Pero tal vez sea inútil volver a demostrar lo obvio.
En todo caso, valdría la pena analizar las razones por
las cuales se trata de desviar la atención de esta realidad.
Ha habido aquí una responsabilidad política en
la lenta construcción de las condiciones sociales que
generan la epidemia. Esta responsabilidad no es de los últimos
meses sino de las últimas décadas y son responsables
todos los que, a lo largo de muchos gobiernos, subestimaron
la prevención sanitaria y no atendieron al problema de
la pobreza creciente.
Pero no ha sido sólo la falta de idoneidad de los que
gobernaron, sino también de los opositores, cuyo silencio
contribuyó a negar esa realidad. En la década
de 1930, el socialista Alfredo L. Palacios investigó
y publicó libros sobre las enfermedades sociales que
afectaban a los desposeídos[ii]. ¿Por qué
la oposición no está haciendo hoy una tarea semejante?
¿Por qué la tremenda situación social del
país no es la prioridad absoluta de quienes gobiernan
o aspiran a gobernar, sino sólo un tema más de
sus discursos?
Recordemos que los higienistas del siglo XIX describían
a la epidemia como “la venganza del pobre contra el rico”.
Agregaban que mientras los ricos mantuvieran a los pobres en
condiciones infrahumanas, los pobres se enfermarian y terminarían
contagiando a los ricos.
Hoy quiero transmitirles la vivencia de una gran epidemia.
Para eso, les estoy enviando un capítulo de mi novela
“El asalto al cielo”, en el que describo la epidemia
de fiebre amarilla de 1871, que mató buena parte de la
población de la ciudad y obligó a evacuarla, en
medio de escenas que parecían sacadas de una crónica
medieval.
Por esos azares de la vida, la enfermedad la transmite el mosquito
Aedes aegypti, el mismo que trasmite el dengue.
Morir en Buenos Aires
Un capítulo de la Novela "El Asalto al cielo"
de Antonio E. Brailovsky
—No vaya a la Argentina, don Julio —dijo Martín—.
No vaya, por favor, que es peligroso. Pero por sobre todas las
cosas no vaya a Buenos Aires, que allí la gente se está
muriendo por las calles.
No hay nadie que quiera ir para allá, don Julio, todos
se están escapando. La ciudad está vacía,
me escriben, y los caranchos, que hace cien años que
no se atrevían a acercarse, hoy están posados
en los techos de la Catedral, como aquí en Europa
hacen las cigüeñas sobre veletas, agujas y
pararrayos, en Buenos Aires las aves rapaces están volando
en círculos por encima de la ciudad.
Buenos Aires es una ciudad de humo y de silencio. Al principio
se oían los llantos amortiguados por la distancia,
las primeras muertes que venían del Sur y de los ranchitos
dispersos en el largo camino hacia el Riachuelo. En los primeros
días se los escuchó después que el sereno
hubo anunciado la medianoche, un rumor de dolores que venía
del Sur, arrastrado por la misma brisa suave que esparcía
los olores amargos de los saladeros. De allá lejos, en
ráfagas aisladas, fragmentos de un llanto desdibujado,
como las luces titilantes de esos mismos ranchitos, vistos desde
lo alto del campanario de San Ignacio.
Poco a poco dos sonidos fueron acercándose al centro
de la ciudad. Del Sur venía el llanto de los velatorios,
avanzando a una cuadra por día por la calle larga de
Barracas, concentrado en ella, como si verdaderamente la
muerte fuese un cochero incapaz de ir por otro sitio, hasta
que en algún momento su camino se dispersa en bandadas
y las luces de la madrugada se van expandiendo como una
mancha sobre el agua.
Así como la sangre que los saladeros arrojan al Riachuelo,
que al principio sigue un canal recto, como si todavía
estuviera en las venas del animal, después se esparce
en todas direcciones —como la copa de un árbol,
me decía mi padre— y después la lleva el
río aguas abajo.
Así llegaba el dolor a Buenos Aires, y los lamentos
iban subiendo en la noche; parecían disminuir un poco
antes de salir el sol —el único momento del día
en que la brisa fresca permitía el sueño—
para volver a acrecentarse cuando partiera el cortejo fúnebre,
y elevarse aun más cuando se mezclaban los llantos de
dos o tres cortejos que se encontraban por las calles estrechas
y barrosas de una ciudad que amanecía de luto.
