A continuación, los extractos más importantes
del audaz diálogo que protagonizaron el director de cine
norteamericano Michael Moore con la autora del best seller anti-capitalista
“No Logo”, Naomi Klein, y que fuera publicado, recientemente,
en las páginas del diario estadounidense The Nation.
En la entrevista, Moore comenta su última película,
Capitalismo, una historia de amor,
un film mordazmente crítico que se interna en las raíces
de la crisis financiera presente e indaga sobre la movilización
social y mediática de la ultraderecha contra el gobierno
del presidente de Estados Unidos Barack Obama.
– Bueno, la película es estupenda. ¡Enhorabuena!
Como mucha gente ya sabe, se trata de una resuelta llamada a
la rebelión contra la locura capitalista. Yo espero que
tu película sirva de despertador y catalizador para que
todo esto cambie.
– No sabría decir si todo eso son revueltas en
favor del capitalismo o si se trata más bien de un fenómeno
espoleado por dos tipos distintos de agendas políticas.
Una de ellas viene del hecho de que un número importante
de norteamericanos no acaba de aceptar la presidencia de un
afroamericano. No creo que les guste eso a las grandes empresas.
Las compañías dedicadas al negocio de la salud
y otros intereses empresariales están contribuyendo a
encauzar lo que parece un estallido espontáneo de ira
ciudadana. Pero el otro componente de esto es lo que siempre
he admirado de la derecha: están organizados, trabajan
con abnegación, están prontos a librar sus luchas.
De nuestro lado, no veo realmente esa clase de compromiso. Cuando
se estaban manifestando en los mitines urbanos en agosto, esos
mitines estaban abiertos a todo el mundo. ¿Dónde
estaban los nuestros? Yo pensaba, ¡Huau! ¡En agosto!
¡Trata tú de organizar algo de izquierda en pleno
agosto!
– ¿Y no podría deberse eso a que
la izquierda, los progresistas, o como quiera que nos llamemos,
hemos estado en una suerte de estado de confusión con
respecto a la administración Obama?
– Sí. Y por eso necesitamos gente para articular
el mensaje y ponernos a la cabeza de eso y dirigirlo. Obama,
creo yo, se percata ahora de que, fuera lo que fuere lo que
intentaba hacer con el bipartidismo, manteniendo en alto la
rama de olivo, el otro lado no tiene el menor interés
en nada que no sea la total destrucción de cualquier
cosa que él proponga o trate de hacer. Así, si
(el congresista neoyorquino Anthony) Weiner o cualquier otro
miembro del Congreso quiere dar un paso hacia adelante, ahora
es el momento de hacerlo. Y yo desde luego estaría en
la calle. Estoy en la calle. Quiero decir, que yo aprovecharía
este momento, justo éste, para juntar realmente a la
gente, porque creo que la mayoría del país quiere
esto.
– Volviendo a Wall Street, me gustaría
hablar un poco más sobre el extraño momento en
que nos encontramos. Toda la rabia contra Wall Street, contra
los ejecutivos de la (aseguradora) AIG, cuando la gente se manifestaba,
no sé qué pasó con todo eso.Lo que yo siempre
temí es que esa enorme rabia que puede verse en tu película,
esa especie de insurrección ante el rescate financiero
a las elites, contra las gentes que crearon el desastre, si
no se canalizaba en un proyecto real para cambiar el sistema,
entonces podría fácilmente reorientarse y dirigirse
en contra de la gente más vulnerable en nuestra sociedad,
quiero decir, los inmigrantes, degenerando en rabia racista.
Lo que trato de averiguar es esto: ¿se trata de la misma
rabia o crees tú que son dos corrientes completamente
distintas de la cultura norteamericana? Las gentes que estaban
indignadas con AIG, ¿son las mismas que expresan ahora
su indignación contra Obama y el ideal de la reforma
del sistema de salud?
– No creo que sea eso lo que ha pasado. No estoy nada
seguro de que sea la misma gente. Por lo que he podido ver en
mis viajes por todo el país cuando filmaba mi película
hay algo más que está rugiendo cerca de la superficie.
No puedes evitar el estallido de indignación en algún
momento cuando una de cada ocho hipotecas ha terminado penalmente
o con desahucio, cuando hay un desahucio cada 7,5 segundos y
la tasa de desempleo sigue creciendo. Eso tiene su propio punto
de saturación. Y lo triste de todo eso es que, históricamente,
cuando todo esto ha ocurrido, la derecha ha sido capaz de manipular
con éxito a quienes han sido duramente golpeados, sirviéndose
de su rabia para apoyar a lo que solían llamar fascismo.
¿Qué ha pasado desde el crac? Hace un año
ya.
