A un año de su sanción, el 1
de octubre entró en vigencia el capítulo VI (“De
la protección al no fumador”) de la ley 1799 que
“prohíbe fumar en lugares cerrados de acceso al
público y espacios comunes de los mismos” del ámbito
privado. En marzo pasado se había puesto en práctica
la misma prohibición para el ámbito público.
Durante estos días se han escuchado quejas un tanto
bizarras de parte de fumadores inveterados –acostumbrados
a la dupla café-cigarrillo en bares y restaurantes–
quienes argumentan tener tanto derecho a fumar como los no
fumadores a no hacerlo. Es obvia la falacia de este razonamiento
toda vez que está ampliamente demostrado por la ciencia
médica que el humo del cigarrillo que flota en el aire
es más nocivo aún que el que inhala el fumador.
La combinación de moléculas de muchas de la
sustancias presentes en el cigarrillo con el oxigeno del aire
que respiramos potencia en algunos casos hasta cincuenta veces
el daño que provocan. Cabe recordar que una buena parte
de las mismas no son naturales de la hoja de tabaco sino aditivos
químicos que la industria agrega para realzar el sabor
o incrementar la dependencia del adicto.
Aesta altura en que el término “fumador pasivo”
ha pasado a ser parte del vocabulario corriente, resulta extraña
la insistencia de los fumadores que sienten vulnerados sus
derechos aunque prefieran ignorar el de sus semejantes. Pero
una resolución de la Cámara de Diputados de
la Nación es sencillamente incomprensible. Al rechazar
una orden judicial a favor de un empleado jerárquico
del congreso Nacional, la Cámara se expidió
en estos términos “El riesgo de fumar no implica
de manera alguna que el fumador vaya a contraer enfermedades
ya señaladas como el cáncer de pulmón
o a morir de esos males. No hay certeza alguna, sino mera
posibilidad”.
En 2004, la Cámara de Diputados aprobó una
resolución por la que se prohibía fumar en la
sala de sesiones, sus delegaciones y en las reuniones de la
comisión, fundamentando el perjuicio que esto ocasiona
a la salud. El nuevo pronunciamiento parece introducir un
concepto novedoso: el humo del cigarrillo es riesgoso para
la salud de los legisladores en el recinto, pero no para los
empleados del Congreso en sus oficinas.
En materia de desvaríos no le va en zaga la presentación
de un legislador porteño a una semana de vigencia de
la ley 1799, cuyo acatamiento
–hay que destacarlo– ha sido altísimo,
al punto tal que los inspectores del Gobierno de la Ciudad
labraron unas pocas actas de infracción y sólo
los primeros días de vigencia de la normativa. Diego
Kravetz, titular de la bancada K en la Legislatura quiere
suspender la ley para educar previamente a la población.
Argumenta en ese sentido que el GCBA no ha cumplido con una
serie de medidas previstas en la normativa (ver nota) tendientes
a promover campañas del Ejecutivo en los medios de
comunicación masiva, colegios, etc. para desalentar
el hábito o apoyar su no inicio entre los jóvenes,
entre otras.
Según esta novedosa manera de legislar, las leyes
en general – no tan sólo ésta– deberían
ir precedidas de educación, capacitación, esclarecimiento,
etc. previas a su sanción. Ahora bien, si las campañas
hubieran probado alguna vez ser efectivas y/o la población
desarrollado masivamente la capacidad de cambiar conductas
debido a ellas, ¿para que dictar entonces las leyes?
Con una población educada en el cuidado del ambiente
no tendríamos una ciudad tapizada de basura. Con conductores
educados en el manejo responsable y el uso del cinturón
de seguridad, no habría accidentes fatales, y así
de seguido.
La realidad es muy distinta. Recién cuando se tornó
obligatorio el uso del cinturón, para dar un ejemplo,
los automovilistas más desaprensivos comenzaron a usarlo
en la Ciudad para evitar sanciones, no porque sea –como
lo es– una práctica benéfica para la preservación
de su propia seguridad personal. ¿Por qué el
legislador supone que los fumadores –tras intensas campañas
de concientización– dejarían de practicar
su hábito en los lugares de acceso público?
¿No saben acaso que daña a los demás
y a si mismos? Dejar de fumar ¿es una cuestión
de comprensión intelecutal de mensajes saludables o
una seria adicción que requiere una bateria de medidas
para combatirla?
