Desamparos

Por Alberto Morlachetti

(APE) — Ahora el proceso de producción de hombres —la expresión es de Nietzsche— ya no se deja en manos del azar sino a la sombra de los oscuros designios del amo-creador. Constituido el sistema —para los niños, jóvenes desesperadamente pobres— no rige el principio penal que presume la inocencia inicial. Cada cual es considerado culpable de pecado original o contraído, hasta que él mismo y sin defensa, demuestre que su genética biológica o social pueda ser disciplinada.

El estado de excepción que consistía en una suspensión temporal de un orden y de ciertos derechos en una situación de peligro pasa a constituirse en un orden jurídico normal. La vida de los desamparados que habitan “la tierra de nadie entre la casa y la ciudad” es la vida donde cualquiera puede dar muerte impunemente manifiesta Agamben.

Miguel Cardozo —todos lo llamaban Piki— tenía 15 años cuando volvía del ciber acompañado por cinco amigos hacia su casa en el barrio Almafuerte de San Justo. Caminando amorosamente “masticando las piedras de la calle” pateando una botella de plástico como si fuera una pelota “con aire desatado”. La botella impactó en el auto estacionado sobre la calle Jujuy y comenzó a sonar la alarma. Todos corrieron, menos Piki. Solo, perfecto: “como luz”.

La estructura de la excepción no es un estado ni de hecho ni de derecho, sino que introduce “un paradójico umbral de indiferencia”. Territorio de párpados cerrados 3 hombres (dos policías) lo arrastraron por el piso cincuenta metros, lo golpearon durante 30 minutos y lo asesinaron con un tiro en la nuca en una calle sin miradas. Era 20 de mayo y Piki se fue para siempre. Mariano Luis Arn y Cristian Andrés García pertenecían —irónicamente— a la llamada “nueva policía”.

El juego institucional comienza con una regla: “el pobre es un deficiente social”, en suma peligroso (Jueza de Menores Villamonte de Lomas de Zamora 1991). No hay más verdad que la dicha en nombre de ese axioma cuyos intérpretes calificados están facultados —por un derecho subterráneo— a transgredir las normas con el fin de preservar el dogma. Ese amplio subsistema de abusos y desviaciones está integrado por las prácticas extralegales de la policía. Sin embargo pronuncia la sentencia, dicta el derecho y la conciencia desaparece detrás de las facultades que tiene el estado de excepción.

Acá vivimos, como desamparos.

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