Por Emiliano Vidal

¿Qué
legado dejó Néstor Kirchner? En lo formal, un estilo
diferente desde los actos políticos a la birome con la
que solía firmar los actos administrativos —mocasines,
traje cruzado y hasta esa popular lapicera están expuestos
a modo de síntesis en el Museo del Bicentenario, en la
ex Aduana de Taylor— podrían demostrar que no hubo
otro como él en la Casa Rosada.
Pero esa vidriera, atractiva y sorprendente, fue la invitación
a un interior profundo con el que se abrió el siglo nuevo
en la Argentina. Humanizar una gestión de Gobierno después
de padecer durante demasiado tiempo lo contrario, pudo haber
sido una consigna de campaña pero no lo fue. Simplemente
Kirchner se dejó ver y fue comenzando a ser Néstor.
Así arrancó ese mismo 25 de mayo de 2003 al asumir
la primera magistratura, jugando como un chico desde el estrado
de la Asamblea Legislativa con el bastón de mando.
Eso sólo habría bastado para comprender que con
él llegaba un Presidente que las nuevas generaciones
comenzarían a mirar sin indiferencia.
Era el nuevo Presidente de un país rico que había
sido mal gobernado, sujeto a los dictados del FMI y que, por
ello, había estallado de indignación el 20 de
diciembre de 2001, el país que en un gran esfuerzo político
e institucional para emerger del fuego se había devorado
cinco presidentes en menos de diez días.
“Me sumé a las luchas políticas creyendo
en valores y convicciones a los que no pienso dejar en las puertas
de la Casa Rosada”, dijo en su discurso de asunción.
“Vengo a proponerles -definió— un sueño
que es el de volver a tener una Argentina con todos y para todos.
Que recordemos los sueños de nuestros patriotas fundadores
y de nuestros abuelos inmigrantes y pioneros, de nuestra generación
que puso todo y dejó todo pensando en un país
de iguales”.
Llegar con poco más del 22 por ciento de los votos por
deserción de su oponente que rehusó afrontar la
categórica derrota que le aguardaba en el balotaje, lo
empujaba a ganar credibilidad y, al mismo tiempo, construir
poder en un momento muy difícil para la Argentina.
Kirchner tomó el Estado como herramienta reparadora
de las desigualdades de clases con dos objetivos: la recuperación
del trabajo y el pleno empleo. Se derogó la ley laboral
de los sobornos en el Senado, se volvió al Consejo del
Salario Mínimo, Vital y Móvil y se fortaleció
la inclusión social, la educación y la vivienda.
“Antes de Kirchner, era la noche. Yo recuerdo a la Argentina
arrodillada”, dijo su amigo, el presidente de Venezuela,
Hugo Chávez, en la tarea de construir una gran unión
sudamericana de las naciones. Con Kirchner se encendió
la llama contra todo ataque a la democracia americana.
“No nos van a patotear”, le dijo en la cara George
Bush en Mar del Plata cuando Washington intentó imponer
el ALCA. Una definición coherente con la ayuda a la Cuba
de Fidel Castro, al acuerdo con Lula en Brasil, al impulso al
triunfo de Tabaré y después de Mujica en Uruguay;
la misma línea seguida como secretario de la Unasur,
cuando organizó la solidaridad con Ecuador frente a intento
golpista contra Rafael Correa y también como mediador
de paz en Colombia y promotor de la defensa de Evo Morales contra
la derecha racista boliviana.
En los primeros meses de su Gobierno reorientó a las
Fuerzas Armadas, dignificó promoviendo la renovación
de la Corte Suprema de Justicia -no sin resistencia por parte
de los magistrados menemistas—, transparentó el PAMI,
abrió las puertas del Gobierno a las Madres de Plaza
de Mayo y puso fin a las leyes de la impunidad, que habían
sido derogadas en el 2000.
Pero con su determinación de anularlas y el apoyo de
ambas Cámaras el Congreso puso fin a los efectos benéficos
para represores criminales de esas normas del tiempo de Raúl
Alfonsín, lo cual abrió definitivamente los juicios
que transcurren en la actualidad. Fue también él
quien logró del Parlamento la ratificación de
la Convención Internacional para la Protección
de Todas las Personas Contra las Desapariciones Forzadas.
“Sabemos a dónde vamos y sabemos a dónde
no queremos ir o volver”, dijo también en su memorable
discurso inaugural de su gestión.
Dice Eduardo Galeano que hay fuegos humanos que son difíciles
de apagar porque arden la vida con tantas ganas que no se puede
mirarlos sin parpadear.Lo dijo con motivo de la muerte del ex
Presidente. Ese fuego ilumina hoy el camino de miles y miles
de jóvenes (Télam).