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revista La Urdimbre nro. 108 - ENERO 2012
Esta es la edición número 108, enero 2012, de nuestra revista mensual gratuita

Liberan cóndor rehabilitado en zoo de Buenos Aires
cóndor liberado en Catamarca

SUBTES: Forever Young
Pr Agrupación Amigos del Subte
con melodías de época. A partir del 8 de enero, domingos de enero y febrero a las 18 hs.
Visita guiada en el Edificio de la ex Munich
ex confiteria munich
liberan molinetes en lapsos matutinos y vespertinos
Protesta sindical por aumento en subtes


las funciones se reanudarán el próximo mes de febrero
El Planetario equipado con tecnología de última generación
plaanetario Galileo Galilei
La "Defensora" y la especulación inmobiliaria
Por Enrique Viale, Sebastián Pilo y Jonatan Baldiviezo*
para su posterior puesta en valor
La Ciudad propone expropiar la ex Confitería El Molino


¿A quiénes defiende Alicia Pierini?
en la ex esma
Presentan archivo de la memoria de la diversidad sexual
archivo de la memoria de la diversidad sexual
para invertir en el Centro Cívico de barracas
Venderán el Edificio del Plata

derrumbe de edificio bartolomé mitre 1200
Evitable pérdida de patrimonio y de una vida
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Nota en Edición Impresa de La Urdimbre, noviembre 2007
Big Brother Is Watching You
(Gran Hermano te vigila)
Antonio E. Brailovsky

Debería llamarnos la atención el enorme éxito internacional de un programa de televisión basado en la degradación de los participantes, como es “Gran Hermano”.

La construcción artificial de una vida privada pensada para ser espiada y discutida por millones de personas dejará en ellos secuelas psicológicas por el resto de sus vidas. Un participante de “Gran Hermano” sufrió un brote psicótico, con alucinaciones. Otro, pedía a gritos “las pastis, las pastis”, que le permitieran soportar el rigor del encierro mientras se daba su cabeza contra la pared de utilería. Una joven contabilizó al menos cuatro intentos de suicidio, antes y después de su aislamiento frente a millones de personas. Y otro de los aspirantes a estrella terminó internado en una clínica para rehabilitarse del alcohol. Sin embargo, su real atractivo va más allá de esta sofisticada forma de tortura.

“Gran Hermano” es un recuerdo del dictador omnipresente de la novela “1984” de George Orwell, y su propuesta es ofrecer al espectador ingenuo los mismos poderes que tenía ese tirano imaginario. Poder no sólo para espiar lo que el público cree que es la vida privada de las víctimas, sino, y muy especialmente, poder para que se queden o se vayan.Y aquí está el aspecto más perverso de un programa que transforma la perversión en dinero.

A lo largo de una generación, vimos cómo se pasaba de un modelo social que procuraba incluir dentro del circuito económico y cultural a la mayor parte de las personas, a un modelo neoliberal, basado en la exclusión social. Llama la atención el que la exclusión sea tan aceptada por los distintos sectores políticos, que no ha sido utilizada como argumento central en la campaña electoral que se está desarrollando en la Argentina.

La pregunta es cómo se hace para naturalizar algo tan horrible como dejar afuera de la sociedad a millones de personas. Y en esto ha ayudado una intensa presión mediática, que nos muestra que lo normal es que la mayor parte de la gente se quede afuera de la casa y de la vida. Así como “La femme Nikita” nos enseñó que el imperio va a asesinar a todos los que le molesten, “Gran Hermano” nos ofrece un lugar ilusorio en la sociedad excluyente.

Nos cobran por participar en una elección sin fiscales (y por ende sin ningún control del escrutinio) para echar de la casa a alguna persona. El que expulsa no es el expulsado. Nos quedamos tranquilos. “Gran Hermano” cumple con una función pedagógica. Nos enseña que lo normal es que el orden social deje afuera a los demás.

Arsenal de balas perdidas

Por César Hazaki *

Todas las semanas, millones de personas toman partido para excluir a alguien: son los espectadores de “gran hermano, que, así, serían llevados a “identificarse con el modelo de exclusión social imperante”.

