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Sin embargo se sigue celebrando como un día de fiesta en las escuelas.
A los chicos se les enseña que “Colón descubrió
América”, siendo que el continente fue descubierto unos quince
mil años atrás. Los primeros “americanos” fueron
asiáticos que cruzaron el estrecho de Bering y entraron por Alaska
durante el último período glaciar. A lo largo de ese extenso
lapso pasaron de la flecha clovis y el pedernal a la agricultura en terrazas,
las construcciones monu-
mentales y avanzados conocimientos astronómicos. A la llegada de Colón
a estas tierras, se calcula en dieciséis millones el número
de habitantes de la región en innumerables pueblos y tres grandes civilizaciones
dominantes. Tenían una superior relación de armonía con
la Naturaleza, que recién ahora estamos empezando a comprender y valorar.
Pero también practicaban sacrificios humanos rituales (han aparecido
evidencias de que los mayas los hacían, un dato desconocido hasta hace
poco) como parte de su cosmogonía: la ofrenda resultaba imperativa
para aplacar la ira de los dioses que –de otra manera– se volvería
contra todo el pueblo, al punto que no sólo sacrificaban prisioneros
si también doncellas de sus propias etnias.
Al codicioso marino genovés –quien terminó sus días pobre y demente, envuelto en litigios legales contra los reyes de España por la propiedad de las tierras descubiertas, que nunca obtuvo– le siguieron una larga lista de aventureros y el fanatismo religioso de una Iglesia que se propuso salvar las almas paganas de los indios. Con la salvedad de Bartolomé de las Casas, el fraile y cronista de la época, quien se rebeló contra la crueldad de los conquistadores por un lado y por otro la obra humanitaria de los jesuitas en Paraguay y Misiones, que llegaron a defender empuñando las armas, la Iglesia avaló con su presencia el genocidio y la esclavitud de los pueblos sometidos. (Esta conjunción de la cruz y la espada volvería a repetirse en la Argentina de 1976, con un puñado de curas valientes que desafiaron la línea amistosa de la Jerarquía con los militares del Proceso y que también pagaron en muchos casos con sus propias vidas).
Encomienda, mita y yanaconazgo, tres modalidades del sometimiento del indio al conquistador, nos fueron enseñadas en la primaria con la asepsia emocional del anatomista que describe pancreas, hígado y riñón. Fueron las formas de esclavitud ideadas al agotarse el oro y la plata de los Incas (los incultos conquistadores fundían llamas de tamaño natural en oro macizo para facilitar su traslado a España) y paso obligado de la exanción de los recursos a la explotación del trabajo humano.
En las calles de Buenos Aires se honra con sus nombres a Irala, Ayolas, Hernandarias, Solís, Mendoza y tantos otros que formaron parte del proceso de sometimiento de los pueblos originarios primero y de los criollos después a la corona de España y –hasta donde sabemos– ninguna de sus víctimas obtuvo el privilegio, mientras en las escuelas del país se repite la anestesiante letanía de una Historia fundacional que favorece el adormecimiento del espíritu crítico de los alumnos. La afrenta mayor, sin embargo –hasta para el mero sentido común– es celebrar el 12 de octubre como “Día de la Raza”, sin siquiera la concesión a la pluralidad de los orígenes, algo que la lógica de la dominación haría entendible si aun nos gobernaran los emisarios de la Corona.
Por eso, sacar del calendario oficial la triste celebración sería un necesario primer paso hacia la reconciliación con la verdad histórica y una ofrenda a la memoria de las víctimas de la Conquista, que también nos incluye a casi todos nosotros.
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