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26/04/2009
Una epidemia anunciada
Por Antonio Elio Brailovsky

En Argentina estamos viviendo una epidemia de dengue. Al igual que con las grandes pestes de la Edad Media, la única medida que se tomó ha sido aguardar la llegada del invierno, que permitirá ocultar el problema por unos meses.

En un esfuerzo por esconder la realidad, se ha afirmado (contra toda la bibliografía epidemiológica existente) que el dengue no es la enfermedad de la pobreza, sino que afecta a todos por igual. Al respecto, vale la pena citar un párrafo de un mail enviado por el Dr. Horacio Micucci:

“Se aconseja descacharrar –dice– pero ¿cómo descacharrar si se vive como en la Villa Nº 20 del sur de la Capital, al lado de un desarmadero que tiene 7000 autos. ¿Cómo poner alambre tejido contra los mosquitos en casillas cuyas medianeras, en esa villa, están hechas con restos de los mismos autos del desarmadero y cuyas puertas y ventanas a veces son precarias o no existen? ¿Cómo descacharrar si se vive en una villa a la vera del Riachuelo, que se ve desde el tren Roca, con la basura entre las casas precarias y el río? ¿Cómo usar mosquiteros en habitaciones precarias donde se vive hacinado? ¿Cómo usar repelente (que ya escasea y cuyo precio ha aumentado) si no se sabe si se va a tener dinero para comer? ¿Cómo sacar el basural a cielo abierto (que abunda en el interior y en el conurbano) si mucha gente tiene como única fuente de trabajo el cirujeo allí y debe elegir entre morirse de hambre o de dengue? ¿Cómo no acumular agua si no se tiene agua corriente ni cloacas? Sólo se puede aconsejar tapar los barriles con bolsas de plástico”.

Pero tal vez sea inútil volver a demostrar lo obvio. En todo caso, valdría la pena analizar las razones por las cuales se trata de desviar la atención de esta realidad.

Ha habido aquí una responsabilidad política en la lenta construcción de las condiciones sociales que generan la epidemia. Esta responsabilidad no es de los últimos meses sino de las últimas décadas y son responsables todos los que, a lo largo de muchos gobiernos, subestimaron la prevención sanitaria y no atendieron al problema de la pobreza creciente.

Pero no ha sido sólo la falta de idoneidad de los que gobernaron, sino también de los opositores, cuyo silencio contribuyó a negar esa realidad. En la década de 1930, el socialista Alfredo L. Palacios investigó y publicó libros sobre las enfermedades sociales que afectaban a los desposeídos[ii]. ¿Por qué la oposición no está haciendo hoy una tarea semejante? ¿Por qué la tremenda situación social del país no es la prioridad absoluta de quienes gobiernan o aspiran a gobernar, sino sólo un tema más de sus discursos?

Recordemos que los higienistas del siglo XIX describían a la epidemia como “la venganza del pobre contra el rico”. Agregaban que mientras los ricos mantuvieran a los pobres en condiciones infrahumanas, los pobres se enfermarian y terminarían contagiando a los ricos.

Hoy quiero transmitirles la vivencia de una gran epidemia. Para eso, les estoy enviando un capítulo de mi novela “El asalto al cielo”, en el que describo la epidemia de fiebre amarilla de 1871, que mató buena parte de la población de la ciudad y obligó a evacuarla, en medio de escenas que parecían sacadas de una crónica medieval.

Por esos azares de la vida, la enfermedad la transmite el mosquito Aedes aegypti, el mismo que trasmite el dengue.

Morir en Buenos Aires
Un capítulo de la Novela "El Asalto al cielo" de Antonio E. Brailovsky

—No vaya a la Argentina, don Julio —dijo Martín—. No vaya, por favor, que es peligroso. Pero por sobre todas las cosas no vaya a Buenos Aires, que allí la gente se está muriendo por las calles.

No hay nadie que quiera ir para allá, don Julio, todos se están escapando. La ciudad está vacía, me escriben, y los caranchos, que hace cien años que no se atrevían a acercarse, hoy están posados en los techos de la Cate­dral, como aquí en Europa hacen las cigüeñas sobre vele­tas, agujas y pararrayos, en Buenos Aires las aves rapaces están volando en círculos por encima de la ciudad.

Buenos Aires es una ciudad de humo y de silencio. Al principio se oían los llantos amortiguados por la distan­cia, las primeras muertes que venían del Sur y de los ranchitos dispersos en el largo camino hacia el Riachuelo. En los primeros días se los escuchó después que el sereno hubo anunciado la medianoche, un rumor de dolores que venía del Sur, arrastrado por la misma brisa suave que esparcía los olores amargos de los saladeros. De allá lejos, en ráfagas aisladas, fragmentos de un llanto desdi­bujado, como las luces titilantes de esos mismos ranchitos, vistos desde lo alto del campanario de San Ignacio.