El programa de televisión Gran Hermano –exitoso en gran parte del mundo– gira en torno del eje inclusión/exclusión: los participantes son votados para quedar o salir expulsados. El formato se ha extendido a otros programas como Cuestión de peso, donde los participantes deben adelgazar semana a semana y el que no cumple queda afuera, en otros donde se trata de conseguir pareja o de bailar en busca de un sueño del que casi todos quedarán excluidos. En el orbe, semana a semana, en eventos televisivos, millones de personas toman partido para excluir a alguien. Lo notable es que el eje inclusión/exclusión propugna una identificación con el modelo social imperante.

Suele insistirse en que el discurso político ha decaído, que ya no produce efectos aglutinantes, apasionados en los ciudadanos; que hay un divorcio entre la población y la política. Sin embargo, la aceptación de la ideología predominante no se establece sólo de manera directa: muchas veces las propuestas mediáticas, sobre todo esas que hacen estallar pasiones masivas, hablan para y por los poderosos. Nos hacen ver lo que necesitan imponer en el día a día en la cultura del sometimiento.

Los exitosos Gran Hermano, con su eje en el par inclusión/exclusión, ponen en evidencia el darwinismo social con el que el poder procura someter a los excluidos y amenazar a los incluidos. El modelo social se hace entretenimiento masivo. Este proyecto de supervivencia del más apto abreva en las ideas de Malthus y Herbert Spencer, quien, en el siglo XIX, sostuvo: “Me limito a desarrollar las opiniones del señor Darwin relacionadas con la raza humana. Sólo aquellos que progresan llegan finalmente a sobrevivir y son los seleccionados de su generación”. Una clara división entre winners y losers, que establece como premio la inclusión social para los primeros y la desaparición de la vida comunitaria para los segundos.

¿Qué hace el público cuando asume un rol protagónico en la exclusión, cuando decide que una persona debe ser expulsada?

Por de pronto, su “voto” lo constituye como consumidor: él debe pagar por su elección. En su subjetividad, se dan identificaciones que lo llevan a ser parte del proyecto. En éste, hay un adentro y un afuera. Y el consumidor–votante actúa con pasión: “Vos quedás afuera y yo, entre muchos miles, lo decido”. Pero el que quede afuera estará allí por sus propias dificultades o limitaciones. El drama de la exclusión social se transforma así en una ordalía, una aventura: cada participante podría torcer ese destino si acertara con las actitudes adaptativas correctas. La transparencia de la exclusión mediática solicita explicar en forma exhaustiva, sesuda, las razones, los pecados que cometió el que queda afuera. Se lo echa porque no merece estar en esa comunidad. Es un inadaptado social, un perdedor.

En los noventa, el neoliberalismo necesitaba una ciudadanía que aceptara el desguace del Estado y los índices de desocupación en alarmante aumento que vendrían.

Se trataba de preparar a los ciudadanos para que no se indignaran ante la desigualdad creciente. El miedo a la desocupación fue el eje del sometimiento social. La televisión aportó lo suyo.

Mientras los padres eran ganados por Grondona y Neustadt, hubo una propuesta dirigida especialmente a los jóvenes: los bloopers –también una moda mundial entonces. Se trataba de disfrutar con un humor que sólo era una expansión sin límite del sadismo dirigido contra el débil.

Para el poder era necesario un tipo de humor que reiteraba la celada a un inocente, un castigo que la víctima no sabía por qué debía recibir; y la traición era realizada por amigos.

Había un correlato entre ese espectáculo y el proceso neoliberal que propugnaba la ruptura de todo tipo de lazo solidario para realizar, sin costo, la exclusión social que el capitalismo necesitaba.

Si durante la dictadura militar, la fórmula que sintonizaba con el poder era “Algo habrán hecho”, ahora es “una jodita para Tinelli”: se trataba de reírse de la desgracia ajena. Aquella frase paradigmática justificaba la crueldad más terrible, dirigida hacia una sola persona y que contenía en sí los estereotipos del machismo.

Con ese plafond, el menemismo completó el trabajo que la dictadura había dejado sin terminar.

Las transformaciones tecnológicas permitieron que los espectadores hayan dejado atrás la pasividad ante la pantalla que dominaba la inicial cultura televisiva. Hoy la velocidad e inmediatez de la comunicación necesita que el espectador sea un actor (de reparto) imprescindible en los medios.

