Las elecciones del domingo 28 de octubre dividieron básicamente
los apoyos sociales a favor de Cristina Fernández, Elisa
Carrió, Roberto Lavagna y Alberto Rodríguez Saá.
A la primera, con la simplificación que da toda generalización,
la votaron los sectores más humildes y las clases medias
bajas. A Carrió, las clases medias y altas, principalmente
urbanas canalizando un voto antikirchnerista, esperando lograr
un ansiado balotaje.
Fue un voto ideológico contra el gobierno y a favor
de una representante que muchos que ahora la eligen la detestaban
en elecciones anteriores, antes que virara su discurso y atenuara
algunos fundamentalismos personales. A Lavagna lo eligieron
los mismos sectores sociales, algunos con más cercanía
al peronismo, que pretenden un kirchnerismo más “prolijo”,
más confiable y previsible. Son los que consideran que
lo bueno de lo ocurrido en los últimos cuatro años
le corresponden al poco atractivo ex ministro y todo lo negativo
es obra de Kirchner. A Alberto Rodríguez Saá lo
votaron los que añoran el peronismo histórico
a través de su simbología y las permanentes invocaciones
a Perón y Evita mientras deslizan un discurso de evidente
matriz menemista.
Carrió plantea, a veces en forma subliminal, y en otras
absolutamente abierta la vieja zoncera de Civilización
y Barbarie. Los cultos, los civilizados, las capas medias altas
y urbanas que la votaron representan a la Argentina civilizada.
Los bárbaros son los esclavizados por los punteros, por
las dádivas, por los planes trabajar a quién hay
que ir a rescatar. Por eso afirma: “Voy a seguir
luchando para liberar a los pobres de la jaula del clientelismo”.
No es que la realidad no esté surcada en muchos casos
por el clientelismo y que haya gente que lucra con el mantenimiento
de la pobreza. Pero de ahí a analizar los resultados
electorales a través de la dicotomía hombres libres
(la que la votan) y esclavizados ( los que no la votan) y que
ella en el futuro liberará, es tan falso y pueril como
cuando afirmó sin pudor que “estamos viviendo bajo
el nazismo sin campos de concentración”
CINE, HISTORIA, CIVILIZACIÓN Y BARBARIE
El cine, dijo alguien, es la vida sin las partes aburridas.
El cine transmite circunstancias de la vida o de la ficción
sin sus olores. Se parece en eso a la historia falsificada.
La realidad es percibida a la distancia suprimiendo las contradicciones,
las pasiones, el barro que arrastra todo proceso histórico.
Por eso en lugar de enseñar, ayuda a desaprender. En
lugar de servir como elemento de análisis para el presente
sirve para denostar la actualidad, sucia, turbia, compleja en
donde el oro y el barro se mezclan, con un pasado broncíneo,
lavado, maniqueo, donde “los buenos” están
definidos y reconocidos como tales y “los malos”
están delineados de tal manera que cargan con el estereotipo
de perverso.
Como en el cine, la historia falsificada carece de olores.
El “civilizado” aprendió en esa historia
en donde los sectores populares de París tomaron la Bastilla
cantando la Marsellesa, limpios y perfumados, o los obreros
soviéticos se apoderaron del Palacio de Invierno citando
a Marx y memorizando a Engels, después de haber entendido
a Hegel.
En nuestra historia, Rivadavia, Mitre, Sarmiento en nombre
de la civilización europea aplastaban a las bárbaras
montoneras gauchas, esas que Jauretche denominó como
“el sindicato del gaucho”
Difícil entonces reconocer en los obreros sudorosos
que protagonizaron el 17 de octubre de 1945, a los nuevos obreros
de las migraciones internas. No estaban impecables como en los
textos históricos, transpiraban, no cantaban la Marsellesa
ni La Internacional, y algunos se sacaban sus calzados y en
la Plaza de Mayo se percibía el olor a pata. A axilas
transpiradas.
Los cultos, los civilizados no reconocieron el sujeto histórico.
Sólo percibieron el olor a pata. Y de alguna manera descalificaron
el gigantesco hecho histórico por los olores desagradables
de la vida. Ese que no estaba en su historia apócrifa.
Esos que no podían encontrar en el relato erróneo
aprendido. Ese que sus libros no había previsto. Esos
momentos históricos en que los libros, que pueden ser
habitualmente magníficos orientadores en cuanto brindan
elementos para el análisis y la interpretación,
se convierten en obstáculos para alcanzar a ver lo que
se mira. Como diría Cesare Pavese: “Hay
momentos en la historia que los que tienen algo que decir no
saben escribir, y los que saben escribir no tienen nada que
decir” O como afirmó, ironizando, George
Bernard Shaw: “Mi educación fue perfecta
hasta los seis años, en que la abandoné para ir
a la escuela” No entender lo básico, llevó
a un gorilismo que atravesó todo el arco político.
Los sectores del poder porque las masas los asustan. Se pierde
“la seguridad jurídica” y en los casos más
radicalizados se pone en tela de juicio el derecho de propiedad.
Lo mismo le sucedió a la izquierda de entonces, el Partido
Socialista y el Comunista, incapaces de comprender la cuestión
nacional a través de textos marxistas mal leídos
y peor digeridos. Así el órgano oficial del Partido
Socialista, La Vanguardia decía el 23/10/1945:
Perfectamente podía transcribirse ambos
textos, entonces y ahora, como editoriales de La Nación
Será por eso que allá de donde
proviene, del Chaco profundo, donde está siempre presente
el olor a pata, Carrió saca apenas el 21,13% de los votos.
Los que están acostumbrados a olores exquisitos y obnubilados
por la zoncera madre, es posible que nunca entiendan la aguda
pituitaria, que no es infalible, de los sectores populares. Esos
a los que no suele embotar el olor a pata. Tal vez deba recordar
una frase muy afortunada de su admirado Sarmiento: “El título
no quita las orejas”
OLOR A PATA
Como decía en su discurso postrero Salvador Allende:
“La historia es nuestra y la escriben los pueblos”
Y los pueblos cuando se pronuncian generalmente en forma acertada,
lo hacen en función de las alternativas existentes. Ya
sea en una elección o tomando las calles. En forma sonora
y desprolija. Con mezcla de sabiduría popular y olor
a pata. Intentar comprender los fenómenos históricos
con modestia, recogiendo las enseñanzas que de ellos
surgen sin actuar como falso maestro, es la tarea del militante,
del intelectual, del profesional de aquél que una sociedad
profundamente injusta lo dotó de una presunta cultura
pagada en buena parte por lo que cada tanto meten las patas
en la fuente o periódicamente el sobre en la urna y diariamente
sus manos moldean un trabajo o sus pies recorren el doloroso
camino de la búsqueda de empleo.
En su momento, la zoncera mayor Civilización y Barbarie
se tradujo en “Alpargatas si, libros no”.
Intento de minimizar desde los sectores “cultos”
una gigantesca transformación social. Sin entender que
los pies que calzan las alpargatas necesitan que los libros
ayuden a los sectores medios a comprender la necesidad de conformar
la alianza plebeya de los sectores populares como condición
indispensable para avanzar sólidamente en el camino de
las transformaciones
No hay derecho que montada sobre una importante cantidad de
votos de clase media, una candidata, después de proponer
el contrato moral, intente en pleno siglo XXI aplicarles a los
sectores más humildes de la población lo peor
del discurso sarmientino o los habituales editoriales de La
Nación. Lo más peludo del discurso gorila.
Carrió no tiene olor a pata. Pero su discurso está
atravesado por un olor mucho más penetrante. El del elitismo.
En donde se ahoga la ética y se hunde el contrato moral.