Poco a poco dos sonidos fueron acercándose al cen­tro de la ciudad. Del Sur venía el llanto de los velatorios, avanzando a una cuadra por día por la calle larga de Ba­rracas, concentrado en ella, como si verdaderamente la muerte fuese un cochero incapaz de ir por otro sitio, hasta que en algún momento su camino se dispersa en bandadas y las luces de la madrugada se van expandien­do como una mancha sobre el agua.

Así como la sangre que los saladeros arrojan al Ria­chuelo, que al principio sigue un canal recto, como si to­davía estuviera en las venas del animal, después se espar­ce en todas direcciones —como la copa de un árbol, me decía mi padre— y después la lleva el río aguas abajo.

Así llegaba el dolor a Buenos Aires, y los lamentos iban subiendo en la noche; parecían disminuir un poco antes de salir el sol —el único momento del día en que la brisa fresca permitía el sueño— para volver a acrecentar­se cuando partiera el cortejo fúnebre, y elevarse aun más cuando se mezclaban los llantos de dos o tres cortejos que se encontraban por las calles estrechas y barrosas de una ciudad que amanecía de luto.

El otro sonido era el de las campanas. Tocaron a muer­to las campanas de San Francisco y las de la Merced; toca­ron después las de la Catedral, y finalmente era el ruido ahogado de todos los bronces de la ciudad, golpeando al mismo ritmo del jadeo de un hombre, y los campa­neros golpeaban con rabia, como si estuviesen pegándole a Dios.

En pocos días se unieron el llanto que venía del Sur y el tañido de campanas que salía del centro y juntos cubrieron lo que quedaba de la ciudad.

Y después llegó el ruido de las risas. Por unas noches, todas las calles de Buenos Aires se iluminaron, unas por velatorios, otras por fiestas. Los elegantes descorchaban botellas de champán francés, y los pobres, aguardiente de San Juan. "Que la muerte nos encuentre alegres", de­cían unos y otros, bebiendo hasta el amanecer, cuando salían a emborrachar los caballos de los cortejos fúne­bres, que se lanzaban, encabritados por el pánico, por el ya conocido camino del cementerio, al que llegaban des­bocados, a veces sin cochero, otras habiendo perdido dos o tres ataúdes durante el trayecto.

En las siestas ardientes, persuadidas del fin del mun­do, salieron a la calle muchachas desnudas, dispuestas a entregarse al primero que pasara. Y era enorme el jadeo de miles de parejas haciendo el amor al mismo tiempo, quizás por última vez; jadeando al ritmo de las campanas que tañían a muerto, me escriben, y sin mirar los ojos de quien compartía su cuerpo.

También fue el golpe incesante de martillos, clavando ataúdes innumerables, mientras los fabricantes de mue­bles, los constructores de carros y de botes, los que ha­cían puertas y ventanas y aun los que labraban imágenes para las iglesias abandonaban su antiguo oficio y se dedi­caban al nuevo y más remunerativo de clavar cajones. Así desmantelaron las estanterías de sus propias casas, saquearon las puertas de las residencias vacías y aun las mesas y las camas, los carros y las lanchas fueron vueltos a su estado originario de tabla rasa y usados para armar el último refugio que les quedaba a los hombres de Bue­nos Aires.

En el mes de febrero los ataúdes olían a caballo y a agua del río, olían a las comidas de veinte años servidas sobre sus maderas y a los ruidos de la calle, que venían percudiendo las puertas desde los tiempos del último vi­rrey.

Y cuando todos los cajones estuvieron clavados y la muerte seguía en la ciudad, cesaron el ruido de los mar­tillos, los llantos y las risas. Quedó el rumor ahogado de los carros que iban al nuevo cementerio, abierto en la punta perdida del Oeste, rumor sordo, como si llevasen las ruedas envueltas en trapos, y a veces podían imagi­narse las paladas lejanas, abriendo las fosas colectivas.

En medio del silencio, Buenos Aires se llenó de humo. Por no dejar avanzar el contagio, las familias quemaban las sábanas de los enfermos en el patio de atrás, ocultan­do la fiebre como si fuera una vergüenza. Después que­maron los vestidos y levitas, sombreros y corsés; hirvie­ron las cucharas y llenaron las habitaciones del humo es­peso de hojas de ombú ardidas en azufre para espantar la peste. Los curas daban la extremaunción a gritos, des­de el otro lado de la habitación, sin acercarse al enfer­mo, y al salir a la calle olfateaban nerviosamente la sota­na, buscando el inasible olor de la fiebre amarilla.

Porque dicen que la fiebre huele, don Julio, que tiene un olor parecido al de los saladeros, de pezuñas y huesos hervidos durante horas, sobre un fuego hecho con mano­jos de cardos y bosta de vaca; dicen que huele a vísceras dejadas al sol y a la sangre reseca mezclada con la tierra a orillas del Riachuelo. Quizás sea por eso que los saladeos están inactivos pero la ciudad sigue envuelta en el mismo olor que antes.

