11/06/2007
rumbo al ballotage
Las Causas de una victoria (parte I)
Por Hugo Presman
El rotundo triunfo de Mauricio Macri en
las elecciones del 3 de junio sólo pudo sorprender a los
que reemplazan sus deseos por la realidad. Hay diferentes causas
concurrentes para explicar el motivo por los cuales la ciudad
portuaria y cosmopolita, veleidosa y volátil, ha sido generalmente
esquiva a todo lo que huela a populismo, como ayer lo fue al irigoyenismo
y al peronismo.
Hay una razón estructural que conviene bucearla en las
tumultuosas e históricas jornadas del 19 y 20 de diciembre
del 2001. El 18 y 19, los sectores excluidos e indigentes del
conurbano con la instigación de algunos intendentes asaltaron
supermercados. Sobre una crudísima realidad algunos bidones
de nafta se arrojaron al incipiente incendio.
Eran las víctimas más patéticas del modelo
de rentabilidad financiera cuya implosión derrumbó
una de sus vigas maestras que era la convertibilidad. El 19
a la noche, cuando Fernando de la Rúa decretó
el estado de sitio, miles y miles de porteños de clase
media, beneficiarios, cómplices y finalmente víctimas
abandonaron sus casas, después de recoger algunas ollas
de la cocina, se lanzaron a las calles. El gobierno de la Alianza
se había disuelto entre la cobardía y la inoperancia.
Los miles de pies caminando por las calles de la derrumbada
capital, colocarían una bisagra en la historia argentina.
Se caía estrepitosamente la idea de la prosperidad colonial,
de la esclavitud como una forma de libertad, de la indignidad
de las relaciones carnales. Se atacaba a los bancos que habían
sido las catedrales de la religión del mercado. Se denostaba
a las privatizadas, y se lamentaba de la ausencia de un Estado,
que en los años de irracionalidad se había descuartizado
con alegría ante la pasividad y la indiferencia generalizada.
Ese mensaje fue recogido, primero con timidez durante el gobierno
de Duhalde y luego con más intensidad con la asunción
de Néstor Kirchner. En muchos casos con un cambio de
discurso y en otros con la adecuación de los hechos a
las palabras.
Pero este hecho histórico, se hacía desde la
antipolítica, del denuesto generalizado a los que hasta
entonces habían tenido distintos grados de responsabilidad.
A diferencia del 17 de octubre de 1945, o del 29 de mayo de
1969, donde se reivindicaba la política como el instrumento
de transformación de las sociedades, los idus de diciembre
se hacia desde y en contra de la política. Y eso estableció
significativos límites. El 17 de octubre rescató
a Perón y lo catapultó a la Presidencia. El Cordobazo
no se hizo en nombre de Perón, pero la confluencia de
obreros y estudiantes crearían las condiciones para el
retorno del caudillo exiliado. Los días de diciembre,
en sus aspectos negativos, en su demolición de la política,
permitieron que Menem y López Murphy obtuvieran, dos
años más tarde, en primera vuelta, el 41% de los
votos, justamente las caras que representaban la ejecución
de la entrega y la devastación, y el otro, uno de los
mentores intelectuales de lo que se denostaba.
Luego, si el ballottage frustrado se hubiera producido, el
rechazo a ese pasado inmediato hubiera sido contundente, como
una forma de introducir en las urnas los pies que tomaron las
calles. Ahí estaba lo transformador de los idus de diciembre.
En cambio, el segundo discurso se asentaba en el concepto
que la política debía ser reemplazada por la gestión,
la ideología suprimida en aras de la administración.
Los que reaccionaban contra las consecuencias de la implementación
superlativa del neoliberalismo, adoptaban una de las premisas
neoliberales, aquella que se presentaba como la superación
de lo existente, como el fin de las ideologías.
El neoliberalismo no se veía a si mismo como una ideología,
sino como el sistema superador de todas las ideologías,
basado en el mercado, la competencia, la eficiencia, la gestión.
Todo lo que viniera de la política era considerado corrupto.
Todo lo que llegara por afuera, ya sea del campo empresarial
o deportivo, era considerado positivo y superador.
En el pensamiento disgregado, no se asocia que para que haya
un funcionario o político corrupto que se lleve el 10
o el 15% de un negocio, hay grupos económicos con figuras
de empresarios que se quedan con la torta que aquella coima
facilita.
Y sobre esta base, se asienta la estructura fundacional del
macrismo, continuación aggiornada en el discurso y en
sus máximos referentes del menemismo. Y más atrás
de la dictadura criminal, a cuyo intendente capitalino, el Brigadier
Cacciatore, el hijo de Franco elogia sin pudor.