El otro sonido era el de las campanas. Tocaron a muerto
las campanas de San Francisco y las de la Merced; tocaron
después las de la Catedral, y finalmente era el ruido
ahogado de todos los bronces de la ciudad, golpeando al mismo
ritmo del jadeo de un hombre, y los campaneros golpeaban
con rabia, como si estuviesen pegándole a Dios.
En pocos días se unieron el llanto que venía
del Sur y el tañido de campanas que salía del
centro y juntos cubrieron lo que quedaba de la ciudad.
Y después llegó el ruido de las risas. Por unas
noches, todas las calles de Buenos Aires se iluminaron, unas
por velatorios, otras por fiestas. Los elegantes descorchaban
botellas de champán francés, y los pobres, aguardiente
de San Juan. "Que la muerte nos encuentre alegres",
decían unos y otros, bebiendo hasta el amanecer,
cuando salían a emborrachar los caballos de los cortejos
fúnebres, que se lanzaban, encabritados por el pánico,
por el ya conocido camino del cementerio, al que llegaban desbocados,
a veces sin cochero, otras habiendo perdido dos o tres ataúdes
durante el trayecto.
En las siestas ardientes, persuadidas del fin del mundo,
salieron a la calle muchachas desnudas, dispuestas a entregarse
al primero que pasara. Y era enorme el jadeo de miles de parejas
haciendo el amor al mismo tiempo, quizás por última
vez; jadeando al ritmo de las campanas que tañían
a muerto, me escriben, y sin mirar los ojos de quien compartía
su cuerpo.
También fue el golpe incesante de martillos, clavando
ataúdes innumerables, mientras los fabricantes de muebles,
los constructores de carros y de botes, los que hacían
puertas y ventanas y aun los que labraban imágenes para
las iglesias abandonaban su antiguo oficio y se dedicaban
al nuevo y más remunerativo de clavar cajones. Así
desmantelaron las estanterías de sus propias casas, saquearon
las puertas de las residencias vacías y aun las mesas
y las camas, los carros y las lanchas fueron vueltos a su estado
originario de tabla rasa y usados para armar el último
refugio que les quedaba a los hombres de Buenos Aires.
En el mes de febrero los ataúdes olían a caballo
y a agua del río, olían a las comidas de veinte
años servidas sobre sus maderas y a los ruidos de la
calle, que venían percudiendo las puertas desde los tiempos
del último virrey.
Y cuando todos los cajones estuvieron clavados y la muerte
seguía en la ciudad, cesaron el ruido de los martillos,
los llantos y las risas. Quedó el rumor ahogado de los
carros que iban al nuevo cementerio, abierto en la punta perdida
del Oeste, rumor sordo, como si llevasen las ruedas envueltas
en trapos, y a veces podían imaginarse las paladas
lejanas, abriendo las fosas colectivas.
En medio del silencio, Buenos Aires se llenó de humo.
Por no dejar avanzar el contagio, las familias quemaban las
sábanas de los enfermos en el patio de atrás,
ocultando la fiebre como si fuera una vergüenza. Después
quemaron los vestidos y levitas, sombreros y corsés;
hirvieron las cucharas y llenaron las habitaciones del
humo espeso de hojas de ombú ardidas en azufre para
espantar la peste. Los curas daban la extremaunción a
gritos, desde el otro lado de la habitación, sin
acercarse al enfermo, y al salir a la calle olfateaban
nerviosamente la sotana, buscando el inasible olor de la
fiebre amarilla.
Porque dicen que la fiebre huele, don Julio, que tiene un olor
parecido al de los saladeros, de pezuñas y huesos hervidos
durante horas, sobre un fuego hecho con manojos de cardos
y bosta de vaca; dicen que huele a vísceras dejadas al
sol y a la sangre reseca mezclada con la tierra a orillas del
Riachuelo. Quizás sea por eso que los saladeos están
inactivos pero la ciudad sigue envuelta en el mismo olor que
antes.
