La corporación Baosteel de Shangai fue una de las primeras
en interesarse en el reciclado de la chatarra de las Torres Gemelas.
Todavía humeaban en el Ground Zero los restos de esos
dos grandes edificios neoyorquinos; todavía los bomberos
y brigadistas buceaban entre los escombros buscando cadáveres;
todavía los familiares de las víctimas dejaban
correr sus desoladas lágrimas hacia el Hudson, cuando
febriles e-mails ofertaban y contraofertaban en la puja por
quedarse con los metales chamuscados y retorcidos que había
dejado el 11-S.
Finalmente, los empresarios cerraron trato, a unos 150 dólares
la tonelada. Un primer barco con restos de las Torres Gemelas
llegó a la India en enero de 2002. Lo esperaban miles
de obreros recicladores, listos para clasificar el material
y enviarlo a las trituradoras y hornos de fundición.
Otro barco, pocos días después, llegó a
China, donde también lo esperaban miles de obreros recicladores.
Y así hasta dar cuenta de las 300 mil toneladas de chatarra
generadas por el atentado.
Luego, aquel metal oscuro, vuelto a relucir, ya convertido
en cucharitas, en ollas y sartenes, volvió al Nuevo Mundo
(incluso a la ciudad de Nueva York) para satisfacción
de millones de ciudadanos con sus impuestos al día, admirados
de la calidad y buen precio de los productos chinos.
He allí una muestra de la economía globalizada.
Todo es reciclable y comercializable, y no hay poder sobre la
tierra -ni dolor humano- que pueda imponer otras reglas.
Historia de un oficio
Cuando el brigadier Cacciatore, intendente de facto de la Reina
del Plata, prohibió la incineración de residuos
y eliminó los basurales a cielo abierto, a principios
de los ‘80, tenía previsto reemplazar el viejo
sistema por una empresa estatal faraónica (como todo
lo que hacía) llamada CEAMSE.
Al funcionamiento -o disfuncionamiento- del CEAMSE se le debe
una nueva atracción turística porteña:
la Reserva Ecológica. También, la aparición
de nuevas pampas de relleno sanitario en el Conurbano. Y se
le debe, fundamentalmente, la aparición de los cartoneros,
obreros del reciclaje que juntan, clasifican y trasladan hacia
los mayoristas y los refundidores una parte de la basura que
a diario produce la ciudad.
Así, el popular ciruja, tan bien retratado en tangos
y aguafuertes del siglo pasado, devino cartonero, ya que el
grueso del material que levanta de calles y veredas es cartón,
seguido de papel, latas y PET (un plástico recuperable,
utilizado en envases de bebidas y alimentos).
Pero, además, fruto de las necesidades de los super
y los hipermercados y de los nuevos sistemas de logística,
la producción de envases reciclables ha ido aumentando
en proporción geométrica y la cantidad de basura
generada ya se ha vuelto incalculable.
En las décadas siguientes, la pauperización y
lanzamiento a la intemperie de decenas de miles de habitantes
de la Capital y el Conurbano (un genocidio que no ha merecido
hasta ahora la atención judicial) creó una nueva
clase de trabajadores informales, los cartoneros, quienes complementan
la recolección sistemática de la basura, que está
por lo general a cargo de concesionarios.
Pronto, con esa admirable dignidad que saca a relucir nuestro
pueblo en los momentos más difíciles, los cartoneros
se organizaron en cooperativas y en pequeñas empresas
familiares.
Ataque de madrugada
El Gobierno porteño, atento a la nueva realidad (y al
“que se vayan todos” que todavía flotaba
en el aire) creó un marco legal -la ley 992 del 21 de
enero de 2003- para que el trabajo de los recicladores urbanos
(así los llamó) se pudiera desarrollar en condiciones
de seguridad y salubridad.
Había cambiado, en los últimos tiempos, el paisaje
de Buenos Aires, y aquellos humildes obreros del reciclaje,
en lugar del uniforme de una empresa privada de recolección
de residuos, lucían otro “uniforme”: el de
la pobreza. Pero además (y esto era lo que molestaba
a ciertos empresarios-basura), osaban quedarse con una parte
del valor de esa valiosa mercancía arrojada cada tarde
a las veredas por la ciudad opulenta.
Entonces, a fines de 2007, una combinación de movimientos
empresarios y dirigenciales (el levantamiento del Tren Blanco
que conducía a los obreros y su carga desde la Capital
al Conurbano; la contratación de camiones con un plan
encubierto de erradicación; el desalojo compulsivo de
los campamentos de cartoneros, etcétera) marcó
el inicio de una extraña guerra, una guerra declarada
por el nuevo Gobierno porteño a ese “enemigo”
que había incurrido en el desaguisado de querer vivir,
de querer seguir respirando y alimentando a sus hijos, de mantener
una obstinada honradez y una obstinada dignidad.
Las excusas empresarias y dirigenciales fueron cínicas,
semejantes a las de los nazis antes de comenzar su faena: “El
Tren Blanco se puede convertir en un Cromañón
rodante”, dijo uno. “Esas familias acampadas son
un riesgo para ellas mismas; los chicos no tienen seguridad”.
Luego del discurso, acompañado y amplificado por algunos
medios, vino la acción: desalojos de madrugada, secuestro
y destrucción de las “pertenencias” de los
cartoneros (hasta paquetes de pañales cargaron en camiones
compactadores), bastonazos, golpes a los que se resisten, detención
de los más rebeldes.
Algunos vecinos del barrio de Belgrano que comprendieron la
justa demanda de los cartoneros, les acercaron alimentos, vituallas
y su presencia solidaria al campamento. Fueron pocos, a decir
verdad, pero demostraron que el país tiene reservas morales
no sólo “al otro lado de la General Paz”.
Mientras tanto, los concesionarios de los trenes urbanos se
reúnen con los concesionarios de la basura urbana y con
los concesionarios del Gobierno nacional y municipal (de algún
modo hay que llamarlos). En esas reuniones secretas se habla
de grandes temas, como el precio de la basura en sus distintas
etapas, el costo de los camiones destinados a los cartoneros,
el costo de las campañas de prensa y el futuro del pingüe
negocio, en el mediano y largo plazo.
No importa cuánta sangre humana se haya vertido -y se
vaya a verter- en esta guerra. Podrán olvidarse héroes
y fechas patrias, versos inmortales y de los otros. Pero lo
que no puede olvidarse es el culto, el sagrado culto, al dios
de la mercancía y la ganancia.
Es el dios que los protege en su guerra, en su implacable guerra
contra los cartoneros.