el modelo de exclusión social imperante”.
El programa de televisión Gran Hermano –exitoso
en gran parte del mundo– gira en torno del eje inclusión/exclusión:
los participantes son votados para quedar o salir expulsados.
El formato se ha extendido a otros programas como Cuestión
de peso, donde los participantes deben adelgazar semana a semana
y el que no cumple queda afuera, en otros donde se trata de
conseguir pareja o de bailar en busca de un sueño del
que casi todos quedarán excluidos. En el orbe, semana
a semana, en eventos televisivos, millones de personas toman
partido para excluir a alguien. Lo notable es que el eje inclusión/exclusión
propugna una identificación con el modelo social imperante.
Suele insistirse en que el discurso político ha decaído,
que ya no produce efectos aglutinantes, apasionados en los ciudadanos;
que hay un divorcio entre la población y la política.
Sin embargo, la aceptación de la ideología predominante
no se establece sólo de manera directa: muchas veces
las propuestas mediáticas, sobre todo esas que hacen
estallar pasiones masivas, hablan para y por los poderosos.
Nos hacen ver lo que necesitan imponer en el día a día
en la cultura del sometimiento.
Los exitosos Gran Hermano, con su eje en el par inclusión/exclusión,
ponen en evidencia el darwinismo social con el que el poder
procura someter a los excluidos y amenazar a los incluidos.
El modelo social se hace entretenimiento masivo. Este proyecto
de supervivencia del más apto abreva en las ideas de
Malthus y Herbert Spencer, quien, en el siglo XIX, sostuvo:
“Me limito a desarrollar las opiniones del señor
Darwin relacionadas con la raza humana. Sólo aquellos
que progresan llegan finalmente a sobrevivir y son los seleccionados
de su generación”. Una clara división entre
winners y losers, que establece como premio la inclusión
social para los primeros y la desaparición de la vida
comunitaria para los segundos.
¿Qué hace el público cuando asume un rol
protagónico en la exclusión, cuando decide que
una persona debe ser expulsada?
Por de pronto, su “voto” lo constituye como consumidor:
él debe pagar por su elección. En su subjetividad,
se dan identificaciones que lo llevan a ser parte del proyecto.
En éste, hay un adentro y un afuera. Y el consumidor–votante
actúa con pasión: “Vos quedás afuera
y yo, entre muchos miles, lo decido”. Pero el que quede
afuera estará allí por sus propias dificultades
o limitaciones. El drama de la exclusión social se transforma
así en una ordalía, una aventura: cada participante
podría torcer ese destino si acertara con las actitudes
adaptativas correctas. La transparencia de la exclusión
mediática solicita explicar en forma exhaustiva, sesuda,
las razones, los pecados que cometió el que queda afuera.
Se lo echa porque no merece estar en esa comunidad. Es un inadaptado
social, un perdedor.
En los noventa, el neoliberalismo necesitaba una ciudadanía
que aceptara el desguace del Estado y los índices de
desocupación en alarmante aumento que vendrían.
Se trataba de preparar a los ciudadanos para que no se indignaran
ante la desigualdad creciente. El miedo a la desocupación
fue el eje del sometimiento social. La televisión aportó
lo suyo.
Mientras los padres eran ganados por Grondona y Neustadt, hubo
una propuesta dirigida especialmente a los jóvenes: los
bloopers –también una moda mundial entonces. Se
trataba de disfrutar con un humor que sólo era una expansión
sin límite del sadismo dirigido contra el débil.
Para el poder era necesario un tipo de humor que reiteraba
la celada a un inocente, un castigo que la víctima no
sabía por qué debía recibir; y la traición
era realizada por amigos.
Había un correlato entre ese espectáculo y el
proceso neoliberal que propugnaba la ruptura de todo tipo de
lazo solidario para realizar, sin costo, la exclusión
social que el capitalismo necesitaba.
Si durante la dictadura militar, la fórmula que sintonizaba
con el poder era “Algo habrán hecho”, ahora
es “una jodita para Tinelli”: se trataba de reírse
de la desgracia ajena. Aquella frase paradigmática justificaba
la crueldad más terrible, dirigida hacia una sola persona
y que contenía en sí los estereotipos del machismo.
Con ese plafond, el menemismo completó el trabajo que
la dictadura había dejado sin terminar.
