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Foto de Cassandre en la
cámara robada |
El viernes 15 de julio, en las alturas de Salta en el norte
de Argentina, mi hija Cassandre fue golpeada, violada y asesinada
de un disparo en el medio de la frente.
En la morgue del hospital de Salta, sus grandes ojos negros
helados de espanto pero plenos de trágica determinación,
así como las numerosas marcas del desencadenamiento de
las violencias padecidas por su cuerpo, nos petrificaron de
horror al padre, la madre, el hermano y la hermana llegados
hasta allí para honrar por última vez sus despojos
y llevarla de regreso con nosotros a Francia.
Al día siguiente, se impuso en mí la idea de
que el encadenamiento de actos cometidos primero contra su libertad
de mujer y finalmente contra su vida merecía una calificación
específica que tuviese las mismas consecuencias jurídicas
que un crimen contra la humanidad. Al día siguiente,
descubrí en la embajada de Francia en Buenos Aires el
concepto de feminicidio, común al conjunto de América
Latina. Había encontrado el estandarte del combate que
habría enorgullecido a mi Cassandre.
Inscribir el crimen de feminicidio en el derecho penal de
mi país es desde ahora el Grial de mis viejos días.
El ser humano que golpea, viola y asesina a una mujer porque
es mujer y dispone de un ascendente físico sobre ella
será denunciado como un bárbaro y castigado al
igual que quien comete un crimen contra la humanidad. Lo mismo
sucederá con quienes cometan este crimen de forma colectiva.
Yo no soy nada sin el apoyo del conjunto de mujeres y hombres
de buena voluntad y sin el de las organizaciones que militan
por los derechos humanos y contra la violencia hecha a las mujeres.
A Cassandre no le gustaban la injusticia y sus consecuencias:
la pobreza, la relegación, la exclusión. Le gustaba
buscar aquello que permitiese a las personas desfavorecidas
salir de su condición. Le gustaba ser solidaria con todos
los que sufren y actuar por ellos.
Espero de las autoridades ejecutivas y legislativas de mi
país que afirmen la necesidad absoluta de garantizar
cada vez más los derechos de las mujeres y particularmente
su derecho a la libertad y al respeto de su integridad física.
El 1º de septiembre, le solicité al presidente de
la República que tomase la iniciativa en este sentido.
Pronto me dirigiré al Senado y a la Asamblea Nacional.
Durante la próxima elección presidencial, pediré
a los candidatos que tomen posición sobre el tema. Llamaré
a los electores a negar el voto a los candidatos que no se hayan
comprometido explícitamente por la inclusión del
crimen de feminicidio en el código penal.
La muerte de Cassandra y de Houria, su compañera de
viaje, es ciertamente un "caso policial" y es comprensible
que sea borrado. Pero las condiciones abominables de su asesinato
son una negación de la mujer que merece un eco mediático
constante para la protección de los seres vulnerables.
Para aliviar mi dolor, le pedí a Cristina Kirchner,
presidente de la Argentina, la edificación de una estela
conmemorativa en el sitio mismo en el cual Cassandre y Houria
fueron negadas. Durante una estadía reciente en Francia,
ella me dio garantías sobre este punto. En los sueños
más locos, imagino esta estela como la ilustración
de una amistad franco-argentina soldada contra el crimen de
feminicidio. La imagino como la primera de una serie que formará
una guirnalda alrededor de la Tierra para dar testimonio del
combate incansable en defensa de la vida de las mujeres.
Gracias, Cassandre, por infundirme tu generosidad, tu entusiasmo
y tu corazón. Houria y tú son, desde ahora, para
vuestras familias, ángeles inseparables. Serán
también heroínas para todas las mujeres argentinas
y francesas. Formulo el deseo de que lo sean también
para todos los hombres argentinos y franceses.