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20/01/2012
Breve historia de los carnavales porteños
Por Cristina Peña

El carnaval es una antigua tradición en la ciudad de Buenos Aires. La sátira, el baile, la música callejera, el humor, el desparpajo y la burla, son los rasgos más distintivos. La máscara y el disfraz proponen la confusión de lugares sociales y hasta de sexos: esclavos disfrazados de señores y al revés, hombres transformados en mujeres... Por esta suspensión de lo establecido, muchas veces se lo tildó de subversivo. Traído a nuestras tierras por los conquistadores, el Carnaval es un festejo muy anti-guo en el continente europeo. Los españoles experimentaban tal fervor hacia esta celebración que, en plena conquista, Hernán Cortés disponía por ordenanzas las posturas que debían tomarse para el abasto de carne, entre Navidad y Carnestolendas, en los territorios que dominaba. En América, el carnaval incorporó elementos aborígenes y hasta alcanzó ribetes místicos precolombinos como, por ejemplo, en el de Oruro.

En 1771, el gobernador Juan José Vértiz, ordenó que los bailes de carnaval se hicieran en locales cerrados, “a fin de atenuar las in-morales manifestaciones calle-jeras de los negros”. En 1772, un grupo de personas, molestas por los bailes que se celebraban antes de la cuaresma, y por los excesos que ocurrían en ellos, llevaron su descontento ante el rey de España. El monarca, envió dos órdenes a Vértiz, por las cuales prohibía los bailes y le encargaba que arreglase las escandalosas costumbres en que había caído la Ciudad. Vértiz, protestó ante el rey contestando que como se bailaba en España, también se lo podía hacer en Buenos Aires. Pero, Carlos III promulgó una ley el 16 de diciembre de 1774, donde prohibía los bailes de carnaval, alegando que él nunca los había autorizado en las Indias. Obviamente, la prohibición no se respetó.

Durante su virreinato, Cevallos publicó un bando prohibiendo los festejos de carnaval: “...conviniendo remediar este desorden con el presente prohíbo los dichos juegos de Carnestolendas [...] por las violencias e impertinencias causadas en esta Ciudad [...] en ellos se apura la grosería de echarse agua y afrecho, y aun muchas inmundicias, unos a otros, sin distinción de estados ni sexos...”

Tras la revolución de 1810, se volvió común entre la población, especialmente entre las mujeres, jugar intensamente con agua. Para lo cual, se preparaban originales recipientes, los más usados eran los huevos, a los que vaciaban de contenido practicándoles dos agujeritos en los extremos, y luego, tras haberlos rellenado con líquidos tóxicos, los tapaban con cera. También usaban como recipientes las vejigas de los animales, en particular las de los cerdos, que atiborraban de agua. La aguas podían ser claras y perfumadas, pero casi siempre eran coloreadas, sucias y malolientes. Los esclavos aprovechaban para mojar a todo el mundo, cobrándose así pequeñas venganzas. Estos juegos terminaban, muchas veces, con heridos o algún muerto. Por eso cada comienzo de carnaval se dictaban medidas preventivas, que nunca funcionaban porque los policías también jugaban al carnaval, y los que estaban de servicio preferían alejarse de los lugares de lucha, para no perjudicarse.

En los tiempos de Juan Manuel de Rosas, el carnaval fue esperado con entusiasmo, en especial por la gente de color, protegida del caudillo. En 1836, sólo se permitía el juego con agua durante los tres días de carnaval, y el horario era anunciado desde la Fortaleza (actual Casa Rosada) con tres cañonazos cuando empezaba a las 12 del mediodía, y otros tres para finalizar los juegos al toque de oración (seis de la tarde). Y se permitían las máscaras y las comparsas, previa autorización de la policía. Pese a las reglamentaciones de la época rosista, las costumbres del carnaval también fue-ron cayendo en excesos. Jinetes, disfrazados con plumas rojas en la cabeza y moños en las colas, aparecían sorpresivamente en la Ciudad. Arrojaban huevos de avestruz llenos de agua, cenizas y desperdicios; y se aprovechaban de las mujeres que jugaban al carnaval, manoseándolas, rompiendo sus ropas, y hasta abusando de ellas. Rosas mismo, luego de haber fomentado el carnaval, lo suprimió por decreto el 22 de febrero de 1844.

Los carnavales porteños más brillantes se vivieron durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. El mandatario, era partidario del carnaval y no le molestaba si le arrojaban agua, aún cuando era presidente. En 1869 se realizó el primer corso en la calle de la Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen). Tenía 5 cuadras: llegaba hasta la plaza de Lorea. Participaron 16 comparsas tocando guitarras, violines y cornetas. Se comentó que el mismo presidente Sarmiento había asistido con un gran poncho y la cabeza cubierta con chambergo.

Al despuntar el siglo xx, cada barrio tenía su murga, eran organizadas por vecinos y comerciantes y se llevaban a cabo por agrupaciones de jóvenes artistas que, junto con los músicos y las mascaritas, animaban la jornada. Las plazas y las fachadas de los edificios se adornaban con guirnaldas, banderines y lamparitas de colores. La Avenida de Mayo albergó al corso oficial de la ciudad, que se extendía desde las calles Bolívar y Buen Orden (actual Bernardo de Irigoyen), hasta Luis Sáenz Peña.

Los bailes de Carnaval fueron la base de lanzamiento del tango. Los grandes clubes deportivos congregaban a famosas orquestas de tango, entre ellas, las de Francisco Canaro y Di Sarli. Entre las décadas del 40 y 50, algunas orquestas famosas animaron también los “8 Grandes Bailes 8”: Francisco Lomuto, Alfredo De Angelis, Juan D’Arienzo, Aníbal Troilo “Pichuco”, Osvaldo Frese-do entre otros.

En la década del 30, las agrupaciones de carnaval de los barrios, tenían nombres paródicos: Los Eléctricos de Villa Devoto; Los Averiados de Palermo; Los Criticones de Villa Urquiza; Los Pegotes de Florida y Los Curdelas de Saavedra, eran algunas de las murgas más vistas.

El feriado nacional de lunes y martes de carnaval rigió en el país hasta el golpe militar de 1976, cuando el entonces dictador Jorge Rafael Videla lo anuló por decreto el 6 de junio de ese año. El feriado volvió a estar vigente recién este año, por resolución de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

La restitución del feriado de carnaval, tras un largo reclamo popular, puede registrarse en el rubro de la recuperación de la identidad y la memoria. Y también como recuperación de la alegría, que abunda y se esparce en esta histórica fiesta. Durante cada febrero de los últimos 15 años, las agrupaciones barriales y las murgas reclamaron el feriado de carnaval con grandes desfiles y marchas por el Centro porteño y en diferentes ciudades del Interior. Hicieron espectáculos que en más de una oportunidad los medios definieron como “carnavalazos” nacionales.

A través de nuevas formas, el carnaval se recicla, revitaliza, y también adopta modos de resistencia. Las murgas barriales son instrumentos de integración, donde la participación y la creación colectiva generan identidad y cultura.


Referencias:
Revista Círculo de la Historia, Nº 47 - febrero de 2000.
Angel López Cantos. “Juegos, fiestas y diversiones en la América española”. Colección Mapfre, Madrid, 1992.
Guía Cultural Fervor de Buenos Aires - marzo de 2000.

revista La Urdimbre nro. 109 - FEBRERO 2012
Esta es la edición número 109, febrero 2012, de nuestra revista mensual gratuita


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