De los barcos comienzan a bajar en el Puerto
oleadas de cientos de miles de trabajadores corridos de Europa
por sucesivas hambrunas. Traen en mochilas y valijas sus modestísimos
ropas y enseres, más un montón de sueños
y expectativas. América, piensan, es tierra de paz, y
en la Argentina hay trabajo y no falta el pan.
Nuestro país necesita de esas gentes para atender su
papel en la división mundial del trabajo, dispuesta por
el capitalismo en su ya iniciada etapa transnacional. La Capital
absorbe la mitad de los inmigrantes venidos del Viejo Mundo;
pero no tiene donde alojar a esos trabajadores que quieren aportar
su trabajo honesto al progreso de la Argentina y, como ciudad,
va perdiendo escala humana.
En lugar de implementar un plan de viviendas populares, los
señorones que viven en los barrios copiados a la realeza
europea, recuerdan las desocupadas y decadentes casonas del
Sur y, siempre atentos a la ley de la mayor ganancia, ven el
negocio. Uno de los negocios más rentables de la época.
Mandan poner tabiques en las grandes habitaciones, y de cada
una hacen cuatro. Nacen entonces los conventillos. En el barrio
de La Boca, sobre terrenos anegables, levantan casas de madera
y chapa; otro tipo de conventillos, pero conventillos al fin,
sin los beneficios del agua corriente ni del alumbrado público.
Casi el 90% de esas familias obreras vivirán en una pieza,
y si la pieza es grande, serán obligadas por el “casero”
(personero de los dueños del conventillo) a alojar hombres
venidos en soledad, a la espera de poder traer la familia que
ha quedado en la aldea natal. El hacinamiento es dramático.
En 1898, Adrián Patroni, militante socialista y autor
de “Los trabajadores en la Argentina”, informaba
que eran pocos los conventillos que albergasen menos de 150
personas. Ya antes, en 1880, había en Buenos Aires 1.770
conventillos. Como paradoja, los hombres de la Generación
del 80 se escandalizaban ante esa arquitectura de la pobreza
que ellos mismos habían levantado, como eran también
responsables de las pésimas condiciones de vida que ahí
se desarrollaban.
Alberto Morlachetti encuentra el huevo de la serpiente del
prejuicio en intelectuales de la oligarquía. Así,
el pensador católico Santiago de Estrada escribe en 1889:
“El conventillo es la olla podrida de las nacionalidades
y las lenguas. Para los que lo habitan parecen dichas aquellas
palabras: entran sin conocerse, viven sin amarse, y mueren sin
llorarse. En ellos crecen, como mala hierba, centenares de niños
que no conocen a Dios, pero que dentro de poco harán
pacto con el diablo. Carecen de la luz del sol, y se desarrollan
raquíticos y enfermizos, como las plantas colocadas a
la sombra carecen de la luz moral, y se desarrollan miserables,
egoístas, sin fuerzas para el bien”.
Por su parte, Julián Martel, periodista especializado
en Economía y autor de la novela “La Bolsa”,
condena desde sus páginas a los “judíos
invasores” y los responsabiliza de una de las cíclicas
crisis del capitalismo mundial. En cuanto a Eugenio Cambaceres,
autor de las novelas “Sin rumbo” y “En la
sangre”, reprueba a los italianos porque tienen la “rapacidad
de los buitres”. En resumen, que los recién llegados,
ya con hijos nacidos en la Argentina, son para los escritores
de la clase hegemónica “la chusma”. Y Miguel
Cané –quien alerta sobre “la ola roja”–
en 1902 logra que el Congreso Nacional apruebe su proyecto,
que se convertirá en la ley Nº 4144, la aborrecida
Ley de Residencia, Hay atropellos, razzias, allanamientos de
domicilios, cientos de obreros embarcados a sus países
de origen por oponerse a la explotación y organizar la
lucha por sacar a los trabajadores de la miseria en la que están
sumergidos.