Las transformaciones tecnológicas permitieron que los
espectadores hayan dejado atrás la pasividad ante la
pantalla que dominaba la inicial cultura televisiva. Hoy la
velocidad e inmediatez de la comunicación necesita que
el espectador sea un actor (de reparto) imprescindible en los
medios.
Pero las políticas de seducción que desarrollan
los medios hacen jugar, en el entretenimiento, fenómenos
masivos que son parte de las políticas neoliberales.
Gala de exclusión social
Tomemos por caso la “velada de gala” de Gran Hermano:
históricamente, se trató de un tipo de reunión
de las clases dominantes; retrotrae a lugares exclusivos y de
selectivo acceso. Smoking, frac, vestidos largos; brillo y riqueza.
La fiesta era a puertas cerradas, y el pueblo, “la chusma”,
sólo podía ver entrar o salir a los elegidos,
comentar quién venía con quién, admirar
sus joyas, tomar partido por alguno, rechazar a otro.
Recogiendo esa tradición aristocrática, la partida
de uno de los participantes se concreta en una “velada
de gala”. El televidente que, por teléfono o por
mail, excluye a alguien, se cree un partícipe más
de la velada de gala.
Así el proceso de identificación ha realizado
todo el camino que el poder requiere. El televidente ha sido
cooptado por la ideología del poderoso. Al votar (con
más pasión que en una elección de diputados),
está identificada con un modelo que banaliza la exclusión
social.
Por vía del entretenimiento, se ha identificado con
el agresor. La seducción del poderoso ya está
en sus deseos y en sus actos.
Acepta las reglas del juego, que lo llevan a aceptar y banalizar
la injusticia social. Este circuito subjetivo va sumando voluntades
para que la sociedad civil se incline hacia la aceptación
creciente de la resignación.
Podemos decir que esos programas son una preparación
psicológica para soportar la infelicidad y colaboran
en anular cualquier acción contestataria. Jugar a ser
verdugo del que se ganó su ejecución es incorporarse
a la banalización del mal, eje de las políticas
del darwinismo social; es agregarse a los que resuelven sin
dolor ni indignación cuánta gente debe quedar
afuera de la distribución de bienes materiales y simbólicos.
Las audiencias, al votar en la velada de gala, actúan
las razones del exterminio. Claro que, para el poder, la mayoría
de los televidentes son tan prescindibles como los expulsados.
* Extractado del artículo “La
ordalía mediática de la exclusión”,
que aparecerá en el próximo número de la
revista Topía. Psicoanálisis, sociedad y cultura.
NADA DE NADA
Por Leonardo Varela*
Gran Hermano me apasiona como metáfora de la realidad
y por el llamativo uso del lenguaje que permite apreciar su
degradación, su uso absolutamente rudimentario a partir
de un vocabulario escaso y una sintaxis pobre. Expresarse de
ese modo supone una dificultad enorme para representarse el
mundo y hasta para imaginarlo. En “Gran Hermano”
el lenguaje es una especie de mercancía que se usa para
hacerle creer al otro algo que a mí me conviene y no
tiene casi correspondencia con lo que sería la representación
o el reflejo de algún tipo de realidad. Uno le cuenta
al otro que de chico fue violado y termina diciendo “y
nada” y no hay correspondencia entre lo que se dice y
el modo en que se lo dice. Esto finalmente lleva a un deterioro
en el modo de pensar y eso no está sólo ligado
con una práctica lingüística porque como
el lenguaje es lo que nos permite representarnos el futuro,
si uno tiene vastos sectores sociales que están excluidos
y otros que están excluidos de proyectos colectivos,
el lenguaje lo refleja y, en ese sentido el lenguaje de la TV
es modelo de que el deterioro del lenguaje es deterioro de la
representación y deterioro del pensamiento.
Susana Giménez
Susana Giménez es la expresión más acabada
del capitalismo porque hasta que inventó las perlitas,
cuando un conductor se equivocaba ese material no salía
al aire por una cuestión de decoro. El invitado dice
“encontramos dinosaurios en el sur” y ella pregunta
“¿vivos?” y eso no aparecía porque
era una vergüenza para el que preguntaba y entonces eso
era desperdicio y gasto. Ella logra que ese salvajismo se convierta
en algo rentable porque lo transforma en las perlitas y el televidente
ya construido está esperando eso, lo que marca que se
equivoca, que no sabe, que “es como nosotros”, aunque
después viva en Miami y sea millonaria.
* Nota de “Devenir colectivo de Papel”
en www.prensadefrente.org