“No conozco a Ciro James, no tengo nada que ver con
él, nunca recibí una llamada suya” dijo
Macri ante una docena de micrófonos dóciles. Ningún
periodista pregunta. Nadie quiere saber quién lo ha acusado
de complicidad con Ciro James. El espía era parte de
una asociación ilícita en la que participaban
dos jueces misioneros, policías de Posadas, el ex comisario
Jorge “el Fino” Palacios y un elenco menor en una
trama cuya extensión no ha sido aun revelada. De los
protagonistas, dos ya están detenidos sin posibilidad
de libertad condicional –Palacios y James– otro,
el juez Gallardo de Misiones, vendrá a Buenos Aires con
custodia policial, donde puede ser detenido y un cuarto, el
Juez Rey, está prófugo. Varios policías
misioneros y funcionarios de los juzgados de ambos también
están procesados.
Ahora bien, Macri pretende correrse de encajar en algún
casillero del rompecabezas que arma el juez Federal Norberto
Oyarbide. Afirma no conocer ni tener absolutamente nada que
ver con el “espía” Ciro James. A éste,
el mote de “espía” le queda grande, aunque
haya jugado un papel esencial en el fraude que se investiga.
En rigor, su rol en la trama de espionaje, habría sido
la de un mensajero, un corre-ve-y-dile, que obtiene los casetes
grabados por la SIDE en escuchas con manto legal –provisto
por los jueces misioneros– y luego llama a los celulares
de sus mandantes para informarles que ya los tiene.
Es cierto, Mauricio Macri no estaría entre ellos: no
se habrían registrado llamadas de James a Macri o de
éste al “espía”. Ahora bien, ¿por
qué habría de haberlas? El Jefe de Gobierno intenta
ocultar la pirámide jerárquica, la línea
de mando que regula contactos e intercambios en cualquier estructura
piramidal sean las de Socma, Boca Juniors o un organismo de
gobierno como el que ahora preside, diciendo que nunca habló
con James.
En cambio James hablaba (profusamente) con Palacios, su jefe,
quien a su vez reportaba orgánicamente, mientras fue
funcionario, al Ministro de Seguridad, el ex juez Montenegro.
Queda por determinarse en sede judicial si la relación
del “policía más condecorado” (DEA,
Gobierno de Israel, entre otros) a quien Macri defendió
a capa y espada hasta el destape del escándalo, iban
más allá del armado de la Policía Metropolitana
e incluían reportes hablados, escritos o copias de las
escuchas obtenidas por James, ya sea a Montenegro o al mismo
Macri.
Como se recordará el destape provino de un llamado anónimo
a uno de los teléfonos de Sergio Burstein, de Memoria
Activa, el agrupamiento de deudos de víctimas de la explosión
en la mutual judía. Burstein se entera así de
que es sospechoso en una causa criminal que se sustanciaba en
los juzgados de Misiones de Rey y Gallardo. La acusación
era, desde luego falsa, pero permitía a estos jueces
federales pedir la asistencia de la SIDE para disponer las escuchas.
A partir de allí el juez Oyarbide comienza a develar
una pasmosa trama de espionaje que no ha parado de extenderse.
El primer dato obtenido por el juez conducía directamente
a Palacios. El ex comisario exonerado de la Federal en 2004,
estaba en la mira de otro juzgado, el del Juez Ariel Lijo por
presunta destrucción de pruebas en la causa AMIA y resulta
plausible su interés en grabar las conversaciones telefónicas
del dirigente de Memoria Activa, quien lo había criticado
duramente por su rol en la investigación del atentado.
Aunque Macri sabía que Palacios podía ser procesado
por Lijo, no claudicó en la cerrada defensa del por entonces
jefe de la Policía Metropolitana.
“En un durísimo fallo de 324 páginas, el
juez federal Ariel Lijo, a cargo del Juzgado en lo Criminal
y Correccional Federal Nº4, procesó y embargó
al ex presidente Carlos Menem, su hermano Munir Menem, al ex
jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy, al ex titular de la policía
Metropolitana Jorge "Fino" Palacios, al ex juez Juan
José Galeano, al ex comisario Carlos Castañeda
y al agente de inteligencia Juan Carlos Anchézar por
obstruir la investigación del atentado a la AMIA. Estos
siete personajes -que alguna vez estuvieron en la cúspide
del poder- están acusados de encubrimiento agravado,
abuso de autoridad, destrucción de pruebas y falsedad
ideológica reiterada”. (Walter Goobar - Causa
Amia)
La mala suerte del ingeniero
Si la escucha a Burstein hubiera sido la única, la cuestión
no habría tenido el giro rocambolesco que finalmente
tiene. Fueron surgiendo otras: a
Carlos Dávila —el ex titular de Torneos y Competencias—,
a dos gerentes de la empresa Supermercados Coto, al abogado
porteño Mariano Castex y —la más explosiva
de todas— a un cuñado del jefe de Gobierno, el
parapsicólogo Néstor Daniel Leonardo.
Más tarde aparecerían otros datos sugestivos:
Ciro James activó varias veces su teléfono en
el radio de acción de torres de telefonía móvil
dentro de la zona donde está la residencia de Mauricio
Macri, en Barrio Parque, poco después de haber levantado
escuchas a Leonardo. Y otro más: Macri le redacta un
mail a Leonardo para que sea enviado por éste desde su
casilla, en el que lo desliga al Jefe de Gobierno de las escuchas
de las que él (Leonardo) fuera víctima. El asunto
cobro estado público y Macri salió a decir que
su cuñado quería exculparlo y le había
pedido que le redactara la nota, pues no sabía como escribirla.
Y la frutilla del postre, si se llega a confirmar la versión
que lo pone a Macri muy cerca de ser el jefe de una asociación
ilícita dedicada al espionaje político-comercial-familiar: