
De 52 años de edad y autor de distintos libros, Díaz
era reconocido por haber renunciado como empleado del Grupo
Clarín en ocasión del debate público sobre
la Resolución 125, y por su fuerte compromiso militante
con sus ideas.
En ocasión de las polémicas públicas
en torno a la Resolución 125 sobre retenciones a las
exportaciones agropecuarias, y ejerciendo el periodismo con
actitud militante, Díaz decidió renunciar como
empleado del Grupo Clarín sin recibir indemnización
ni pago alguno cuando dirigía el suplemento zonal Morón-Ituzaingó
del matutino.
Días después su casa fue asaltada por desconocidos
y encapuchados que golpearon a la madre del periodista, revolvieron
las pertenencias de la vivienda y no se llevaron nada de valor.
Por la decisión de Díaz de renunciar a su trabajo
en Clarín, el secretario general de la CGT, Hugo Moyano,
lo declaró héroe civil.
Entre sus libros se destacan los títulos "Manual
del antiperonismo ilustrado", "Diario de guerra. Clarín
el gran engaño argentino"; y el "Movimiento
Obrero Argentino".
En 1989 recibió el Premio Latinoamericano de Periodismo
José Martí, que le entregó en persona Fidel
Castro, en La Habana, por su trabajo de investigación
sobre sectas en Argentina junto a Alfredo Silleta.
También el periodista fallecido integró la agrupación
Oesterheld y formaba parte de la "Cooperativa de la gente
cordial", que administra el Canal 4 de televisión,
de la localidad de Haedo, en el conurbano bonaerense. E$n los
80' se desempeñó como Secretario de Redacción
de la revista Jotapé
A los 12 años de edad ganó el concurso del programa
de televisión "Odol pregunta" al contestar
sobre seleccionados de fútbol de Argentina, y con el
dinero obtenido le compró una casa a su mamá.
Víctima de un cáncer de tiroides, sin remedio,
Claudio Díaz falleció anoche a las 21.50, en el
Instituto del Diagnóstico en esta capital, rodeado de
su familia, sus amigos y compañeros.
POR QUÉ RENUNCIE A CLARIN
Por Claudio Diaz
Este viernes será mi último día de trabajo
en el querido Zonal Morón / Ituzaingó.
He tomado la decisión de renunciar al cargo de redactor
que ejercía y, como es de rigor en estos casos, quiero
despedirme de los amigos que gané durante mis siete años
de permanencia en el diario y de los buenos compañeros
con los que compartí muchas tardes entretenidas.
Pero no quiero irme sin antes explicarles, a ustedes y también
a quienes ocupan los cargos jerárquicos de esta empresa,
los motivos de mi retiro.
A fines de marzo la revista Veintitrés me pidió
una opinión sobre el rol que cumplen los medios periodísticos
y algunos intelectuales en la elaboración del discurso
político actual.
Yo efectué una dura crítica a lo que se da en
llamar el Grupo Clarín y acentué, particularmente,
lo que a mi criterio había sido una clara manipulación
informativa durante la cobertura del conflicto Gobierno vs.
Campo, tanto por parte del diario como de Canal 13 y TN.
En este caso no hice más que expresar, libremente, la
vergüenza que me provocó -como periodista pero también
como simple ciudadano- el ejercicio “periodístico”
del Planeta Clarín y sus satélites.
La reacción por parte de la empresa, como es de suponer,
fue inmediata.
Y hasta la consideré razonable.
Es más: a uno de los colegas aludidos, Julio Blanck,
le dí explicaciones acerca de por qué yo lo incluía
en una lista de hombres de prensa que -desde mi punto de vista-
sostienen un discurso “progresista” pero le terminan
haciendo el juego al llamado establishment.
Hasta ahí todo bien.
Lo que siguió después es distinto.
Las autoridades editoriales (en este momento no se me ocurre
otro término) le comunicaron a mis jefes que “de
ahora en más” dejara de escribir la página
3 del Zonal (que se supone es la más “importante”)
y que me limitara a hacer -es textual- “notas blandas”.
Una estupidez, realmente.
Pero pocas horas después se emitió otra orden:
que no se me autorizara a tomar la totalidad de días
de vacaciones adeudados, que había pedido para esta semana..
No dieron argumento alguno para justificar la negativa.
La verdad es que por ninguno de estos dos castigos tendría
que haberme hecho mala sangre.
Sin embargo, dije “basta” y tomé la decisión
de no seguir adelante con mi trabajo en el Zonal, harto del
doble discurso de este diario, de su hipocresía, de pontificar
en sus editoriales y notas de opinión una cosa para después
hacer otra.
Es tanta la repugnancia que sentí por quienes posan
como adalides de la libertad de expresión que me dije
a mi mismo: “hasta aquí llegué”.
