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revista La Urdimbre nro. 108 - ENERO 2012
Esta es la edición número 108, enero 2012, de nuestra revista mensual gratuita

Liberan cóndor rehabilitado en zoo de Buenos Aires
cóndor liberado en Catamarca

SUBTES: Forever Young
Pr Agrupación Amigos del Subte
con melodías de época. A partir del 8 de enero, domingos de enero y febrero a las 18 hs.
Visita guiada en el Edificio de la ex Munich
ex confiteria munich
liberan molinetes en lapsos matutinos y vespertinos
Protesta sindical por aumento en subtes


las funciones se reanudarán el próximo mes de febrero
El Planetario equipado con tecnología de última generación
plaanetario Galileo Galilei
La "Defensora" y la especulación inmobiliaria
Por Enrique Viale, Sebastián Pilo y Jonatan Baldiviezo*
para su posterior puesta en valor
La Ciudad propone expropiar la ex Confitería El Molino


¿A quiénes defiende Alicia Pierini?
en la ex esma
Presentan archivo de la memoria de la diversidad sexual
archivo de la memoria de la diversidad sexual
para invertir en el Centro Cívico de barracas
Venderán el Edificio del Plata

derrumbe de edificio bartolomé mitre 1200
Evitable pérdida de patrimonio y de una vida
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Nota en Edición Impresa de La Urdimbre, setiembre 2007
MARÍA INÉS MATO: HACIENDO CAMINOS AL NADAR
Entrevista Agencia Walsh

Nació el 3 de marzo de 1965, en Buenos Aires, y es hoy la más destacada nadadora de aguas abiertas y teórica del agua de la Argentina. Entre sus logros se cuentan haber atravesado el Canal de La Mancha –meca de este tipo de deportistas de alto rendimiento– en agosto de 1997. Luego, recorrió 30 kilómetros a lo largo del río Nilo, braceó por más de 11 horas en el Mar Báltico, circundó la isla de Manhattan, atravesó el Estrecho de Gibraltar y cruzó el Canal de Beagle. Después fue en busca del Glaciar Perito Moreno –en el Lago Argentino– donde nadó 1.500 metros de ida y otros tanto de regreso, a tan sólo cinco grados de temperatura. María Inés enseña Literatura en la Facultad de Filosofía y Letras, a la vez que entrena para, próximamente, unir a nado las Islas Malvinas.“Todo ser humano que se arroja a nadar en aguas abiertas es sobreviviente a un naufragio real o simbólico”, dirá Mato en una sus tantas definiciones desarrolladas en esta entrevista. A los 4 años María Inés perdió la mitad de la pierna derecha en un accidente.

Azul profundo

Ella no empezó por un río fácil o un canal pequeño. No. “Comencé por la versión líquida del Everest”, subraya al referirse a los 50 kilómetros que recorrió en esa primera experiencia. Al cruzar el Canal de la Mancha, Meca de los nadadores de aguas abiertas, María Inés Mato inició una serie de logros encomiables con los que estampó su nombre, por caso, en el libro Guinness. “Vos establecés un récord y otro lo supera, y después otro, y otro; en lugar de una cima es una escalera”, dice, restándole toda importancia al asunto. En ese 1997 también recorrió 30 kilómetros a lo largo del río Nilo, en el ‘99 braceó por más de 11 horas en el Mar Báltico, después circundó la isla de Manhattan, seguidamente atravesó el Estrecho de Gibraltar, y más tarde cruzó el Canal de Beagle. Luego fue en busca del Glaciar Perito Moreno –en el Lago Argentino– donde nadó 1.500 metros de ida y otros tanto de regreso, a tan sólo cinco grados de temperatura y a poquísimos metros de la aglomeración de hielo cuyo volumen duplica la superficie de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Para Mato, el Mar del Norte, el río Paraná, el mar Báltico, el Lago Argentino, el Hudson y el Harlem que abrazan a Manhattan, el Nilo, el Mediterráneo, el Canal de la Mancha o el de Beagle, entre muchos otros, no son grandes masas de agua que ella traspuso sólo “deportivamente”, sino que son espacios donde consumó un profundo acto de amor y entrega. A veces, se refiere a ellos como sus amantes porque “con el agua respiro, me abrazo, nos recorremos. Como una forma nueva de hacer el amor”. En otras ocasiones nombra a los ríos y mares como parte de sí misma. Sucede que en muchas oportunidades sintió como si sus terminales nerviosas anidaran en las aguas, en los peces, en el viento, en la noche y el sol. Es decir, allí se sintió una con la naturaleza, una con el agua, una con el universo.
A la vez, lo interesante de sus travesías es que éstas pueden indagarse prescindiendo de los parámetros meramente deportivos. Expresan una filosofía de la existencia, una relación muy particular con las aguas, saladas o dulces, y un camino en el que a cada brazada, lejos de encontrar certezas, se abren nuevos interrogantes.

Otra faceta singularísima de María Inés es el poder de su fantasía. En largas horas de entrenamiento pudo ver y hablar “nítidamente” con Federico Fellini o el subcomandante Marcos, también fue capaz de “traer” a la piscina del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard) la textura, el color, los aromas, las corrientes, e incluso los camalotes del Paraná, los cuales utilizó para avanzar más rápido.
En medio de la profundidad de los mares se encontró a sí misma y resignificó hechos de su pasado y de la historia de los argentinos. Pudo llorar con el escritor detenido–desaparecido Haroldo Conti y vibrar con los cuerpos que los represores arrojaron a las fosas comunes del sur argentino durante la Campaña del Desierto o en la Patagonia Rebelde, ante el Glaciar Perito Moreno como testigo rabioso de esos hechos.
A la vez, en la hondura de los mares y en la corriente de los ríos pudo descubrir la memoria del agua y su lenguaje. Incluso, el agua llegó a revelarle su furia por la ambición humana.