Lo que el legislador no percibe es el extraordinario efecto
educativo que tienen las leyes. La prohibición de fumar,
para el caso que nos ocupa, educa a la población en
materia de derechos y obligaciones. Pero no sólo eso,
convierte a los no fumadores en custodios de la ley. En eso,
el legislador se equivoca pretendiendo la aplicación
mecánica de mensajes de arriba (las autoridades de
la Ciudad) hacia abajo (la población en general) como
“la” única forma de concientizar. Con la
ley bajo el brazo cualquier parroquiano tiene ahora el derecho
de levantarse de su mesa y recordarle a otro que debe apagar
el cigarrillo porque está prohibido fumar en lugares
de acceso público en todo el ámbito de la Ciudad
o si lo prefiere acercarse al propietario del lugar mencionando
su responsabilidad en hacer cumplir la normativa, cuyo no
acatamiento conlleva multas significativas y, en caso de reincidencias,
cierre del establecimiento por 30 días.
Todas estas inconsistencias no deberían hacernos olvidar
las implicancias del hábito en el erario público,
más allá de las consecuencias sociales, familiares
y laborales que padece toda la sociedad. Estadísticas
del 2004 indican que los servicios públicos, la seguridad
social y el sector privado gastaron durante ese año
unos 4.331 millones de pesos en la atención de las
enfermedades relacionadas con el tabaquismo, El incremento
de los impuestos al tabaco hizo aumentar la recaudación
en mil millones de pesos respecto al 2003, pero la cifra sigue
siendo inferior a los montos destinados a tratar las consecuencias
de fumar.
Ley de la Ciudad 1799: Importante avance
en salud pública
No fumar como
hábito
«No dramatice Pérez. Hay otras maneras
de salir a fumar afuera»
A un año de su sanción, el 1 de octubre entró
en vigencia el capítulo VI (“De la protección
al no fumador”) de la ley 1799 que “prohíbe
fumar en lugares cerrados de acceso al público y espacios
comunes de los mismos” del ámbito privado. En marzo
pasado se había puesto en práctica la misma prohibición
para el ámbito público.
Durante estos días se han escuchado quejas un tanto
bizarras de parte de fumadores inveterados –acostumbrados
a la dupla café-cigarrillo en bares y restaurantes–
quienes argumentan tener tanto derecho a fumar como los no
fumadores a no hacerlo. Es obvia la falacia de este razonamiento
toda vez que está ampliamente demostrado por la ciencia
médica que el humo del cigarrillo que flota en el aire
es más nocivo aún que el que inhala el fumador.
La combinación de moléculas de muchas de la
sustancias presentes en el cigarrillo con el oxigeno del aire
que respiramos potencia en algunos casos hasta cincuenta veces
el daño que provocan. Cabe recordar que una buena parte
de las mismas no son naturales de la hoja de tabaco sino aditivos
químicos que la industria agrega para realzar el sabor
o incrementar la dependencia del adicto.
Aesta altura en que el término “fumador pasivo”
ha pasado a ser parte del vocabulario corriente, resulta extraña
la insistencia de los fumadores que sienten vulnerados sus
derechos aunque prefieran ignorar el de sus semejantes. Pero
una resolución de la Cámara de Diputados de
la Nación es sencillamente incomprensible. Al rechazar
una orden judicial a favor de un empleado jerárquico
del congreso Nacional, la Cámara se expidió
en estos términos “El riesgo de fumar no implica
de manera alguna que el fumador vaya a contraer enfermedades
ya señaladas como el cáncer de pulmón
o a morir de esos males. No hay certeza alguna, sino mera
posibilidad”.
En 2004, la Cámara de Diputados aprobó una
resolución por la que se prohibía fumar en la
sala de sesiones, sus delegaciones y en las reuniones de la
comisión, fundamentando el perjuicio que esto ocasiona
a la salud. El nuevo pronunciamiento parece introducir un
concepto novedoso: el humo del cigarrillo es riesgoso para
la salud de los legisladores en el recinto, pero no para los
empleados del Congreso en sus oficinas.
En materia de desvaríos no le va en zaga la presentación
de un legislador porteño a una semana de vigencia de
la ley 1799, cuyo acatamiento
–hay que destacarlo– ha sido altísimo,
al punto tal que los inspectores del Gobierno de la Ciudad
labraron unas pocas actas de infracción y sólo
los primeros días de vigencia de la normativa. Diego
Kravetz, titular de la bancada K en la Legislatura quiere
suspender la ley para educar previamente a la población.
