Sí: es tardío, aunque sea muy poderoso, más
poderoso que cualquier otro imperio del que se tenga memoria.
Pero está muriendo en un ocaso sangriento. Cierto es
que su agonía resulta lenta, espantosamente lenta si
se la contempla desde el horizonte de una sola vida humana (apenas
un grano en las arenas de la Historia). No sé si mi generación
llegará a ver su caída (alimento con fervor esa
esperanza). Pero que, en su decadencia, el sistema capitalista
se muestra a sí mismo corroído y putrefacto, lo
demuestra la tragedia que estalló la noche del 30 de
marzo último, de la que resultaron víctimas seis
bolivianos; cuatro de ellos, niños entre 3 y 15 años.
Lugar: Buenos Aires, barrio de Caballito, en su linde con Flores.
Queda expuesto una vez más que capitalismo no funciona
sin corrupción y sin estructuras mafiosas, que son causales
de crímenes recurrentes, como las muertes provocadas
en el incendio de un edificio habilitado como “taller
de corte de género, bordado y confección de ropa
para hombres, mujeres y niños”. En realidad, se
trataba de algo parecido a un campo de concentración,
donde entre 50 y 60 seres humanos vivían hacinados y
trabajaban reducidos a la servidumbre.
En fin: que el local en cenizas era un sitio dejado fuera de
todo control y cuidado, como el de la República de Cromañón,
donde el 30 de diciembre de 2004 fueron masacrados en esta misma
ciudad 194 jóvenes que sólo querían oír
la música de su grupo favorito. Y no olvidemos a las
secuelas padecidas por los sobrevivientes.
Es evidente que, a la corrupción y las estructuras mafiosas,
el capitalismo viene sumando una herramienta que muchos creían
totalmente erradicada: la Trata de Esclavos. (Así, con
mayúsculas, figura en algunos libros, tal vez porque
su canalla dirigente y sus ganancias son de extraordinaria magnitud).
La Trata
Resulta urgente e imprescindible desenmascarar las organizaciones
que utilizan engañosos mecanismos para reclutar mano
de obra barata en La Paz y otras ciudades o localidades de Bolivia,
y a las empresas que se benefician con ello. Cuando arriban
a Buenos Aires, los inmigrantes bolivianos que ingresan al nuestro
en busca de trabajo, son sometidos a jornadas laborales de hasta
16 o 18 horas diarias. Transcurre un buen período sin
que reciban paga, porque sus caporales alegan tener que descontarles
los gastos de viaje (ni que hubieran viajado en avión).
Y cuando empiezan al fin a cobrar, no se les reconoce el salario
que les corresponde. En la misma barraca/taller donde trabajan,
se habilitan dormitorios y comedores precarios, a fin de que
en ningún momento abandonen el edificio. Los recién
venidos han caído en la red de la Trata de Esclavos.
Algunos, sumidos en la alienación de ser sobre explotados,
con familia a cargo, sin conocer a nadie en la gran ciudad,
tardan en darse cuenta.
La Trata es una herida en la Historia de la humanidad. Y el
capitalismo se empeña, no sólo en mantenerla abierta,
sino en atravesarla hasta el hueso con su garra.
El tráfico de esclavos fue un negocio sumamente rentable
para los aristócratas y los comerciantes europeos, y
contribuyó de manera significativa al florecimiento de
las economías centrales. Fue el genocidio que, organizado
por los regímenes colonialistas de hace 500 años,
alimentaría al principio a las monarquías, y después
al sistema capitalista en sus mismos orígenes. No hubiera
prosperado la Revolución Industrial sin la mano de obra
esclava que proporcionó materias primas y minerales o
bien “preciosos”, o bien indispensables para el
desarrollo técnico. Mientras los indios sometidos morían
en los socavones de los Andes antes de llegar a los 30 años
de edad, los esclavos negros arrancados del África regaban
con su sudor las plantaciones de algodón del sur de los
EE.UU. y los cañaverales azucareros de Haití y
de Brasil, por aludir apenas a tres ejemplos. Los capangas se
encargaban de que los indios díscolos de la mita y los
negros esclavos que huían a los quilombos en busca de
libertad, dejaran tras sí regueros de sangre.
Hasta que en el siglo XIX, el despertar de la conciencia revolucionaria
en América Latina y los proyectos liberadores de Simón
Bolívar, José de San Martín, Bernardo de
Monteagudo, José Martí, Manuela Sáenz y
tantos otros patriotas de Nuestra América parecieron
dejar clausurada la vergonzante tragedia de la esclavitud. Ni
en la más ominosa pesadilla, aquellos grandes podían
llegar a sospechar que, a comienzos del siglo XXI, y en el distrito
más rico de la República Argentina, hubiera esclavos.
Asaltos a La Alameda
¿Se acuerdan con qué prepotencia quisieron desalojar
una y otra, y otra vez, un bar abandonado desde 1998, donde
desde hace más de tres años se reúnen los
vecinos de las Asamblea Popular de Parque Avellaneda? El local
es La Alameda, y allí la Asamblea, nacida al calor de
las jornadas del 20 y 21 de diciembre de 2001, organizó
un comedor comunitario y un centro cultural. En La Alameda encontraron
un espacio de respeto y solidaridad no pocos obreros indocumentados
que trabajaban en los talleres clandestinos o semiclandestinos
de la zona. El frente del local fue baleado, y los hermanos
bolivianos, hostigados por bandas neonazis. Cuando integrantes
de la Asamblea intentaron hacer la denuncia en la Comisara 40ª,
allí se negaron a recibirla; les dijeron que fuesen a
presentarla ante la ONU.
