logo La Urdimbre
Revista
Sociedad
Ambiente
Cultura
Derechos.Humanos
Especiales
Salud
Vida urbana
Buscar
28/10/2010
Hasta siempre, Flaco ...
Por Mario Bellocchio
El Flaco llevado por su entusiasmo le da un cocazo al lente de una cámara de televisión y se hace un tajito sangrante que debe sobrellevar, casi sin sentirlo, durante todo el resto de las apretadas de manos y los saludos, brazos en alto, a la multitud. Acaba de recibir la “papa caliente” de la banda y el bastón —que revolea con pretensiones de tambor mayor— sacando del brete al escurridizo De la Rúa y al ubicuo Eduardo Duhalde. A diferencia de muchos presidentes y jefes de Estado de América Latina y del resto del mundo, Kirchner no rehuye al contacto directo, cara a cara, con la población. Su estilo personal es radicalmente plebeyo, desenfadado y alejado de todos los convencionalismos. (“Reflexiones en torno al gobierno de Néstor Kirchner”, Atilio A. Borón, CLACSO / UBA).

Comienzan los cuatro años y pico de su mandato presidencial. Cuatro años de pendiente empinada para emerger de la más densa oscuridad en que nos sumergieron el exterminio del Proceso, los dislates del menemismo y las ineptitudes e impotencias alternadas con pocas, demasiado escasas, bocanadas de aire puro.

Prontamente se termina el baile juguetón del bastón de mando. Lo aferra firmemente descabezando a la cúpula militar sobreviviente, vinculada a los métodos de la dictadura, para abocarse de inmediato a la reforma de la corrupta Corte Suprema de Justicia; dos cambios de rumbo notables, opuestos al laissez faire imperante en las sucesivas conducciones del Estado. Impulsa el enjuiciamiento —frenado desde la época de Alfonsín— a los responsables por crímenes de lesa humanidad logrando, en el Congreso Nacional, las anulaciones de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Provisto de esta terapia el quebranto moral se ocupa del económico. Sorprende con la cancelación anticipada de la deuda con el Fondo Monetario Internacional por valor de 9.800 millones de dólares, quebrando el yugo infame con la entidad financiera. La actitud es conjunta con el gobierno de Lula y ayuda a crear un fuerte lazo que fortalece otra de sus obsesiones: el Mercosur. Junto a Lula (Brasil), Tabaré Vázquez (Uruguay), Evo Morales (Bolivia), Michelle Bachelet (Chile), Rafael Correa (Ecuador) y Hugo Chávez (Venezuela) plantea, por primera vez en la historia de América Latina, la posibilidad de establecer una coalición de países de la región que desarrolle políticas independientes de las potencias mundiales hegemónicas, actitud que refrenda en Mar del Plata, en la IV Cumbre de las Américas, donde manifiesta su rechazo hacia el ALCA, propuesto por Estados Unidos.

Logra, sorprendiendo hasta a los más escépticos, que a fines del 2006 las reservas lleguen a los 30.000 millones de dólares. Interviene la obra social de jubilados y pensionados (PAMI) sumida, hasta entonces, en una vergonzante desadministración de su holgado presupuesto de mil millones de dólares.

La desocupación ascendida a límites intolerables con las políticas neoliberales, consigue colocarse en el 10% y comienza la ardua lucha contra la pobreza e indigencia, de resultados mucho más mediatos, excepto los paliativos que se adoptan.

Pinceladas, ramalazos notables del estadista cuya partida acongoja, más allá de la controversia que generan los sanguíneos—confrontativos dispuestos a dar pelea por sus ideales. Algunos, divergentes legítimos de políticas y procederes; otros, quizá desencantados porque no se produjo la “reforma agraria”, haciéndole el juego con sus mezquindades a la derecha más reaccionaria. Y, como siempre, la caterva de “perjudicados” por las justas medidas que pretenden —logrando, a veces, un tiro para el lado de la Justicia— algo más de equidad en el reparto.

No es necesario aportar otros datos biográficos que, seguramente, volcarán —en catarata— ciertos medios, como un mojigato modo de ampararse en el respeto por un muerto al que nunca respetaron en vida. Prefiero la crónica simple, afectuosa, del recuerdo de aquella imagen del Flaco estrábico, con sus “eses sopladas”, ordenándole a Bendini descolgar los retratos de los sátrapas en el Colegio Militar.