Quiero decir: hace más de 20 años que ejerzo
el oficio de periodista; conozco perfectamente los condicionamientos
que nos ponen para atenuar o directamente diluir nuestra vocación
de contar y decir las cosas como uno cree que son, aun a riesgo
de equivocarse.
En fin, en casi todos lados he comprobado (eso tan viejo pero
siempre vigente) que una cosa es la libertad de prensa y otra
la libertad de empresa.
Pero lo que viví en Clarín en los últimos
tiempos superó todo… Gracias a Dios, ¡todavía
tengo vergüenza!
Pero lo que ya no tengo es estómago para tragarme las
cosas que hace este diario en nombre del periodismo.
A esta altura ya no puedo soportar tanto cinismo.
Como cuando desde un título o una nota se insiste en
que no decrece el nivel del trabajo en negro y las condiciones
laborales son cada vez más precarias, siendo que en todas
las redacciones del Grupo se emplea a pasantes a los que se
los explota de manera desvergonzada, obligándolos a hacer
tareas de redactor por la misma paga que recibe un cadete, sin
obra social ni vacaciones.
Es el mismo cinismo de despotricar contra la desocupación
al tiempo que se lanzan a la calle nuevos productos sin contratar
a trabajadores, duplicando y hasta triplicando el horario de
los que ya están dentro de la maquinaria.
Es el mismo cinismo de presionar a redactores para que se conviertan
en editores, bajo la promesa (falsa) de que “algún
día” se les reconocerá la diferencia salarial.
Si, como se sostiene el martes 15 en la cotidiana carta del
editor al lector, “son los medios y los periodistas los
que deben regularse y actuar con responsabilidad democrática”,
pues bien Sr. Kirschbaum, yo empiezo por esa tarea. Porque si
Clarín tanto se rasga las vestiduras asegurando que respeta
la libertad de expresión, ¿por qué sanciona
a un periodista que vierte, ejercitando esa libertad de pensamiento,
una opinión?
Tengo otras cosas para decirle a usted y a quienes lo secundan
(si es que a esta altura todavía están leyendo…):
la demonización que practica el diario a través
de un “inocente” semáforo que cumple la misión
de dividir al mundo en ángeles y demonios (según
el interés ideológico o comercial del Grupo),
ha llegado al nivel de un verdadero pasquín que nada
tiene que envidiarle a las publicaciones partidarias.
Es peor todavía, porque éstas tienen la honestidad
de reconocerse como expresiones de un partido político
o de un espacio ideológico.
En cambio, Clarín se imprime bajo el infame rótulo
de periodismo independiente…
En pos de engrosar la cuenta bancaria se ha perdido todo decoro.
Da la sensación de que los que se llaman periodistas
o columnistas ya ni sienten un mínimo de pudor por haberse
convertido en contadores del negocio mediático, desvividos
por saber cuánto dinero ingresa a las arcas; lo único
que les falta es salir con el camión de Juncadella.
Digo esto porque ha sido patética, en la misma carta
del editor del martes 15, la reacción editorial contra
otros medios periodísticos competidores que estarían
atreviéndose a morder un pedazo del queso que el Grupo
quiere deglutirse, como de costumbre, solito y solo, calificando
a aquellos de miserables, travestidos y miembros de una jauría.
¡Después cuestionan a D’Elía o a
Moyano por las palabras “ofensivas” que lanzan contra
el periodismo independiente y democrático!
La mayoría de quienes me conocen saben de mi simpatía
y hasta cierta militancia por el peronismo.
Pero también saben que no me une ningún tipo
de relación con el gobierno, ni con su tan temido Observatorio
de Medios, ni con los jóvenes de la Cámpora ni
tampoco con sus “grupos de choque”.
La aclaración vale para que estén tranquilos
y no piensen que durante estos siete años fui un agente
infiltrado en el Zonal Morón.
Simplemente amo el trabajo periodístico, tengo pensamiento
propio (aunque, qué le vamos a hacer…: no es el
políticamente correcto) y un compromiso de honrar mi
oficio.
A Ricardo Kirschbaum, a Ricardo Roa y a tantos otros que mandan
les digo que estoy preparado para asumir lo que venga, porque
no me extrañaría que las redacciones de otros
medios empiecen a recibir llamados telefónicos pidiendo
que se me prohíba trabajar de lo que soy.
Tan libre me siento, tan espiritualmente íntegro de
poderles decir lo que les digo (aunque les resbale), que ya
no me importa si la larga mano del Grupo le pone candado a mi
futuro para no dejarme otra opción que trabajar como
remisero o repositor de supermercado.
Me voy orgulloso de haber seguido aprendiendo lo que es vocación,
oficio, dignidad y ejercicio responsable del buen periodismo.
Que me lo dieron los jefes de los zonales y un montón
de amigos y compañeros a quienes no voy a nombrar para
evitarles quedar marcados por mi cercanía afectiva.
Me voy avergonzado de la conducta de quienes deberían
honrar el trabajo periodístico y no lo hacen.