El 1º de mayo de 1904 se organizan dos manifestaciones.
En Plaza Lorea una nutrida columna se pone en marcha a las dos
y media de la tarde, encabezada por mujeres obreras y sus niños.
Tienen como meta la Plaza Mazzini, y los convocan los anarquistas.
De Constitución sale otra columna, encabezada por los
socialistas; son 20 mil las personas que desfilan durante 40
minutos por Avenida de Mayo, para culminar en Plaza Colón.
Entre tanto, en Plaza Mazzini se desata la represión.
Caen muertos dos trabajadores, y son heridos otros 18, todos
de bala. Hay 6 policías contusos. Ambos sectores de izquierda
se pondrán de acuerdo para convocar a una huelga general.
Frías, muy frías las madrugadas de agosto de
1907. Cuando los moradores de los conventillos – toda
gente de trabajo, o duermen, o ya se preparan para ir a sus
tareas– son sacados de sus precarias habitaciones por
la fuerza. Primero el agua helada disparada a fuerte presión
por los bomberos. Después la policía, dirigida
por su jefe, el Coronel Ramón Falcón. Los anarquistas
organizan campamentos para los desalojados, y el gremio de los
carreros transporta sin cargo sus muebles y cacharros.
Pero todavía el poder y sus aparatos represivos no imaginan
que se producirá un hecho inédito en la historia
de las luchas populares de la Argentina. Sus protagonistas serán
las mujeres con sus niños. La consigna: resistir. Resistir
el alza de alquileres y las maniobras de desalojo. Y aun irán
por más: eliminar los tres meses de depósito,
mejorar los servicios sanitarios. Porque si antes del aumento,
los alquileres se llevaban el 30% del salario, ahora se van
a llevar el 50%; ya no se puede vivir. El costo de una humilde
habitación porteña es ocho veces mayor que en
Londres o en París.
En el llamado “los Cuatro Diques”, inquilinato
de la calle Ituzaingo Nº 279 en el barrio de Barracas,
a escobazo limpio sacan a los leguleyos y policías que
pretenden arrancar a la gente de su casa. Los rebeldes no van
a pagar el alquiler, así de simple. Aquellas mujeres
que con sus hijos encabezan la revuelta marcan sin saberlo un
hito en las luchas populares, porque el ejemplo se multiplica.
Se extiende de inmediato a San Telmo y a otros barrios, y no
sólo a los periféricos de la ciudad (Avellaneda,
Lomas de Zamora), sino también a otras ciudades, como
Rosario, La Plata, Bahía Blanca, Mar del Plata, Córdoba,
Mendoza. Los propietarios y el gobierno no pueden creerlo. Por
ejemplo, de los 500 conventillos porteños en rebeldía,
se llega en setiembre a los 2000. En el llamado las “14
provincias” (el número de las que conformaban el
país, junto con los “territorios nacionales”,
porque sus moradores eran en su mayoría provincianos),
la policía bajo las órdenes directas de Falcón
es repelida con escobas y agua hirviendo. Y trescientos niños
desfilan por La Boca, cuna del levantamiento, con escobas en
alto, según informa la revista Caras y Caretas en setiembre
de ese año.
La estrategia tendría en total la adhesión de
100 mil personas, de familias obreras, quienes para enfrentar
los desalojos de sus precarias viviendas y defenderse de la
injusticia del poder, utilizan un ícono de la limpieza
hogareña. Mabel Belluci habla de un vertiginoso pasaje:
de vecinos a ciudadanos. En tanto los hombres (y las mujeres
con trabajo asalariado) van arraigando su identidad social y
su pertenencia al nuevo país en fábricas y talleres,
el resto de las mujeres queda al cuidado de los niños
pequeños, y son las que sostienen el día a día.
