logo La Urdimbre
revista La Urdimbre nro. 108 - ENERO 2012
Esta es la edición número 108, enero 2012, de nuestra revista mensual gratuita

Liberan cóndor rehabilitado en zoo de Buenos Aires
cóndor liberado en Catamarca

SUBTES: Forever Young
Pr Agrupación Amigos del Subte
con melodías de época. A partir del 8 de enero, domingos de enero y febrero a las 18 hs.
Visita guiada en el Edificio de la ex Munich
ex confiteria munich
liberan molinetes en lapsos matutinos y vespertinos
Protesta sindical por aumento en subtes


las funciones se reanudarán el próximo mes de febrero
El Planetario equipado con tecnología de última generación
plaanetario Galileo Galilei
La "Defensora" y la especulación inmobiliaria
Por Enrique Viale, Sebastián Pilo y Jonatan Baldiviezo*
para su posterior puesta en valor
La Ciudad propone expropiar la ex Confitería El Molino


¿A quiénes defiende Alicia Pierini?
en la ex esma
Presentan archivo de la memoria de la diversidad sexual
archivo de la memoria de la diversidad sexual
para invertir en el Centro Cívico de barracas
Venderán el Edificio del Plata

derrumbe de edificio bartolomé mitre 1200
Evitable pérdida de patrimonio y de una vida
Aumentar tamaņo del texto Disminuir tamaņo del texto
Nota en Edición Impresa de La Urdimbre, setiembre 2007
EL GAUCHITO GIL APARECIÓ EN BUENOS AIRES

El libro “Gauchito Gil” fue presentado por el escritor y periodista Sebastián Hacher, en Tacuarí 1444, el local de la editorial autogestionada “El Colectivo” del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD). “La suya nació como casi todas las leyendas: con una muerte injusta” dice Hacher, fotógrafo y autor de los textos que acompañan las imágenes. El masivo fenómeno de devoción popular consagra al bandido rural que robaba para repartir el botín entre los pobres. Reconocido por el pueblo, pero no por la Iglesia, forma par te del santoral profano como la Madre María, o la Difunta Correa, entre otros.

A Antonio Mamerto Gil lo asesinaron hace más de un siglo y medio, después de una fiesta de San Baltazar, similar a la que todavía se festeja en Concepción. Pero su historia, la que se fue construyendo con el boca en boca, está signada por el nombre de una mujer: Estrella Diaz Miraflores. Ella no solo era la heredera de la estancia donde Antonio trabajaba. También era la prometida del comisario del pueblo, que no dudaría en usar su autoridad para sacar del medio a otros pretendientes. Antonio lo sabía. Y sabía también que nunca una familia de patrones aceptaría el amor entre la joven viuda y un peón como él, por más buen mozo y culto que fuera. No valía la pena matar o morir por un amor imposible. Huyó de Pay Ubre, hoy Mercedes, provincia de Corrientes. Era época de conflictos armados y se alistó en la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Cuando volvió de la guerra, el Coronel Juan de la Cruz Zalazar lo convocó nuevamente. Esta vez la lucha era Celestes contra Colorados. Correntinos contra correntinos. En un sueño se le había aparecido Ñandeyara, el dios guaraní, el dueño de los hombres. Le ordenó “no derramar sangre de tus hermanos”. Esa misma noche, Antonio se convirtió en un desertor.

Montado en su caballo vagó por el monte y los esteros. Para sobrevivir se dedicó a robar, y como nada podía llevar en su constante huída, repartía el botín entre los campesinos que encontraba a su paso. Algunas familias todavía recuerdan que las mujeres, antes de dormir, preparaban caballos por si el gauchito los necesitaba por las noches. Decían que tenía una mirada capaz de enamorar o paralizar, cosa que a veces es lo mismo. Y que con las manos con las que robaba a los ricos, también podía curar las dolencias de los enfermos. Era un hombre de dualidades poderosas. Lo atraparon después de la fiesta de San Baltazar que organizaba Zia Maria la Brasilera. La partida policial lo sorprendió durmiendo la siesta entre unas plantas de espinillo.

En esa época era común que los reos no llegasen a destino. Trasladarlos de un pueblo a otro era costoso y molesto. La policía solía ejecutarlos a la vera del camino y luego justificarse diciendo que el preso se había querido escapar.

Así quisieron hacer con Antonio Gil. Estaban a ocho kilómetros de Mercedes. El perdón iba en camino, pero el sargento que comandaba la partida no quiso esperar más. Lo ataron contra un árbol para fusilarlo. Cuando iban a disparar, se dieron cuenta de que no podían. Antonio era devoto de San La Muerte. Tenía la figura del santo incrustada en el esternón –una práctica que todavía se mantiene en algunas zonas– y eso lo volvía inmune a las balas. Sus captores lo colgaron cabeza abajo.
Le cortaron la yugular con su propio cuchillo. Sus últimas palabras fueron para su verdugo. Una de las versiones más difundidas sostiene que el gaucho dijo: “Vos me estas por degollar, pero cuando llegues esta noche a Mercedes, junto con la orden de mi perdón, te van a informar que tu hijo se está muriendo de mala enfermedad. Como vas a derramar sangre inocente, invocame para que interceda ante Dios Nuestro Señor por la vida de tu hijo, porque la sangre del inocente suele servir para hacer milagros”.

Poco tiempo después, cuando el gauchito ya estaba muerto, llegó la noticia de indulto. El sargento, cuyo nombre se tragó la historia, volvió a su casa y se encontró con su hijo doliente de algo que los médicos no podían definir. Cargo sobre sus hombros una cruz de espinillo y fue hasta el campo donde yacía el cuerpo. Después de enterrarlo, le pidió perdón y que intercediera para curarlo. Se convirtió en el primer devoto del Gauchito Gil.