El poder económico es siempre brutal. Capaz de perpetrar
las peores atrocidades. Justificada con consignas o proclamas
enaltecedoras. Y consigue ocultar su barbarie con las vestimentas
coloridas de la civilización. Está siempre pero
parece que no se ve. Por acostumbramiento o porque la lógica
del poder es penetrar en las conciencias y actuar desde ahí.
Cuando el oprimido incorpora como propio el discurso del opresor,
la colonización pedagógica se ha completado. A
su vez, cuando algunos o muchos despiertan, el poder les hace
sentir su presencia. “El poder es impunidad” afirmaba
con claridad e impudicia el empresario Alfredo Yabrán.
La misma impunidad que demostraron los comerciantes del puerto
de Buenos Aires junto a sus colegas de Montevideo y la monarquía
portuguesa asentada en el Brasil perpetrando el genocidio paraguayo
y la destrucción de ese país con su Estado ( proteccionista)
más desarrollado del siglo XIX. El exterminio del indio
como consolidación de los ganaderos con nuevas tierras
apropiadas, en tren de convertirse en oligarquía. Los
asesinatos de la Semana Trágica, los fusilamientos de
la Patagonia, entre muchos otros.
Para desmontar el modelo de sustitución de importaciones,
había que terminar con su expresión política
el peronismo, con la industria que se apropiaba de parte de
las divisas que generaba el sector agropecuario y sobre todo
por llevar en su vientre el mal a extirpar: la clase obrera,
los sindicatos y los delegados gremiales que tenían y
tienen muchas veces el atrevimiento de poner límites
al derecho de propiedad en las fábricas. No se vaciló
en bombardear Plaza de Mayo, y ya triunfante fusilar clandestinamente
en José León Suarez e ilegalmente en la Penitenciaría
de Las Heras.
El fusilamiento de general Valle en 1956 parece una remake
de la de Dorrego en 1828, ejecutada por Lavalle pero inspirada
y alentada por la Pandilla del Barranco porteña con su
figura funesta: Bernardino Rivadavia. Escribió Jorge
Abelardo Ramos: “En la época colonial existía
un grupo de hacendados y comerciantes llamados por los mismos
europeos, la pandilla del barranco. Estos señores, entre
quienes había un Martínez de Hoz, antepasado del
célebre Joe, se intercambiaban señales desde las
alturas del Parque Lezama, con los buques ingleses. El objeto
era eludir el control de la Aduana.” Y la concepción
de cómo el poder escribe la historia está claramente
expresada en Salvador María del Carril, uno de los que
instigó a Lavalle a perpetrar el crimen, y que años
más tarde presidió la Suprema Corte de Justicia.
Le escribió unos días después del fusilamiento
del general Lavalle, llamado una espada sin cabeza: “Fragüe
el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento
de Dorrego porque si es necesario envolver la impostura con
los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario
mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos
y a los muertos”
En otras circunstancias históricas, no dudarían
con el golpe de 1966 y más tarde el de 1976, acudir desde
los fusilamientos en Trelew al terrorismo de Estado. Es una
cronología conocida pero su aprehensión es meramente
enunciativa y banal sino se interioriza que el poder no reconoce
límites en la protección de sus intereses. Y sin
embargo posa de civilizado al punto que si se le pregunta a
un ciudadano de clase media devenido en vecino donde está
la violencia o la inseguridad, afirmará que en los piqueteros,
los sindicalistas, los cabecitas negras, los negros, los peruanos,
los paraguayos, los villeros, los delincuentes, etc.
Las anécdotas no explican los procesos históricos,
pero a veces lo ilustran. Son como el chimichurri, que le dan
sabor al asado. Rescato dos para entender cómo funciona
el Poder Económico en la Argentina y la cortedad de sus
miras. “El 25 de septiembre de 1955 - recuerda Miguel
Gazzera-el General Lonardi concedió una audiencia a lo
que quedaba de la conducción de la CGT. Los compañeros
estaban en la antesala cuando por el despacho paso un marino.
