El Flaco llevado por su entusiasmo le
da un cocazo al lente de una cámara de televisión y se hace
un tajito sangrante que debe sobrellevar, casi sin sentirlo,
durante todo el resto de las apretadas de manos y los saludos,
brazos en alto, a la multitud. Acaba de recibir la “papa caliente”
de la banda y el bastón —que revolea con pretensiones
de tambor mayor— sacando del brete al escurridizo De la
Rúa y al ubicuo Eduardo Duhalde. A diferencia de muchos presidentes
y jefes de Estado de América Latina y del resto del mundo, Kirchner
no rehuye al contacto directo, cara a cara, con la población.
Su estilo personal es radicalmente plebeyo, desenfadado y alejado
de todos los convencionalismos. (“Reflexiones en torno al gobierno
de Néstor Kirchner”, Atilio A. Borón, CLACSO / UBA).
Comienzan los cuatro años y pico de su mandato presidencial.
Cuatro años de pendiente empinada para emerger de la más densa
oscuridad en que nos sumergieron el exterminio del Proceso,
los dislates del menemismo y las ineptitudes e impotencias alternadas
con pocas, demasiado escasas, bocanadas de aire puro.
Prontamente se termina el baile juguetón del bastón de mando.
Lo aferra firmemente descabezando a la cúpula militar sobreviviente,
vinculada a los métodos de la dictadura, para abocarse de inmediato
a la reforma de la corrupta Corte Suprema de Justicia; dos cambios
de rumbo notables, opuestos al laissez faire imperante
en las sucesivas conducciones del Estado. Impulsa el enjuiciamiento
—frenado desde la época de Alfonsín— a los responsables
por crímenes de lesa humanidad logrando, en el Congreso Nacional,
las anulaciones de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
Provisto de esta terapia el quebranto moral se ocupa del económico.
Sorprende con la cancelación anticipada de la deuda con el Fondo
Monetario Internacional por valor de 9.800 millones de dólares,
quebrando el yugo infame con la entidad financiera. La actitud
es conjunta con el gobierno de Lula y ayuda a crear un fuerte
lazo que fortalece otra de sus obsesiones: el Mercosur. Junto
a Lula (Brasil), Tabaré Vázquez (Uruguay), Evo Morales (Bolivia),
Michelle Bachelet (Chile), Rafael Correa (Ecuador) y Hugo Chávez
(Venezuela) plantea, por primera vez en la historia de América
Latina, la posibilidad de establecer una coalición de países
de la región que desarrolle políticas independientes de las
potencias mundiales hegemónicas, actitud que refrenda en Mar
del Plata, en la IV Cumbre de las Américas, donde manifiesta
su rechazo hacia el ALCA, propuesto por Estados Unidos.
Logra, sorprendiendo hasta a los más escépticos, que a fines
del 2006 las reservas lleguen a los 30.000 millones de dólares.
Interviene la obra social de jubilados y pensionados (PAMI)
sumida, hasta entonces, en una vergonzante desadministración
de su holgado presupuesto de mil millones de dólares.
La desocupación ascendida a límites intolerables con las políticas
neoliberales, consigue colocarse en el 10% y comienza la ardua
lucha contra la pobreza e indigencia, de resultados mucho más
mediatos, excepto los paliativos que se adoptan.
Pinceladas, ramalazos notables del estadista cuya partida acongoja,
más allá de la controversia que generan los sanguíneos—confrontativos
dispuestos a dar pelea por sus ideales. Algunos, divergentes
legítimos de políticas y procederes; otros, quizá desencantados
porque no se produjo la “reforma agraria”, haciéndole el juego
con sus mezquindades a la derecha más reaccionaria. Y, como
siempre, la caterva de “perjudicados” por las justas medidas
que pretenden —logrando, a veces, un tiro para el lado
de la Justicia— algo más de equidad en el reparto.
No es necesario aportar otros datos biográficos que, seguramente,
volcarán —en catarata— ciertos medios, como un mojigato
modo de ampararse en el respeto por un muerto al que nunca respetaron
en vida. Prefiero la crónica simple, afectuosa, del recuerdo
de aquella imagen del Flaco estrábico, con sus “eses sopladas”,
ordenándole a Bendini descolgar los retratos de los sátrapas
en el Colegio Militar.