Se considera a la gestión como algo al margen de la
ideología. Y sobre la base de su “gestión”
en Boca y su condición de empresario, las dos condiciones
del segundo mensaje del 19 y 20 de abril se erige el macrismo.
Los publicistas diseñaron el discurso, la estrategia,
y convirtieron algo tan viejo y politizado como un representante
del establishment en algo joven y nuevo.
El otro motivo es el fracaso relativo de los llamados gobiernos
progresistas. Hay indudables hechos para rescatar y valorar,
pero la distancia entre las expectativas que crearon y los hechos
que concretaron abrieron un amplio campo para el escepticismo
y la crítica. Además no desarticularon las mafias,
las contrataciones oscuras, el amiguismo, mantuvieron o incrementaron
la convivencia de los enormes desniveles sociales, lo que en
la página bizarra del encuestador Artemio López
denomina el ladriprogresismo.
El tercer factor fue el grosero error del gobierno de dividir
la misma base social por causas no precisamente ideológicas,
sino por las internas en el gobierno entre Alberto Fernández
y Julio De Vido, y por las relativas muestras de independencia
dadas por Jorge Telerman. A eso se suma la nariz de Cleopatra
representada en este caso en cuestiones de alcoba y el desplazamiento
de Aníbal Ibarra en una posible complicidad entre el
entonces vicejefe de gobierno y el bloque mayoritario que responde
a Mauricio Macri.
UN TRIUNFO CONTUNDENTE
Macri triunfó, igual que en las legislativas del 2005,
en todos los barrios de la Capital.
Eso demuestra que ha logrado asociar a los sectores se mayores
y menores ingresos como lo hizo al menemismo con el aditamento
de franjas más numerosas de clase media.
Junto con una hábil campaña publicitaria aprovechó
la disputa feroz entre Filmus y Telerman, planteando la idea
que a las disputas y el conflicto opone las propuestas.
Conviene señalar que las llamadas propuestas son, por
lo general, una mera manifestación de buenos deseos.
Su imagen acerca de la seguridad vinculada al orden y la represión
del delito quedó instalada en la conciencia colectiva
a pesar que a través de algunos de sus operadores más
importantes flexibilizó ese discurso diluyéndolo
con el de sus adversarios haciendo hincapié en la inclusión,
la educación, la salud y el trabajo. La idea clara era
decorar su imagen con algunas consignas alejadas de su arsenal,
hacerla más potable en los segmentos que votaban a sus
adversarios. Así sumó a aquellos “progres”
que pueden enarbolar en el café un discurso a la izquierda
del Che Guevara, pero que cuando un mozo tarda en traerle el
café, son capaces de volverse irascibles y solicitar
el despido del empleado. Son el voto vergonzante que le aportó
alrededor de un 4%.
Habiendo votado Macri sistemáticamente desde 1983 por
todos los candidatos que prometían y ejecutaron la jibarización
del Estado, el haber formado parte de la patria contratista
que lo transformó en gordo y anémico, pudo, no
obstante, lamentarse en forma creciente del dolor que le causaba
el Estado ausente.
La idea de “menos palabras y más hechos”
quedó vinculada al Presidente de Boca, el mismo que como
legislador fue una nulidad prepositiva y un ausente pertinaz
a su trabajo, un ñoqui de esos sobre los cuales se descargaba
la ira popular en el 2002 y 2003.
Su gestión como Presidente de Boca está surcada
por un aparente orden, los éxitos deportivos, su autoritarismo,
el desplazamiento de los que empalidecen su imagen como el exitoso
Carlos Bianchi, negocios poco claros, un sesgo elitista, las
populares convertidas en plateas a precios alejados de los bolsillos
populares, las reelecciones reiteradas, la obligación
de tener un patrimonio considerable para desempeñar un
cargo de directivo.
Pero el macrismo además de una ajustada campaña
publicitaria le agregó algunas tareas militantes muy
meritorias, como el tocar timbres en los barrios y explicar
sus consignas que parten, muchas de ellas, de los profundos
prejuicios que anidan en diferentes estratos de la sociedad
porteña.
Como broche final, designó a una vicejefa de mucha mejor
formación y cintura que el heredero de Socma, hemipléjica
y en silla de ruedas. Gabriela Michetti intenta aportar calidez
y argumentos a una versión maquillada de los noventa.
Michetti es el Photoshop del macrismo. Como
el programa de computación, mejora la fotografía
pero no cambia la realidad de lo fotografiado. Y en última
instancia Gabriela Michetti es, con mayor nivel, Mauricio Macri
con polleras. Y posiblemente, más temprano que tarde,
seguirá la suerte de Carlos Bianchi.
(Continúa
en Parte II)