En los primeros días de abril, durante la misma semana
en que esta Legislatura declaró de interés social
la película Paco, la punta del iceber, paradójicamente,
el porteño barrio de La Boca fue un trágico protagonista
de las páginas policiales por la siniestra muerte de
cuatro vecinos involucrados, precisamente, con el consumo y
el tráfico del paco.
Todos los medios de prensa se encargaron de aclarar, en sus
secciones policiales, que las dos jóvenes asesinadas
en la madrugada del martes 6 de abril de 2010 eran conocidas
adictas y vendedoras de paco en el barrio y que, por lo tanto,
eran repudiadas en el vecindario.
Diferente fue el caso de Javier, un vecino muy conocido también
pero por su heroísmo, porque intervino en el trágico
incendio del banco ocupado en el mes de enero del año
2009, cuando murieron seis niños. Javier entró,
desoyendo las órdenes de los bomberos a rescatar a dos
chicos, por lo cual sufrió numerosas quemaduras que cargaba
desde hacía quince meses, y de las que se estaba rehabilitando,
cuando fue brutalmente acuchillado por el asesino de las hermanas.
Los medios hablaron también de la complicidad policial
de la Comisaría 24º, la misma que hace seis años
fue tapa de los diarios por su inacción ante el asesinato
del dirigente social "Oso" Cisneros, que provocó
el posterior copamiento de la comisaría por parte de
sus compañeros ante el crimen brutal e impune del dirigente.
No es novedad: esa comisaría fue muchas veces señalada
como la más corrupta de la Ciudad de Buenos Aires. Pero
sería infantil limitar la corrupción a esta sola
comisaría.
El 5 de abril, efectivos de la Comisaría 51º detuvieron
sin motivo y apalearon al dirigente social del Movimiento de
Trabajadores Excluidos Juan Grabois, con la sospecha de que
el hecho fue provocado por su accionar en contra de la trata
de personas y las denuncias que encabeza junto al MTE y a La
Alameda, respecto de la complicidad policial en la protección
de los prostíbulos de la Ciudad.
Como dijera descarnadamente en su libro, El delito urbano en
la Argentina, el reconocido penalista de la Universidad de Buenos
Aires, Mariano Ciafardini, "las estructuras policiales
son usadas como redes recaudadoras tanto de los ingresos provenientes
directamente de ilícitos (piratería del asfalto,
tráfico de estupefacientes, tráfico de armas,
cuatrerismo, etcétera), como del regenteo o concesión
de actividades prohibidas, como la prostitución o el
juego clandestino, o cobro de cánones, vendiendo extorsivamente
protección".
Por eso, cuando desde el Bloque del Partido Socialista apoyamos
la creación de la Policía Metropolitana, lo hicimos
con la convicción de la ventaja que nos daba el Gobierno
Nacional al negarnos el traspaso de la policía que nos
correspondía por nuestra autonomía, porque nos
estaba dando la posibilidad de refundar nuestra propia policía
con nuestros propios valores.
Por eso, el Socialismo estuvo en contra de que la Policía
Metropolitana incorporara agentes de otras fuerzas, y por eso
bregamos por la sindicalización de los efectivos de la
Policía Metropolitana, con la convicción de hay
que romper con el modelo de la policía política
y militarizada que nos legó la dictadura, y avanzar en
un modelo de concepción del efectivo policial como un
trabajador de la seguridad.
Pero de lo que no hablaban los medios es de que esas dos chicas,
que fueron asesinadas, antes de ser traficantes –efectivamente,
en el barrio ya se sabía y los medios así lo citan–
fueron adictas.
Se sabe que los chicos de entre 12 y 24 años, después
de probar por primera vez el paco, tienen el 75 % de probabilidades
de ser adictos y, lamentablemente, nuestra Ciudad no se está
ocupando de las adicciones.
En el año 2008, los programas vinculados con la prevención
de adicciones fueron ejecutados solamente en un 10 %. En el
año 2009, el Programa de Prevención de las Adicciones
ejecutó sólo un 14 % del monto que esta Legislatura
sancionó y solamente el 50 % del Programa de Asistencia
y Recuperación de Personas. Perdimos medio año.
El sur de la Ciudad es la zona que está más expuesta
al consumo de drogas y, por ende, al tráfico. Estas redes,
estas mafias, con la complicidad policial, utilizan a los jóvenes
que caen en la adicción. Son solamente la punta del iceberg
del negocio del tráfico de drogas.
El 37 % de los mayores de 25 años del sur de la Ciudad
de Buenos Aires, como mucho, ha completado el estudio primario.
Ése es su máximo nivel de escolaridad. En el norte
de la Ciudad es sólo del 13 %.
Las dos jóvenes asesinadas, antes de ser traficantes,
eran adictas. Natalia tenía dos hijos. Afortunadamente,
su hija fue rescatada por su abuela, quien tenía la guardia
transitoria. Tuve el gusto y la suerte de conocer a su abuela,
Sarita, que traía a su nieta a nuestro Centro Socialista,
a las clases de apoyo. La pudo rescatar después de batallar,
estaba desnutrida y en virtual estado de abandono debido a que
su madre estaba consumida por la droga. Y el Estado no hizo
nada.
El padre de sus hijos, su suegra y sus hijos, como joven madre,
la hubieran preferido sana. Como adicta, la hubieran preferido
recuperada; como traficante, la hubieran preferido presa. Pero
hoy está muerta. El Estado no actúa, porque no
se previenen las adicciones, porque no se contiene a estos jóvenes
que no tienen educación ni empleo.
En todo ese trayecto, el Estado se hizo presente sólo
para subsidiarle el velatorio y permitir que sus hijos pudieran
verla por última vez. Afortunadamente, sus hijos ya no
vivían con ella. Por eso pudieron ser salvados: por el
coraje de su abuela. Pero el Estado no hizo nada para que esas
jóvenes no cayeran en la venta de droga, para que no
fueran acuchilladas, para que Javier no fuera acuchillado.
Pido con urgencia que pongamos nuevamente en la agenda de las
políticas públicas de la Ciudad el tratamiento
de estos adictos, que día a día caen en la drogadicción
y en la mafia, no porque ellos quieran, sino porque el propio
Estado, con su inacción, los empuja.
* Legislador de la Ciudad Autónoma
de Buenos Aires