El libro “Gauchito Gil” fue presentado
por el escritor y periodista Sebastián Hacher, en Tacuarí
1444, el local de la editorial autogestionada “El Colectivo”
del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD). “La
suya nació como casi todas las leyendas: con una muerte
injusta” dice Hacher, fotógrafo y autor de los
textos que acompañan las imágenes. El masivo fenómeno
de devoción popular consagra al bandido rural que robaba
para repartir el botín entre los pobres. Reconocido por
el pueblo, pero no por la Iglesia, forma par te del santoral
profano como la Madre María, o la Difunta Correa, entre
otros.
A Antonio Mamerto Gil lo asesinaron hace más de un
siglo y medio, después de una fiesta de San Baltazar,
similar a la que todavía se festeja en Concepción.
Pero su historia, la que se fue construyendo con el boca en
boca, está signada por el nombre de una mujer: Estrella
Diaz Miraflores. Ella no solo era la heredera de la estancia
donde Antonio trabajaba. También era la prometida del
comisario del pueblo, que no dudaría en usar su autoridad
para sacar del medio a otros pretendientes. Antonio lo sabía.
Y sabía también que nunca una familia de patrones
aceptaría el amor entre la joven viuda y un peón
como él, por más buen mozo y culto que fuera.
No valía la pena matar o morir por un amor imposible.
Huyó de Pay Ubre, hoy Mercedes, provincia de Corrientes.
Era época de conflictos armados y se alistó en
la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Cuando volvió
de la guerra, el Coronel Juan de la Cruz Zalazar lo convocó
nuevamente. Esta vez la lucha era Celestes contra Colorados.
Correntinos contra correntinos. En un sueño se le había
aparecido Ñandeyara, el dios guaraní, el dueño
de los hombres. Le ordenó “no derramar sangre de
tus hermanos”. Esa misma noche, Antonio se convirtió
en un desertor.
Montado en su caballo vagó por el monte y los esteros.
Para sobrevivir se dedicó a robar, y como nada podía
llevar en su constante huída, repartía el botín
entre los campesinos que encontraba a su paso. Algunas familias
todavía recuerdan que las mujeres, antes de dormir, preparaban
caballos por si el gauchito los necesitaba por las noches. Decían
que tenía una mirada capaz de enamorar o paralizar, cosa
que a veces es lo mismo. Y que con las manos con las que robaba
a los ricos, también podía curar las dolencias
de los enfermos. Era un hombre de dualidades poderosas. Lo atraparon
después de la fiesta de San Baltazar que organizaba Zia
Maria la Brasilera. La partida policial lo sorprendió
durmiendo la siesta entre unas plantas de espinillo.
En esa época era común que los reos no llegasen
a destino. Trasladarlos de un pueblo a otro era costoso y molesto.
La policía solía ejecutarlos a la vera del camino
y luego justificarse diciendo que el preso se había querido
escapar.
Así quisieron hacer con Antonio Gil. Estaban a ocho
kilómetros de Mercedes. El perdón iba en camino,
pero el sargento que comandaba la partida no quiso esperar más.
Lo ataron contra un árbol para fusilarlo. Cuando iban
a disparar, se dieron cuenta de que no podían. Antonio
era devoto de San La Muerte. Tenía la figura del santo
incrustada en el esternón –una práctica
que todavía se mantiene en algunas zonas– y eso
lo volvía inmune a las balas. Sus captores lo colgaron
cabeza abajo.
Le cortaron la yugular con su propio cuchillo. Sus últimas
palabras fueron para su verdugo. Una de las versiones más
difundidas sostiene que el gaucho dijo: “Vos me estas
por degollar, pero cuando llegues esta noche a Mercedes, junto
con la orden de mi perdón, te van a informar que tu hijo
se está muriendo de mala enfermedad. Como vas a derramar
sangre inocente, invocame para que interceda ante Dios Nuestro
Señor por la vida de tu hijo, porque la sangre del inocente
suele servir para hacer milagros”.
Poco tiempo después, cuando el gauchito ya estaba muerto,
llegó la noticia de indulto. El sargento, cuyo nombre
se tragó la historia, volvió a su casa y se encontró
con su hijo doliente de algo que los médicos no podían
definir. Cargo sobre sus hombros una cruz de espinillo y fue
hasta el campo donde yacía el cuerpo. Después
de enterrarlo, le pidió perdón y que intercediera
para curarlo. Se convirtió en el primer devoto del Gauchito
Gil.