Yo creo que la gente sintió que, votando por Obama seis
semanas después, saldría del sistema, y que Obama
sería capaz de encauzar bien las cosas. Y lo cierto es
que Obama promete parsimoniosamente hacer bien muchas cosas,
pero luego cumple muy poquitas. Bueno, eso no quiere decir que
yo no esté muy contento con ciertas cosas que le he visto
hacer. Y tal vez sea yo un poco demasiado optimista aquí,
pero Obama fue educado por una madre sola y los abuelos, y no
creció con dinero. Y aunque fue lo suficientemente afortunado
para ir a Harvard y licenciarse, no fue allí para estudiar
algo que pudiera hacerles rico y decidió trabajar en
los barrios de la ciudad de Chicago. ¡Ah! Y decidió
cambiar su nombre, para volver a lo que figuraba en su certificado
de nacimiento: Barack. Lo que no es precisamente el paso que
daría alguien que pensara en convertirse en político.
Así que, creo yo, nos ha mostrado a lo largo de su vida
muchas cosas reveladoras de dónde está su corazón,
y durante la campaña electoral tuvo el desliz de decirle
a Joe el Fontanero, que creía en la distribución
equitativa de la riqueza. Obama tendrá que hacer más
para destruir lo que ha de ocurrir en este país en términos
de participación en su democracia. Así que espero
que entienda la carga que lleva sobre sus espaldas y haga lo
correcto.
– Bien, me gustaría pincharte un poco
más al respecto, porque entiendo lo que dices sobre el
modo en que Obama ha vivido su vida y, desde luego, sobre el
carácter que parece tener. Pero, después de un
año, todavía no ha puesto en vereda a Wall Strett.
Nombró a (Ben) Bernanke.
– Exactamente.
– Entonces, lo que me preocupa es esta obsesión
por psicoanalizar siempre a Obama y lo que yo oigo decir a menudo
es que estos tíos lo traen engañado. Pero estos
tíos los ha elegido él, y por qué no juzgarle
por sus acciones y decir: “Esto es cosa de él,
no de ellos”.
– Estoy de acuerdo. No creo que lo traigan engañado;
creo que es más listo que ellos. Cuando acababa de nombrarlos,
yo estaba acabando de entrevistar a un ladrón de bancos
que no actuaba como tal en la película, pero que es un
ladrón de bancos que contratan los grandes bancos como
asesor para evitar robos bancarios. Bueno, pues para no caer
en una desesperación negra y profunda, esa noche me dije
a mí mismo: ¡Eso es lo que está haciendo
Obama! ¿Quién mejor que quien lo creó para
sacarnos del atolladero? Los ha subido al carro para poner orden
en el desastre que ellos mismos causaron. Sí, sí.
Eso es. Eso es. Repite conmigo: “Hogar, dulce hogar”.
– Y ahora resulta que se les subió al
carro para que siguiera el latrocinio.
– En efecto. Ahora es Obama quien tiene que mover pieza.
– De acuerdo. Hablemos un poco más de
la película. Te vi con (Jay) Leno y me llamó la
atención que una de las primeras preguntas que te hizo
fue para plantearte esta objeción, que lo malo no es
el capitalismo, sino la codicia. Y eso es algo que oigo muchas
veces, esta idea de que la codicia o la corrupción es
una especie de aberración de la lógica del capitalismo
y no el motor y la pieza central del capitalismo. Y creo que,
probablemente, eso es lo que se oirá a propósito
de la soberbia secuencia que se dedica en tu película
a los jueces corruptos de Pensilvania que enviaban a chicos
a prisiones privadas a cambio de sobornos. Creo que la gente
dirá: eso no es capitalismo, eso es corrupción.
¿Por qué resulta tan difícil ver la conexión?
¿Qué les dices tú a la gente que te viene
con esto?
– Bueno, la gente quiere creer que no es el sistema económico
lo que está en la base de esto. Ya sabes, la idea de
las manzanas podridas. Pero el hecho pertinente que está
en la base, como le dije a Jay (Leno), es que el capitalismo
es la legalización de esta codicia. La codicia ha estado
entre los seres humanos desde siempre. Hay un buen número
de cosas en nuestra especie que podrías llamar el lado
obscuro, y la codicia es una de ellas. Si no pones por obra
determinadas estructuras o restricciones en esas partes de nuestro
modo de ser que vienen de ese lado obscuro, entonces se salen
de madre. El capitalismo hace lo contrario.
No sólo no le pone restricción alguna, sino que
la estimula, la recompensa.Me planteo esta cuestión a
diario, porque la gente se queda muy sorprendida al final de
mi película al oírme decir que hay que eliminarla
completamente. “¿Qué hay de malo en ganar
dinero? ¿Por qué no puedo abrir una zapatería?”,
me dicen. Y me doy cuenta de que, como no se nos enseña
economía en el bachillerato, no pueden entender qué
significa todo esto. El asunto es que cuando tienes capitalismo,
el capitalismo te incentiva para que pienses en formas de ganar
dinero o de ganar más dinero. Y los jueces jamás
habrían podido llegar a recibir sobornos, si el condado
no hubiera antes privatizado la reclusión juvenil. Pero
como en los últimos veinte años ha habido tal
deriva en la privatización de los servicios públicos,
que han sido sacados de nuestras manos y puestos en manos de
gentes cuya única preocupación es la responsabilidad
fiduciaria contraída con sus accionistas o con sus propios
bolsillos, pues eso lo ha puesto todo patas arriba.
