Nació el 3 de marzo de 1965, en Buenos Aires, y es hoy
la más destacada nadadora de aguas abiertas y teórica
del agua de la Argentina. Entre sus logros se cuentan haber
atravesado el Canal de La Mancha –meca de este tipo de
deportistas de alto rendimiento– en agosto de 1997. Luego,
recorrió 30 kilómetros a lo largo del río
Nilo, braceó por más de 11 horas en el Mar Báltico,
circundó la isla de Manhattan, atravesó el Estrecho
de Gibraltar y cruzó el Canal de Beagle. Después
fue en busca del Glaciar Perito Moreno –en el Lago Argentino–
donde nadó 1.500 metros de ida y otros tanto de regreso,
a tan sólo cinco grados de temperatura. María
Inés enseña Literatura en la Facultad de Filosofía
y Letras, a la vez que entrena para, próximamente, unir
a nado las Islas Malvinas.“Todo ser humano que se arroja
a nadar en aguas abiertas es sobreviviente a un naufragio real
o simbólico”, dirá Mato en una sus tantas
definiciones desarrolladas en esta entrevista. A los 4 años
María Inés perdió la mitad de la pierna
derecha en un accidente.
Azul profundo
Ella no empezó por un río fácil o un canal
pequeño. No. “Comencé por la versión
líquida del Everest”, subraya al referirse a los
50 kilómetros que recorrió en esa primera experiencia.
Al cruzar el Canal de la Mancha, Meca de los nadadores de aguas
abiertas, María Inés Mato inició una serie
de logros encomiables con los que estampó su nombre,
por caso, en el libro Guinness. “Vos establecés
un récord y otro lo supera, y después otro, y
otro; en lugar de una cima es una escalera”, dice, restándole
toda importancia al asunto. En ese 1997 también recorrió
30 kilómetros a lo largo del río Nilo, en el ‘99
braceó por más de 11 horas en el Mar Báltico,
después circundó la isla de Manhattan, seguidamente
atravesó el Estrecho de Gibraltar, y más tarde
cruzó el Canal de Beagle. Luego fue en busca del Glaciar
Perito Moreno –en el Lago Argentino– donde nadó
1.500 metros de ida y otros tanto de regreso, a tan sólo
cinco grados de temperatura y a poquísimos metros de
la aglomeración de hielo cuyo volumen duplica la superficie
de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Para Mato, el Mar del Norte, el río Paraná, el
mar Báltico, el Lago Argentino, el Hudson y el Harlem
que abrazan a Manhattan, el Nilo, el Mediterráneo, el
Canal de la Mancha o el de Beagle, entre muchos otros, no son
grandes masas de agua que ella traspuso sólo “deportivamente”,
sino que son espacios donde consumó un profundo acto
de amor y entrega. A veces, se refiere a ellos como sus amantes
porque “con el agua respiro, me abrazo, nos recorremos.
Como una forma nueva de hacer el amor”. En otras ocasiones
nombra a los ríos y mares como parte de sí misma.
Sucede que en muchas oportunidades sintió como si sus
terminales nerviosas anidaran en las aguas, en los peces, en
el viento, en la noche y el sol. Es decir, allí se sintió
una con la naturaleza, una con el agua, una con el universo.
A la vez, lo interesante de sus travesías es que éstas
pueden indagarse prescindiendo de los parámetros meramente
deportivos. Expresan una filosofía de la existencia,
una relación muy particular con las aguas, saladas o
dulces, y un camino en el que a cada brazada, lejos de encontrar
certezas, se abren nuevos interrogantes.
Otra faceta singularísima de María Inés
es el poder de su fantasía. En largas horas de entrenamiento
pudo ver y hablar “nítidamente” con Federico
Fellini o el subcomandante Marcos, también fue capaz
de “traer” a la piscina del Centro Nacional de Alto
Rendimiento Deportivo (Cenard) la textura, el color, los aromas,
las corrientes, e incluso los camalotes del Paraná, los
cuales utilizó para avanzar más rápido.
En medio de la profundidad de los mares se encontró a
sí misma y resignificó hechos de su pasado y de
la historia de los argentinos. Pudo llorar con el escritor detenido–desaparecido
Haroldo Conti y vibrar con los cuerpos que los represores arrojaron
a las fosas comunes del sur argentino durante la Campaña
del Desierto o en la Patagonia Rebelde, ante el Glaciar Perito
Moreno como testigo rabioso de esos hechos.
A la vez, en la hondura de los mares y en la corriente de los
ríos pudo descubrir la memoria del agua y su lenguaje.
Incluso, el agua llegó a revelarle su furia por la ambición
humana.
– ¿Cuántos significados encierra
nadar?
