El llamado “misterio de los Pomar”
nos ha brindado una muestra más de nuestra patética
realidad. Hallados los cuerpos y el automóvil a la vera
del camino, en el lugar más obvio para encontrarlos a las
pocas horas del accidente, su demora de 24 días es la muestra
más palmaria del siniestro accionar policial y de su descontrol.
Huelgan las palabras para describir la inutilidad de las fuerzas
policiales para cumplir sus elementales tareas.
¡Qué huérfanos de musas inspiradoras han
quedado quienes se atrevan a abordar el género literario
de la novela policial!
Lejos del genial Sherlock Holmes, nuestros sabuesos han demostrado
que sólo tienen olfato para la muzzarela y los delitos
de la prostitución y el narcotráfico, claro que
en estos casos como socios del crimen.
Las autoridades políticas muestran su inanidad de recursos
para conducir a los delincuentes de uniforme.
Estas líneas no intentan teorizaciones sobre criminología
ni recetas contra la inseguridad, porque sus autores no tienen
el conocimiento para brindarlas.
Sin embargo, sumando todos los casos irresueltos de investigación,
prevención y represión del delito, resulta evidente
que los agentes del orden vernáculos, únicamente
sirven para reprimir protestas estudiantiles, sociales o desórdenes
en recitales, sin siquiera lograr los básicos fines de
dispersión de la multitud, pese a que en sus fallidos
intentos, siempre despuntan su vicio de golpear salvajemente
a individuos desarmados.
A la lista de fracasos policiales debe agregarse la impunidad
y el escándalo en el procedimiento, que incluye sospechar
a las propias víctimas, citando por caso el del padre
de la niña Sofía, detenido y sospechado al igual
que ocurrió con Fernando Pomar durante estos 24 días.
Qué decir del destino del testigo Julio López.
O de José Luis Cabezas. O de la Masacre de Ramallo. O
el crimen de Kosteky y Santillán. Siempre la maldita
policía involucrada directa o indirectamente. Imposible
no sumar a la lista las vinculaciones en el caso AMIA en donde
se sospecha del Comisario Palacios, devenido en la respuesta
del Jefe de Gobierno Porteño para garantizar seguridad
a sus vecinos.
Y entonces, frente al reclamo incesante de sectores de la población
clamando ¡SE-GU-RI-DAD, SE-GU-RI-DAD! resulta una obviedad
concluir que no puede esperarse un éxito en la materia,
contando como sujetos activos de las medidas reclamadas a estos
agentes impresentables.
¿Cuántas muestras más se precisan para
saber que quienes deben garantizar la seguridad no saben absolutamente
nada sobre el tema ni son idóneos y además están
involucrados en los peores crímenes que deberían
combatir?
No se trata de razones ideológicas de izquierda o derecha,
como podría suponer un análisis sobre las causas
del delito; o la necesidad (o vocación) de algunos sectores
de reprimirlo a costa de cualquier medio. Se trata simplemente
del análisis de la segunda opción, no respecto
de su legitimidad ética, sino de su efectividad, aún
prescindiendo de la exégesis moral.
Darle más poder de fuego o de operatividad a los elementos
policiales es como darle un cuchillo a un simio, que sin dudas
atacará a cualquiera, incluido su amo.
De quienes no encuentran a cuatro cuerpos desperdigados en
40 Km, mal puede esperarse que encuentren a un asesino y mucho
menos que lo aprehendan en movimiento.
Es inconsistente cualquier argumento que se dirija únicamente
contra las autoridades civiles para fundar el descontrol de
estas fuerzas, puesto que las condujeron desde menemistas fiesteros,
hasta militares fascistas como el caso Rico, llegando a recontras
derechosos como Macri, que se topa desde el inicio con el nada
fino de Palacios y sus escandalosos espionajes sin poder controlarlo.
Tampoco resultaron acertadas las políticas cuasi-progresistas
como las intentadas por Arslanian, Juampi Cafiero, entre otros.
Es notorio que no depende de la conducción política
ni judicial, porque no esperarán que un ministro reemplace
al custodio de una sucursal bancaria mientras éste manda
mensajes de texto en vez de estar atento a la circulación
de personas. Como tampoco puede pedírsele a la fiscal
que recorra, a pie o a caballo, los 40 Km. donde fueron encontrados
los cuerpos de los desdichados Pomar.
