15/10/2007
tomate o muerte
Política y periodismo de verdulería
Por Hugo Presman
El gobierno adultera los índices del INDEC, con el fin
de escamotear la inflación real y evitar la estampida de
la fracción de la deuda pública actualizada por
el CER ( Coeficiente de estabilización de referencia).
Este indicador refleja la evolución de la inflación,
para lo cual se toma como base de cálculo la variación
registrada en el Índice de Precios al Consumidor (IPC),
La oposición levanta el fantasma de la inflación
exagerando la situación en donde mezcla aumentos reales
estructurales con otros coyunturales como el precio de ciertas
verduras o frutos, consecuencia de un invierno durísimo
que quemó algunas cosechas. En el caso del tomate la
cosecha bajó de 280.000 a 220.000 tn.
El gobierno dice que el índice de costo de vida del
INDEC es perfecto. Expresión tan exagerada como la de
algunos referentes de la oposición que amenazan con un
estallido inflacionario incontenible. El índice de precios
al consumidor tiene el valor de obtener mes a mes comparaciones
homogéneas pero no precisamente el atributo de la perfección.
Ni acá, ni en ninguna parte del mundo puede diseñarse
una canasta única que mida en forma universal la composición
de los consumos con prescindencia de los estratos sociales.
Es obvio que la incidencia de rubro alimentos es muy diferente
en alguien que gana doce mil pesos que en otro que apenas llega
a los novecientos pesos. Además difiere significativamente
la composición de sus consumos. De manera que es un instrumento
de análisis económico usado en forma generalizada
haciendo salvedad de las distorsiones que habitualmente padece.
De ahí que el calificativo de perfecto, incluso antes
de la intromisión para hacerlo dar, no lo que resulta,
sino lo que se necesita, es una exageración oficialista.
Pero los índices aparentemente más cercanos a
la realidad manejados por la oposición darían
un guarismo anual de alrededor del 20%, implica que debe ser
tomado en cuenta y tratado seriamente pero muy lejos de encontrarnos
en una situación ingobernable.
Muchos de los sectores de la oposición con su ejército
de ocupación representado por gestores de negocios llamados
gurúes, buscan montarse sobre el caballo de la inflación
de sensible y justa memoria en la conciencia colectiva para
solicitar su receta única de ajustes, recortes en el
gasto público, congelamientos de salarios, aumentos de
tarifas, apertura de la economía, endeudamiento con supervisión
del Fondo, alineamiento incondicional con EE.UU, alejamiento
de Chávez, pago de los acreedores no presentados en la
renegociación de la deuda. Por un extraño razonamiento,
más misterioso que la inmaculada concepción, los
aumentos de salarios son siempre inflacionarios mientras que
los de tarifas son inocuos. Pero no se le puede pedir sensatez
a los que siempre esgrimen la racionalidad de “la mano
invisible del mercado” y que los asalariados y sectores
afines esperen que el derrame los incorpore al jolgorio de los
ganadores.
Debe aclararse entonces que el problema existe, sin haberse
descontrolado, siendo subestimado por el gobierno por razones
obvias y utilizado por la oposición como argumento principal
de la campaña electoral. La muy lenta recomposición
de ingresos y lo ajustado de estar por encima o debajo de la
línea de pobreza produce que un incremento real de 2
o 3% mensual lleve a que miles y miles de personas pasen de
una a otra situación.
Fue el economista Javier González Fraga, ex presidente
del Banco Central durante el gobierno de Carlos Menem y hoy
integrante del equipo de Roberto Lavagna quién desmintió
a su candidato presidencial diciendo: “No hay que hacer
un drama por el tema de la inflación”
Como no se discute la estructura absolutamente oligopolica
de ramas enteras, que el gobierno parece ignorar y sectores
de la oposición representan, el meollo de la cuestión
se soslaya. Muchos menos se sincera que la inflación
es una de las formas en que se exterioriza la lucha por la distribución
del ingreso a través de la cual el capital trata de por
lo menos mantener o incrementar su tasa de ganancias. O que
como afirma el economista Carlos Leyba: “Los cinturones
verdes de las grandes ciudades- es histórico- están
siendo empujado por los countries y por el arriendo de la soja
a 450 dólares la hectárea, sin contar el efecto
biocombustible”
Es por eso que en lugar de discutir las causas se analiza
lo más pedestre de las consecuencias y se termina discutiendo
la disparada del precio del perejil o la suba del tomate. Con
programas radiales y televisivos que le dedican horas y horas
al valor en las góndolas de la lechuga o de la papa,
en un tono dramático, como si se tratara el desembarco
de los ingleses en las Malvinas atravesando el estrecho de San
Carlos. Con señoras que ejercen de periodistas obsesionadas
por los precios las cuales posiblemente nunca pisaron un mercado,
porque envían a recabar información a su empleada.
Que se conduelen por los pobres afectados por la inflación
a los que quieren ver lo más lejos posible.
Hace unas décadas el tomate era estacional. No existía
en algunos meses del año. Nadie nunca hizo una manifestación
para su aparición permanente ni ninguno de sus consumidores
actuales que teatralizan su desesperación acuñaron
la consigna: “Tomate o muerte”. Justamente cuando
el tomate se pudo comer durante todo el año, en la mayor
parte de los casos pasó a ser un no- tomate. Algo parecido
al vaciamiento de las ideologías. Tiene aspecto y forma
de tomate y un sabor inexistente.
En determinados horarios algunos periodistas parecen repositores
de supermercados. Es el momento en que el periodismo es una
verdulería. Y la política en lugar de ser un instrumento
para mejorar la sociedad es pura verdurita. Parece que vivimos
una época en que la política y el periodismo agarraron
para el lado de los tomates, que es una forma de estar del tomate.