Se detuvo, les preguntó quienes eran y qué esperaban.
Respondida la pregunta, los miró detenidamente y les
hizo explotar esta sentencia: “Sepan ustedes que la revolución
libertadora se hizo para que en este país el hijo del
barrendero, muera barrendero. Era el Contraalmirante Arturo
Rial” “Peronismo, autocrítica y perspectiva
de Miguel Gazzera, Pagina 64, citado por Norberto Galasso “Cooke:
de Perón al Che. Una biografía política”
Página 51
La otra, que expresa la continuidad del real poder en la Argentina.
“- ¿Las cenas son siempre iguales? – preguntó
una vez Zulema Yoma al personal de la residencia de Olivos.
-Cambia el menú. Cambian los presidentes. Lo que nunca
cambian son los invitados- fue la respuesta (Horacio Verbitsky
Página12 1-11-2009).
A su vez, la burguesía industrial, que en los ensayos
se la denomina como burguesía nacional, fruto de su origen-
no de un desarrollo autónomo, sino como consecuencias
de las crisis del capitalismo- se caracteriza por su endeblez,
por ser tributaria de políticas estatales para su mantenimiento
o consolidación al tiempo que es contradictoriamente
antiestatal, alienada ideológicamente a los sectores
agropecuarios, está definida con precisión por
uno de sus representantes, el petrolero Carlos Bulgheroni: “Los
empresarios somos cortesanos del poder”. En su conjunto
le dan la razón al ensayista Alejandro Horowicz que afirma:
“La Argentina tiene clase dominante pero no clase dirigente”
Una clase dominante sin proyectos incluyentes y capaces de
recurrir a la violencia extrema para mantener sus posiciones
o acrecentarlas.
Los medios y las centrales empresarias mediáticas
En la reciente reunión de la SIP ( Sociedad Interamericana
de Prensa) una agrupación que representa a los propietarios
de medios de prensa de nuestro continente, expusieron diferentes
periodistas que gustan de posar de “independientes”.
Durante sus exposiciones no manifestaron ninguna discrepancia
con los empleadores. En la SIP, parece haberse decretado, el
fin de la lucha de clases. A nadie pareció llamar la
atención de este hecho anómalo. Identidad total
de intereses y de miras entre Héctor D`Amico y sus empleadores
de La Nación, entre Ricardo Kirschbaum y los propietarios
de Clarín, entre Magdalena Ruiz Guiñazú
y María O`Donnell con el Grupo Prisa, para mencionar
sólo algunos casos. Imaginemos por un segundo, un Congreso
de Centrales Sindicales en donde se invitara como oradores a
los principales empresarios de la Argentina como Cristiano Ratazzi,
Gustavo Grobocopatel, Hugo Biolcati, Luis Pagani, entre otros,
que coincidieran absoluta y totalmente con el escenario y proposiciones
de los trabajadores. Sería un hecho que merecería
columnas de opinión que variarían entre la sorpresa
y el escándalo.
Justamente, los medios y periodistas que más se envuelven
con las banderas de la libertad y la independencia, en su ámbito
suelen negar al extremo lo que invocan. Instigador de todos
los golpes de Estado, a favor de la libre competencia pero usufructuaria
del monopolio de Papel Prensa, el diario La Nación nació
como guardaespaldas de Bartolomé Mitre después
de comandar, como presidente argentino, los ejércitos
de la Triple Alianza.
Un liberal, como Roberto Cox, director del Buenos Aires Herald
en los años de plomo formuló estas declaraciones
a Página 12 el 16-11-2009, después de ser nombrado
“ciudadano ilustre de la ciudad: “Yo veo bien a
la Argentina. Por supuesto, con problemas. Se parece a Italia.
