En la ciudad de Buenos Aires, 27 de cada cien habitantes viven
solos. De acuerdo a estadísticas oficiales, los matrimonios
son cada vez menos frecuentes, se celebran a edades más
tardías y se disuelven más a menudo. Las mujeres
lideran el 86% de las denominadas familias monoparentales, aquellas
en las que falta alguno de los cónyuges. Son mayoritariamente
madres solas, que mantienen a sus hijos con un sueldo 30 por
ciento inferior al de los varones en su misma situación.
“Si se comparan los datos censales obtenidos entre 1991
y 2005, los hogares compuestos por la jefa o el jefe solo o
con empleados domésticos son los únicos que crecieron
de manera significativa: 17 por ciento. Este incremento se tradujo
en una disminución del promedio de personas que componen
el total de hogares: mientras que en 1980 era de 3,1, en 2005
se redujo a 2,6”, describe Victoria Mazzeo, responsable
de la Unidad de Análisis Demográfico de la Dirección
General de Estadísticas y Censos del Gobierno de la Ciudad
Autónoma de Buenos Aires. El envejecimiento demográfico,
el descenso de la nupcialidad, el aumento de los divorcios y
la mayor longevidad de la población femenina determinaron,
además, que una elevada porción de estos hogares
unipersonales estén compuestos por adultas de más
de 60 años.
Según la Encuesta Anual de Hogares realizada en 2006
por esa Dirección, los barrios que tienen mayor proporción
de hogares con un único integrante son Balvanera, San
Cristóbal, Retiro, San Nicolás, Monserrat, Constitución,
San Telmo y Puerto Madero. En el otro extremo, La Boca, Barracas,
Parque Patricios, Nueva Pompeya, Villa Soldati y Villa Lugano
son las zonas que presentan la mayor cantidad de hogares con
cinco o más miembros.
“La institución del matrimonio ha comenzado a perder
su capacidad como reguladora de la vida en pareja y la procreación
para dar lugar a la unión consensuada y a la convivencia
entre personas que no tienen relaciones de parentesco y que,
como los jóvenes que llegan a la ciudad provenientes
de otras provincias para estudiar en la universidad, deciden
vivir juntas porque comparten intereses afines”, analiza
Mazzeo. En efecto, de acuerdo a su informe “Los cambios
en la organización familiar, el incremento de las familias
monoparentales en la Ciudad de Buenos Aires a partir de los
ochenta”, en las últimas dos décadas quienes
conviven sin haberse casado legalmente duplicaron su participación
en la población mayor de 14 años: de cada 100
parejas, 27 (más de la cuarta parte del total) ya son
consensuadas. Y los separados o divorciados crecieron en idéntica
proporción.
El aumento de las uniones voluntarias se produjo con mayor
fuerza en las edades más jóvenes y entre los hombres,
mientras que las rupturas se incrementaron más a partir
de los 40 años y predominantemente entre las mujeres
que, por ser quienes generalmente obtienen la tenencia de sus
hijos, se ven más condicionadas que los varones a la
hora de formar una nueva unión.
El fenómeno de la cohabitación como paso previo
al matrimonio se hizo más notorio entre quienes nacieron
en la década del setenta cuando, simultáneamente,
empezó a observarse una constante postergación
de la formación de la familia en comparación con
las generaciones anteriores. “Hace 40 años la edad
promedio de la primera unión legal era de 26 años
en el caso de las mujeres y de 29 en el de los hombres, pero
ahora se extendió a 30 y 32 años, respectivamente”,
asegura Mazzeo. “Y esto no solamente se debe a la costumbre
ya instaurada de convivir previamente, sino también a
que la mujer comenzó a emanciparse más temprano
y prefiere desarrollar una carrera profesional antes que casarse
o convertirse en mamá”. Así, la proporción
de mujeres de 30 a 39 años con educación universitaria
completa trepó del 14% en 1980 al 26% en 2006. Y este
cambio se vio directamente reflejado en el descenso de su fecundidad,
que en el mismo período bajó del 65% al 48%.
El aumento de los divorcios y de las separaciones consensuadas
de parejas contribuyeron al crecimiento de las jefaturas de
hogar femeninas: de acuerdo a datos de 2006, el 86 por ciento
de las familias monoparentales –aquellas donde falta alguno
de los cónyuges–está encabezado por madres,
de las cuales la mayor parte (el 64%) está sola con sus
hijos. “La propia conformación de estos hogares
afecta directamente a su limitado presupuesto, ya que la única
fuente de ingresos es la mujer, que debe repartir su escaso
tiempo entre el trabajo y los quehaceres domésticos”.
Asimismo, pese a los avances registrados en los últimos
años, las disparidades entre hombres y mujeres en el
mercado laboral aún son muy grandes. El ingreso per capita
promedio de un hogar compuesto por el padre solo con sus hijos
en 2005 fue un 31 % más alto que el de una madre en la
misma situación: 1.029 pesos contra sólo 704.
“El Estado debería tomar nota de las transformaciones
demográficas que está sufriendo nuestra población,
para diseñar políticas sociales adecuadas que
permitan atender las demandas de los sectores más vulnerables”,
concluye Mazzeo.