Argumenta en ese sentido que el GCBA no ha cumplido con una
serie de medidas previstas en la normativa (ver nota) tendientes
a promover campañas del Ejecutivo en los medios de
comunicación masiva, colegios, etc. para desalentar
el hábito o apoyar su no inicio entre los jóvenes,
entre otras.
Según esta novedosa manera de legislar, las leyes
en general – no tan sólo ésta– deberían
ir precedidas de educación, capacitación, esclarecimiento,
etc. previas a su sanción. Ahora bien, si las campañas
hubieran probado alguna vez ser efectivas y/o la población
desarrollado masivamente la capacidad de cambiar conductas
debido a ellas, ¿para que dictar entonces las leyes?
Con una población educada en el cuidado del ambiente
no tendríamos una ciudad tapizada de basura. Con conductores
educados en el manejo responsable y el uso del cinturón
de seguridad, no habría accidentes fatales, y así
de seguido.
La realidad es muy distinta. Recién cuando se tornó
obligatorio el uso del cinturón, para dar un ejemplo,
los automovilistas más desaprensivos comenzaron a usarlo
en la Ciudad para evitar sanciones, no porque sea –como
lo es– una práctica benéfica para la preservación
de su propia seguridad personal. ¿Por qué el
legislador supone que los fumadores –tras intensas campañas
de concientización– dejarían de practicar
su hábito en los lugares de acceso público?
¿No saben acaso que daña a los demás
y a si mismos? Dejar de fumar ¿es una cuestión
de comprensión intelecutal de mensajes saludables o
una seria adicción que requiere una bateria de medidas
para combatirla?
Lo que el legislador no percibe es el extraordinario efecto
educativo que tienen las leyes. La prohibición de fumar,
para el caso que nos ocupa, educa a la población en
materia de derechos y obligaciones. Pero no sólo eso,
convierte a los no fumadores en custodios de la ley. En eso,
el legislador se equivoca pretendiendo la aplicación
mecánica de mensajes de arriba (las autoridades de
la Ciudad) hacia abajo (la población en general) como
“la” única forma de concientizar. Con la
ley bajo el brazo cualquier parroquiano tiene ahora el derecho
de levantarse de su mesa y recordarle a otro que debe apagar
el cigarrillo porque está prohibido fumar en lugares
de acceso público en todo el ámbito de la Ciudad
o si lo prefiere acercarse al propietario del lugar mencionando
su responsabilidad en hacer cumplir la normativa, cuyo no
acatamiento conlleva multas significativas y, en caso de reincidencias,
cierre del establecimiento por 30 días.
Todas estas inconsistencias no deberían hacernos olvidar
las implicancias del hábito en el erario público,
más allá de las consecuencias sociales, familiares
y laborales que padece toda la sociedad. Estadísticas
del 2004 indican que los servicios públicos, la seguridad
social y el sector privado gastaron durante ese año
unos 4.331 millones de pesos en la atención de las
enfermedades relacionadas con el tabaquismo, El incremento
de los impuestos al tabaco hizo aumentar la recaudación
en mil millones de pesos respecto al 2003, pero la cifra sigue
siendo inferior a los montos destinados a tratar las consecuencias
de fumar.
FOA
La
fundación que financia sus actividades patrocinando una
mega muestra anual de arquitectura, diseño interior y
paisajismo desde hace 23 años, utiliza los ingresos para
el desarrollo de investigación, docencia y asistencia
social.
La Fundación Oftalmológica Argentina Dr. Jorge
Malbrán es una organización sin fines de lucro
dedicada a la docencia e investigación dentro del campo
de la Oftalmología. Nació el 30 de noviembre
de 1964, por iniciativa del doctor Enrique Segundo Malbrán
y el apoyo de Milena Polacek de Steurer y de un grupo de colaboradores.
La Fundación está organizada en distintas áreas
de trabajo:
Programa de Residencia Médica
Se creó en 1982 y es reconocido por el Ministerio de
Salud Pública y la Universidad Nacional de Buenos Aires.
Dura tres años y apunta a la capacitación de
jóvenes profesionales en Oftalmología. Desde
su creación han egresado de la FOA 44 médicos.
Ateneos, cursos y seminarios
FOA participa activamente en congresos nacionales e internacionales,
organiza ateneos y seminarios intensivos de investigación.