Para ellas es el hogar y es el conventillo el pequeño
territorio donde, a través de los vínculos de
convivencia, se arraiga una nueva subjetividad. Porque en ese
microcosmos se comparte el baño, y sobre todo la cocina
y el patio, que a veces no es uno, sino dos; allí juegan
todos los chicos, mientras en el aire se entremezclan los aromas
de las variadas cocinas: el locro criollo, el churrasco porteño,
la pasta “al pomo d’oro” italiana, el azafrán
y el pimentón español, el “gefilte fishe”
de los judíos, el vaho del café con borra de los
árabes. Y sí como se mezclan los aromas, conviven
las culturas y se responden las voces en distintos idiomas,
que enriquecen el castellano rioplatense. A la vez, se van entrelazando
alianzas y solidaridades. Y se intercambian las memorias de
las luchas populares en la vieja Europa, que eso también
viajó en algún rincón del equipaje.
A menudo, cada habitación es lugar de trabajo, además
de hogar. La sala que da a la calle suele ser la vivienda-taller
de los sastres. En otras piezas, hay mujeres que trabajan a
destajo en la costura; o son lavanderas en las piletas de los
patios, y saldrán después a la calle con el atado
de ropa limpia y seca, en equilibrio sobre la cabeza, para cobrar
unos pesitos que engorden el presupuesto. De alguna manera las
mujeres de los conventillos intuyen lo que años después
dirá Bertolt Brecht: Mujer, fuera de tu cocina se decide
qué pondrás en la olla. Y tanto es así,
que el exagerado aumento en los alquileres resulta de un impuesto
inmobiliario que empezará a regir desde 1908. Los oligarcas,
siempre previsores, se curan en salud, y ya en 1907 aplican
un aumento preventivo a sus inquilinos.
Reprimida a sangre y fuego, la reacción contra la rebeldía
se cobra una víctima en Miguel Pepe, de apenas 15 años,
orador de la huelga. Se le había oído decir: Barramos
con las escobas la injusticia de este mundo. La policía
entra en el conventillo donde vive, y lo fusila a la vista de
los vecinos. Su féretro es llevado en vilo por ocho mujeres,
que se van turnando de barrio a barrio; el cortejo fúnebre
que llega a la Chacarita está encabezado por unas 800
mujeres, seguidas de cinco mil trabajadores.
El doctor Luis Agote, diputado conservador, casi fuera de sí
se pregunta qué hacer con esos niños de las marchas
y las resistencias, y afirma que hay entre 10 y 12 mil niños
“vagabundos”. Y se responde así: Hay que
recluirlos en la isla Martín García. No lo consiguió,
pero fundó el Patronato Nacional de Menores Abandonados
y Delincuentes. Chico que andaba por la calle, terminaba encerrado.
La huelga se intensifica, y el gobierno aplica la Ley de Residencia.
Si las mujeres proletarias estaban al frente de la Huelga de
las Escobas, en la organización estuvieron las mujeres
libertarias.
Una de sus líderes fue Juana Rouco Buela. Nacida en
Madrid en 1889, tiene apenas 18 años cuando la huelga.
Llegada a la Argentina en 1900, casi analfabeta, ya tiene clara
conciencia de clase. Trabaja como planchadora, y se forma en
las conferencias de la FORA del V Congreso. Sigue a los discípulos
de Enrico Malatesta y Pietro Gori, y la frecuentación
de la FORA y de sus materiales de biblioteca hace de ella una
experta lectora. En 1905, a los 16 años, Juana es delegada
por los trabajadores de la Refinería de Azúcar
en Rosario.
En 1907, con Virginia Bolten, María Collazo y Teresa
Caporaletti, organiza en Buenos Aires el Centro Femenino Anarquista.
En forma paralela, en Rosario se funda el Centro Femenino Anarquista
Luisa Michel, en homenaje a la revolucionaria francesa que participó
en la Comuna de París en 1871.
Es dable suponer que en su práctica de la oratoria,
Juana Rouco haya recibido el consejo y orientación de
Virginia Bolten, llamada la “dama de la barricada”
por su discurso vigoroso y convincente, sobre todo a partir
de 1890, durante la jornada recordatoria del 1º de Mayo.