Los vecinos de la Asamblea de Parque Avellaneda no se achicaron.
Es más: radicaron denuncias de sobre explotación
ante el CGP (Centro de Gestión Participativa) del barrio.
La denuncia de esclavitud organizada habrá ido a dar
al cesto de los papeles. Hubo otras. En la última, el
denunciante de la mafia de los talleres debía contestar
por escrito una serie de preguntas exhaustivas en cuanto datos
personales, información que resultaría valiosa
para los mafiosos operantes.
Otro ejemplo: en junio de 2005, el funcionario de la Dirección
de Migraciones, Carlos Sapere, denunció ante el Ministerio
del Interior (cuyo titular, recordemos, es Aníbal Fernández)
la “recomendación” recibida de sus superiores
en cuanto hacer “la vista gorda” sobre un fenómeno
que el funcionario observó: la entrada masiva de ciudadanos
bolivianos en calidad de turistas que, en lugar de volver a
su país en los plazos previstos, se establecían
en la Argentina, sin tramitar su radicación. La denuncia,
realizada en junio de 2005, recibió una respuesta intimidatoria
por parte, no del Ministerio del Interior, sino de los funcionarios
cuyo proceder Sapere cuestionaba.
La ley de la mayor ganancia posible
Los bolivianos traídos con falsas promesas por los actuales
tratantes de esclavos eran prácticamente confinados en
barracones donde habían montado talleres con habilitación
precaria en algunos casos (¿recuerdan Cromañón)
y ninguna en otros. La zona circundante a la Avenida Avellaneda
en el barrio de Floresta, sectores de Caballito y Flores y,
sobre todo, el límite entre estos dos barrios, fue la
región elegida. Al viajar en el colectivo 50, llamaba
la atención la soledad de esas calles, con casonas, garajes
y galpones sospechosamente cerrados. Un hito lo marca el cruce
de avenidas donde Carabobo marca el límite entre Caseros
y Cobo. De haber bajado ahí, al acercarnos a las ventanas
clausuradas, hubiésemos oído el ruido de incansables
cremalleras. Se multiplican en esta zona, como en las otras
mencionadas, los talleres donde obreros bolivianos dejan a diario
una plus valía casi inimaginable: la mano de obra de
un pantalón vaquero se paga menos de un peso: 90 centavos.
No mucho más se paga una campera que llevará la
muy buscada etiqueta de Lácar (¿qué culpa
tendrá el bellísimo lago patagónico?).
La Montaigne, campera también muy “de onda”,
está a la venta en $300 (trescientos pesos) por unidad.
El costurero que las confecciona obtiene sólo $1.50 (¡un
peso con cincuenta centavos!) por cada una, y eso le lleva una
hora y media de trabajo. Ni que hablar de una prenda femenina
marcada por la muy exclusiva empresa de Gabriela y/u Olga Naum,
que en su elegante local de la calle Armenia acaban de recibir
una vez más el martes 4 de abril, la visita de Máxima
de Holanda. Custodiada de cerca, la princesa consorte hace llenar
con sus compras una camioneta.
Al mismo tiempo, en los altos de los talleres se hacinan los
niños, mientras los padres están sobre las máquinas
desde las siete de la mañana hasta la una de la madrugada
del día siguiente. Té o mate, una plato de arroz
o de un guiso misterioso, algún pedazo de pan, es el
alimento de todos, que se prepara en cocinas conectadas a una
garrafa de gas. Parvas de telas y restos de trapos amontonados
en los rincones conforman un material sumamente inflamable.
¿Bomberos? ¿Policía? ¿Policía
del Trabajo? ¿Qué es eso? Es lo que preguntan
los inmigrantes, desorientados. ¿Control por parte del
gobierno de la ciudad? Remitámonos a Cromañón.
Actualmente, está denunciado el personal de la Comisaría
40ª como recolector de coimas para pasar por alto todo
control. No es el único responsable de la tragedia. ¿Dónde
están los empresarios explotadores? ¿Cómo
se completa la lista de empresas “fashion” que terciarizan
su producción en estos talleres esclavistas?
Ni lerdo ni perezoso, incluso cuando sus huestes están
diezmadas por los juegos del partido en el gobierno, el macrismo,
que en las medidas más trascendentes de la pasada gestión
ibarrista fuera su socio (posición que le fue muy cómoda,
como que querrá prolongarla en la gestión de Telerman),
y a la vez representante de los grupos económicos que
funcionan en la economía social con criterio “cromañonesco”
, no dudó en reunirse con algunos de los sobrevivientes
del incendio del taller de la calle Luis Viale, ¡como
si le interesara algo la suerte de estos obreros!
(continúa)
* Escritora, periodista, docente. Coordinadora
del Departamento de Literatura y Sociedad del Centro Cultural
de la Cooperación Floreal Gorini