En conjunto con el Departamento de Postgrado de la Facultad
de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral, dicta
el Curso de Especialización en Córnea. El mismo
está dirigido por el doctor Enrique S. Malbrán
y la coordinación académica está a cargo
del doctor Juan Oscar Croxatto.
Laboratorios
Los laboratorios de Patología Ocular, Bioquímica
y Microbiología realizan la investigación básica
para el estudio de las causas y la evolución de las
enfermedades oculares y de las nuevas técnicas quirúrgicas.
En los laboratorios de FOA se atienden consultas nacionales,
provinciales e internacionales. Se realizan análisis
de biopsias y tejidos oculares para distintas instituciones
del país y del exterior. En estos Laboratorios, además,
se lleva adelante uno de los registros de mayor importancia
en América en lo que se refiere a especimenes de patología
ocular, con más de veinte mil casos.
Biblioteca
FOA cuenta con una biblioteca especializada que, de manera
permanente, pone al alcance de los profesionales y estudiantes
de medicina información actualizada y publicaciones
de envergadura provenientes de todo el mundo.
Casa FOA
Casa FOA surgió en 1985, como iniciativa de Mercedes
Malbrán de Campos y de un grupo de señoras,
con el propósito de recaudar fondos para la Fundación
Oftalmológica Argentina “Jorge Malbrán”
(FOA).
Casa FOA es la combinación de “diseño
y arquitectura” con un propósito social.Se buscó
impulsar, además de una exposición atractiva,
un espacio para el libre desarrollo de la creatividad un marco
organizativo que permitiera a diseñadores, arquitectos,
decoradores y paisajistas compartir sus búsquedas con
el público. Lleva veintitres años cumpliendo
un propósito: recaudar fondos para sostener las actividades
de la Fundación Oftalmológica Argentina.
La XXIIIª Edición de CASA FOA tiene como escenario
el emblemático edificio Palacio Lezama, ubicado frente
al Parque Lezama, donde convergen tres barrios tradicionales
de la Ciudad de Buenos Aires: La Boca, San Telmo y Barracas.
El edificio, representativo de la arquitectura industrial,
data del año 1910 y albergó a la ex fábrica
de Fideos y Bizcochos Canale y Talleres Viuda de Canale e
Hijos. Está ubicado en la Avenida Martín García
al 300. La construcción está catalogada por
el Área de Patrimonio del Gobierno de la Ciudad como
inmueble protegido. Se destaca por su fachada principal de
composición simétrica que reúne elementos
eclécticos y modernistas. En su interior ha sufrido
numerosas modificaciones y ampliaciones por lo que se pueden
ver espacios de características arquitectónicas
diferenciadas.
Breves
Comunas: nuevos límites
En la sesión del 21 de setiembre, los legisladores subsanaron
errores en el trazado de los límites comunales que impedían
avanzar hacia la promulgación de la ley electoral de
las comunas. El nuevo trazado “resuelve inconvenientes
particulares citados por la Justicia como la inclusión
de las villas de emergencia en una u otra Comuna, decisión
que sólo correspondía ser tomada por el poder
político”. El barrio de La Boca duplicó
la superficie territorial, logrando acceso directo al Río
de la Plata, al incorporar la totalidad de la Isla Demarchi,
conjuntamente con las setenta hectáreas de la Ciudad
Deportiva del Club Boca Juniors.
Obra demorada por falta de gasoil
Obreros trabajando en 20 de setiembre y Ministro Brin, como
parte de la renovación de las deterioradas calzadas
de La Boca. La colocación de la carpeta asfáltica
está demorada por falta de gasoil para las maquinarias,
impensada derivación urbana de la crisis de suministro
del vital combustible que afecta al agro y al transporte.
Cestos antivandálicos en el
Sur
El ente de Higiene Urbana colocará alrededor de 2100
cestos antivandálicos en los distintos centros comerciales
de la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires, que se agregarán
a los que se han instalado en la avenida Rivadavia desde Lisandro
de la Torre, hasta General Paz.
Enrejan el Puerto
El muelle del Puerto de Buenos Aires a lo largo de la Avenida
Pedro de Mendoza está siendo vallado mediante la colocación
de verjas metálicas. La medida, que restringe el acceso
al área, pone de manifiesto la demorada necesidad de
transferir la jurisdicción nacional del Puerto para
su armónica integración a la Ciudad
Mega construcciones
Puerto Madero tendrá su shopping, otro complejo de
cines, un homecenter y un supermercado, además de decenas
de oficinas en un edificio con helipuerto y cientos de habitaciones
de hotel. Todo eso es parte de Madero Harbour, un proyecto
de 180 millones de dólares y 300 mil metros cuadrados
de construcción sobre ocho hectáreas frente
al Casinoi flotante, que estaría terminado en octubre
de 2009.
