“Los que fuimos sus amigos sabíamos de la gravedad
de su salud. Que ella minimizaba con una sonrisa. Nadie podía
advertir que esta mujer extraordinaria jugaba una partida de
ajedreaz con la muerte. Sostenía que había que
morir, viviendo. Que nunca había que buscar la compasión.
Que en última instancia había que sorber hasta
la última gota de la existencia. Y eso hizo. Jugaba una
carrera primero para ganarle a la vida y luego para postergar
el triunfo de la parca. (Hugo presman)”.
–Usted habló en algunos de sus escritos de una
sensación de dolor profundo que embarga al país.
¿No cree ahora que los recientes estallidos de ira popular
no expresan además un estado próximo a la desesperación?
–Silvia Bleichmar: En términos
generales diría que el dolor abarca a la mayor parte
del país y que dentro de ese conjunto hay sectores importantes
que están ingresando en zonas de franca desesperación.
La escena del joven que, ante la insensibilidad de la justicia,
se suicida delante de un magistrado o la de una persona que
llora a solas y en silencio en los subterráneos de la
ciudad dan cuenta de un sufrimiento sin destino, de un padecimiento
atroz que reclama testigos en su manifestación, un padecimiento
que no guarda esperanzas de consuelo ni tampoco rasgos de pudor,
porque el dolor ha dejado de ser la marca individual de un fracaso
o de una pérdida para ser algo del orden de la sociedad
en su conjunto. Son dos imágenes muy fuertes y conmovedoras
que sólo he visto en ocasión de grandes catástrofes
históricas, de guerra o de procesos muy devastadores.
Constituyen testimonios sobrecogedores de estallido y arrasamiento
de la subjetividad. Es esta desesperación la que estalló,
en sus diversas formas, en los hechos que ocurrieron en los
días previos a la Navidad y posteriormente. Esta desesperación
que se manifestaba como impotencia y encontraba sólo
como destinatario a quien la padecía, se volcó
hacia fuera, se tornó hacia la inoperancia y la corrupción
gubernamental. Por eso la furia es tan fuerte, porque la desesperación
ha sido muy profunda. (Revista Cabal, principios de 2002)