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22/03/2013
desde la isla maciel
El Papa Francisco y la Teología de la Liberación
Francisco Olveira*

francisco olveiraHasta hace nada más una semana la Opción por los Pobres era una mala palabra en la Iglesia y los curas que nos sentíamos identificados con esta opción como algo esencial al seguimiento del Dios de Jesús éramos vistos como zurditos, descarriados, ideologizados, con poco amor a la Iglesia y sentíamos un gran vacío de parte de muchos de los miembros de la Iglesia tanto jerarquía como laicos. Éramos algo así como ovejas descarriadas.

Resulta que una semana después y tras los gestos de sencillez del nuevo Papa, sumados al nombre que eligió y al hecho de haber expresado que la Iglesia ha de ser pobre y para los pobres parece que todo ha cambiado, hasta Canal 13 y Chiche Gelblung –por nombrar un ejemplo que todos entenderán– alaban y se estremecen con esta “Buena Noticia”.

Pero no nos engañemos si bien no es poco ni pequeño el avance, si ciertamente genera esperanza, si a algunos o muchos (no todos) curas en la opción por los pobres se nos cambió el ánimo, y si sobre todo los pobres se empiezan a sentir incluidos en una Iglesia que hace tiempo le dio la espalda, igual no basta ni es suficiente.

El gran aporte que la Teología de la Liberación ha hecho en América Latina el continente más desigual e injusto del mundo y a todo el mundo en general no es sólo poner en el centro al pobre, nuevos Cristos Crucificados de la historia, sino poner al descubierto que hoy sigue habiendo Poncios Pilatos y Sumos Sacerdotes, que sigue habiendo crucificadores y cuando a estos crucificadores se les pone nombre y apellido se termina el “alabar la iglesia pobre y para los pobres” para pasar a ser una Iglesia perseguida, mártir, una Iglesia que como decíamos antes se la acusa de ideologizada. Cómo decía muy gráficamente el gran Obispo de los pobres, el brasileño Helder Cámara: “Si doy pan a un pobre me llaman Santo si pregunto por qué un pobre no tiene pan me llaman Comunista”.

El gran aporte de la Teología de la Liberación es decir que no es casualidad que haya pobres sino que hay causas y que hay que atacar las causas que los generan con nombre y apellido porque como Iglesia debemos estar no sólo con los pobres sino con los pobres pero contra la pobreza injusta.

No es sólo repartir pan al que no tiene sino cambiar las estructuras para que a nadie le falte el pan (y a otros les sobre). Medellín que fue la traducción del Vaticano II en América Latina hablaba de pecado estructural. De estructuras de pecado. Estructuras de pecado bien visibles en nuestra América Latina y que quien no quiera ser ciego las ve con gran claridad, y ya que hablamos de ceguera pongamos un ejemplo visual tan común en nuestra América: esa villa de emergencia que apoya el rancho en la medianera del country privado. Esa “mucama” que vive en ese rancho y trabaja en negro en la casa de la señora del country.

Nuestra América Latina vive un tiempo de gracia muy especial, distintos procesos que con sus diversos matices en Bolivia, Venezuela, Argentina, Ecuador y otros tantos países ponen su mirada en el pobre. Procesos que son vistos con grandes recelos por gran parte de los privilegiados de siempre. Recelo compartido por buena parte de la actual Iglesia latinoamericana.

Por tanto y para terminar: en la homilía de inicio de su pontificado nuestro Papa Francisco dijo entre otras cosas: “Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos “custodios” de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro”.

No es poco digo yo, pero es muy distinto a decir, como dice el lúcido cura opp (cura en la opción por los pobres) Eduardo de la Serna: “¡dejen de depredar!, “paren de vender armas!, ¡paren de torturar!, dejen de explotar a sus hermanos!”... en síntesis nada de “les ordeno, ¡paren la represión!”, frase que San Romero de América el Arzobispo de San Salvador dijo en su última homilía a los militares que en esa época masacraban a su pueblo. Fue la última porque en la siguiente Misa le metieron una ráfaga de metralleta mientras consagraba –se convertía, así creemos los católicos- el vino en la sangre de un Cristo desangrado en una cruz por oponerse a un sistema opresor.

* Cura en la Isla Maciel, Avellaneda, Buenos Aires.