Y también el humo, don Julio; me escriben que es un
humo que baja los olores, que los pega a la cal de las paredes,
al ladrillo de los pisos, a la piel de las personas. Un día
alguien dijo que la enfermedad la transmitían los perros
vagabundos, y en pocas horas pusieron a los presos de la cárcel
a cazar perros. Cubrió la calle una larga hilera
de hombres vestidos de andrajos, trabados por una cadena que
les dificultaba lo mismo que se les pedía, armados de
palos y vigilados por centinelas que llevaban fusiles. Así
barrieron muchas cuadras, apaleando perros, rociando sus cuerpos
con brea y quemándolos en el mismo lugar que los
atraparan, y siguieron hacia el Norte, dejando detrás
de ellos el olor a brea ardida y carne quemada, envolviendo
en humo las calles hasta que al llegar a la quinta de Pueyrredón
se amotinaron. Cortaron las cadenas y se abalanzaron sobre los
guardias, cayendo unos y escapando otros. Y ése fue el
lugar en que por primera vez se quemaron cuerpos de hombres.
Más adelante quemaban a los muertos, allí donde
caían, a veces en plena calle; otras veces los vecinos
prendían fuego a las casas en las que habían muerto
sus moradores. Finalmente aparecieron los incendios provocados
por los ladrones, que borraban las huellas del saqueo,
y todos los humos se mezclaron, así como dos meses
atrás se habían unido el llanto y las campanas.
Envueltos en humo y silencio, los porteños volvieron
a conocer el miedo. No lo habían tenido cuando los ingleses
ocuparon la ciudad y se peleó casa por casa, arrojando
aceite hirviendo sobre el invasor. No lo tuvieron en el confuso
año veinte cuando los caudillos ataron sus caballos a
la pirámide de Mayo y la ciudad parecía caer en
manos de los gauchos.
Muchos supieron del miedo en esas noches larguísimas
de la época de Rosas, cuando Cuitiño salía
con sus hombres a degollar unitarios. Fue una de esas noches,
don Julio, que mi padre pensó en emigrar. Había
pasado la ronda calle abajo, y ellos escuchaban los gritos de
la mujer de Várela frente al cuerpo de su marido recién
asesinado, los pasos de ellos cantando y riendo delante de nuestra
puerta —y mi padre sabía que ellos sabían
lo que él pensaba de Rosas—, y un golpe seco en
la puerta, y mis padres inmóviles en la sala, con las
velas apagada?, escuchando sólo ese golpe y después
los hombres que pasaban de largo, y mi padre sabiendo que en
su puerta había quedado clavada una daga.
Pero esta vez es distinto, don Julio. Ahora todos tienen
miedo, y bajo el miedo los hombres se transforman. Dice el Corán
que los creyentes no deben beber vino, porque el primer vaso
hace del hombre un león, el segundo un mono y el
tercero un cerdo. También el miedo, don Julio, saca
afuera lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Hubo
hombres que se volvieron leones y otros que se volvieron cerdos.
Me escriben de actos de abnegación y sacrificio enormes;
también me cuentan haber visto las peores bajezas, cuyos
detalles prefiero ahorrarle.
Convertidos en extraña mezcla de leones y de cerdos,
los porteños abandonaron la ciudad. Por el camino del
Norte salió una larguísima caravana de carros,
carretas, gente de a pie con niños en brazos, jinetes
apresurados que huían sin mirar atrás, o familias
enteras, que caminaban casi de espaldas, siguiendo con
los ojos las últimas torres de la ciudad, como si no
volvieran a verla.
Piense usted en el doctor Guillermo Rawson, que visitaba
a los que huían y les aconsejaba sobre las precauciones
que debían tomar para no propagar ellos mismos la epidemia,
mientras él se volvía a seguir atendiendo enfermos,
secundado por un puñado de valientes como no los hubo
en tantos años de guerras crueles e inútiles,
que es más fácil cargar a lanza contra la artillería
brasileña que penetrar en una casa silenciosa, sabiendo
que la muerte acecha en las paredes.
Piense también en ese carruaje elegante que huyó
hacia el Norte con los visillos cerrados, sin detenerse
a socorrer a los caminantes que padecían sed o hambre,
por temor a un eventual contagio, y del que bajó un hombre
de frac en una pulpería del pueblo de Belgrano. Allí
ese hombre mató a un borracho de un pistoletazo en la
frente, sólo por confundir su expresión con
los ojos desorbitados y el paso tambaleante de los enfermos.
Así, Buenos Aires se quedó vacía y en
los pueblos vecinos se juntaron sus habitantes, a los que
la peste había hecho caer, de a una, todas sus máscaras,
y hasta la piel de la cara para que pudiera verse realmente
cómo son, por debajo, su cobardía y su coraje.
En estos tiempos difíciles, don Julio, los argentinos
sólo tienen dos opciones: el mayor de los heroísmos
o la más baja degradación.