Juana Rouco Buela y María Collazo son oradoras durante
la marcha masiva organizada por el comité de esta ya
histórica Huelga de los Inquilinos.
El gobierno aplica la Ley de Residencia para expulsar a las
dirigentes anarquistas por su condición de extranjeras.
Bolten y Collazo, uruguayas, y Rouco Buela, española,
son deportadas a sus respectivos países.
Dice Juana en sus memorias: A los dieciocho años, la
policía me consideró un elemento peligroso para
la tranquilidad del capitalismo y el Estado. (Historia de un
ideal vivido por una mujer, Editorial Universidad del Sur, 1964).
Juana vuelve como polizón a Brasil y, disfrazada, pasa
al Uruguay. De allí, a nuestro país. En 1917 (gobierno
de Hipólito Yrigoyen) obtiene la ciudadanía argentina.
El 15 de agosto de 1922 con unas veinte mujeres, Juana Rouco
Buela fundó en Necochea Nuestra Tribuna- Hojita del Sentir
Anárquico Femenino, a fin de expresar y difundir el pensamiento
de la mujer libertaria, a nivel internacional. La mesa de redacción
estaba constituida por un pequeño pero firme, audaz y
comprometido grupo editor. Constaba este quincenario de cuatro
hojas, escritas siempre por “plumas femeninas” y
tuvo tres sedes: la fundacional, luego Tandil y al fin Buenos
Aires, donde se editaron los tres últimos números.
Las primeras tiradas eran de 1.500 ejemplares, pero pronto tuvieron
que editar 4.000. Se distribuía por tren a toda la Argentina,
y también a algunos países de América;
incluso llegaba a Europa y Estados Unidos, gracias a “un
compañero marino” mercante. Se conseguía
en los kioscos, y así por tres años. Hasta que
publicaron un articulo en defensa de Kurt Wilkens, autor del
atentado contra Ramón Falcón, y fueron perseguidas.
Las editoras de Nuestra Tribuna han visto en la acción
un acto heroico, y cierran su columna con estas palabras: Que
la sanción popular aplique también la Ley del
Talión. ¡Ojo por ojo, y diente por diente!
A contrapelo de los folletines al uso de la época, Juana
Rouco y sus compañeras abogaron por una maternidad “responsable”
y por la unión libre; denunciaron los abusos de la Iglesia
y, estrictas al máximo, condenaban el fútbol y
el Carnaval, porque los consideraban actividades distractivas
del estudio y la lucha.
La investigadora Elsa Calzetta quiso recopilar los números
de Nuestra Tribuna, y comenzó su trabajo mediante entrevistas;
rastreó las huellas de la publicación en la FLA,
y tuvo que completarla en el Instituto de Historia Social de
Ámsterdam, donde están todos los números
microfilmados. En una de sus páginas, dicen las editoras:
Pensamos que el periódico es un arma y la esgrimimos.
¡Ardua tarea! Empuñar la pluma, nosotras que nunca
pisamos ni cruzamos el aula de ninguna universidad, y que somos
solamente proletarias, hijas del hambre y la miseria.
Juana Rouco Buela, gran militante anarco-sindicalista, murió
en Buenos Aires en 1960. Las historiadoras Dora Barrancos y
Mabel Belluci suelen recordar su lucha.
A cien años de la Huelga de los Inquilinos, los trabajadores
argentinos buscan reapropiarse de las conquistas perdidas en
épocas pasadas. Sobre todo hoy, que tantas familias ven
peligrar su techo. Rendir homenaje a la lucha de las mujeres
y niños en la Huelga de las Escobas de 1907 ayuda a recordar
y reconocer las fuerzas potenciales que están en las
clases populares. ?
Por Ana María Ramb, periodista, escritora
y docente, Red Eco Alternativo.