Y también el humo, don Julio; me escriben que es un humo que baja los olores, que los pega a la cal de las pa­redes, al ladrillo de los pisos, a la piel de las personas. Un día alguien dijo que la enfermedad la transmitían los pe­rros vagabundos, y en pocas horas pusieron a los presos de la cárcel a cazar perros. Cubrió la calle una larga hile­ra de hombres vestidos de andrajos, trabados por una cadena que les dificultaba lo mismo que se les pedía, armados de palos y vigilados por centinelas que llevaban fusiles. Así barrieron muchas cuadras, apaleando perros, rociando sus cuerpos con brea y quemándolos en el mis­mo lugar que los atraparan, y siguieron hacia el Norte, dejando detrás de ellos el olor a brea ardida y carne que­mada, envolviendo en humo las calles hasta que al llegar a la quinta de Pueyrredón se amotinaron. Cortaron las cadenas y se abalanzaron sobre los guardias, cayendo unos y escapando otros. Y ése fue el lugar en que por primera vez se quemaron cuerpos de hombres.

Más adelante quemaban a los muertos, allí donde caían, a veces en plena calle; otras veces los vecinos prendían fuego a las casas en las que habían muerto sus moradores. Finalmente aparecieron los incendios provo­cados por los ladrones, que borraban las huellas del sa­queo, y todos los humos se mezclaron, así como dos me­ses atrás se habían unido el llanto y las campanas.

Envueltos en humo y silencio, los porteños volvieron a conocer el miedo. No lo habían tenido cuando los in­gleses ocuparon la ciudad y se peleó casa por casa, arro­jando aceite hirviendo sobre el invasor. No lo tuvieron en el confuso año veinte cuando los caudillos ataron sus caballos a la pirámide de Mayo y la ciudad parecía caer en manos de los gauchos.

Muchos supieron del miedo en esas noches larguísi­mas de la época de Rosas, cuando Cuitiño salía con sus hombres a degollar unitarios. Fue una de esas noches, don Julio, que mi padre pensó en emigrar. Había pasado la ronda calle abajo, y ellos escuchaban los gritos de la mujer de Várela frente al cuerpo de su marido recién asesinado, los pasos de ellos cantando y riendo delante de nuestra puerta —y mi padre sabía que ellos sabían lo que él pensaba de Rosas—, y un golpe seco en la puerta, y mis padres inmóviles en la sala, con las velas apagada?, escuchando sólo ese golpe y después los hombres que pasaban de largo, y mi padre sabiendo que en su puerta había quedado clavada una daga.

Pero esta vez es distinto, don Julio. Ahora todos tie­nen miedo, y bajo el miedo los hombres se transforman. Dice el Corán que los creyentes no deben beber vino, porque el primer vaso hace del hombre un león, el se­gundo un mono y el tercero un cerdo. También el mie­do, don Julio, saca afuera lo mejor y lo peor de la natu­raleza humana. Hubo hombres que se volvieron leones y otros que se volvieron cerdos. Me escriben de actos de abnegación y sacrificio enormes; también me cuentan haber visto las peores bajezas, cuyos detalles prefiero ahorrarle.

Convertidos en extraña mezcla de leones y de cerdos, los porteños abandonaron la ciudad. Por el camino del Norte salió una larguísima caravana de carros, carretas, gente de a pie con niños en brazos, jinetes apresurados que huían sin mirar atrás, o familias enteras, que cami­naban casi de espaldas, siguiendo con los ojos las últimas torres de la ciudad, como si no volvieran a verla.

Piense usted en el doctor Guillermo Rawson, que vi­sitaba a los que huían y les aconsejaba sobre las precau­ciones que debían tomar para no propagar ellos mismos la epidemia, mientras él se volvía a seguir atendiendo enfermos, secundado por un puñado de valientes como no los hubo en tantos años de guerras crueles e inútiles, que es más fácil cargar a lanza contra la artillería brasi­leña que penetrar en una casa silenciosa, sabiendo que la muerte acecha en las paredes.

Piense también en ese carruaje elegante que huyó ha­cia el Norte con los visillos cerrados, sin detenerse a so­correr a los caminantes que padecían sed o hambre, por temor a un eventual contagio, y del que bajó un hombre de frac en una pulpería del pueblo de Belgrano. Allí ese hombre mató a un borracho de un pistoletazo en la fren­te, sólo por confundir su expresión con los ojos desorbi­tados y el paso tambaleante de los enfermos.

Así, Buenos Aires se quedó vacía y en los pueblos ve­cinos se juntaron sus habitantes, a los que la peste había hecho caer, de a una, todas sus máscaras, y hasta la piel de la cara para que pudiera verse realmente cómo son, por debajo, su cobardía y su coraje. En estos tiempos di­fíciles, don Julio, los argentinos sólo tienen dos opcio­nes: el mayor de los heroísmos o la más baja degradación.