11 de setiembre: Día del maestro
De maestros
y rechazados
Por Oscar Taffetani
El impresionismo, una revolución que cambió
la manera de mirar, pero también el papel de la pintura
en la aprehensión, traducción y/o transformación
de lo real, nació en el Salón de los Rechazados
de una exposición de París, en 1874.
En aquel tiempo los museos y salones oficiales sólo
aceptaban el arte conocido. Una especie de pensamiento único
regía la estética, en consonancia con el orden
establecido. Por eso, a Manet lo rechazaban. Y a Pissarro
y a Monet y a Sisley. A Degas y a Renoir. Y después,
a Gauguin y a Van Gogh.
En determinado momento, lo mejor del arte pictórico
francés no estaba en el Louvre ni en los salones oficiales,
sino en el Salón de los Rechazados.
Pasaron los años y hoy la victoria de los maestros
impresionistas la vemos no sólo en la incorporación
de las telas cuestionadas al patrimonio de los grandes museos,
sino, principalmente, en la transformación operada
sobre la mirada artística y sobre el concepto de belleza.
Moraleja: los rechazados de hoy pueden ser los imprescindibles
de mañana.
Milani, Barba y sus alumnos
Ya hemos contado alguna vez la historia del cura Lorenzo Milani
(1923-1967), miembro de una familia de intelectuales florentinos
que decidió practicar la opción por los pobres
en el terreno educativo, sentando los cimientos físicos
y espirituales de la llamada Escuela de Barbiana.
La escuela del cura Milani se creó con los rechazados
de las escuelas públicas italianas, con los alumnos
repitentes, con los excluidos, en un pueblito perdido de la
Toscana.
Milani había descubierto que el sistema educativo de
su país, lejos de situarse en la realidad de un campesinado
que estaba preso tanto en el campo como en las ciudades, y
que no dominaba los códigos necesarios para la supervivencia,
lo expulsaba de la escuela, le tomaba examen, lo aplazaba
y lo echaba otra vez al campo. O a la calle.
La escuela de Barbiana funcionó y Don Milani -así
lo llamaron- se dio el gusto de escribir, en colaboración
con sus mismos alumnos y discípulos, el libro Cartas
a una profesora, documento que aún hoy acicatea y marca
el rumbo a los docentes con vocación.
Algo parecido ocurrió con Eugenio Barba (Brindisi,
1936) y con su señero Odin Teatret, fundado en Dinamarca
con los rechazados de los teatros y escuelas dramáticas
oficiales. Con exiliados, con homeless, con artistas circenses
y de la calle, como Barba -discípulo de Jerzy Grotowski-
creó un teatro modelo, que pasó sus primeros
diez años sin ser público, y que finalmente
salió a la calle y desplegó todo su poder de
seducción y su mensaje.
Hoy, septuagenario, Barba ha tenido la satisfacción
de ver que muchos de sus rechazados son docentes en escuelas
y comunidades teatrales del planeta.
Florencio y Elvirita, un ejemplo cercano
La maestra mendocina Elvira Ponce Aguirre, alumna de Miss
Moore y de Miss Koller –dos de las maestras norteamericanas
traídas por Sarmiento– fue el gran amor del dibujante
y pintor argentino Florencio Molina Campos.
Ambos descendían de familias patricias argentinas.
Elvirita, de los López Osorno; Florencio, de Luis María,
de Gaspar, de Manuel y de otros “Campos” que hoy
habitan el santuario nacional.
Pero un día Arturo Álvarez Insúa –fundador
del partido de Moreno– los encontró a esos Campos
que –verbigracia– no tenían campos, viviendo
en una carpa junto al río Reconquista, y decidió
darles un par de lotes en Cascallares, “a pagar como
puedan”.
Florencio y Elvirita, entonces, levantaron en Cascallares,
con troncos de palmera, durmientes y adobe, su primera casa.
Ella no podía tener hijos y eso la mortificaba, pero
él la consoló y la persuadió de que sus
auténticos hijos eran todos los chicos de Moreno que
estaban esperando una maestra, y una escuela.