Se podrá decir que las fuerzas deben ser purgadas, pero
resulta a todas luces una tarea, por lo menos, sumamente extensa
en tiempo que no evacuará las necesidades urgentes de
los atemorizados clamantes de seguridad.
Por lo demás, la novel policía de la Ciudad de
Buenos Aires, es el caso más patente de la imposibilidad
de la purga, cuando la corrupción existe antes de que
nazca la criatura.
Por lo tanto es notorio que, si existen soluciones, éstas
no son sencillas ni pueden ejecutarse con la celeridad que espera
parte de la población mediante reclamos amplificados
por los tendenciosos medios de comunicación.
Estamos frente a un problema serio, que no parece de breve
resolución.
Entonces, admitiendo que la apuesta es a largo plazo, se impone
el deber de analizar si no es más conveniente (por supuesto
que además de ético) suprimir las causas que producen
el delito antes que atacar al hecho ya consumado, puesto que
esta tarea, aunque lenta también, parece menos difícil
que enderezar a las fuerzas policiales.
El problema no es la pobreza sino la riqueza
Llegado al punto de buscar las causas del delito, cada uno
mira para el lado que le parece y algunos para cualquier lado.
A nuestro criterio se equivocan quienes señalan la causa
principal del delito en la droga, puesto que drogones hay en
todas partes y sin embargo, no siempre en esos lugares existe
el mismo tipo de delito que alarma a la clase media argentina.
Aún en la clase media local, corre falopa a lo pavote,
sin perjuicio de lo cual no todos los faloperos de medio pelo
asesinan ancianas o catequistas, aunque muchos viciosos bursátiles
o de otras disciplinas cometan delitos graves como vaciamientos
de empresas, tráfico de medicamentos truchos, etc. Pero
eso es “harina de otro costal”.
Tampoco aciertan quienes apuntan a la falencia educacional,
mientras ellos mismos o su prole escriben con errores de ortografía
o ignorando las efemérides básicas de nuestro
calendario, aunque tengan aprobadas sus etapas educativas primarias
y medias o inclusive terciarias.
Los brutos cometen un sinfín de equivocaciones, entre
otras, adherir con facilidad a cualquier consigna facilista,
arreados por sus miedos y por los medios de comunicación
masivos. Sin embargo, tampoco salen a asesinar a mansalva, a
tontas y a locas.
Finalmente, y a veces con buena voluntad, muchos señalan
a la pobreza como causante del brote de violencia, amparados
en la estadística ligera que muestra a los pibes chorros
como estereotipados en personas humildes.
Y frente a esta estadística, más o menos veraz,
están los que concluyen que hay que acabar con la pobreza
y los que con cinismo sostienen que hay que acabar con los pobres
(aunque no se diga directamente, estamos convencidos de la numerosidad
de este último segmento de opinión).
Pero bien, sin querer polemizar con estas opiniones, advertimos
que la pobreza no es, en sí misma, la causa de tanta
violencia, aunque ésta la protagonicen a simple vista
los pobres.
A mayor abundamiento, muchos de los crímenes recientes
son cometidos por individuos de clase media baja y no por el
último escalón social, de lo cual debe descartarse
el delito famélico.
La pobreza se encuentra en relación dialéctica
con la riqueza y es en este vínculo en donde debemos
depositar la síntesis.
En Cuba, mal que le pese a la gusanada, no hay índices
delictivos severos, como tampoco los hay en la Suecia Socialdemócrata
ni en la Suiza ultra capitalista.
En uno habrá balseros y jineteras, pero no chorros.
En otro hay suicidios, pero no homicidios a quemarropa por una
moto o un celular.
Como rezaba el memorable tango de José María
Aguilar, aquel guitarrista de Gardel que con aguda ironía
advertía en la crisis del ’30 que “...el
ladrón es hoy decente, a la fuerza se hizo gente, ya
no encuentra a quién robar; y el honrao se ha vuelto
chorro porque en su fiebre de ahorro, él se afana por
guardar...”.
Más acá en la geografía y más allá
en la historia, en las décadas de los ’40,’50,
’60 y ’70, superada la crisis del ’30 que
abordó el poeta mencionado, (más allá de
los crímenes políticos) no encontramos antecedentes
que se parangonen con el problema actual, pese a que, como lamentablemente
opinó Menem, pobres siempre existieron.