– Lo que a mí me resulta más conmovedor
de la película es tu muy convincente montaje sobre los
puestos de trabajo gobernados democráticamente como alternativa
a este capitalismo de ‘saquea y lárgate’.
Me pregunto si cuando viajas por ahí constatas interés
por esa idea.
– A la gente le gusta esta parte de la película.
Pero, claro, yo lo he montado en la película como un
asunto patriótico. Si crees en la democracia, la democracia
no puede consistir en votar cada dos o cuatro años. Tiene
que formar parte de cada día de tu vida. Hemos logrado
grandes cambios en muchas relaciones e instituciones, porque
decidimos que la democracia es un modo mejor de organizar. Pero
dedicamos entre ocho y doce horas diarias de nuestras vidas
a trabajar, y en el puesto de trabajo no tenemos voz ni voto.
Creo que cuando los antropólogos nos excaven dentro de
400 años –si llegamos a tanto–, se dirán:
“Mira tú, estos tíos; pensaban que eran
libres, decían vivir en democracia, pero se pasaban diez
horas al día en una situación totalitaria y permitían
que el uno por ciento más rico de la población
tuviera más riqueza financiera que la suma de riquezas
del 99 por ciento situado en los tramos inferiores”. Se
van a reír de nosotros.
– Pero una de las mayores resistencias a las
cooperativas de trabajadores que yo me he encontrado en mis
investigaciones no viene de gobiernos o empresas renuentes,
sino de los propios sindicatos. Obviamente, hay excepciones,
como el sindicato que aparece en tu película, United
Electrical Workers, que se mostraba realmente abierto a la idea
de que la fábrica de Republic Windows & Doors se
convirtiera en una cooperativa, si los trabajadores así
lo querían. Pero en la mayoría de los casos, sobre
todo en lo que hace a los sindicatos grandes, tienen su guión,
y cuando se cierre una fábrica, su labor consiste en
que el trabajador reciba una gran indemnización por la
pérdida del puesto de trabajo, tan grande como se pueda.
Y tienen una dinámica que opera con este postulado: los
más poderosos, los que toman las decisiones, son los
propietarios. Tú tuviste una sesión de estreno
de la película en el congreso de (la mayor federación
sindical de los Estados Unidos, la) AFL-CIO. ¿Viste a
sus dirigentes receptivos a esta idea? ¿Están
abiertos o te dijeron: “Eso es irrealizable”?
– La otra noche estaba sentado en un teatro con cerca
de 1.500 delegados del congreso de la AFL-CIO y yo estaba un
poco nervioso cuando iba acercándose el momento de esta
parte de la película. Yo me temía que la gente
se quedara un poco fría aquí. Todo lo contrario.
Lo festejaron. Un par gritaron: “¡Eso es, exactamente
eso es lo que hay que hacer!”. Yo creo que los sindicatos,
llegados a este punto, se han visto tan derrotados, que están
abiertos a nuevas formas de pensar y a ciertas ideas nuevas.
La verdad es que me animó mucho ver eso.
– Volviendo al asunto de hace un ratito, a la
incapacidad de la gente para comprender teoría económica
básica: en tu película hay una gran escena en
la que no consigues que nadie, por instruido que sea, pueda
explicar lo que es un derivado financiero.
– Entonces, la cosa no tiene que ver con instrucción
básica. Lo que pasa es que se usa la complejidad como
un arma contra el control democrático de la economía.
Tal era el argumento de (Alan) Greenspan: que los derivados
financieros eran tan complicados, que los legisladores no podían
regularlos. Es casi como si se necesitara de un movimiento en
favor de la simplicidad en los asuntos económicos y financieros,
algo en lo que Elisabeth Warren, la congresista que encabeza
la vigilancia crítica de los procesos de rescate, ha
venido insistiendo: la necesidad de simplificar la relaciones
de las gentes con los prestamistas.
– ¿Que gente como Warren exista, te da
esperanzas?
– Totalmente.
– ¿Puedo sugerir una candidatura presidencial
para 2016 o para 2012, si Obama nos falla? Marcy Kaptur (congresista
por Ohio) y Elisabeth Warren. Me encanta. Son las heroínas
de tu película. Votaría por esa candidatura. Estaba
pensando en cómo rotular esta entrevista y lo que voy
a sugerirle a mi editor es: “El maestro norteamericano”,
porque la película es un increíble modelo de educación
popular al viejo estilo. Una de las cosas que cuenta mi colega
en The Nation, Bil Greider, es que no se estila más este
tipo de educación popular. Los sindicatos destinaban
antes una parte de su presupuesto a enseñar este tipo
de cosas a sus miembros, para hacerles accesibles la teoría
económica y lo que pasa en el mundo. Ya sé que
tú te ves a ti mismo como alguien que entretiene y divierte,
pero me pregunto si te ves también como un maestro.
– Me honra que uses este término. Me gustan los
maestros.
Fuente: www.rebelion.org