02/08/2009
CARTA DEL SECRETARIO DE CULTURA, JORGE
COSCIA, EN RESPUESTA A LAS CRÍTICAS RECIBIDAS POR SU ACTO
DE ASUNCIÓN
Perdón, perdón... qué
grande sos
El martes pasado, durante la presentación de mi gabinete
en la Secretaría de Cultura, luego de la entonación
del himno nacional, algunos de los presentes cantamos la marcha
peronista.
Fue espontáneo y no premeditado. Es cierto que era previsible,
como también lo fue la reacción de quienes consideraron
que el canto era inapropiado.
De algún modo, en mi discurso de aquel día me
anticipé a dichas reacciones, al agradecer el respeto
o la tolerancia de quienes no participaron de la entonación
de la famosa marcha que popularizaran millones de descamisados.
Yo soy el Secretario de Cultura de todos los argentinos, y eso
me honra.
Pero la indignación que, en reiterados comentarios,
dejan traslucir algunos intelectuales, me obliga a ofrecer mis
disculpas inmediatamente.
Pido perdón, en primer término, a Miguel Cané
y a su memoria, ya que la sala que lleva su nombre fue ultrajada
por los versos peronistas. El autor de Juvenilia, que fuera
también impulsor de la ley que reprimió y expulsó
del país a miles de obreros anarquistas en los tiempos
del centenario, no vivió la segunda tiranía, pero
seguramente reconocería de inmediato la barbarie y el
gesto impúdico avalado (y entonado) por un Secretario
de Cultura de la Nación.
Me disculpo también con la familia Casares, que alguna
vez habitó ese palacio de la calle Alvear y lo ofreció
para ceremonias más cultas y refinadas, aunque no logró
evitar que la clase ganadera que lo frecuentaba fuera merecedora
del mote rastaquouère, por parte de visitantes tan ilustrados
como Clemenceau. Seguramente Miguel Cané no pensó
en aplicarle al culto y politizado escritor francés el
rigor de la Ley de Residencia.
Me excuso finalmente por no haber seguido las rigurosas normas
que marcan de un modo estricto cómo debe entenderse la
libertad de la cultura. Pido perdón por ser un nostálgico
dirigista que pretenderá marcar desde el sillón
de la calle Alvear los caminos impredecibles que toma la cultura.
Para algunos críticos se trata de liberar de ataduras
la potencia creadora de nuestros artistas. Todo debe ser posible,
dicen, menos, por supuesto, cantar la marcha peronista.
Es, parece, imperdonable haber pensado que como Secretario
de Cultura debía expresar con sinceridad y transparencia
una posición política, en lugar de tratar de agradar
exclusivamente a quienes desde siempre impusieron la agenda
cultural de la Argentina.
¡Cuánta omnipotencia la mía al pensar que
sí, que la política suele determinar la cultura
de una sociedad! ¡Qué desatino creer que el ocultamiento
de los desnudos de la Capilla Sixtina o las 300 películas
que se pudieron filmar desde que se recuperó la autarquía
del cine, tuvieron que ver con decisiones políticas!
¿Cómo es posible además cometer la torpeza
de citar en un discurso los nombres de Arturo Jauretche o Raúl
Scalabrini Ortiz? ¿Por qué no recité algún
párrafo de Jorge Luis Borges o hice algún comentario
agudo sobre Michel Foucault o Antonio Gramsci? (a quienes por
otra parte suelo leer con enriquecedora frecuencia). No lo hice
y para peor, tuve la osadía de nombrar a Jorge Abelardo
Ramos, a Jorge Enea Spilimbergo y a Norberto Galasso. ¡Qué
atrevimiento poner sobre la mesa a los hombres que me inspiran!
Para cuidarme, esas nobles paredes de la calle Alvear deberían
haberme susurrado: Prudencia Coscia, ya corrés con desventaja
desde tu apellido; demostrales que sos un dócil advenedizo,
que agradece las dulces caricias de los que suelen brindar en
estos salones.
Pero no. Sabía la letra maldita y cuando se largaron
algunos de mis compañeros y amigos a cantar la marchita,
olvidé todas esas cosas y cometí una zoncera imperdonable.
Seguramente surgió en mí ese sentimiento de revancha
que, según dicen, nos anima sólo a nosotros y
rara vez a quienes nos han censurado, encarcelado, proscripto,
discriminado o difamado. Eso fue hace mucho, me aclaran.
Y esto otro también: cuentan que Napoleón, una
vez que se coronó Emperador, prohibió que sus
ejércitos entonaran la irreverente marcha de los Sans
Culottes. La censura duró hasta que el invierno ruso
puso en retirada a sus legiones. En los días finales,
autorizó la marcha que remitía a los jours de
gloire de 1789, pero ya era tarde y las tropas rusas, prusianas
e inglesas, volvieron a prohibir la marchita de los descamisados
franceses.
Curiosa paradoja. La marcha peronista fue un grito de los desplazados;
nació casi como la contracara de la entonces orgullosa
marsellesa que entonaban los manifestantes antiperonistas del
'45.
Olvidé que las marchas sólo se vuelven respetables
cuando se cantan en otro idioma, y en especial cuando las revoluciones
que las inspiraron triunfan. La historia, se sabe, siempre la
escriben los ganadores. Y sería bueno recordar que los
muchachos, aunque unidos, no siempre triunfamos, lo que se vuelve
evidente para cualquiera que analice las variables económicas
y sociales del '55 a esta parte.
Pero como tampoco perdimos del todo y los últimos seis
años hemos dado muchos pasos adelante, a veces caemos
en la tentación y, orgullosos, damos un grito de corazón.
Por todos esos exabruptos, me disculpo.
Una melodía familiar e incorregible, me resuena involuntariamente
en mi cabeza:
Perdón, perdón... qué grande sos...
Publicado en "MIRADAS AL SUR" - 02/08/09