Y es cierto. Más o menos, pero pobres siempre existieron
en las pampas.
Lo que no existía entonces era la exposición
impúdica de la riqueza, sustentada no sólo por
poderosos ricachones, sino por clasemedieros con un poco de
viento a favor y mucho de negocio non sancto.
Basta con encender el televisor para tener como única
realidad a vedetongas con autos descapotables, romances confesados
al calor del dinero, conductores con muy poco glamour y mucho
de estruendo. Ascensos sociales con poco mérito y con
bastante desparpajo en cuanto a la fuente inmoral del mismo.
Si con sólo recorrer un barrio de clase media porteño,
cualquiera se da cuenta que cualquiera tiene un auto cero kilómetro
o una casa que sus padres o abuelos laboriosos no pudieron conseguir
al cabo de una vida de trabajo.
Y frente a esta vidriera, la pobreza. La misma que antes, pero
más extensa en su número y más ansiosa
de tomar revancha por un destino que no pudieron evitar.
Repetimos. En las escuelas públicas, a las que concurrimos
los firmantes de esta nota, también había chicos
pobres llegados de villas de emergencias cercanas, pero todos
jugábamos con las mismas bolitas junto al hijo del médico
y el portero.
Además, las villas se concebían como lo decía
su nombre: en una situación de emergencia y no en un
destino inexorable… Y el que tenía un poco más
lo vivía con recato, aunque consciente de la diferencia,
no abusando hasta el hartazgo de ella.
Por lo tanto y como llegamos al desenlace de estas líneas,
pensamos que el problema del delito, si éste guarda relación
con la pobreza, no se soluciona eliminando pobres, sino curando
la pobreza y esta última no tiene remedio si no se ataca
a la riqueza.
Son los ricos, no sólo en su apropiación, los
que producen pobres, tanto por lo que le sacan al miserable,
como en la impotencia que en éste provocan.
A nadie le gusta ver comer caviar a un semejante, mientras
él sólo procura un mendrugo.
Nadie soporta con equilibrio ser maltratado en su intento de
limpiar un parabrisas de un auto que jamás podrá
adquirir y que la publicidad lo muestra como una condición
indispensable para ser feliz.
No hace mucho, una publicidad de automóvil mostraba
a un horrible narigón, acompañado de una cálida
señorita, mientras le dejaba una propina a otra persona
igualmente narigona que servilmente le habría las puerta
del flamante rodado. En la ocasión, el primero se compadecía
de la triste situación del segundo, confesando que el
coche que adquirió le cambió su autoestima. Mensaje
publicitario vomitivo por donde quiera mirarse.
Nada bueno puede esperarse de una sociedad así concebida.
Aunque eliminen pobres físicamente, otros tantos aparecerán
si el sistema consiste en la producción de éstos.
Y si del resentimiento se trata, ningún futuro promisorio
puede esperarse si quienes lo producen no echan mano a la humildad,
en vez de pensar en tanta violencia represiva para paliar lo
que ellos mismos generan por su propia naturaleza.
En síntesis, el problema no es la pobreza, sino la riqueza.
La solución no radica en atacar a los humildes, sino
en bajarle el copete a los fanfarrones embriagados de bienestar
económico. No ingresar a las villas para encontrar delincuentes,
sino ingresar a la AFIP para descubrir ingresos de dinero ilícitos
más importantes que las obtenidas en un arrebato callejero.
No detenerse tanto en el episodio del robo de un automóvil,
como en la comercialización de las autopartes, efectuada
en lugares bien visibles y consumidos por consciente clientela
que no le importa el origen sangriento de lo que pagan más
barato. No horrorizarse tanto con el patotero, tan difícil
de buscar en la multitud, sino con el jefe de la patota, tan
fácil de descubrir en las jefaturas de sindicatos.
Éstas no son más que sugerencias no taxativas,
pero ejemplificativas para pensar en los verdaderos culpables
de tanta violencia y encontrar soluciones, no tan ligeras como
las que suponen el grito vacío de SE-GU-RI-DAD, pero
más duraderas y éticas como edificar una sociedad
justa, libre y soberana.
Consolidada esta sana realidad, la consecuencia será
esa seguridad a la que todos anhelan pero que no todos merecen.