–Cuando yo empecé, a los seis años, significó
una manera de avanzar con habilidad en un medio distinto, una
primera forma de ser viajera o nómade. Después
fui tomando conciencia de la cualidad de la fluidez que el agua
podía transmitirme. Y en estos últimos años
nadar es una experiencia que integra todo eso en algo que yo
defino como el propio sentimiento del agua. De tantas enseñanzas
que recibí, aquella que sostiene que el presente va modificando
el pasado es una de las que guardo como un valor especial. Es
una experiencia taoísta, de naturaleza paradójica,
porque cuando voy al agua a buscar otras orillas, o muelles,
o playas, o países, estoy viajando hacia mí por
la ruta de adentro. En realidad, nado por las consecuencias.
–¿Por cuáles consecuencias?
–Hay unos maestros de artes marciales japonesas que diferencian
dos modalidades de encarar las prácticas de sus disciplinas:
una es Renshu, que significa “aprender a repetir”;
y la otra, que se le opone, es Keiko y se refiere a estudiar
hacia adentro. La manera dominante de hacer deporte acá
se corresponde con el Renshu: se trata de que adquieras una
buena técnica, haciendo oídos sordos a lo que
tu cuerpo a veces pide a gritos. Esto no lo quiero hacer. Keiko,
por el contrario es empezar a escuchar al organismo, a estudiar
ese adentro, es un ejercicio de reconocimiento de nuestro potencial.
Aunque te parezca una comparación poco pertinente, Renshu
te lleva a un hartazgo del que sólo te pueden salvar
los cacerolazos del 2001. Keiko se parece más a una revolución,
aunque por vía introspectiva.
Por otra parte, cuando yo hablo de nadar me refiero sobre todo
a las aguas frías. A contrapelo de la mayoría
de la gente, nunca tuve rechazo del agua fresca, ya que mi deseo
de frío siempre se manifestó muy fuerte.
–¿Por qué necesitás el frío?
–El agua fría “te abre la cabeza”,
te da claridad y apertura mental. Implica un momento muy intenso
de estar presente en lo que se está haciendo, estás
ahí metido sin excusas. Pero sobre todo es un instante
de asombro porque, evidentemente, vos no entendés muy
bien cómo se puede hacer eso en el agua tan, tan fría.
La creencia dominante es que te vas a morir y seguís
viva. Tiene que ver con contradicciones, con aperturas y con
entregarte a ese ambiente frío. Nadás uno, dos,
tres minutos y sabés que en algún momento aparece
un flash, una emoción fuerte, con la posibilidad de que
te pasen nuevas cosas y sensaciones.
–¿Cuáles fueron algunas de esas
nuevas sensaciones?
–Creo que las más fuertes fueron frente al Glaciar
Perito Moreno: cuando lo conocí en el 2001, y después
en el 2003 cuando fui a cruzarlo. Cuando lo atravesé,
con el agua a cinco grados y medio, mi estrategia era imaginarlo,
al glaciar, como una pareja de baile. A los quince minutos,
cuando ya había superado la mitad del trayecto, sentí
que tenía pilas y una energía que me sobraba por
todos lados, como si la transpirara por los poros. Ahí
me di cuenta que no era una actitud correcta quedarme con esa
energía y matar así la danza que habíamos
emprendido, entonces resolví seguir nadando: ida y vuelta.
El abrigo del frío
–Pero bajar los umbrales de la temperatura, ¿no
te condiciona las respuestas físicas en una dirección
hacia la hipotermia, por ejemplo?
–El tema de pasar los umbrales tiene que ver con un proceso
de adaptación y un transcurso de ser conciente que esas
temperaturas y esos espacios nuevos te van a proponer sensaciones
diferentes a las vos que podrás responder inteligentemente,
o no. Nosotros desconocemos absolutamente la agudeza de nuestros
cuerpos y no confiamos en esa inteligencia. Sin embargo, yo
puedo adaptarme al agua fría cuando confío en
esa inteligencia del cuerpo.
–¿En qué consiste?
–Por ejemplo, cuando hay un rayito de sol irradiado en
el agua, me doy cuenta de que el cuerpo solo va hacia ese reflejo:
la fotosíntesis, el sol como alimento. Quizá sea
una huella filogenética de nuestra experiencia vegetal
relacionada con el proceso evolutivo. Yo tengo confianza de
que en una situación nueva para mi, en ese caso de extremo
frío, el cuerpo va a saber jugar la carta que tiene reservada.
–¿Qué carta puede jugar si te estás
congelando?
Ah, no sé. Hay ocasiones en que ni siquiera he sentido
el frío aunque estuviera nadando con los bloques de hielo.
Pero en todo caso, la carta jugada es esa inteligencia del cuerpo;
ni mi deseo, ni mi miedo. Tiene que haber una confianza. Yo
la construyo yendo a aguas cada vez más frías
y hasta puedo sentir que me abrigan. Puedo sentir la textura
de otras aguas, traer vivencias de otros sitios geográficos
y también soy capaz de evocar mis primeras visiones del
Río de la Plata y de la otra orilla imposible, entre
otras escenas de mi infancia.