Dos albañiles, padres de futuros alumnos, los ayudaron
a levantar paredes. El intendente Vera donó bancos
y escritorios, y sus hermanas bordaron la bandera. Elvirita
y otras vecinas hicieron los guardapolvos. La empresa Alpargatas
donó las zapatillas.
Cruzar el río era un problema para los chicos que vivían
en Merlo. Entonces, Florencio Molina Campos construyó
una canoa e inició la alegre rutina de pasar a los
niños de una a otra orilla, remando.
Ya estaba vigente la ley 1420. Ya habían muerto Miss
Moore y Miss Koller. Pero los chicos a la vera del río
Reconquista, en aquellos terrenos que a duras penas comenzaban
a urbanizarse, no tenían escuela. Por eso, sin esperar
un subsidio ni pedir nada a cambio, ellos comenzaron a hacer
lo que hacía falta.
No eran héroes. No eran seres sobrenaturales. Florencio
y Elvirita, lo mismo que aquellos impresionistas franceses
de 1874, orgullosos de ser rechazados, lo mismo que el cura
Don Milani o que Eugenio Barba, eran maestros.
La Argentina
insolente
Por Hugo Sirio
En mi casa me enseñaron bien, pero todo estaba
mal. Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron
a honrar dos reglas sagradas:
Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá
y mamá. Y esta regla se cumplía en ese estricto
orden.
Una exigencia de mamá, que nadie discutía...
ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así
nos mantenía a raya con la simple amenaza: “Ya
van a ver cuando llegue papá” Porque las mamás
estaban en su casa. Porque todos los papás salían
a trabajar... Porque había trabajo para todos los papás,
y todos los papás volvían a su casa.
No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la
morgue. El respeto por la autoridad de papá (desde
luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá)
era razón suficiente para cumplir las reglas.
Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo
era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un
pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy
aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las
reglas me contenían, me ordenaban y me protegían.
Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada
no se perdiera en la nada, me protegían porque podía
apoyarme en ellas dado que eran sólidas Y me ordenaban
porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario,
uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.
Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables
y tan reales y consistentes como eran “lavarse las manos
antes de sentarse a la mesa” o “escuchar cuando
los mayores hablan”. Había otro detalle, las
mismas personas que me imponían las reglas eran las
mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban
de que todos los de la casa las cumplieran. No había
diferencias.
Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera. Sin
embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las
reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura”
que me permitía acercarme al borde del universo familiar
y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto,
denunciado y castigado apropiadamente. La travesura y el castigo
pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía
mantener intacta mi salud mental. No había culpables
sin castigo y no había castigo sin culpables. No me
diga, uno así vive en un mundo predecible. El castigo
era una salida terapéutica y elegante para todos, pues
alejaba el rencor, y trasquilaba a los privilegios. Por lo
tanto las travesuras no eran acumulativas.
Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal
castigo. Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos
y preparados a cumplir. Así fue en mi casa.
Y así se suponía que era más allá
de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien,
pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé
que más allá de la esquina de mi casa había
“travesuras” sin “castigo”, y una
enorme cantidad de “reglas” que no se cumplían,
porque el que las cumple es simplemente un estúpido
(o un boludo, si me lo permite).
El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas
arriba. Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta
(sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude
digerir, pero siempre me lo tengo que comer: la impunidad.
¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había
impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple,
clara, e inmediata. Pero también había piedad.
Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace
las paga”. Piedad, porque uno cumplía la condena
estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta
y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y
ni un minuto más, y ni un minuto menos.
Por otra parte, uno tenía la convicción de
que sería atrapado tarde o temprano, así que
había que pensar muy bien antes de sacar los pies del
plato. Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así
fue en mi casa Y así creí que sería en
la vida. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que
en mi casa de la infancia había algo que hacía
la diferencia, y hacía que todo funcionara.
En mi casa había una “Tercera Regla” no
escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía
la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro
que presidía el comportamiento de mi casa: Regla N°
3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo,
hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho
para poner las cosas en su lugar. Ésta es la regla
que fue demolida en la sociedad en la que vivo. Eso es lo
que nos arruinó. La INSOLENCIA. Usted puede romper
una regla, es su riesgo, pero si alguien le llama la atención,
o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje
de aceptarlo y hacerse responsable.
Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra,
pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar
de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden
enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada
de insolentes. La insolencia de romper la regla, sentirse
un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente
intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.
El mal de los argentinos es la insolencia. La insolencia está
compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza La insolencia
hace un culto de cuatro principios: