A fines del siglo diecinueve, cuando se inició la conquista
del Chaco, después del genocidio perpetrado contra el
pueblo paraguayo a través de la guerra de la triple infamia
impulsada por las burguesías de la Argentina, Brasil
y Uruguay como tristes y macabros titiriteros del imperio inglés;
los últimos pueblos libres del monte tupido y del quebrachal
indómito decidieron defender su tierra al costo de sus
propias vidas.
En esos lugares de verdes infinitos y variados, tobas, matacos
y chiriguanos encontraban todo lo necesario para alimentarse,
crecer y soñar con construir una sociedad mejor para
sus hijos. Aunque las estadísticas militares y de gendarmería
son por demás de mezquinas y artificiales, antropólogos
e historiadores del norte santafesino y del Chaco sostienen
que la masacre se tragó a miles de habitantes originarios.
Una sangría que se continuó con la llegada de
La Forestal y otros capitales extranjeros que necesitaban de
la docilidad del nativo y cuando no lo lograban no había
nadie que castigara sus abusos.
Pero las abuelas tobas, los abuelos matacos, los caciques de
las comunidades que todavía resisten en el Chaco y que
también se encuentran en ciudades del sur, como Rosario,
suelen recordar aquellos tiempos en que la naturaleza les daba
todo lo necesario para vivir y multiplicarse.
No conocían el hambre ni tampoco la miseria. Las enfermedades
no superaban las crónicas orales que llegaban de las
generaciones anteriores.
Esta es la historia que no solamente conocen los estudiosos
de las antiguas comunidades sino que circulan entre los actuales
habitantes de la región.
La riqueza de la naturaleza hacía ricos a sus pueblos
primeros.
A principios del tercer milenio, después de distintas
cacerías humanas que tenían como objetivo la explotación
irracional de aquella riqueza natural, las consecuencias de
tantos desarraigos hechos a imagen y semejanza del capital,
explotan en los cuerpos de los empobrecidos de siempre, descendientes
en quinta generación de las últimas familias libres
del Chaco.
Para colmo de males, la frontera agropecuaria acicateada por
los más de mil pesos por tonelada que las multinacionales
del cereal pagan por la soja, avanza arrasando lo poco que queda
del monte y bosque naturales.
La devastación de la naturaleza trae la devastación
de los pueblos originales. Es casi una consigna del sistema
que se repite en las diferentes latitudes del país de
los argentinos.
El actual gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, ex menemista
furibundo y hoy kirchnerista fanático, informó
que en El Impenetrable, legendaria región de la provincia,
la mayoría de las nenas y los nenes están desnutridos
y que el mal de Chagas alcanza al cuarenta por ciento de la
población. Abusando del lugar común, el gobernador
dijo que “se trata de un problema de gravedad absoluta,
con un efecto acumulativo por la falta de políticas de
Estado adecuadas”, como quien por primera vez conoce la
cuestión social de su propia provincia.
Según los profesionales que participaron de la investigación
dijeron que “parecía que hubiesen retrocedido 500
años”.
En realidad el problema es al revés, son estos quinientos
años de avance del sistema que desprecia la naturaleza
y las mayorías los que han llevado a este presente. El
no retroceso de la voracidad capitalista es el responsable de
la miseria chaqueña. Ese es el avance que hay que detener,
la marcha asesina de una sociedad manejada por y para muy pocos.
Fuente de datos: Diario Norte - Chaco 08-02-08