Pero las políticas de seducción que desarrollan los medios hacen jugar, en el entretenimiento, fenómenos masivos que son parte de las políticas neoliberales.

Gala de exclusión social

Tomemos por caso la “velada de gala” de Gran Hermano: históricamente, se trató de un tipo de reunión de las clases dominantes; retrotrae a lugares exclusivos y de selectivo acceso. Smoking, frac, vestidos largos; brillo y riqueza. La fiesta era a puertas cerradas, y el pueblo, “la chusma”, sólo podía ver entrar o salir a los elegidos, comentar quién venía con quién, admirar sus joyas, tomar partido por alguno, rechazar a otro.

Recogiendo esa tradición aristocrática, la partida de uno de los participantes se concreta en una “velada de gala”. El televidente que, por teléfono o por mail, excluye a alguien, se cree un partícipe más de la velada de gala.

Así el proceso de identificación ha realizado todo el camino que el poder requiere. El televidente ha sido cooptado por la ideología del poderoso. Al votar (con más pasión que en una elección de diputados), está identificada con un modelo que banaliza la exclusión social.

Por vía del entretenimiento, se ha identificado con el agresor. La seducción del poderoso ya está en sus deseos y en sus actos.

Acepta las reglas del juego, que lo llevan a aceptar y banalizar la injusticia social. Este circuito subjetivo va sumando voluntades para que la sociedad civil se incline hacia la aceptación creciente de la resignación.

Podemos decir que esos programas son una preparación psicológica para soportar la infelicidad y colaboran en anular cualquier acción contestataria. Jugar a ser verdugo del que se ganó su ejecución es incorporarse a la banalización del mal, eje de las políticas del darwinismo social; es agregarse a los que resuelven sin dolor ni indignación cuánta gente debe quedar afuera de la distribución de bienes materiales y simbólicos. Las audiencias, al votar en la velada de gala, actúan las razones del exterminio. Claro que, para el poder, la mayoría de los televidentes son tan prescindibles como los expulsados.

* Extractado del artículo “La ordalía mediática de la exclusión”, que aparecerá en el próximo número de la revista Topía. Psicoanálisis, sociedad y cultura.

NADA DE NADA

Por Leonardo Varela*


Gran Hermano me apasiona como metáfora de la realidad y por el llamativo uso del lenguaje que permite apreciar su degradación, su uso absolutamente rudimentario a partir de un vocabulario escaso y una sintaxis pobre. Expresarse de ese modo supone una dificultad enorme para representarse el mundo y hasta para imaginarlo. En “Gran Hermano” el lenguaje es una especie de mercancía que se usa para hacerle creer al otro algo que a mí me conviene y no tiene casi correspondencia con lo que sería la representación o el reflejo de algún tipo de realidad. Uno le cuenta al otro que de chico fue violado y termina diciendo “y nada” y no hay correspondencia entre lo que se dice y el modo en que se lo dice. Esto finalmente lleva a un deterioro en el modo de pensar y eso no está sólo ligado con una práctica lingüística porque como el lenguaje es lo que nos permite representarnos el futuro, si uno tiene vastos sectores sociales que están excluidos y otros que están excluidos de proyectos colectivos, el lenguaje lo refleja y, en ese sentido el lenguaje de la TV es modelo de que el deterioro del lenguaje es deterioro de la representación y deterioro del pensamiento.

Susana Giménez
Susana Giménez es la expresión más acabada del capitalismo porque hasta que inventó las perlitas, cuando un conductor se equivocaba ese material no salía al aire por una cuestión de decoro. El invitado dice “encontramos dinosaurios en el sur” y ella pregunta “¿vivos?” y eso no aparecía porque era una vergüenza para el que preguntaba y entonces eso era desperdicio y gasto. Ella logra que ese salvajismo se convierta en algo rentable porque lo transforma en las perlitas y el televidente ya construido está esperando eso, lo que marca que se equivoca, que no sabe, que “es como nosotros”, aunque después viva en Miami y sea millonaria.

* Nota de “Devenir colectivo de Papel” en www.prensadefrente.org