Son países jóvenes, con historia, pero con tantas
cosas buenas, tanta inteligencia, una mezcla magnífica
de muchas nacionalidades. Me cuesta entender por qué
los argentinos –y diría centralmente los porteños–
tienen una visión tan negativa. No parecen siquiera advertir
la hermosura de los jacarandás, de los quioscos, de la
calle. Un amigo mío, que fue un importantísimo
técnico financiero en Wall Street, me dijo: ‘Bob,
Buenos Aires es un hotel cinco estrellas, con todos los pasajeros
quejándose por el servicio de habitación’.”
“Por supuesto que hay un problema entre el Gobierno y
la prensa. Y los dos lados tienen responsabilidad. Cuando empezó
el gobierno de Néstor Kirchner, yo veía en La
Nación críticas ridículas. Por ejemplo,
hablaban de los trajes de Kirchner. Era increíble. Por
el otro lado, es cierto que a él no le gusta hablar con
el periodismo, no hace conferencias de prensa. Es un grave error.
El periodismo tiene algo de representante de la gente.
Ahora, si uno lee La Nación se lleva la imagen de un
país que no veo para nada. La Nación cree en la
censura y en la autocensura, al punto que una alumna de la carrera
de periodismo de ese diario me dijo que Claudio Escribano, quien
fuera director de La Nación, hizo un elogio de la censura.
Dijo que se necesita. Desde ya, yo necesito leer Página/12,
porque La Nación describe un país y una ciudad
que yo no puedo ver ni reconocer. Y en eso, La Nación
actúa como bajo la dictadura. En aquel momento, ignoraba
lo que pasaba y ahora también.”
Mariano Grondona, columnista del mismo diario, con una trayectoria
vinculada inveteradamente al poder económico, se desprendió
de su colaborador, el periodista Luis Novaresio, por discrepar
en un comentario sobre la ley de ADN. En sus columnas, las palabras
república, libertad, independencia, repetidas hasta la
saturación, constituyen un collar de perlas falsas.
Acerca del poder
“El poder es impunidad”. El poder económico.
No duda en falsificar la historia. Instrumentar el presente.
Envolver las peores causas, los intereses más mezquinos,
bajo grandes banderas. Bajar un discurso discriminatorio. Encarnar
la civilización, bajo lo cual se esconde la barbarie
más profunda.
Desarrollar actualmente un modelo de agronegocios con un futuro
de desertización de la tierra y con la minería
como estafa y contaminación del agua potable. El mercado
es Dios y los bancos el templo de esta religión. Los
poderes menores- como la burguesía nacional- son cortesanos
de los gobiernos. Estos, en muchos casos son súbditos
del poder económico real. Cuando no le responden totalmente,
cuando existen intereses contradictorios, sin siquiera ser revolucionarios,
pero demasiados reformistas para intereses cebados en el control
absoluto, empieza a ver malestar, crispación, actitudes
destituyentes, cacerolazos de clase media, lockout, golpes de
mercado, medios ferozmente opositores y opositores irracionales.
Antes era más sencillo. Se golpeaba la puerta de los
cuarteles y los uniformados, en la mayoría de los casos,
restituían totalmente el poder del poder. Para tener
calor popular, suelen instrumentar la identificación
con el poder de gruesas franjas de los sectores medios, deseosos
de ascender en la escala social y temerosa de precipitarse en
esos abismos insondables de los sectores populares.
Hoy cuentan como siempre con esos sectores, con la despolitización
que atraviesa a la sociedad fruto también de asimilar
política con entrega, y con los medios como ejércitos
de ocupación y colonización ideológica.
Juan Bautista Alberdi, el más notable analista de la
segunda mitad del siglo XIX, lo sintetizaba así: “Entre
el pasado y el presente hay una filiación tan estrecha
que juzgar el pasado no es otra cosa que ocuparse del presente.
Si así no fuere, la historia no tendría interés
ni objeto. Falsificad el sentido de la historia y pervertís
por el hecho toda la política. La falsa historia es origen
de la falsa política”