– ¿Cuántos significados encierra nadar?
–Cuando yo empecé, a los seis años, significó una manera de avanzar con habilidad en un medio distinto, una primera forma de ser viajera o nómade. Después fui tomando conciencia de la cualidad de la fluidez que el agua podía transmitirme. Y en estos últimos años nadar es una experiencia que integra todo eso en algo que yo defino como el propio sentimiento del agua. De tantas enseñanzas que recibí, aquella que sostiene que el presente va modificando el pasado es una de las que guardo como un valor especial. Es una experiencia taoísta, de naturaleza paradójica, porque cuando voy al agua a buscar otras orillas, o muelles, o playas, o países, estoy viajando hacia mí por la ruta de adentro. En realidad, nado por las consecuencias.

–¿Por cuáles consecuencias?
–Hay unos maestros de artes marciales japonesas que diferencian dos modalidades de encarar las prácticas de sus disciplinas: una es Renshu, que significa “aprender a repetir”; y la otra, que se le opone, es Keiko y se refiere a estudiar hacia adentro. La manera dominante de hacer deporte acá se corresponde con el Renshu: se trata de que adquieras una buena técnica, haciendo oídos sordos a lo que tu cuerpo a veces pide a gritos. Esto no lo quiero hacer. Keiko, por el contrario es empezar a escuchar al organismo, a estudiar ese adentro, es un ejercicio de reconocimiento de nuestro potencial. Aunque te parezca una comparación poco pertinente, Renshu te lleva a un hartazgo del que sólo te pueden salvar los cacerolazos del 2001. Keiko se parece más a una revolución, aunque por vía introspectiva.

Por otra parte, cuando yo hablo de nadar me refiero sobre todo a las aguas frías. A contrapelo de la mayoría de la gente, nunca tuve rechazo del agua fresca, ya que mi deseo de frío siempre se manifestó muy fuerte.

–¿Por qué necesitás el frío?
–El agua fría “te abre la cabeza”, te da claridad y apertura mental. Implica un momento muy intenso de estar presente en lo que se está haciendo, estás ahí metido sin excusas. Pero sobre todo es un instante de asombro porque, evidentemente, vos no entendés muy bien cómo se puede hacer eso en el agua tan, tan fría. La creencia dominante es que te vas a morir y seguís viva. Tiene que ver con contradicciones, con aperturas y con entregarte a ese ambiente frío. Nadás uno, dos, tres minutos y sabés que en algún momento aparece un flash, una emoción fuerte, con la posibilidad de que te pasen nuevas cosas y sensaciones.

–¿Cuáles fueron algunas de esas nuevas sensaciones?
–Creo que las más fuertes fueron frente al Glaciar Perito Moreno: cuando lo conocí en el 2001, y después en el 2003 cuando fui a cruzarlo. Cuando lo atravesé, con el agua a cinco grados y medio, mi estrategia era imaginarlo, al glaciar, como una pareja de baile. A los quince minutos, cuando ya había superado la mitad del trayecto, sentí que tenía pilas y una energía que me sobraba por todos lados, como si la transpirara por los poros. Ahí me di cuenta que no era una actitud correcta quedarme con esa energía y matar así la danza que habíamos emprendido, entonces resolví seguir nadando: ida y vuelta.

El abrigo del frío

–Pero bajar los umbrales de la temperatura, ¿no te condiciona las respuestas físicas en una dirección hacia la hipotermia, por ejemplo?
–El tema de pasar los umbrales tiene que ver con un proceso de adaptación y un transcurso de ser conciente que esas temperaturas y esos espacios nuevos te van a proponer sensaciones diferentes a las vos que podrás responder inteligentemente, o no. Nosotros desconocemos absolutamente la agudeza de nuestros cuerpos y no confiamos en esa inteligencia. Sin embargo, yo puedo adaptarme al agua fría cuando confío en esa inteligencia del cuerpo.

–¿En qué consiste?
–Por ejemplo, cuando hay un rayito de sol irradiado en el agua, me doy cuenta de que el cuerpo solo va hacia ese reflejo: la fotosíntesis, el sol como alimento. Quizá sea una huella filogenética de nuestra experiencia vegetal relacionada con el proceso evolutivo. Yo tengo confianza de que en una situación nueva para mi, en ese caso de extremo frío, el cuerpo va a saber jugar la carta que tiene reservada.

–¿Qué carta puede jugar si te estás congelando?
Ah, no sé. Hay ocasiones en que ni siquiera he sentido el frío aunque estuviera nadando con los bloques de hielo. Pero en todo caso, la carta jugada es esa inteligencia del cuerpo; ni mi deseo, ni mi miedo. Tiene que haber una confianza. Yo la construyo yendo a aguas cada vez más frías y hasta puedo sentir que me abrigan. Puedo sentir la textura de otras aguas, traer vivencias de otros sitios geográficos y también soy capaz de evocar mis primeras visiones del Río de la Plata y de la otra orilla imposible, entre otras escenas de mi infancia.